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Putas #2

12 11 2005 - 11:36

No sé muy bien lo que es ir de putas. Es decir, no sé lo que es. Pero inmediatamente, a pesar de no saber qué es, me pongo a pensar en el equivalente femenino que mencionó Ivana Steinberg días atrás. Evidentemente, las salidas de algunas mujeres a ver strippers (y eventualmente, a trincárselos) no tiene que ver con el ir de putas masculino. Más bien parece una forma de emular comportamientos que otra cosa.

Jamás me hubiera imaginado que una mujer pudiera equiparar el ir de compras femenino con el ir de putas masculino, pero ante tanta coincidencia habría que ver qué hay detrás. Claro que comprar no es cojer, pero me imagino que coger con putas no es exactamente cojer. O bien, se parece casi en partes iguales a cojer y a comprar, así que me parece que algo hay ahí.

La comparación con el adulterio femenino también es reveladora, porque estaría señalando que el adulterio femenino es distinto del masculino, y creo que vale la diferenciación. Quizá una mujer adúltera tenga la posibilidad, recóndita, de verse a sí misma como una puta, de jugar con esa fantasía. Habría que ver, pero eso ya tiene más que ver con el universo femenino.

El mayor sinceramiento de la actividad putañera de los jerarcas paralelo a la promoción laboral de la que habla Steinberg (y a lo que cuenta de las ejecutivas de la compañía) podría indicar que a mayor jerarquía, mayor sinceramiento. Es decir, mayor complicidad, y ahí ya entra en juego la ostentación y lo que se pretenda de eso, que ya sería especular demasiado. Pero lo que uno se imagina es que se trata de ostentación de poder. Una hipótesis: en la medida que las mujeres ascienden, los hombres les marcan el territorio. Una onda: vos hasta acá llegás, y de acá para arriba ya es cosa de hombres. Quién sabe si un aspecto no tiene que ver con el avance femenino en general. Otra hipótesis, que sería la misma desde otro lado: se ostenta poder, aunque sea con signos muy particulares, y poder es el atributo que en el imaginario masculino es lo más apreciado por las mujeres, creo. Entonces, que quizá sea una forma (bizarra quizá, no algo que yo haría, pero no soy ejecutivo) de cortejo.

Ir de putas se puede considerar como una valentía. Algo así como traspasar cierta barrera, para quien tiene la fantasía (cualquier varón) y significa haberla cruzado para quien concretó y puede dar testimonio desde ahí. ¿Son winners o losers los que van de putas? La pregunta me hace acordar bastante a la frase que creo que Moe de los Simpson decía desde la barra en su taberna: “Los ricos creen que son felices, pero en realidad no lo son”.

Tradicionalmente, en el imaginario varonil, el ir de putas está relacionado con un límite concreto a la entrega en el acto. Instintivamente, en el machismo más pleno, amor y enamoramiento son sinónimos de debilidad. Hay todo un rollo con eso y lo mejor al respecto es leer los tangos de Celedonio Flores (Tengo miedo, Lloró como una mujer, Mano a mano, Cuando me entrés a fallar y más). El pago estaría reemplazando al amor y, en ese sentido, actúa como un calmante, una relajación de una emotividad que se carga en el impulso y se descarga de una manera simple y cruda. Por eso, al menos desde los tangos a esta parte, la fantasía de que la puta no cobre y las complicaciones que sobrevienen cuando efectivamente se da que la puta no cobra.

Hay una cuestión que sin dudas cambió de un tiempo a esta parte con respecto a la aceptación social del “ir de putas”. Incluso la verbalización de la expresión. ¿Desde cuándo? ¿Desde el menemismo? (siempre el menemismo como el origen de todo lo perverso) ¿Desde el tinellismo? No sé por qué relaciono al tinellismo con este tipo de cosas. Algo de legitimación de comportamientos adolescentes como forma de vida.

