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Ibarrá, désolé

15 11 2005 - 23:52

Desolación, ese es el estado en que uno queda sumido después de presenciar a través de la TV el debate en el que se decide suspender y someter a juicio político a Aníbal Ibarra. No por Ibarra, cuya indolencia, narcisismo, pusilanimidad y otra serie de bellos atributos personales lo ponen más allá de toda posible conmiseración: por nosotros los ciudadanos de Buenos Aires, que hemos alcanzado el nivel de calidad institucional de las provincias en que todo gobernante está a tiro de destitución. Así como el estandarte de miles de resignados votantes en favor de la reelección de Ibarra en 2003 había sido “no se lo merece, pero no es lo mismo” (que Macri), es imposible reprimir el pensamiento de que lo que le pasó ayer sí se lo merecía. Le dejamos la implacabilidad a Verbitsky para abundar en ese argumento para —sin entrar en la autoflagelación— preguntarnos de qué materia está hecho el progresismo para provocarles a la sociedad y a sí mismo niveles de devastación como los que está dejando Ibarra en su estela.

Pero antes anotemos algunas cosas.

La autonomización de la política porteña respecto de lo que le pasa a los vecinos de la ciudad no deja de asombrar. En la superficie, muchos de los actores parecen hacerse cargo de la iracundia porteña desatada en el 2001, para la que la chance de derrocar a un gobernante, disolver un organismo público o mostrar el doblez de un fino tejido institucional eran los mayores méritos. Fue una iracundia que encontró en el periodismo (y su vertiente “de investigación”) a su género dilecto y en las situaciones más dramáticas (Cromagnon, pero no sólo) sus condiciones ideales.

Sin embargo, se trataría un acto pavloviano a destiempo, porque no hay en este caso indicadores de un “clima social” revulsivo compuesto de cruzados dispuestos a quemar en la hoguera a Ibarra o a quien lo apañara. Ni encuestas, ni votos, ni otras manifestaciones más o menos constatables.

Yendo más allá de aquella primera impresión, lo que en verdad parece haber sucedido es la disponibilidad de una enorme variedad de actores con una enorme variedad de intereses o motivaciones, a la espera de una narrativa que los organizara. La “búsqueda de la verdad” en Cromagnon parece haber ganado esa pulseada. Algo no muy difícil de lograr, sobre todo si la competencia la integraban: 1) Un gobierno porteño que, hacia atrás, sólo puede mostrar una gestión deslucida y una épica inexistente y que en buena parte es responsable de la dispersión política de la legislatura que lo condenó; 2) Un gobierno porteño que, a futuro, puede ofrecer muy poco, tanto en el terreno de la épica (porque sería tardía), como en el de la gestión (porque no sería creíble) y hasta en el de los beneficios de pertenecer (porque le quedan sólo dos años y no mucho para dar); 3) Un aliado, el gobierno nacional, que no dejó error sin cometer, al punto que la sumatoria de éstos parece incluso algo más que una equivocación: desde el armado de la lista de diputados porteños hasta el viscoso pase de Borocotó, pasando por una campaña electoral que agredió el sentido común del votante más desinteresado y la organización de una defensa de Ibarra que se pareció (demasiado) a la que se organizó en torno a Carlos Grosso cuando el mismo Ibarra arremetía en su contra.

Nada bueno puede dejar este juicio político, desde el punto de vista político. El ascenso de Mauricio Macri, la desconfianza cada día más cualunquista de la clase media, o la más dificultosa re-legitimación de Ibarra si logra convencer de que ha sido victima de una maniobra nada altruista.

Quien suceda a Ibarra se cuidará como de hacerse pis durante un tiempo, pero el sedimento de este proceso nada bueno puede dejar tampoco en relación directa con aquello que permitiría disminuir las chances de un incendio como el de Cromagnon: la construcción de instrumentos públicos de control sobre la iniciativa privada en la ciudad (que implica más personal, más plata, más entrenamiento, más legitimidad para hacer todo eso), la discusión más abierta y general sobre el modo en que fenómenos populares como el rock se relacionan con el resto de la vida comunitaria y con la autoridad, un ambiente político que incentive a que un Jefe de Gobierno contribuya eficazmente a lograr esos objetivos.

