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Los Formatos Eficientes

9 11 2005 - 03:53

Hay momentos de la vida laboral en los cuales uno se siente un chivo expiatorio. Otros, en los cuales todo le chupa un huevo. Y otros (los más difíciles) en los cuales al chivo expiatorio todo le rechupa los dos huevos. Tensión, ésta, depositaria de fracasos ajenos. Y por lo tanto, indolente.

Es como si:

Roberto (Jefe de tienda): Romi, ¿qué pasó que este mes bajaste la productividad, negri?

Romina (Trainee): Nada, Rober. ¿Por? ¿En qué influye? Mi trabajo lo cumplí al pie de la letra: no pasó nada.

El Jefe de tienda es la máxima autoridad en un local (o sea, tienda). El Trainee es el encargado de turno, la autoridad que sigue al Jefe de tienda en orden jerárquico, hacia abajo.

Productividad. Qué tema. La productividad de un empleado se mide en todos los sectores que hacen al funcionamiento de una tienda: desde la atención al cliente hasta la reposición de la verdulería. Por ejemplo: la velocidad con la que un cajero pasa los productos por el scanner (ese coso cuadrado que lee el código de barras) se denomina líneas por minuto. La empresa exige 8.0 de estas líneas. Ésto equivale al scanneo de ocho productos, computándose el tiempo desde que es leído el código de barras del primer artículo hasta que se cobró la compra al cliente y se cerró el cajón (caja). Es atender al público como Speedy González lo haría si fuera cajero.

La forma de entender y llevar a cabo eficientemente (recordar esta palabra clave: eficiencia) la productividad en Eki, no implica sólo lo que el uso corriente supone: mayor y mejor producción en el menor tiempo posible. El formato eficiente de la productividad es matarse todos los días un poco; llevarse el 32 a la boca bien abierta, cuatro u ocho horas todos los días, de acuerdo a lo que estipule el contrato. Pero (¡chocolate, y todo un maxikiosco, y un mayorista, y una cadena de éstos, y la fábrica Arcor entera por la noticia!) se sabe que quien dice cuatro puede decir cinco o seis. Y a quien le tocan ocho puede asentir cuando la cronología diaria imponga nueve o diez. Y, ¡ojo!, a apagar el celular y desenchufar el teléfono en casa: en los días francos, rechazar al fantasma Eki puede ser peligroso.

El formato eficiente de la apariencia física indica que masculinas somos las mujeres y femeninos los hombres. Es uniforme el uniforme, no conoce géneros. La estandarización es promisoria en ese sentido: basta con ver a una petisa de metro y medio disfrazada con una chomba extra-extra-extra-large, perdida ahí adentro, y a un pibe de un largo metro setenta, con la prenda superior (a fuerza de pectorales y bíceps y puchero todos los días) puesta como un top que le daría vergüenza ajena a María Amuchástegui. Este formato también da cuenta de una suerte de militarización (en cuanto a los grados jerárquicos; aunque las reprimendas y el “cuerpo a tierra” son objeto de profundo deseo de los capos o en su defecto, salvando las perennes distancias, de quienes se creen, o les hacen creer para que sean felices por un rato, capos de la compañía). Desde el pibe de los mandados que lleva la fastidiosa gorra hasta el que juega a ser mandamás. Los capos reales son incorpóreos, entes hasta ahora desconocidos.

Hombres somos las mujeres y mujeres los hombres. Podemos (¡tenemos!) que levantar cajas, bultos, cajones, mover carros que superan el 30% de nuestro peso. Pueden —¡deben!, si no quieren ser pasibles de sanción disciplinaria entendida como suspensión, los días requeridos para que el rebelde entienda cómo son las cosas y quién manda— realizar la venta inducida antes de que el cliente pague la compra, con voz amariconada:

¿No quiere aprovechar las papitas a sólo noventa y nueve centavos?

Las papitas son papas fritas de tristísima calidad, promovidas a la categoría de Lays. La venta inducida es lo que define la cantidad de personal del que dispone cada tienda.

