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17 11 2005 - 00:24

TP se anima a nuevas fronteras y entra en terreno desconocido: este es un post sobre fútbol. Pero no de fútbol profesional, donde la alharaca diaria – “se refugió en su terreno”, “un punto de oro”, “duelo de necesitados” – contamina todo y nos deja panchos como Tanguito en el Borda, babeando y las manitos de la Dopazo en los cachetes.

Hace un tiempo, en el cumpleaños de un argentino en el Upper West Side, un economista español me preguntó: “¿De dónde lo conoces a Christian?”. “Del fútbol, jugamos juntos los sábados”. “Joder con ustedes los argentinos, todos se conocen del fútbol”, me contestó el español, que no podía entender uno de los pocos encuentros sociales en los que un argentino aún puede interactuar pacíficamente con un compatriota a dos quintiles de ingreso de distancia. En el exilio, y pasa mucho en Manhattan, es aún más exagerado: conviven en el mismo equipo albañiles y banqueros, buscavidas con secundario incompleto y taciturnos estudiantes de doctorado. Casi siempre son los banqueros los que convocan a los albañiles (“necesitamos un central rudo”, con la esperanza de pierna dura y verdad que siempre generan las clases bajas entre los ociosos), pero no le pidan tanto al fútbol, que acerca pero no hace milagros. El banquero del Upper West Side le pide después al albañil de Queens que le haga a nuevo el baño, pero que no se zarpe con el presupuesto.

Estoy, efectivamente, iniciando la miserable y mezquina tarea de pintarrajear de ideología algo tan puro y natural como el fútbol amateur, el fútbol cinco sintético noventista o de potrero romántico polvoriento peronista. Ven, ya empecé. Pero no voy a hacer la caracterización ideológica del ‘dime cómo juegas y te diré a quien votas’, porque es inevitable enchastrarse con estereotipos y en TP no nos gustan nada los estereotipos. [Bueno, lo hago rápido, como para sacármelo de encima. La teoría, bruta, sin pulir, dice que, a habilidad constante, los de derecha usan la camiseta del Manchester, canilleras y llevan shampoo en el bolso, mientras que los progres juegan con remeras con agujeros o una casaca retro de San Telmo, también con agujeros, Topper blancas y no usan bolso].

Muchas cosas murieron en Argentina en los noventa, y una de ellas fue el famoso potrero, que dio sus últimos estertores en la cara de pavote de Darío Grandinetti en Esperando la carroza. En la visión peronista del futbol, el potrero ocupaba el mismo lugar que el barrio humilde en teorías más ambiciosas: en ellos reside la verdad, el corazón del pueblo-balón. Hoy todavía hay potreros, sobre todo en las mentes de algunos periodistas de Clarín Deportes, pero ya no son la reserva moral de antaño y, sobre todo, ya no son cuna de futbolistas: el Kun Agüero, nuestra última joya –es fútbol profesional, se me están permitidos los lugares comunes–, llegó a Independiente con ocho añitos, edad pre-potrero desde todo punto de vista. Los pibes de hoy aprenden a jugar al fútbol en escuelas ad hoc: en las de los clubes, en la de Marangoni –que quedó, en su indudable espíritu noventista, incrustado en el zeitgeist de la época: es el Cacciatore menemista del potrero (un baldío en un country no es un potrero) – o en la del club del barrio, posiblemente coordinada por un baldosero: hasta los curas dicen ahora que enseñan a jugar al fútbol.

Creo que soy de la última generación del potrero. En mi infancia suburbana –zona norte permeable–, jugábamos al fútbol en dos lotes vacíos donde ahora hay casas con ladrillo a la vista, pileta en el fondo y dos Peugeot 306 en la puerta; los yuyos marcaban los laterales y cuatro buzos o adoquines hacían de postes. Un embole. Lo que nosotros queríamos era árbitro, jueces de línea y arcos con red, no ese óvalo de tierra donde la pelota picaba para cualquier lado y donde ridículas agarradas a piñas (la mayoría de las veces, sólo empujones) prologaban todo penal o, peor, córners. La mitad de las veces los partidos se interrumpían porque venían “los pibes de la villa” a tirarnos piedras, pero eran épocas en la que uno, aún teniendo diez años, podía devolver los cascotazos e incluso animarse, con mucho miedo, a un amague de cuerpo a cuerpo sin el temor de que el villero empiece a los tiros o navajazos, aunque alguna vez tuvimos que entregar las Adidas New York y el Casio G-Shock en contra de nuestra voluntad. Cuando pienso que un programa habitual a mediados de los ochenta, en el barrio que después se llamaría La Horquilla (entre La Horqueta y la villa), era el lanzamiento mutuo de escombros con hijos de familias indigentes siento escozor y un poco de nostalgia, en parte porque racionalmente creo que esos intercambios interclase ocurren menos y en parte, irracionalmente, porque uno siempre quiere creer que su infancia fue una gran época.

