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Arenero: Nenes en el subte

17 10 2005 - 11:59

Van en subte, de a uno, y se encuentran en el arenero. No son nenes. Casi todos los de su edad abandonaron el arenero hace rato, pero a ellos les cuesta o se niegan por distintos motivos (aunque ellos quieran pensar que es el mismo).

Uno dice:

—Ni en pedo le doy la mano a los pibes que piden en el subte, y que antes de cantar una canción a capella te hacen la franelita personal, la amistad de apretarte los dedos despacito, rápido, sin mirarte a los ojos, ordenados por un hermano mayor. Me apenan profundamente, si los pienso (porque casi siempre sigo leyendo) pero no les doy la mano.

—Obviamente te dan la mano porque el Señor de las tinieblas se los indica —contesta la ex-nena del grupo, limpiándose los anteojos—. Hasta les deben dar algún tipo de “entrenamiento”. Toda la escena de dar la mano linda con la prostitución. Después de todo, es un contacto físico. Que usen a los nenes para mendigar ya es un delito, pero que además los expongan a que cualquiera les toquetee la mano es abyecto. Y tampoco les doy monedas, ni les compro nada porque el trabajo infantil está prohibido, y si el policía del subte se hace el pelotudo frente a la violación de ese delito será porque él también se lleva parte de la recaudación.

—Pero el subte arde de chiquitos pidiendo y de adultos manipulándolos para dar lástima, llevándolos sospechosamente dormidos en los brazos. Los veteranos de Malvinas andan escaseando y los enfermos de Sida siguen en el ranking. Y también están las personas-elefante. Hay una nena toda quemada en la cara, con un tirita de pelo que le sale del pedazo sano de su cuero cabelludo. Si estás distraído y la ves de golpe, muy de golpe, muy de frente, pegás un grito. Y la nena quemada se te queda mirando, reprochándote, queriendo que te mueras o que te quemes.

—¡La nena quemada! —la reacción inmediata sugiere que todos la conocen.

—Yo me la cruzo todos los santos días, y ni la miro.

—Yo no la puedo mirar. Uno se siente para la mierda, hiper-culpable porque la considera un monstruo y no debería ser así, pero no podés dejar de considerarla un monstruo y tampoco la podés mirar. Te hace bajar la mirada a la fuerza.

—Como es algo tan sobrenatural, llega un momento en que decís “no, no me jodás, a la piba esta la maquillaron. El que transformó a John Hurt en el hombre elefante” y entonces todo se pone peor, más culpa tenés y más estás esperando que se baje, porque no soportás más. Si no se baja pronto te bajás vos, contás cuántas estaciones faltan, un desastre. Porque incluso uno evalúa la posibilidad de darle algo o bien: no. La posibilidad de darle monedas a alguien ante una situación así ni siquiera puede ser evaluada en el momento, lo digo ahora como una evaluación teórica post-facto. En el momento es demasiado desproporcionada la monstruosidad con respecto a unas monedas, como si al Golem uno le ofreciera compartir un mate.

—Yo la ví por primera vez hace unos 4 años —dice la ex-nena, y todos se callan para escucharla—. Lo que más me obsesionó entonces fue pensar en el dolor que habría experimentado mientras se le curaban las quemaduras. La verdad que ahora ya me acostumbré a verla, la incorporé al personaje como uno más, de la misma manera que naturalicé todo lo demás. Pero cada tanto pienso: ¿Cómo fue la quemadura? Me imagino que era invierno, hacía frío, la familia encendió un brasero o algún adminículo para calefacción no aprobado por Metrogas y se quemó todo. ¿Quién más sobrevivió?

—A mí me hace pensar en Frankenstein, lo cual, obviamente, me da más culpa. ¿La nena es una obra humana? En tanto maquinaria del pedir, podría ser. Pensar esto te pone peor, te hace sentir más basura humana todavía. La tirita del pelo que sale de la parte sana, ¿puede ser real? ¿puede ser algo que se haya salvado de ‘la quemadura’?