Entonces, cuando vayan a un Eki y vean a un empleado ofreciéndole desesperado maquinitas de afeitar de tres hojas, súper afiladitas, divinas y baratas, a una mujer lampiña que lleva crema depilatoria, rebobinen y recuerden que ese chico tendrá que hacer la siguiente operación si fracasa en el intento de persuadir la compra:

“Romperme el traste al cuadrado = mismo sueldo + mismas puteadas”.

O bien, si es que todavía no tiene quemado el hemisferio que se encarga de las operaciones lógico-matemáticas, deberá despejar la siguiente ecuación:

“Brindar una buena atención al cliente + quejarse – desempeñarse lo más rápido que el cuerpo permita – disimular como buen artista el cansancio acumulado + frenar, respirar en armonía – demostrar una sonrisa natural (aunque sea más fingida e interesada que el amor provisto al jefecito que
quiere ayudar en el preciado ascenso) + X = 0.”

La incógnita devela al empleado, aún consciente de sus actos, que no es negocio. No es negocio para uno. Porque la ecuación deviene en inecuación cuando de desigualdades se trata.

La venta inducida es inflexión. Uno también está del otro lado, del lado del cliente, del lado del consumo de inmundicias. Uno percibe esto cuando, de civil, entra a un local de esa multinacional de comida rápida que pregona que “le encanta”.

Ganas de decir: “Quiero ese proyecto trunco que venden por hamburguesa y un vaso con hielo acompañado de esa dilución hermanastra de la Coca Cola. ¡No! (¡Ay, qué cargoso el pendejo que atiende!) ¡No quiero salsa ranchera!” Como un reloj pendular que en uno y otro extremos sólo marcará horas (con las variaciones del caso), pero siempre lo mismo, el “me encanta” es un formato eficiente y el formato eficiente encanta a casi todos. Por eso: no, no. Por más que tengas esos ojazos no me vas a embaucar, Rober.

Ahora bien, nadie escapa a las bondades del capitalismo (porque tiene bondades). Nadie.

GSM, CD, HTML, DVD, MSN toman del cuello hasta a los más reticentes. OK, pero qué pasa cuando la escoria de este sistema nos administra sabiamente dosis subcutáneas e intracerebrales de su mierda. Lo primero no es grave: se soluciona con una buena siesta santiagueña o un rato al sol. Un cuento, de esos cortos pero contundentes, o un programa de televisión pelotudo, como para despejarse. El problema es lo segundo: cuando los pibes Eki empiezan a hablar como si fuesen José Eki.

Es interesante apreciar lo que sucede con los aún incontaminados: la vida se escinde en partes desiguales. Una pequeña que permite transitar la otra; la placentera y la no tanto: la vida.

Dentro de Eki: número de prontuario, perdón, de legajo, 6.325. Fuera de Eki: Romina, Romi, Romix, Ro. Rami (por el nombre masculino que no pudo ser), Petisa, Colo o Cache. Adentro: anulación y monotonía. Inercia. Es prender el automático y listo. Afuera: curvas e intelecto. Creatividad y fiaca. Procedimiento y operativa, por un lado, y por el otro música, lectura, dulce de batata con fresco y malas palabras, dichas sin rubor, total simbolizan la carga con que uno define su orientación. Adentro: trato de buenos compañeros. Afuera: vínculo con un bombero rockero, demasiado libre para tildarlo de noviazgo y muy leal para hablar de compañerismo. El mejor ejemplo de cuando el chivo expiatorio superó la etapa dedicada a la succión, porque ya ni importancia le da a lo que puedan buchonear sus compañeritos.

Partir la vida propia al medio, y en realidad, no considerar vida sino apenas existencia la enmarcada en una tienda, a menudo genera envidias y resentimientos profusos e insalvables. Adentro es, para los vírgenes de la miseria, una agenda mental de lo que aguarda afuera. Es entregar el cuerpo, pero no la cabeza. Es ser un hipócrita laboral, no a la manera del lamebotas, de joder a los pares, sino de hacerse el boludo cuando la situación lo amerita.

