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10 10 2005 - 12:58

Llegó el otoño a Europa y con él los loros a Madrid, o por lo menos a los alrededores del Rosedal y el Parque de la Bombilla, por donde puedo salir a pasear todas las mañanas ahora que no leo más los diarios. Las horas que perdí durante un año y medio no las recupero más, pero los loros —que parecen cotorritas de lejos pero no, son loros gregarios que picotean el suelo como palomas— me devuelven un cierto optimismo individual a medida que el social se confirma wishful thinking. También duermo mejor y sueño cosas más interesantes. Pero como toda adicción, leer los diarios te pega mal cuando reincidís aunque sea esporádicamente. Uno se desacostumbra, y la dosis mínima que hace falta para cumplir con el daily de turno tiene efectos más intensos que una semana seguida de compulsión.

Los loros dicen que no vale la pena.

En Mar del Plata se celebra el Encuentro Nacional de Mujeres y, según Página, treinta mil, er, mujeres marchan por la despenalización del aborto, el repudio a Bush y la libertad de Romina Tejerina. Enseguida me acuerdo de los presos por luchar que invocaba Rosman en un podcast reciente (y que también venían con el bonus de repudio a Bush), pero en este caso el cambalache me impresiona como algo bastante más macabro. Por la utilización de la tragedia individual más propia de Crónica TV que de un evento de estas características, por la competencia aterradora entre mis muertos y tus muertos, pero sobre todo por la pluma tenebrosa de Marta Dillon, una más en la lista de personas a quienes no les daría la dirección de mi casa.

¿Cómo podría estar tan cohesionado el reclamo por el derecho al aborto, la educación sexual y la libertad de Romina Tejerina si la mayoría no reconociera en su cuerpo y en sus historias las razones de ese reclamo?

Buena pregunta, incluso si reemplazáramos “si” por “aunque”. Pero el uso del singular para “reclamo” es lo más llamativo. No es uno. Son tres.

Cuando se pedía la “cárcel ya para los violadores” y la “libertad para Romina” –la joven condenada por matar a su hija, producto de una violación, en el momento del parto–, las ocho cuadras de marcha parecían una especie de animal de una sola voz.

Efectivamente. Parece un texto del período temprano de Les Luthiers.

El animal de una sola voz se alza reclamando la cárcel para unos y la libertad para otros. Y uno, que (habrá que aclararlo otra vez, por las dudas) está a favor de la despenalización del aborto, y de unas cuantas drogas, y de un montón de otras cosas, entre las cuales no se encuentra matar gente, intuye aterrorizado que una vez que el animal tiene una sola voz ya es tarde para desmenuzarlo en las unidades individuales que lo harían menos animal.

Los loros, que chillan con sus muchas voces pero se mueven en grupo igual que la bestia de Dillon, repiten que no vale la pena, pero no se entiende bien qué es lo que no vale la pena. ¿Reparar en estas metáforas? ¿Opinar al respecto?

En Clarín leemos la versión Gustavo Sierra de una nota en la que Dawkins (“un profesor de la universidad de Oxford”) cargaba, como siempre, contra la religión organizada adjudicándole el status de droga peligrosa. Según Sierra, los “círculos intelectuales del mundo” pensaron que el Gerin Oil era una droga de verdad y no un anagrama de “religion”. Es que los círculos intelectuales del mundo están llenos de pelotudos. Muchos de ellos deben pensar que hay más de un anagrama posible a partir de “religion”. Por suerte tenemos a Sierra, que pone los puntos sobre las íes y se refiere a “el anagrama”. Como “el reclamo.”

En la escuela (pública) a la que va mi hija hay que aclarar si querés o no anagrama para los niños sobre los que tenés un mínimo margen de influencia. Le mandás un papelito a la maestra. Mirando de reojo los papelitos de los otros padres, se nota que los que no queremos religión tachamos la palabra con excesivo esmero. XXXXXXX. Muy tachado, por las dudas. No somos uno, no tenemos una sola voz, pero tenemos —todo indica— puntos de contacto con las moléculas de la bestia de Dillon, algunos de ellos posiblemente tan traumáticos como la bestia de Dillon (la otra) sugiere en su nota. De ahí a encolumnarnos detrás de “el reclamo” de educación laica, milanesa obligatoria e indulto a Patrick Bateman, hay un trecho.

Me acuerdo poco de American Psycho, que me gustó menos, pero el personaje reaparece en la nueva novela de Ellis, que leí (salteando apenas) en un par de horas mientras mi hija hacía estragos en las estanterías de la Casa del Libro. No me pasa a menudo. Si empiezo a leer algo en una librería y llego a la página treinta, digamos, lo compro. Pero con Lunar Park, que así se llama, se me encendió la alarma de los loros, la que te avisa que te están cagando, que no vale la pena, que tu inversión de tiempo y esfuerzo es parte de una ecuación a la que sólo se puede escapar, precisamente, escapando. Que Brett Easton Ellis cuenta con que la curiosidad académica de uno —¿es o no es una novela de terror? ¿Es en serio o es en joda?— lo llevará hasta la caja, tarjeta de crédito en mano. Eso no lo dicen los loros; es lo que interpreta uno.

A la noche llueve en Madrid, después de un año y medio. El chaparrón no dura mucho, pero es suficiente para provocar estampidas en Gran Vía y para ahuyentar a los loros, que no sé si migran. Pero dicen: no vale la pena. Andáte.

¿No vale la pena qué?

Obtendremos precisiones de los loros, si siguen estando mañana en el parque.


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