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Putas #1

10 11 2005 - 08:53

Por palurdo que suene, me enteré hace relativamente poco (un par de años) de que la gente corriente, digo, los varones comunes y corrientes iban de putas. Para no herir la sensibilidad de los varones como conjunto se impone que diga “algunos varones”, si no después se sienten discriminados, incriminados, etc.

En mi fantasía los burdeles eran lugares para gente con problemas, para púberes con padres apurados por su debut sexual, para discapacitados, para políticos, para capos mafia o guardaespaldas, no para mis amigos ni mis parientes ni nadie más o menos normal. La primera noticia fue a través de un primo que me contó que una vez fue con el medio hermano, y que el medio hermano no sé qué, etc. Mi primo es un Adonis (pero un Adonis mal). Es hermoso, alto, musculoso, tiene 24 años, parece Brad Pitt. Además no es ningún imbécil. Me quedé un poco impresionada en ese momento. Le pregunté por qué.

—¿Por qué qué?, me dijo.

—Las putas, qué se yo. ¿Qué necesidad tenés vos? Él iba manejando; veníamos del hospital donde su mamá se estaba muriendo de cáncer.

—Nada. Es divertido, vas con tus amigos. Es distinto.

Pensé que era una cosa de pendejos, o tal vez de este tipo de pendejos de zona norte que juegan al rugby, qué sé yo.

Antes de continuar: No es ésta otra diatriba a propósito de la explotación o la degradación del género. Me gustaría pasar de eso esta vez, ya que no tengo lecturas ni información histórica sobre el fenómeno “putas”.

Pasaron unos meses, era el after corralito y mis jefes de entonces venían a Buenos Aires a dar unas presentaciones a clientes, todo en el medio de una gran re-estructuración que había dejado culo para arriba a media compañía. Algunos jefes eran nuevos (los jefes nuevos son lo peor, porque tenés que empezar de cero a hacer mérito). En ese entonces, en el medio del downsizing, yo no sólo quería que no me echaran, sino que quería que me dieran una promoción. El número 1 de la oficina del representante comercial de la compañía era un muchacho que no era directamente mi archi enemigo pero al que yo no le caía bien porque le había escupido el asado un par de veces con sus transas delincuentes. Este hombre, a quien llamaremos S, trataba directamente con mis jefes, mis jefes todos varones, todos venezolanos. Yo quería desesperadamente hacerme ver por mis jefes, hablar con ellos en plan bien y decirles que todo lo que S les dijera sobre mí no era cierto. En esos casos es necesario socializar un poco, tomarse algún whisky con ellos, algo.

Soy una persona tímida. Tan tímida que parezco jodida y antipática. No es la idea hablar de mí, sepan disculpar. Lo que quiero contar es: tenía que tratar de hablar con esta gente, pero resulta que después de la reunión de trabajo los jefes salen con S, huyen con S, desaparecen, se desmaterializan inmediatamente y no los veo sino hasta el otro día. Por la mañana, ellos con ojeras, resaca, pocas palabras y gran camaradería y chistes internos. Yo, como si fuera un televisor de plasma, finita, imperceptible, helada. Hasta que alguien más dice con total naturalidad: Y qué querés, si esto es un Boy’s Club, cómo van a tomarse en serio el problema que hay con S (se sabía de sus transas) si él es el que les consigue las putas. Bueno, dije yo, ¿cómo? Sí, salen todos juntos, se enfiestan, después qué querés.

Ah, dije yo. Cagué la fruta. Nunca, nunca jamás iba a alcanzar la camaradería carnal que S había conseguido con los jefes.

Lo raro fue lo que sentí en ese momento. Sentí que yo no existía, que ya no era una pantalla de plasma sino el zócalo de la sala de reuniones. Pensé que no sólo era el último orejón del tarro, sino que además era mujer, usaba anteojos y ni siquiera era puta. Tuve la sensación de que, para estos varones a los que yo quería impresionar, las putas tenían muchas más posibilidades de ser vistas como personas que servían para algo que yo. Por varios motivos: eran más eficientes que yo para sus necesidades, eran más bellas, no usaban anteojos y eran, sin duda, más putas.

Me lo imaginé a S en calzoncillos, carne y uña con mis jefes: ya ni siquiera les hablaba mal de mí. Directamente me ignoraban.

Y ahí pensé que aunque yo pudiera demostrar mi aptitudes profesionales (algo muy difícil cuando hay muchas personas juntas tratando de demostrar sus aptitudes y el tiempo apremia), aunque me esforzara por ponerme bella como las putas (el maquillaje y la peluquería pueden hacer milagros con cualquier mujer más o menos normal) igual no sería puta. Podía, fantaseé, tratar de ponerme un poco más puta (esto metafóricamente hablando), podía incluso en el peor escenario posible y ya no metafóricamente hablando tener algún tipo de intecambio sexual, pero eso no sería una transacción económica (nadie iba pagarme honorarios por hacerlo), sería un error. Otro error.