La figura del juicio político expone todo lo gráficamente que es posible una de las características del derecho: su condición de campo de batalla para el despliegue de una determinada relación de fuerzas. La justicia decide sobre realidades siempre nuevas y decide siempre nuevamente, en base a valores nuevos, ideas y relaciones de fuerza específicas. Por eso, además de la jurisprudencia, están los jueces. El juicio político, de alguna manera, abre aún más el juego a esas relaciones de fuerza y las libera un poco más de limitaciones precedentes. Buscar “responsabilidades políticas” y no jurídicas es algo bastante impreciso y sujeto a debate. En ese sentido, es tan saludable no tenerle miedo al juicio político, como necesario es ser consciente de los riesgos que conlleva.

Abrir el juicio político implica que se considera relevante buscar las responsabilidades políticas específicas de Ibarra para esclarecer lo que pasó en Cromagnon. Es difícil saberlo sin una mayor profundización en la investigación, aunque a primera vista nada sugiere una relación directa de Ibarra, sus indecisiones o alguna de sus decisiones, con el incendio de fin del año pasado. En todo caso, ninguna más directa que la relación que existe entre muchas otras injusticias que producen tantas o más víctimas y la impericia, limitaciones o estupidez de quien esté a cargo de la administración que debería tutelarlas. La muerte de los presos en las cárceles, los abusos policiales, las muertes en las minas, pero también hechos menos circunscriptos como la imperdonable perdurabilidad del Mal de Chagas o las muertes derivadas de la condición clandestina de los abortos, es apenas un listado breve que alcanzaría para hacer un juicio político y remover de sus cargos a gobernantes varios con cierta periodicidad.

Más de uno estaría tentado de pensar “no estaría mal”. El único problema es qué tipo de responsabilidades verdaderamente se le atribuyen, y qué contribución se hace con tamaño despliegue para que esos hechos no vuelvan a suceder.

Pero no dejemos que el ponernos sesudos nos haga omitir el permanente rescate del grotesco como género de representación en el que se empeña el actual personal político porteño. Ante todo, el reparto actoral de la Legislatura. Pongamos que hablamos del “voto 30”, el folclorista folclórico Juan Farías Gómez, nom de guerre Chango: electo en las listas del Movimiento Generacional Porteño, lista poblada de menemistas impenitentes y encabezada por Jorge Mercado, que obtuvo una parcelita de poder (que regó artesanal y pacientemente) como candidato de una de las franquicias de Ibarra en 2000. O que nos referimos a las chicas de Ibarra, las tres legisladoras remanentes con coraje, inconciencia o vínculos afectivos suficientes como para aceptar la adjetivación de ibarristas: en la escena parlamentaria una de las artes imprescindibles es la del dominio de la palabra, pero ninguna de ellas puede esbozar parlamento alguno. Lo cual no deja de ser consistente con la razón primigenia que llevó a Ibarra a elegirlas para legisladoras, que no fue otra que la de hacer callar a las voces independientes y poco obsecuentes que hubo alguna vez en el Frente Grande, en aras de garantizarse un apoyo a la altura de la alta estima en que se tiene a sí mismo. Y que se nos disculpen las omisiones del falangista Jorge Enríquez, “hermano en el aula” de Ibarra, de Mimí Olivetto (se suponía que ella era “Cerebro” en la pareja político-artística con “Pinky” Zamora) que ¡no sabe leer! Y el “Interbloque de Izquierda” cuya neurona colapsó después del divorcio colectivo con la antedicha dupla circense. Y La Omisión: Milcíades Peña, víctima-por-asociación.

