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Madre Noche

29 10 2005 - 22:50

Un traductor anónimo y desideologizado le coló hoy a Página/12 una visión negativa de la patria. La aduana nacional y popular no es tan impenetrable como creíamos. Dice Robert Fisk en la contratapa del matutino de la avenida Belgrano, contando cómo quiso entrar a Estados Unidos con un pasaporte vencido, no lo dejaron y todo el mundo creyó que era Bush el que no lo dejaba entrar por sus críticas a la guerra de Irak:

Cuarenta y cinco minutos más tarde, otra dama de la Seguridad Nacional – sigue sin gustarme esa palabra, Homeland, tiene un molesto eco de la palabra alemana Heimat, o “Patria”.

Lo mismo en el original del Independent:

Forty-five minutes later, another lady from Homeland Security – I still don’t like that word “homeland”, with its dodgy echo of the German “Heimat”.

O sea que lo de Patria, que es una palabra mucho más jodida de lo que creemos los argentinos, fue agregada a propósito y con acierto por el/la traductor/a de Página. Es curioso cómo para el progresismo del hemisferio norte patria suena a Hitler y para el del Hemisferio Sur es una tibieza en el pecho. Mario Wainfeld, el entrañable poeta del sentimiento, debe estar hoy pidiendo explicaciones: patria es pueblo. Pero ellos, los ingleses, no tienen nuestros problemas: ellos, el Imperio, no necesitan patria. O algo así. Siempre hay una escapatoria.

Cuando me fui a vivir a España escuchaba a mis amigos progresistas españoles decir que “el nacionalismo es lo peor de todo, lo primero que hace mierda a una sociedad” y yo les decía que no, que estaban exagerando, que se puede ser patriota sin ser nacionalista. Ellos hablaban sobre todo del País Vasco y de Cataluña, pero lo aplicaban a todos lados, y trataban de convencerme. Uno de ellos vino a Buenos Aires a hacer una pasantía en La Nación en el invierno de 1998, y yo vine un par de semanas de vacaciones. Paseábamos por Buenos Aires y yo le mostraba a Alberto los miles de balcones con la bandera argentina –se juntaban el Día de la Bandera y el Mundial de Francia—y le decía: “¿Ves? Esto a mí me gusta. En España no ves una bandera española ni a palos”. “Pssé...”, contestaba mi amigo, muy lejos de estar convencido. Años han pasado, y la unión patria-bandera-fútbol me parece bastante menos romántica que entonces.

Pero, de lo que desconfían los progres ibéricos no lo hacen los porteños, que se han subido a todos los barcos que pasaron cerca. Es cierto que nacionalistas e izquierdistas han compartido batallitas en las últimas décadas: privatizaciones, comercio internacional, globalización. De ahí los incestos.

En The Economist de hoy hablan de las elecciones argentinas. Cuando definen técnicamente a Kirchner –lo hacen en todas las notas, dos palabritas para encapsular al personaje: “Ricardo Lagos, un socialista”– dicen “populist nationalist”, populista nacionalista, lo que está a apenas unas erratas de distancia de “nacional y popular”, pero significa todo lo contrario. En inglés no hay palabra para patria –hay parecidas: más suaves, menos bélicas—y la palabra para “la gente” es la misma que para “el pueblo”: the people, que me gusta porque suena a constitución y cosa pública. Los alemanes, los tanos y nosotros tenemos patria y tenemos pueblo, y las cagamos a palos: nos las tiramos por la cabeza, como si sirviera para algo; las usamos demasiado.

Aterriza en mi mail una gacetilla de prensa del Gobierno argentino. Atenti a la redacción: “El Gobierno argentino manifiesta su preocupación por expresiones contra el Estado de Israel que habría formulado el Presidente de Irán”. ¡Habría! Decenas de miles de testigos, ayer en la plaza de Teherán quemando banderas y puteando a Israel, pero igual no queremos meternos en quilombo: decimos habría. [Update: el presidente iraní, hoy: “No me retracto. Mis palabras son las del pueblo iraní. Los occidentales que opinen lo que quieran”. En fin: habría. Y el pueblo como excusa y bazooka.]

Quién copia a quién: ¿los malos periodistas a los malos redactores de gacetillas o es al revés? Probablemente es al revés: leo los potenciales en los diarios de la CapFed – hoy en La Nación, por ejemplo: “Aún no habría riesgo inflacionario”– y mis escasas células detectoras de buen gusto se sacuden en horror [Aclaración: el problema de la nota de La Nación no es sólo el título, sino el género vernáculo de “llamá a cuatro expertos y ponele un título”, habitual en todos los diarios y al que habría que abolir de inmediato.] El comunicado del Gobierno después no dice mucho: Hoja de Ruta, “fronteras legítima e internacionalmente reconocidas” para Israel (ojalá alguien supiera cuáles son: ¿1967, 1973, 1994?), “todos los países civilizados del mundo”, la normalidad habitual.

Las elecciones como sexo o partidos de fútbol: previa histérica e histórica, hipnosis durante, orgasmo y alivio en el post inmediato, indiferencia una hora después. Lo peor de las campañas, como de los polvos y las finales, es la energía que uno malgasta por conseguirlos, y al final siempre se arrepiente un poco de todo. “Qué al pedo que estamos”, admitimos, sin decirle nada a nadie, afeitándonos o depilándonos la mañana siguiente.


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