Además, no es lo mismo hablar con alguien sujeto, contenido, deseante, que con alguien que literalmente sabés estuvo garchando sin freno hace apenas unas horas. No es lo mismo. Te pone en desigualdad de condiciones. ¿Qué posibilidades me quedaban a mí de seducir —de nuevo metafóricamente— a alguien que no tiene ninguna necesidad de ser seducido por una empleada?

No encuentro la forma de explicarlo bien. Lo que entonces me daba rabia y envidia era esa especie de aura que los rodeaba a ellos el día después. Ese aura que da hacer algo clandestino, esa sensación de que sos especial y de que tu vida es una aventura. Bueno, quizás estas sensaciones son personales y no le pasan a todo el mundo. Pero yo pensé entonces, no sin resentimiento, que para las mujeres no había una instancia como “ir de putas”.

Pasó el tiempo. Finalmente no sólo no me despidieron sino que me dieron la famosa promoción: el doble de responsabilidad por el mismo sueldo. Una ganga. Y ya me acostumbré a la idea de las putas. De hecho, ni siquiera es algo tabú. Se paran y se van, y hasta son capaces de contestar “te imaginás adónde vamos”. Hasta sé el nombre del lugar al que van. Parece que es un lugar muy famoso. Las ejecutivas de la compañía, en un alarde de no sé qué, hacen chistes al respecto. “Ah, se fueron a tal lado”.

Con todo, si bien me acostumbré, pensé que una vez más se trataba de un hábito de extranjeros, de ejecutivos que viajan mucho, que era casi una marca de elite. Los progres jóvenes o más o menos jóvenes y más o menos normales no van de putas, me dije una vez más.

Volvió a pasar el tiempo y una noche, después de ir a ver un espectáculo teatral, fui a cenar con cierta gente. De salida, uno de los personajes dijo “No, yo me quedo por acá”, con tono misterioso. En el colectivo de regreso me fue revelada la intriga: el hombre se iba a un puticlub de San Telmo, por eso no tomaba el mismo colectivo y elegía quedarse solo. Ahí se me cayó la teoría de que se trataba de una farra compartida con otros hombres. El hombre (progre, intelectual, ni joven ni viejo, divorciado y de buen aspecto) se iba solo a buscar una mujer que lo albergara (o que lo alvergara).

Entonces la nueva teoría fue que el ir de putas era para hombres que no tenían pareja y tenían una necesidad imperiosa y urgente de fornicar.

Pero resulta que una vez más estaba yo en una reunión, con un grupo de personas, uno de esos grupos impersonales donde los integrantes cuentan cosas que no le cuentan a nadie más, y un señor (casado, universitario) contó que finalmente a los 47 años había cumplido con una cuenta pendiente que tenía: ir de putas. Y que le había gustado tanto y se sentía tan bien que había ido dos semanas seguidas.

El tipo estaba contento de veras. Se sentía super pijudo. A mí me dio asquito (era un señor muy feo y no me provocaba conocer esa parte de su vida privada). Lo que esta vez me llamó la atención era la sensación de winner del señor mientras contaba algo que, a mi criterio, era de verdadero loser.

¿Es de loser o de winner ir de putas?

¿Cuál sería el equivalente de ir de putas para las mujeres? Les pregunté a algunas especímenes. Me dijeron cosas vagas, varias coincidieron en “ir de compras”. A mí no me gusta ir de compras. Y comprar ropa o zapatos no se parece a coger. Una me dijo que el “ir de putas” de los caballeros era el adulterio de las mujeres.

Pero: cuando una chica, movida por la compulsión, por el deseo, o por como se llame eso, decide que va a cogerse a alguien usualmente hay toda una narrativa, todo un drama de “me dijo, le dije, me miro, me pidió, lo llamé, le mandé un email”, etc. Hay un relato. Sospecho que cuando un señor va de putas el relato también aparece, pero lo hace más bien en torno a sus compañeros de farra, no sólo a la mujer o las mujeres putas. El intercambio sexual no sería lo más importante en estos casos, sino el relato del intercambio para con los otros caballeros.

Cuando una mujer y un varón tienen intimidad sexual sin intercambio de dinero hay un intercambio molecular que hace que ninguno de los dos vuelva a ser el mismo: camina distinto, la sangre le circula más rápido, y como a Palmiro Caballasca, le hirve la cabeza. Es como tirar una gota de café en un vaso de leche y transformarlo en café con leche. El intercambio de dinero probablemente sirva para anular el vínculo. Como con el psicoanalista: le pagamos por escuchar y hacer cada tanto algún comentario inteligente, no porque nos quiera.

Después entendí también la canción de los decadentes: “somos los piratas, toda una vida fiel, al gato y a las trampas”. Entendí todo. Ya sé que las putas no están en un mundo paralelo y que quienes las frecuentan no son alienígenas del espacio exterior. Igual sigue siendo algo que me provoca una enorme curiosidad.


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