—La nueva adquisición del staff de mendigos del subte es como Frankenstein —dice la ex-nena—, un hombre grande, corpulento que acaba de ser operado a cráneo descubierto. Tiene una cicatriz todavía viva que le rodea todo el perímetro de la cabeza de oreja a oreja. Está rapado (señal de que la cirugía y la permanencia en el hospital fue reciente) y le falta un ojo. Le falta todo lo que hay de ese lado, hasta la parte correspondiente a la nariz. Del lado izquierdo es una no-cara. Lo operaron en un hospital y no le pusieron ningún tipo de prótesis en el nicho del ojo. Directamente le cosieron, sin gracia ni prolijidad, un párpado con el otro. El accidente le afectó el habla y la manera de caminar. Se desplaza con cierta catatonia, como Frankestein o la Momia y farfulla en voz bastante alta lo que todos interpretamos como un pedido de ayuda (y que los pasajeros niños del subte interpretan como un mensaje de terror). El tipo debe haber salido del hospital hace 72 horas. Imagínenese sufrir una operación en la cabeza e irse directo a trabajar.

—¿Cuántos días habrá pasado en ‘recuperación’?

—No muchos, porque la venda está fresca y del hospital te rajan enseguida. Te mandan a que te recuperes en el subte.

—¿Pensará que le hubiera venido mejor morirse que “salvarse”?

—Al menos eso es lo que pensamos todos los demás en el subte. Si se trataba de un hombre que no tenía nada, ahora tiene su deformidad, gracias a la cual pudo conseguir una plaza en el subte, que es lejos la mejor parada de mendigos de toda la ciudad. El residente que le salvó la vida se habrá sentido un héroe o habrá dicho “Uy, qué mal que me quedó la sutura” La verdad que el trabajo de costura parece hecho por Rambo. Otro que debe haber sumado con la salvación del Hombre es el Señor del Subte: mientras más horrendo, más monedas.

—¿El “Señor del Subte”?

—El Señor del Subte es el que controla toda la organización mendiga, y a la mano de quien deben llegar todas las monedas para después salir en forma de porcentaje para los ‘trabajadores’ quedándose él con la plusvalía. Sin impuestos. Una máquina humana de juntar las monedas que les sobran al pasaje de Metrovias (de las cuatro líneas, por supuesto).

—Entonces nadie les da la mano—confirma el que empezó con el tema.

—Yo no les doy la mano pero a veces les doy plata.

— Yo antes les daba, monedas. Limpiaba mi conciencia, me secaba la lagrimita y pensaba ingenuamente que si recaudaban más cuando “llegaran a la casa” les iban a pegar menos, o algo en esa línea. Ahora, en primer lugar, desconfío de la posibilidad de que lleguen a ninguna casa, después pienso que mientras más monedas recaude la máquina, más rentable es y menos probabilidad de que deje de funcionar.

—————————————

A la mañana, en Lacroze, hay como reuniones de equipo. Se distribuyen los vagones y de alguna manera organizan la agenda del día. No parece algo autorregulado. Se nota que hay alguien (o algo) que manda a quienes no son niños, ni están quemados, ni tienen sida o recién nacidos a pedir los días sábados, o peor, los domingos, cuando la recaudación es un desastre. Esos días hay algunas mujeres ni muy jóvenes, ni muy viejas. Eso sí, muy resignadas.

Y hay una chica también, que llama la atención por lo hermosa que es.

Hace unos años era aún más bella, impúber. Ahora ya tiene las caderas más anchas y quizás ya haya tenido algún hijo. Cuando era más chica tenía mucho talento para pedir. Hablaba, se desenvolvía muy bien, un pelo largo azabache, ojos preciosos, cuerpo de modelo. Los pasajeros se daban cuenta. Pensaban: a ésta si la ve Suar la mete en Gasoleros, Cartoneros, esas cosas que hace él. Pero se ve que Suar no usa Metrovias. Nadie la vio. Ahora ya está harta, no habla más.

Sigue teniendo mucha onda para vestirse.


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7. Dénouement
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5. Tardecita
4. Siesta
3. Almuerzo
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1. Residuo Nocturno
Al-Fon-Sín
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