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Orlando Furioso

19 11 2005 - 07:18

En el Orlando Furioso, Ludovico Ariosto continúa con una tradición épica que se remonta a la Chanson de Roland y que transforma al mito de acuerdo al reino desde el cual sea cantada su gesta. En España se convertirá en don Roldán, y en Italia será Orlando el mismo paladín que guerreaba bajo las órdenes de Carlomagno. La continuidad de la leyenda en las narraciones es la lucha sin fin de los cristianos contra los moros, y casi seguro que quienes escribían esos cantares de gesta no imaginaban hasta dónde y bajo qué formas se prolongaría la misma lucha, pero en la versión de Ariosto hay un elemento visionario a la luz de la historia más reciente: mientras que en los hechos reales, la lucha de Carlomagno se circunscribió a los Pirineos y a intentar fallidamente recuperar la península ibérica, en la leyenda cantada de Orlando los sarracenos se encuentran a las puertas de París, una fantasía tan extrema en ese momento que era prácticamente inimaginable, y el asedio se transforma en otro de los elementos mágicos con los que Ariosto inunda los cantos.

Para el sábado pasado hubo una convocatoria a destruir lugares fuertemente simbólicos situados intramuros, iniciativa que no prosperó porque parece que por el momento los cristianos toman todas las medidas preventivas y blindan los lugares sagrados con vallados policiales impenetrables, pero además porque las amenazas de destruir lugares sagrados de occidente tales como Champs Elysées o la Tour Eiffel no pasan de ser fantasías destructivas de adolescentes desbocados. Por el momento.

Los diarios (los de acá, pero supongo que en todos lados pasará lo mismo) siguen vendiendo que si un día se quemaron 200 autos y al día siguiente se quemaron 190, entonces la violencia bajó. De a diez por jornada, el fenómeno habrá ido disolviéndose paulatinamente porque al día de hoy no veo ningún titular alusivo

En las gestas fantasiosas del medioevo visto desde el renacimiento, es frecuente que la acción se desarrolle simultáneamente en muchos frentes y que los elementos mágicos les permitan a los protagonistas saltar de un punto a otro del globo en un santiamén, así que, mientras se hace un paréntesis en el que la lucha eterna entre el bien y el mal parece congelarse ¿por qué no saltar de continente y pasar de algo que no entendemos por lejano a otra cosa que tampoco entendemos a pesar de estar inmersos ahí?

En los últimos días vengo dándole vueltas a la violencia reciente en París y al mismo tiempo a la más reciente y no violenta eyección momentánea (y con olor a definitiva) del jefe de gobierno de la ciudad de Buenos Aires. ¿Qué relación puede haber entre ambos acontecimientos? En principio, ninguna otra que la coincidencia en el tiempo.

Aunque el fuego, el fuego…

Todo comienza con el fuego en este juicio. Fuego de artificio. ¿Se pueden considerar fuegos de artificio a los incendios de autos? Porque algo artificioso hay. Lo que declaran los chicos que queman (o quemaban) autos, que hace pensar que ven los incendios como si fueran un espectáculo, me hace pensar en esos autos como bengalas gigantes y quietas, ominosas pero en cierta manera inofensivas al arder en la intemperie. Ya las imágenes reverberan como en un sueño soñado hace mucho.

“Yo no prendí las bengalas” dice más o menos Ibarra. “Yo no apreté el botón” dice Víctor Basterra, que esta semana editó un libro con fotos de tipos recluídos en la ESMA. No son “esas caras casi siempre felices, los desaparecidos cuando no eran ni iban a ser desaparecidos” de las fotos normalmente publicadas. A los desaparecidos de estas fotos “en los ojos se les ve el abismo”. Llevaba bastante recaudado el librito ya desde antes de salir, porque muchas dependencias estatales sumaron grandes provisiones de este nuevo acercamiento a la verdad.

Cuestión que de repente se dio la situación en que Francia está sumida en la barbarie desatada y nosotros en la legalidad, con pleno estado de derecho. Estrenamos juicio político a Jefe de Gobierno como ciudad del interior que estrena peatonal, pero igual nos tira ir a tomar el helado dando vueltas en auto alrededor de la plaza central, despacito. Las reglamentaciones del juicio político son todavía materia de elucubración.