Supongo que existe algo así como un rito de iniciación adolescente, eso que se veía en las películas de la barrita de amigos que van en fila a la puta del pueblo. Pero es eso, un rito adolescente. Con toda la promiscuidad del “compartir” adolescente rayano en la homosexualidad, o bien de momentos de definición de identidades. En la adultez, tradicionalmente, el ir a una puta es síntoma de decadencia. O más bien, de frustraciones acumuladas que hacen temer el precio a pagar y entonces surge la elección del precio fijo.

Pero el status de ostentación social del ir de putas me parece que es un fenómeno relativamente nuevo. Se me ocurre que tiene que ver en parte con el desplazamiento del concepto de ser humano al de consumidor. El consumo tiene buena prensa hoy en día. Si pagás por un servicio, estás legitimado de alguna manera. Incluso no me parece descabellado pensar que a cierto nivel ejecutivo se acuda a lugares donde las putas den facturas ‘A’ y entonces permitan deducir el iva del monto total y que eso sea visto como una ventaja, algo así como que dieran puntaje para alguna aerolínea.

Que hay una exaltación del mundo de las putas y su legitimación social desde los lugares más reaccionarios, me parece claro. En todo lo que tenga que ver con el hadadismo, la actividad putañera está legitimada con visos de normalidad y con la asociación de ir de putas con ser un winner. Da la impresión de que estuviera visto como un controlar la situación, una extensión de esos valores marketineros de negociación a todos los aspectos de la vida, algo así como si se editara el libro La Inteligencia Emocional con las Putas.

Mi primer recuerdo relacionado con esto es del año 90. Yo trabajaba en una empresa de informática que básicamente eran unos poligrillos que habían obtenido la representación de un producto relativamente importante en Argentina y se la pasaban careteando con eso. En cierta oportunidad tuvimos que ir a dar unas charlas a un evento que se hacía en Berisso: cuatro tipos de traje en un auto, llevando material de difusión, proyector de diapos, cosas así. Al volver, ya de noche, el capanga de todo eso (que iba manejando el auto) decidió de prepo que entráramos a Isla Maciel para ver a las putas, con el beneplácito de su empleado más ortiba. El tipo entonces se metió entre las calles de tierra y hacía que se acercaran a la ventanilla del auto para negociar. De mentira, porque no pensaba bajarse ahí. Al tipo, ese tipo de juego le parecía gracioso y yo ahí supe que no podría entenderme jamás con esa gente (al dueño de la empresa me refiero). Ante mi queja, el único argumento que al tipo le parecía válido era el de que había cometido una imprudencia, una cuestión de seguridad personal.

Existe un mito masculino: que las putas pueden revelar un mundo desconocido, o cierto aspecto del universo de las mujeres que es velado. Las mujeres son un misterio para los hombres: en una relación normal uno puede pasarse la vida elucubrando qué habrá detrás de lo que da una mujer, sin encontrar una respuesta. O bien: encontrando muchas respuestas, pero nunca una definitiva. En el mundo de las putas todo eso está claro, no existe el misterio. En un intercambio de cualquier índole con cualquier mujer no puta, siempre hay elementos ambiguos, motivos que nunca pueden ser del todo claros porque siempre puede estar detrás el intento de seducción. Inmediatamente hay mecanismos que se activan. En el intercambio con una puta en cambio, no puede haber sospecha de motivos ocultos: para cojer se paga. Entonces, como no se supone que se tenga una conversación con una puta para seducirla (no más que arreglar el precio), el mito dice que una puta conversando es una mujer transparente, que no ocultará nada, o que develará misterios insondables. Y entonces hay montones de hombres que creen que lo que pueden darles las putas va más allá del polvo. Incluso hombres que pueden acercarse a charlar cinco minutos con una yiranta que está en una esquina, no con el afán de coger sino de que se le revele no sé qué cosa.

