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20 10 2005 - 17:14

TP en la venerable redacción del New York Times. Único medio. Caminamos en silencio contra la pared, observando a los redactores del diario, esos seres que se parecen tanto a nosotros –saco de corderoy, camisa arrugada, pilas de papel inútil sobre el escritorio– pero ganan casi todos arriba de 100.000 dólares anuales. Se supone que la redacción está viviendo un momento de altísima tensión por la situación de Judith Miller, a quien casi todos detestan, desde mucho antes del escándalo, y el diario defiende con entusiasmo moderado: “La gente está muy enojada”, nos dirá dentro de un rato Andrew Rosenthal, subdirector de Opinión del diario. Pero por el momento no parece haber ninguna tensión: los periodistas se enroscan sobre sus teléfonos, de vez en cuando alguno suelta una carcajada, la mayoría se encorva sobre sus monitores y se restrega los ojos a intervalos regulares, disimulando el sueño o la pereza.

Esta es sólo una de las redacciones del diario, que ocupa varios pisos del famoso New York Times Building, a media cuadra de las pantallas gigantes de Times Square. El diario emplea a 1.500 periodistas, cuyo mantenimiento total, incluidos los $2 millones anuales que cuesta la oficina en Irak, tiene un presupuesto de $250 millones cada año. Nuestro contingente de corresponsales extranjeros va haciendo truc-truc sobre la alfombra, y nos da un poco de vergüenza venir de visita al Times, como si fuéramos chicos de secundario. “Pero es el Times”, nos convencemos unos a otros, disimulando nuestro cholulismo. Porque no hay nada que mirar: la redacción tiene esa cosa elegante e industrial que uno esperaba, las vigas de metal en el techo, las oficinas separadas con viejos paneles de madera, no de plástico ni durlock, pero en el fondo es una redacción casi como cualquier otra. Pero para un periodista que trabaja en su casa, como yo, y que extraña el ambiente de las redacciones, entrar hoy al tercer piso del New York Times Building fue como volver a oler el cigarrillo que no pruebo desde hace un año: un subidón a la cabeza, y los pelitos de los antebrazos para arriba.

Teníamos una excusa para nuestra visita: hablar sobre free speech con Rosenthal, igual que a la mañana lo habíamos hecho con el director del New York Sun —un joven republicano bastante insoportable al mando de un ídem diarito ídemy con el jefe de noticias de la versión local de NPR, la muy progre radio pública, cuyo jefe de noticias es un muy ídem personaje de anteojitos cuadrados, voz suave y corrección política. Rosenthal, judío, progresista y empleado del NYT, tres cosas muy cercanas al poder en esta ciudad, tiene sin embargo esa humildad generacional bastante común en Estados Unidos: el tipo, que rondará los 55 años, es de la vieja escuela. Le gusta que los periodistas escriban los hechos y que las páginas de opinión se encarguen de las opiniones, que ninguno de los dos grupos se mezcle (de hecho, la parte editorial del diario no tiene conexión con el resto).

“Pero todo eso está cambiando”, dice. “Ahora los periodistas de diario tienen blogs, los columnistas de Internet tienen mucha libertad… No me gusta, pero es hacia donde vamos, y tenemos que ver cómo encajamos”. No se pone a putear a todo el mundo ni a acusar a nadie de nada, aun cuando la dirección del cambio lo transforme en un alguien menos útil de lo que era en la era pre-Internet.

Rosental habló bastante del caso Judith Miller, sobre el que el Times publicó el domingo una larga nota no muy favorable a su propia periodista, quien hace un par de semanas salió de la cárcel después de casi tres meses. Atención: ahora una primicia mundial de TP (en serio: mis colegas de Der Spiegel, Asahi Shimbun o Le Figaro no lo publicarán hasta mañana):

“Es difícil imaginarse a Judy escribiendo para el Times en el futuro”, dijo Rosenthal on the record, cuando todo el mundo se está preguntando en estos días por el futuro de la mujer que ayudó a crear el mito de las armas de destrucción masiva.

Miller está actualmente de licencia, soportando las críticas de todo el mundo. La acusan de haber cedido a la presión del fiscal que quería saber su fuente —“¡Estuvo 85 días presa!”, la defiende Rosenthal—, y de haber aceptado un muy trucho permiso de su fuente (Scooter Libby, el jefe de Gabinete del vicepresidente Cheney) para que revelara su nombre, cuando “todo el mundo sabe”, según Rosenthal, que a Libby le dijeron en la Casa Blanca “firmá o te rajamos”. “En fin, que es un caso de mierda”, dice Rosenthal y se acaricia la barba más blanca que gris. “Porque no es que estemos protegiendo a un tipo que denuncia desde adentro a su organización, tipo Garganta Profunda o Karen Silkwood, sino a alguien del gobierno que quería hacer una operación de prensa para joder a otro. La redacción del diario está a las puteadas porque nunca les dijeron qué era lo que estábamos protegiendo. En nuestras reglas, además, dice claramente que si un editor le pregunta a un reportero quién es la fuente anónima que está usando en la nota, el reportero lo tiene que decir. El problema es que en este caso no hubo nota, y después pasaron cosas que no sabemos”.

Rosenthal, como casi todos los periodistas en puestos directivos, dice más cosas de las que debe: le preguntan cuánto cayeron las visitas a nytimes.com desde que hay que pagar para leer a los columnistas, y él contesta: “Y, a ver… Los columnistas pasaron de 13 millones de visitas mensuales a cuatro millones, pero no sé si puedo decir esto. Má sí, no importa”.

Salimos de la sala de reuniones. La corresponsal del Oriental Daily News, de Hong Kong, una chinita fashion gordita y graciosa, se saca una foto con la redacción de fondo. Los demás, con la timidez de los grupos recién formados —aunque siempre hay algún argentino que habla de más—, sonreímos sin decir nada. En la calle, me levanto las solapas del saco de corderoy porque hay viento, y no quiero que me agarre la tos.


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