Sala juzgadora es la expresión que ahora pasa a estar en el centro del debate. No sé por qué, la relación que hago al escucharla es la traducción tan cacofónica que se hiciera en su momento de la película Eraserhead. Al igual que con Cabeza borradora, hay algo que suena inapropiado en el nombre. Como la instancia es absolutamente novedosa, la sensación que se puede percibir es la de chiche nuevo, algo así como cuando a un nene de nuestra época le regalaban una pista de Scalextric y no sabía muy bien cómo se unían esos tramos, pero la ansiedad le carcomía el bocho. Yo nunca tuve Scalextric, pero mi experiencia de ir a jugar con otros chicos (que sí tenían) fue que el armado de la pista era sin que lo supiéramos la parte más emotiva del juego, que llevaba prácticamente toda la jornada y para cuando uno lograba empezar a dar alguna vuelta con los autitos (que descontando los despistes y el desplazarse para volverlos a su lugar daba por resultado un tiempo neto miserable), ya era hora de desmontar todo, porque había que dejar el cuarto ordenado y volver a casa. Algo parecido se avizora aquí, donde pinta que las especificidades técnicas van a demandar muchos más recursos que el juzgamiento en sí.

Sala acusadora suena de manera parecida, pero ya fue. Supongo que el armado de salas tiene que ver con tener una cámara única en la legislatura. La cuestión es que todo ronda en este momento en torno a si la votación de destitución se produce antes o después del 10 de diciembre, que es cuando se hace el recambio de los legisladores (pero lo de votar antes del 10 era hasta el mismo día de la suspensión, ahora eso ya se sabe imposible). Todo el asunto del juicio parece una especie de juego de rol, donde nada está previsto porque todas las posibilidades se contemplaron como parte de negociaciones por otros asuntos. Se previó que pudiera haber juicio político, pero no se sabe cómo proceder si hay un recambio legislativo en el medio y entonces se habla de esta dificultad. Los juristas discuten sobre si se les debiera extender el mandato a los legisladores para que terminen el juicio político o no. Ibarra quiere que sí porque la actual distribución prácticamente lo deja incólume, el macrismo que no, por el mismo motivo. Lo que no queda claro es quién va a decidir al respecto. Cabe esperar alguna explicación de los males que nos aquejan al estilo de las que circulan en los campeonatos mundiales de fútbol: “es que nos tocó una zona difícil”.

Todo bastante enredado en los tecnicismos de cómo llevar a cabo este juicio. Cuesta imaginarse cómo se desarrollará, aunque resulta difícil imaginarse un verdadero juicio que tenga que ver con relevar y evaluar pruebas sino más bien un tejido de alianzas y negociaciones a ver quién junta más votos.

Pero volvamos a los orígenes. O casi. En Supper’s ready, Peter Gabriel canta:

“I know a fireman who looks after the fire”

que en el contexto da cuenta de un bombero que cuida al fuego de la misma manera que un granjero cuida su granja. Sin fuego no hay bomberos.

El hombre de la jornada definitoria fue el Chango Farías Gómez, sin dudas. La coincidencia de las circunstancias lo puso a él en el lugar del desempate y no puede ser casualidad, así como nada es casualidad. La enfermedad del Chango el día de la votación suspendida, la aparición triunfal el día de la aprobación, su mensaje de transparencia al señalar que el juicio político es una oportunidad para Ibarra. El Chango es el legislador número 30, el que aporta la gota que derrama el vaso. Si uno mira la página del Chango, podrá ver al ekeko Farías Gómez. El personaje mitológico aymara que trae la prosperidad. Y la prosperidad,en este caso, viene acompañada de billetes de 10 y de 5, un bombo con la VE y la PE, y un frasco de mostaza panchera: vuelve la alegría. [Corrección de último momento: al cierre de esta edición, la página del Chango Farías Gomez fue bajada del éter]

El día de la definición hubo un gran revuelo en la redacción de TP. Visto a la distancia por Raffo (en el dibujo que ilustra esta nota, ahí arriba) el momentáneamente depuesto Jefe de Gobierno aparecía sacrificado, que no vindicado y pagando el precio de su inacción.

Y Schmidt, al contemplar la imagen dice que la cruz para Ibarra es demasiado, teniendo en cuenta que nunca estuvo en el desierto y que todas las veces que el diablo lo tentó en Molière dijo sí y cuando se tenía que levantar a la mañana para tener una reunión por el tema de las inspecciones la cambió por un polvito o un partido más de play station, y a los mercaderes del templo los llamó, alternativamente, “inversores” o “sector privado”.

