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La República de Bleichmar y el Very Flaky Pájaro

10 09 2004 - 19:37

Se veía venir a la legua: aquél comentario de Blumberg sobre el voto calificado iba a ser repetido hasta el cansancio para desautorizarlo, como si semejante cosa hiciera falta. Habiendo dejado en claro dónde estamos parados respecto de Blumberg, convengamos ahora en su defensa que cuando mencionó el voto calificado lo hizo ejemplificando sus errores del pasado. Esto es lo que quería decir Blumberg (y lo que dijo, en realidad, aunque no con demasiada claridad): “Miren qué pelotudo era yo, que creía en el voto calificado, y mi hijo, el Santo, me abrió los ojos”. Es un comentario doloroso el del tipo, por un montón de motivos, y como tal habría que haberlo obviado con un mínimo de indulgencia. Pero la sed de sangre de esta gente es infinita —Clarín, en este caso, aunque ya veremos como se suman líbero-profesionales a la carnicería.

La Licenciada Bleichmar publica en Clarín, entonces, una respuesta nominal a aquella frase de Blumberg, empleando un método felizmente en desuso (aunque nunca es tarde para reintroducir costumbres del pasado). Se trata del Sarcasmo Confuso Redundante; una forma de respuesta que la acerca tanto al trotskismo estudiantil como a la esquzofrenia paranoide.

Lo primero que hace Bleichmar es, por supuesto, pasar por encima del contexto y las intenciones del pobre Blumberg. Enseguida procede a adoptar un tono supuestamente escandalizado (“dónde iremos a parar”) intentando demostrar, por el absurdo, que el voto calificado no es una buena idea. Lo único que le falta a Bleichmar para ganar el premio a la Perogrullada de la Década es citar a Brecht (“Un día vinieron por los judíos…”). Pero no hace falta, porque la cita es patrimonio de Feinmann por estos días, del mismo modo que lo era de Cipe Lincovsky hace diez años.

En su condición de psicoanalista mediática, Bleichmar se lanza a la defensa de todos nosotros, enumerándonos, asumiendo una postura combativa en el único terreno al que se le anima: el de la Verdad Revelada del Progresismo. Sin embargo, a medida que su enumeración se extiende, el tonito irónico empieza a quedarle mal y uno empieza a considerar sus propuestas con cierta seriedad: después de todo, la idea de excluir del voto a los periodistas y los docentes no suena nada mal…

Hace años que la Licenciada Bleichmar publica libelos incoherentes con fines poco claros. De hecho, se van a cumplir diez años de un artículo particularmente canalla que había publicado en Página/12 acerca de los peligros de la Realidad Virtual y que yo había cometido el error de responder. Acá esta el artículo original de Bleichmar (en Word; Página ni tenía website en esa época) y aquí está mi respuesta de entonces. No sé qué me deprime más: el hecho de que ella se haya upgradeado a Clarín con la consiguiente pérdida de neuronas y siga diciendo más o menos las mismas cosas, o descubrir que mi respuesta sigue vigente. Peor: que mi respuesta era optimista.

Mirá por dónde se dan vuelta las cosas: tiene que venir un inimputable como Blumberg a plantear de casualidad (porque fue sin querer; el subrayado de Clarín es lo que sí es a propósito) una cuestión que precisamente por estar, como dice Bleichmar, “agotada en el siglo diecinueve”, nos ha impedido leer razonablemente la catástrofe que significó el menemismo. El menemismo, como todos sabemos, fue un episodio natural y espontáneo, no votado por nadie.

Dada su producción, existen serias posibilidades de que yo, por ejemplo, quiera vivir en un país en el que no vote Bleichmar. El hecho de que eso sea imposible de instrumentar con criterio, la comprobable injusticia que devendría de toda restricción al voto, cualquiera sea, no quiere decir, de ninguna manera, que el problema esté saldado, y mucho menos que desaparezca.

Ted Braun, uno de los pocos docentes humanos que me tocó conocer (y además un gran tipo), siempre se queja de la ausencia de una versión para guionistas de cine del Juramento Hipocrático. Sugiero algo similar, más amplio, para los intelectuales mediáticos. Habría que ir escribiéndolo de a poco. Primera regla, tentativa: evitar la tentación de la diatriba cobarde, aquella que apoyándose en un consenso que sabemos cierto nos hace quedar bien a expensas de las preguntas que realmente deberíamos formular.

No está de más sugerir una visita al website de la Licenciada Bleichmar. Una mínima sensibilidad para cualquier cosa nos hará difícil pasar de la splash screen con guitarrita y biblioteca obligatoria detrás de la foto con fog, propia de Maddie Hays. Pero haciendo uso del espíritu trasnochado que sin duda nos ha hecho llegar hasta este punto, podríamos recorrer concienzudamente los distintos artículos publicados hasta concluir que Bleichmar es un verdadero monstruo. Y sin embargo no parece ser el caso.

Algo extraño pasa cuando alguien que (miren la biografía) estudió con Laplanche y se vio envuelta en una decena de actividades interesantes termina escribiendo esos textos ilegibles desde todo punto de vista; cosas como las que originan mi respuesta indignada anterior e incluso esta, más sosegada.