“¿Quién rompió cinco paquetes de polenta Mágicaaa?”

En Eki, la mercadería se repone cortando las cajas, para ser dispuestas directamente en la góndola. El asesino que llevamos dentro los “escindidos” puede generar masacres a veces involuntarias (a veces, digamos la verdad, no tanto), pero siempre provocadas. Que Dios nos perdone: preferimos el caso de la polenta Mágica a tener que degollar a un cristiano.

Por otra parte, la jerga ekiana, hermética e insondable, destaca:

“Hacéte el check out, leéte el check-list, brequeá poco.”

[El check-out es lo que en criollo se conoce como línea de cajas. “Hacer el check out” es dejar este sector en óptimas condiciones. El check-list sería, también en criollo, la lista de procedimientos a cumplir en cada sector. Y “brequear”, ahora sí, en argentino (aunque sin negar la base sajona de recreo): “¡Descansá poco, chabón, que no llegamos con todo el laburo que queda!”. Los que trabajan ocho horas (o más) tienen un descanso nominal de treinta minutos reloj.]

El idioma Eki sólo conoce de obligaciones. ¿Y los derechos que forman junto a éstas, la dignidad, en este caso, del trabajador?

Que Carlitos no se revuelque en la tumba: las metáforas más brillantes, los ejes básicos del marxismo, se vulgarizan en Eki. En Eki, por ejemplo, uno puede sentirse alienado en los cuatro sentidos: al producir, no recibe ni satisfacción ni recompensa. Genera ganancias de las que gozarán otros (reproduciendo, además, la misma condición). Olvida las relaciones cooperativas, ya que éstas ceden frente a la explotación, en la que la competencia mata la acción comunitaria. Corolario: el laburante sofoca sus potencialidades. La vulgaridad de lo que dijo Carlitos, en Eki, no tiene que ver con algo inculto sino con algo del vulgo, de lo ya común.

Es raro, pero en este contexto uno puede elegir ser perdedor. Elegir ser perdedor y sentirse satisfecho. Frente a cuadrados mentales que lo único que saben hacer (y de memoria) es ver pasar la vida delante suyo y no cuestionarse siquiera por qué no para, o animarse a decirle: ¡Che, loca, paraaaaá un poco, que estoy yo acá! Cuando todo escapa a lo fortuito, los muchachos despersonalizados se excitan porque su tienda va primera en venta inducida. Todo por decir: “¡Ay, soy mejor que vos!, y además, Eki me premia reconociendo mi sacrificio, publica mi nombre en las fichas mensuales de comunicación interna”. La cuadradez mental es contagiosa. Sólo el previsor no es corrompido.

Romina (Trainee): Roberto, ¿cuándo me van a pagar las horas que me deben?

Roberto (Jefe de tienda): ¡Ay Romiiii, no sé, negriiiii!

Mientras elabora una respuesta más o menos vendible, al menos para zafar hasta el otro día, cuando aquélla vuelva a insistir, pensará en que es una desagradecida, una hija de puta, una agrandada de mierda, una jodida que se vive quejando, una malco. Ella pensará que el idiota no aprobó Sentido Común I de la carrera Ciencias de los Jefecitos (eso sí: se graduó hace rato en Rompepelotismo, con medalla de honor y todo, y está preparando la tesis de doctorado).

Se puede elegir (se elige) ser perdedor, cuando los parámetros con los que se califica son inconmensurables con los que uno adopta como política de vida. Se puede mantenerse así, incólume, aunque con cierto esfuerzo. Oír jadeos. Presenciar orgasmos incomprensibles. Tentarse. Pero no concretar. Como un testigo que vio todo y se anima a contarlo pero que, por ser testigo, no fue partícipe del crimen.


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Del mismo autor:
La Chica Eki
La biblioteca del Bodrio
El Amateur
Piazzolla y Anticipación
El Bombero
Fiasco-chagui
Un equilibrio primario
Recursos Humanos