Las coincidencias que explotan entonces y me hacen juntar otros elementos y buscar nuevas relaciones. El mismísimo jueves 17 –aniversario del Operativo Retorno– hay una charla con Juan Carlos Gené que organiza la revista Teatro en el San Martín. Ahí acudo, todavía con ganas de preguntarle por aquellos acontecimientos. Pero la charla, además de ser aburridísima, se ciñe estrictamente al ámbito teatral; es decir, al ámbito de lo que se suele llamar formalmente teatro y no a otro tipo de representaciones que a veces es más interesante verlas como teatro, pero que no se las llama así.

En la charla hay micrófonos equívocos. No son escenográficos, se nos señala, pero no están ahí para una amplificación de las voces que charlan, sino para que el evento quede registrado, porque además hay una cámara que filma. No hay amplificación por estar esta sala al lado de la biblioteca del teatro, que a la sazón está cerrada, se nos dice. No escuchamos prácticamente nada los que estamos ahí, salvo el tipo que entrevista y el entrevistado que están uno al lado de otro, y en determinado momento mis artefactos auditivos duelen como de tensión muscular. La sensación que tengo es que estoy intentando estirarlos fuera de mis orejas para que capten algún sonido, y el sonido que se capta es el del ruido ambiente y algunas palabras sueltas, y entonces el dolor, leve pero constante.

En el comienzo se habla de la fallida primera vocación de Gené, que fue la de ser cura. Queda como una especie de impulso adolescente, pero el fondo de verdad de esa cuestión según sus palabras tiene que ver con la atracción por el ritualismo. Todo el acto de la eucaristía, con sus sonidos, sus transformaciones, su ceremoniosidad es de una teatralidad impactante, dice Gené y entonces me quedo pensando en la teatralidad de la eucaristía. ¿Habrá, viceversa, algún tipo de eucaristía en la teatralidad de los actos públicos?

Tenemos en estos días una nueva edición del “conflicto Estado-Iglesia”. Aburrido como siempre, el conflicto aparece cuando el presidente no se banca que la Iglesia con sus documentitos le moje la oreja. Se irrita. Reacciona. La Iglesia también reacciona, pero menos. O bien, reacciona con su propio estilo. Fintas. La siempre latente promesa velada, que es un guiño hacia los que piensan que la Iglesia es una especie de cáncer enquistado en el poder y que el Estado debe subsidiarla a regañadientes. De que esta vez va en serio, que ahora no nos paran hasta sacárnoslos de encima. La ilusión laica de la independencia de ese poder.

Si la iglesia se parece a un partido político, ¿el peronismo se parece a una iglesia? Sí, la iglesia se parece a un partido político, y la organización de las arquidiócesis dice que es el partido político que tiene más representación en todo el país, con una cantidad discutible de feligreses que concurren a misa. Discutible si la cantidad crece o decrece, si se pasan a los cultos evangélicos o no, si le prestan atención a sus preceptos, pero es algo instalado, no democrático porque viene de Dios y que no va a ir por cargos o armado de listas de ningún tipo, de manera que es una lucha no sé si despareja, pero sí ilusoria de alguna manera, como de quien pega cuchilladas en las sábanas evanescentes de los fantasmas y se da cuenta de que atravesó el aire y solamente siente un esfuerzo y una frustración. El peronismo siempre se pareció a una iglesia, pero ahora el Líder emergente quiere terminar con todos los lastres posibles sin morir en el intento. Presiente que son tiempos auspiciosos para emprender una nueva batalla entre el bien y el mal pero al revés. La sacralidad está en un culto del accionar impulsivo, aparentemente espontáneo, que abomina por sobre todas las cosas de la hipocresía, que ahora parece ser el peor de los males, además de no tener una definición precisa. ¿Cuál habrá de ser la fe oculta tras el laicisismo emergente? La famosa mística parece extrañamente ausente. No ha de ser tan sencillo, me imagino.

Son días de definiciones. Se define el gabinete nacional. Se arma nuevamente el tablero. En ese contexto, mensajes claros: estamos comprando. Sumar es lo importante. Prometimos cuatro diputados, dijo Alberto Fernandez, que consiguió al cuarto un par de semanas después y al margen de las elecciones. Y por otro lado, les sostenemos la mano a los aliados en tanto no nos quemen. Al día siguiente de la votación de destitución de Ibarra, aparece Verbitsky diciendo unas veinte verdades respecto de por qué Ibarra se tiene merecido lo que le está pasando y entonces uno sabe que Ibarra dejó de ser aliado. Llegó el momento de soltarle la mano. Eso queda claro cuando lo enuncia Horacio. Sobre todo, que era una tarea para adjuntar al paquete poseleccionario. Hay que patear el tablero y hacer una reconfiguración. O una reingeniería. Remover el avispero, en esencia. Todo esto acompañando a los anuncios de nuevo gabinete pega bien, da una onda de renovación. Y en realidad, hace quedar ante la sociedad a la misma suspensión como una parte del nuevo paquete, una decisión más. Y, supuestamente y por sobre todas las cosas, alejada de la hipocresía.