Es siempre la misma confusión: así como el peronismo prefiere ignorar que los pobres no quieren ser pobres-felices sino dejar de ser pobres, el peronismo futbolístico se olvida de que los que juegan en potreros preferirían toda la vida canchas sin pozos y arcos con travesaño. Hasta los ochenta, no se jugaba mucho al fútbol (no se jugaba mucho a nada en ningún lado: recién entonces empezó la obsesión de la vida sana, el ejercicio; la transpiración como masoquismo de recompensas difusas). Estaba el potrero para pobres, semi-pobres o niños; los torneos del sindicato para obreros y oficinistas de clase media, que se coronaban con asados y rara vez excedían los 15 partidos anuales; unos pocos torneos en countries o clubes de barrio; y el caos de los parques públicos con desconocidos, donde se jugaba diez contra diez, doce contra doce, veinte contra quince, con tipos que jugaban en jeans y zapatos, otros con suéters. Un desastre.

La falta de reglas del potrero o del parque, además, alentaban el juego individualista. El fútbol que se juega allí es de baja calidad, sin nada del disfrute táctico del partido tirante, de dos equipos más o menos ordenados en la cancha. En el potrero reinan el pesquero, que conversa con el arquero rival, y el morfón, que extorsiona con sus gambetas a sus compañeros de equipo pero generalmente no sirve para casi nada. Pero nadie pedía reglas: en un país con apenas intermitencias democráticas y una moneda que perdía la mitad de su valor cada año –tuvimos casi 30 años de inflación prácticamente non-stop—, el potrero y el partido pedorro eran las expresiones futbolísticas del cortoplacismo y la falta de ahorro. En 1983 se estabilizó una de esas condiciones; en 1991 se estabilizó la otra. Con el horizonte más despejado, nos dimos cuenta de que los partidos de fútbol que estábamos jugando eran un desastre, que queríamos campeonatos y jueces de línea, once jugadores con la misma camiseta y numeración corrida, ver inflarse la red con un zurdazo al ángulo. Tengo la sensación de que fue la clase media-alta y hacia arriba, siempre más atenta para disfrutar los beneficios del orden y la organización, la que primero se distribuyó en un salpicón de campeonatos que empezaron a surgir en la Zona Norte. El primero abierto, sin relación con colegios o countries, me animo a arriesgar, fue Northchamp, en 1992 o 1993, que hoy debe tener como 300 equipos y sus organizadores dejaron otros laburos hace muchos años para vivir de los torneos. Me pasé los fines de semanas de los noventa, como muchos otros, acumulando kilómetros en mi Spazio de una cancha a la otra, obteniendo apetecidas coronas en mi año cumbre de 1997 (ése fue el pico: después, deriva; hasta hoy). El placer de tener un campeonato; saborear dos partidos, el pasado y el próximo, durante una semana entera.

Entre 1983 y 1991, entonces, obtenidas ambas estabilidades, se despeja el polvo que no nos dejaba ver y queremos más, lo que explica también la explosión de las canchas de fútbol 5, fenómeno multiclase –pastito sintético mullido en Martínez, $80 la hora; alfombra verde finita, como una lija, en José León Suárez, $25– y educador, que metió adentro de una cancha de fútbol por primera vez a muchos varones que no pateaban una pelota desde cuarto grado y cuyo primer aprendizaje en el retorno al deporte, veinte años después, consistió en tener huevos: los primeros años del furor sintético están llenos de muslos raspados y esguinces de tobillo. El menemismo nos quitó muchas cosas pero nos levantó las expectativas: antes no nos importaban los sobreprecios de Yacyretá y después quisimos ver los comprobantes de la compra de biromes del Ministerio de Defensa; antes no nos molestaba gambetear entre los yuyos, después queríamos jugar como en La Bombonera.

En todos lados se juega como se vive. En España, por ejemplo, las canchas eran del Estado y baratísimas, pero escasas, te hacían jugar los domingos a las nueve de la mañana o esperar tres semanas por un hueco, todos comportamientos del Estado de bienestar: la tibieza de participar del espacio público, subvencionado, dejando una guita simbólica, pero imposible de conseguir y con los mejores horarios en manos de los que tenían mejores contactos. Otra variante, cuando trabajaba en El País, eran los beneficios de un sindicato fuerte: el diario pagaba a los empleados una cancha aledaña, los martes y jueves de tres a cuatro, donde subdirectores y becarios se daban patadas bajo techo en un parqué también municipal (los becarios dábamos menos patadas: tratábamos a los subdirectores como los jugadores de la selección pelilarga de Basile a Menem en la cancha de Vélez en el proto-menemismo pre-convertibilidad). En New York, símbolo capitalista pero de espíritu socialdemócrata, el fútbol también es casi todo municipal, y también encaprichado con los horarios: uno paga poco pero nunca sabe dónde va a jugar la semana que viene. A menos que ponga más dinero y alquile una cancha en el indoor agotador –la pelota no para nunca, beneficiando a los atletas por encima de nosotros los artesanos– de Chelsea Piers.

Ya he ido demasiado lejos, y aunque me gustaría pensar qué influencia ha tenido el kirchnerismo en la práctica del fútbol amateur, se me ocurren pocas teorías no delirantes. Como ya deliré mucho, me las voy a guardar. No quiero poner en riesgo el carácter científico de esta ponencia. Mañana, semifinales de Urban Soccer en el East River Park: italianos y argentinos contra estadounidenses que no conocen el potrero y apenas han jugado en césped natural. Con arcos, redes, árbitro, trofeo al ganador, camisetas numeradas y orden táctico. Wish me luck.


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