Y es que si Ibarra va camino del cadalso, no lo espera allí otra soga que la suya. Porque transformó su responsabilidad política por el estrago en un lugar indebidamente habilitado en una responsabilidad más inmediata, con su ausencia en el lugar del hecho y con una evasividad que ha resultado la más incriminatoria de las conductas. Pero si nos ponemos de acuerdo en que la responsabilidad de Ibarra por las muertes, los heridos y las secuelas es mediata y la pagará con creces (como la pagó no pudiendo siquiera presentar lista el pasado 23 de octubre) cada vez que haya una elección en el futuro, la responsabilidad a la que no puede escapar (y el juicio político y los legisladores que tenemos no serán los que se la reclamen) es la de haber transformado en una farsa el sistema institucional de la ciudad surgido de la Constituyente de 1996, ese que en el papel era el non plus ultra de una concepción moderna y progresista de la democracia local. Las nuevas instituciones (legislatura, defensoría, auditoría, corporaciones de fomento, entes reguladores) se lotearon siguiendo un patrón preciso: la mitad para los poderes fácticos, empezando por la burocracia sindical y siguiendo por las corporaciones profesionales, la otra mitad para gente de confianza. Si la decisión respecto de la primera mitad traicionó cualquier esperanza reformista, lo que se hizo con la segunda es tal vez la madre de los despropósitos más dolorosos y gravosos.

Expliquémosnos: en cualquier democracia de partidos, uno de los recursos a disposición (legítima) de éstos son los “cargos de confianza”, que habitualmente sirven para introducir en la gestión gubernamental los elementos de innovación asociados a los programas políticos que los líderes vienen a implementar, según surge del contrato electoral. Ahora bien, ¿qué pasa cuando no hay partido? Más aún, ¿qué pasa cuando esos recursos se quieren usar para asegurarse de que no se vaya a construir un partido? Inevitablemente, se llega al nepotismo y al amiguismo, aunque por un camino distinto del tipo ideal patrimonialista que nos proponía Weber (perdón). Mientras el modelo tradicional es de impronta feudal y su genealogía ha coincidido por décadas con las sucesivas ramificaciones de árboles dinásticos (Romero, Menem, Sapag, Juárez y otros clanes nobiliarios), el tipo ideal ibarrista (digamos) consiste en el nombramiento de cualquiera que no sea del partido, no para favorecer a la familia o los amigos, sino para seguir por la vida con la mochila políticamente ligera. Pero claro, la materia de que están hechas esas relaciones sigue siendo la confianza, que si no es política, es reemplazada por otra, de tipo más primario. Y ahí aparecen primero los primos y después los amigos. A algunos hasta se les ofrece la fruta envenenada de ir a trabajar a la administración pública dejando un empleo legítimo. Es decir, no se trata primariamente de menesterosos o familiares buenos para nada. Pensemos por un momento en el bocado emponzoñado con que convidó a Fabiana Fiszbin su buena amiga Vilma Ibarra: tal vez termine en la cárcel por no controlar a una mafia de las habilitaciones que ella jamás había soñado con controlar y para hacer lo cual no recibió instrucciones. Mejor se quedaba con sus pacientes de terapia, ¿no?

Pero claro, al transcurrir de estos párrafos hemos iniciado el juicio político que la legislatura no le podrá hacer nunca a Ibarra, cuya contribución suprema a la confusión general termine tal vez siendo haber ayudado a llenar de inimputables la legislatura, para caer luego en manos de éstos.

Ibarra ha sobrevivido a los augurios de quienes hace 14 años promovían su candidatura a concejal y firmaban las pintadas “F.R.”: Fiebre Reumática, dolencia que le atribuían al ex-fiscal y que debía encargarse de que llegara al entonces Concejo Deliberante el número dos de la lista del FREDEJUSO. No está dicho que no vaya a sobrevivir el juicio político abierto el 14 de noviembre, cuyo fundamento político endeble puede terminar (dicen que su suerte es inagotable) beneficiando a quien se ha transformado súbitamente en un esclavo liberto perseguido por una turba con sed de linchamiento. Lo que no debería sobrevivir con él son las condiciones políticas que hacen que no podamos tener una representación política mejor que Ibarra, movileros mejores que el de TN, diarios mejores que Clarín, rockeros más honestos que Pato Fontanet. En fin, que la desolación tenga un final.


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