Un analista como el doctor Grondona podría decir aquí se ha pronunciado la institución, es una instancia institucional la que activó sus mecanismos, y eso demuestra que tenemos instituciones sanas, que los resortes de la democracia están funcionando. Ese discurso, provenga de donde provenga, hay que contrastarlo con la operatoria de los aparatajes. El punto visible es Macri, pero el operativo viene de arriba. Vienen por todo.

¿Qué es lo que hay en concreto con la suspensión del Jefe de Gobierno de la ciudad? Lo concreto es que ahora el Jefe de Gobierno es Telerman, menemista devenido progresista porque siempre agarró el segmento del espectáculo que trae a Jaime Roos, a Adriana Calcanhoto, que organizaba festivales y eventos culturales desde la ventanilla de la ciudad a la vez que vendía su espacio de espectáculos a la misma ciudad para la que él trabaja. O se presenta a concursar con su estudio para los proyectos concursados de reforma del Correo Central (siendo vicejefe de gobierno) sin que se le caiga ningún pedazo de la cara. Así se armó lo que conocimos como progresismo, que nos iba a salvar del neoliberalismo, y entonces las transformaciones se van sucediendo en las escenificaciones. En el caso de la ciudad de Buenos Aires, la puesta en escena tiene el ilusionismo de la independencia, de la autonomía. Una década de autonomía cuestionable, que suena a cuento fantástico por los límites reales que tiene: ya no hablar de qué hacer con las villas y si los hijos de los cartoneros merecen o no subsidios para estudiar a cargo de la ciudad, sino aunque sea saber por qué siguen existiendo las paradas de colectivos de Spinazzola, que entorpecen a los transeúntes, no protegen a los que esperan el colectivo y tienen como único objetivo facturar publicidad estática.

Ahora, lo que se viene es la recuperación del Estado. Ya lo dijo Macri el día que ganó. Y el proyecto sale con fritas: tan a la ligera como nos vendieron (o no nos vendieron) la desmantelación, ahora nos van a vender el rearmado. Lo institucional funciona. Los resortes están en su lugar. Los mecanismos están aceitados. Mientras tanto, los proyectos son como Puerto Madero II, un complejo de viviendas para un target de clase media (dicen sus propulsores), a razón de U$S 1600 el metro cuadrado.

El proyecto de reconstrucción no lleva por el momento signos claros de qué sacralidad habrá de sostener, que siempre hay alguna sacralidad implícita. Por lo pronto se avizora el mismo culto del crecimiento a cualquier precio y trabajo esclavo en el mejor de los casos, pero con una liturgia diferente. Un ciclo. Los inversores ponen toda su maquinaria predictiva en pos de determinar el momento de obtener un seguro de cambio que proteja sus inversiones cuando llegue el final de época.

Es común en estos tiempos que si se debate un proyecto en una empresa, aquellos encargados de llevarlo a cabo (subalternos) intenten conseguir el tiempo y la guita necesarios (en rigor de verdad un poco más de lo necesario, porque saben que se les otorgará menos de lo que pidan) y entonces se encuentren con que deben realizarlo sin plata y en un tiempo ínfimo, porque los recursos que había ya fueron a parar a la campaña de marketing, que es lo que cuenta.

Desde esa perspectiva cabe esperar la reconstrucción del Estado que va despuntando: un anuncio con bombos y platillos de algo que seguirá siendo regido por principios empresarios modernos: precarización, tercerización y contratos basura.

Desayunando, mi hijo me dice:

– Ahora voy a traer algo para luchar.

Y mientras alzo el dedo diciendo que antes de luchar tiene que tomar la leche, el ya se fue corriendo y blandiendo un tubo de cartón me da un cachiporrazo en la cabeza. Cuando me pregunto si es un momento eucarístico, ya está pasando otra cosa. Y algo parecido es la lucha de cristianos y sarracenos en el Orlando furioso. La sacralidad está oculta en alguna parte, pero no hay tiempo para encontrarla en la vorágine de la lucha.


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Las dos caras de la enfermera
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