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Generación Ufa

13 10 2005 - 17:39

A principios de 2003, aburrido de mi trabajo como redactor de tecnología en El Cronista Comercial, me presenté al primer concurso del Gobierno porteño para su incubadora de empresas culturales. Y gané. Mi proyecto era una editorial que se iba a llamar Soma Libros e iba a publicar a autores menores de circa 35 años para que sean leídos por lectores menores de circa 35 años. En el business plan, el precio de tapa promedio de los libros era de quince pesos, con fotos urbanas en blanco y negro en la portada y papel algo berretón en el medio. Además de en las librerías, Soma Libros iba a vender sus ídems en recitales de rock, bares, festivales de música electrónica y exposiciones de arte: la idea era agregarle un componente generacional al componente literario. A los jurados del proyecto les gustó la idea de trasladar el Nuevo Cine Argentino, entonces en boga, a la literatura: “Los jóvenes han tomado por asalto el cine, la televisión y el teatro, ¿por qué no ocurre lo mismo con la literatura?”, me preguntaba yo en la presentación, en típica retórica pedante-ingenua de los proyectos para concursos. Nos daban oficinas en el Centro Metropolitano de Diseño y coaching a cargo de incubadores expertos; pero cero pesos. Hubo inauguración en campaña electoral, vino Ibarra, Telerman prometió contactos pero no lo vimos más, hubo vino, videos en pantalla gigante, morfi y chupi en El Puentecito.

Ahí empezó lo más difícil: conseguir las novelas. Como no conocía a casi nadie en el mundillo literario, al principio se me hizo difícil, pero poco a poco fueron llegando: amigos de amigos de amigos, alumnos de Diego Paszkowski y de otros talleres literarios, espontáneos que me mandaban cosas. La decepción fue tremenda. Recibí una docena de novelas, de las que terminé de leer unas siete y de las que sólo una, y ni siquiera tanto, tenía algo que ver con Soma. No es que las novelas fueran malas. El problema era otro: no les hablaban a sus contemporáneos. Yo leía a esos pibes en el desfondado futón de mi departamento y no entendía por qué, teniendo 27 años, estos pibes imaginaban lectores de 45, como si escribieran para sus profesores y no para sus amigos. Con los autores me pasaba casi siempre la misma cosa: les pedía que me contaran la novela y su relato era interesante, incluso divertido, pero eso que oralmente explicaban con tanta gracia, en el papel estaba escondido debajo de varias capas de lenguaje y señales para el microclima literario. Yo, que quería venderle libros al pibe que escuchaba a Catupecu Machu y había pagado una entrada para ver El Bonaerense, no podía ver la conexión entre una cosa y otra. Las novelas se apilaron en el living: el Gobierno se demoró meses en terminar las oficinas, yo me fui desentusiasmando y, además, mi cabeza empezó a pensar más en Nueva York que en Buenos Aires. Una tarde fui a Barracas y renuncié.

En los dos años que siguieron conocí algo del ambiente literario porteño, y confirmé lo lejos que estaba Soma de las ideas habituales, y que, aunque podría haberme movido más en la búsqueda de originales, en el fondo era imposible armar una colección como la que yo había querido. El rey de la literatura argentina hoy es el lenguaje: desde Literatura de Izquierda, de Damián Tabarovsky, hasta la ubicación de César Aira como top one del mapa literario, la norma dice que la literatura no tiene relación con nada más que consigo misma, y que escribir sobre el mundo “real” de una manera inteligible es transar con el mercado (Esto se dice generalmente de una manera más elaborada, pero en el fondo el nivel del debate es ese, como el jugar bien o ganar del fútbol: las almas bellas contra los vendidos al capital concentrado, sin término medio).

Aquí viene mi teoría delirante: creo que esta renuncia de la literatura argentina a escribir políticamente, en el sentido más amplio del término, nos ha dejado sin la columna vertebral sobre la cual las sociedades se relatan a sí mismas. Y que, por culpa de esta renuncia, el relato que nos hemos hecho de, por ejemplo, la década pasada, es simplista, amargado y demasiado influido por otros actores, como productores de TV, economistas y periodistas de investigación. Es con sus palabras y sus ideas (Gasoleros, riesgo-país, corrupción) con las que nos hemos estado contando unos a otros estos últimos quince años. Y no ha habido una sola novela que haya puesto los pies en esas arenas movedizas y haya tenido, al mismo tiempo, una mínima relevancia social. Para mí es una pena, porque los productores de TV, los periodistas y (quizás) los economistas son algunas de los pocas personas que todavía leen libros. En Estados Unidos, no todos saben quién es, por ejemplo, Philip Roth, pero todos los que tienen algo que ver con los relatos públicos sí saben, y han leído sus libros, que así van goteando y se filtran y se mezclan y le dan un backbone, una solidez a la circulación de historias. En Argentina, Aira renuncia y la posta la toma Adrián Suar.

“Fue novelista. No contribuyó a la comprensión de la cultura contemporánea”, decía en abril Guillermo Piro en su blog, un día después de la muerte de Saul Bellow, burlándose un poco de la nota de La Nación que decía lo contrario. En Página, Claudio Zeiger decía con suficiencia, en una reseña sobre Jonathan Franzen: “Es bastante valiente plantearse una vez más si la literatura tiene que servir para algo, aunque íntimamente se presienta que no sirve para nada”. “¿Cuál es hoy la función social del escritor?”, le preguntaron a Fabián Casas en El Interpetador: “Hacer que el lenguaje brille”, respondió el poeta de Boedo. Y Aira, en una nota de diciembre de 2003 en La Nación, terminaba su tramposa división del mundo entre “yo y mis amigos contra los best-sellers”, así: “Leyendo genuina literatura no se adquiere más que cultura literaria, que es la más inefectiva de todas”. Es así como la literatura argentina no sale de su burbuja tibia de parroquia y comodidad: no le interesa. A mí me gusta más la definición que hizo Michiko Kakutani, crítica principal del NYTimes, en su reseña de Saturday, de Ian McEwan, de la que dice que ha conseguido

“that very primal mission of the novel: to show how we live today.”

Cómo vivimos hoy. Un objetivo tan humilde que es casi enternecedor, sobre todo comparado con los sueños vanguardistas de los nuestros. Pero creo que hay alguna pequeña brisa de cambio, de gente que quiere sacar la literatura a la intemperie y sacudirla bajo la lluvia, aún a riesgo de que se engripe. Yo tengo el proyecto de Soma Libros guardado y algo corregido –más adulto: nos vamos poniendo viejos–, pero no enterrado.


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