Conozco a un tipo que es capaz de ir a tener un diálogo con una y hacer toda una investigación en la vereda, solamente porque siente que obtiene algo de ese intercambio. Incluso demostrar un conocimiento de la jerga, como por ejemplo preguntarle no tendrás sorpresita, ¿no? en tren de averiguar si ella no será en realidad un trava, y verificar así que está manejando un código de iniciados.

Si una fantasía recurrente en las mujeres es la de ser puta, la fantasía equivalente en el hombre debe ser la de ir a una. ¿Cuántos hombres hay que realizan esa fantasía en relación a las mujeres que realizan la otra fantasía? Presumo que los/las que lo hacen, en realidad no tienen muchas fantasías, sino que les pasa otra cosa. Quiero decir, no sé respecto de quienes saltan ocasionalmente el cerco. Me refiero a los/las consuetudinarios/as. Pero tampoco quiero equiparar el hecho de una mujer ser puta con el hecho de un hombre ir a una. En el caso del hombre, el que va regularmente a putas supongo que lo hace por una necesidad de que nada escape a su control, que nada se le vaya de las manos.

Pero además, están las fantasías cruzadas: si las mujeres, o bien, si una mujer reflexionando se puede preguntar qué hace que un hombre vaya de putas, o qué circunstancia tiene que darse para que un hombre llegue a eso, entonces ¿un hombre puede preguntarse qué lleva a una mujer a hacerse puta? Creo que es menos común. Las desigualdades de género, como siempre: se puede considerar más o menos normal a un hombre que ocasionalmente vaya de putas, no así a una mujer que sea puta, mucho menos si lo hace de manera ocasional.

Si no se puede definir una regla que defina por qué algunos hombres van de putas, si no es porque sean ejecutivos o porque estén con o sin pareja, a mí se me ocurre un elemento curioso, común a todas esas situaciones hoy en día: no hay un machismo en el sentido tradicional (aunque el machismo nunca se termine), el de las primeras luchas feministas. El machismo tradicional dice son todas putas y por lo tanto existe un pudor que impide a un hombre hablarle de relaciones con putas a una mujer que no es puta, porque se supone que también es puta de alguna manera y hablarlo sería mostrar el juego. No tengo demasiado claro esto, pero intuyo que este “sinceramiento” tiene que ver también con una percepción diferente de la imagen femenina por parte de los hombres. Creo que un hombre que declara ante mujeres que va a putas, lo hace desde un lugar de “aggiornamiento” o “modernismo”, quizá tanto como el hombre que se declara “sensible” sin miedo a pasar por puto.

El relato: como señala Steinberg, hay relato en ambos casos, sólo que en el caso de la mujer hay un drama. Es decir: tensión dramática en torno a un desenlace que puede ser feliz o no, y eso creo que es igual (o parecido) en el caso de un hombre en una relación normal con una mujer. Quizá lo que sucede en el caso de las relaciones con putas es un relato en tono de comedia. El resultado está más o menos previsto y solamente puede haber simulaciones de situaciones dramáticas, o episodios humorísticos. Un grupo de muchachos en ciudad balnearia solicita una puta a domicilio con el objeto de compartirla. La mina llega acompañada de un travesti. El travesti hace las veces de gendarme, de alguna manera. Ofrece (o amenza con) realizar algunos servicios él mismo, y de esa manera mantiene al grupete a raya y a la chica a salvo de posibles desbordes. El relato puede girar en torno a esa anécdota, o a cuánto tiempo le llevó a uno o a otro, a quien no se le paró, que si se acabaron los forros y hubo que salir a comprar y cómo, etc. Pero el sainete será siempre en tono de comedia, con final cantado e ínfimas variaciones que, como en toda comedia, vaya a saber qué esconde.

Todo lo anterior no dejan de ser elucubraciones de quien, del mundo de las putas conoce nada y del ir de putas menos aún. Quizá sería más interesante que hable uno que esté en el tema.


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