Vamos de nuevo: Laplanche, un tipo muy inteligente, también comía (¿come?) vidrio a menudo, como corresponde a todo intelectual francés de su generación, y sus libros seguramente departen alegremente en bibliotecas personales de todo el mundo con libros de Zizek y sus poslacanianos amigos, and even Chomsky. So be it: es un universo que me aburre, pero contra el cual no tengo nada — sobre todo porque mis acercamientos al psicoanálisis suelen estar, como tantas otras cosas, signados por preferencias personales completamente intuitivas. Digamos que Laplanche podrá tener motivos y razón en su revisión furibunda de Melanie Klein, pero Melanie Klein era una persona más interesante que Laplanche, y sus discípulos (de ella: ¡Bion!) también. Dónde estoy parado: la clínica importa pero es inconstatable, las ideas me interesan, la retórica, en general, me chupa un huevo y la historia me fascina. Pero bueno, es una visión bastante oblicua de las cosas que por suerte no hace falta defender porque no disputa nada (y es indefendible).

En cualquier caso, el párrafo que acaban de leer tiene tan poco que ver con Clarín como, en teoría, tendría que ver la producción de la Licenciada Bleichmar con nuestro calvario cotidiano y las editoriales infames de Kikirikoy, ¿no? Y sin embargo ahí la tenemos, en plan proselitista antiblumberg, entregada a la producción de banalidad explosiva por motivos que (a esta altura y después de visitar su website) podemos deducir son menos altruístas de lo que suenan. La construcción del personaje público, si bien lamentable, también suele ser necesaria como parte de la estrategia de un intelectual para ganarse la vida razonablemente. Incluso estoy tentado de echarle la culpa de todo a los medios, como solemos hacer desde el progresismo al que pertenezco a regañadientes, a veces con razón y a veces en inconducentes manotazos de ahogado.

Como casi siempre, todo es más complicado.

Podría corregir para atrás, borrando parte de lo anterior, pero supongo que el proceso en tiempo real es lo más interesante de todo esto.

Buscando (confieso) con un interés malsano algo que me permita irme a dormir confirmando que Bleichmar es simplemente una columnista más, sin escrúpulos ni talento, caught in the endless swirl of Vulgarian shit, encuentro otro artículo publicado increíblemente en el mismísimo diario Clarín (aunque sospechosamente offline), en el cual Bleichmar se despacha contra las tendencias más criminales de la psiquiatría infantil de los últimos tiempos y estoy a punto de perdonarle todo e irme a dormir convencido de que el pelotudo soy yo.

Bleichmar:

“Si el maltrato físico ha cedido como modo represivo en la infancia, la medicación no puede ser el relevo sofisticado que maniate toda manifestación de la diferencia.”

¡Yey! Aplausos. Me hago un té y reconsidero. Bleichmar (que en realidad se doctoró, parece, en París, así que encima quedo como un nabo por haber puesto “Licenciada” dieciocho veces, más arriba) acaba de reducir mi enjundia inicial a prácticamente cero al conseguir un stand tan certero como importante. Hasta que me doy cuenta de que me estoy dejando llevar por mi vida en Los Angeles.

No tengo estadísticas, pero entiendo que, felizmente (y en gran medida por la tradicional hegemonía psicoanalítica que siempre celebré) la histeria colectiva en torno al ADHD no es un problema mayúsculo en Argentina. Casi arriesgaría que hay consenso en los puntos que sostiene Bleichmar. Hm. Consulto con un par de psicoanalistas amigos y me lo confirman. En algún punto, el artículo sobre la medicación infantil se empieza a parecer al del voto calificado (ver más arriba: diatriba cobarde).

Si hay un elemento central a la ignominia periodística que compulsivamente tratamos de desarmar, parece ser el de saber lo que uno va a decir antes de pensarlo.

Buscando un poco más, alas, me entero de que Bleichmar es fundadora del improbable Movimiento Argentina Resiste, y encuentro este terrible y revelador reportaje. Lo cual me deprime bastante, porque me había entusiasmado la idea de hacer las paces con Bleichmar, pero también (por suerte) hace algo más que confirmarme en una senda bastante árida: sugiere una definición, desde adentro, de esa especie de complot tácito que me viene inquietando desde hace años —desde antes, incluso, de volver a leer los diarios. Bleichmar lo define como “Pacto Interhumano” en este reportaje que cité más arriba, poco antes de decir esto:

...una maestra rural me preguntó: ¿cómo le enseñamos a los chicos lo de los próceres? Porque ahí está todo el debate escolar. Para mi el problema es que les seguimos ensañando que la independencia ya fue realizada y que la patria ya fue construida, y que ellos legaron una patria, cuando deberíamos plantearle a cada niño que tendría que ser el próximo San Martín, el próximo Moreno, el próximo Belgrano. No que eso está atrás, sino que está adelante, que esto es una patria que nunca se construyó. 

Bullshit, of course. Peor de lo que esperaba. Pero interesante, virando con gran claridad la discusión y el problema hacia el terreno de la Membrana. Y allí, en La Membrana, lo abordaré en cuanto tenga un rato.


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