Click here
Más Features

El fin de la vía (8) | El fin de la vía (7) | El fin de la vía (6) | El fin de la vía (5) | El fin de la vía (4) | El fin de la vía (3) | El fin de la vía (2) | El fin de la vía (1) | Néstor Kirchner, la (primera) película | Renuncio | Graciela Bevacqua | Testamento: 4.2 Memoria y Condición Humana |







El Chivo Necesario

20 11 2005 - 11:34

MUY BUENOS DÍAS.

No, no, muy breve, simplemente unos comentarios sobre un artículo que leímos esta semana en Los Trabajos Prácticos. Hay cosas que son fáciles de entender pero que se vuelven difíciles si sólo las dejás en manos de los especialistas. Es como cuando Eddie Pequenino decía “aparato de distribuzione di acqua carbonatada” y Olmedo traducía con acento cordobés: “dijo sifón”. Ojo, yo agradezco que alguien retire la pátina, película, nata de pasión y exponga los argumentos, las razones que puedan haber de fondo en cada hecho de la política o de lo que sea, pero creo que tampoco hay que hacer la imitación de esos abogados penalistas que buscan y buscan las mil maneras de argumentar las motivaciones de un crimen.

Sé que esta última no fue la intención de mis viejos amigos Semán y Puricelli el martes pasado, pero tampoco lo vamos a dejar así nomás. Ellos entienden de política más que yo, pero yo tengo mis elecciones encima también, mis peinadas de padrones, mis pintadas sobre el largo paredón del Colegio El Salvador en la avenida Callao, mis comidas en el quinto piso del Congreso (del lado autoservicio y del otro) y cosas por el estilo.

Puricelli y Semán transformaron en algo turbio o jodido algo que muchos vivimos con una enorme alegría y satisfacción republicana, ¡emoción!, el último lunes, al ver que llegábamos al voto 30 para suspender de sus funciones a Aníbal Ibarra y someterlo a juicio político para dirimir su responsabilidad en la tragedia de Cromagnon que tuvo la friolera de 194 muertos y que fue la primera cámara de gas en democracia.

Ernesto y Puri estaban desolados y yo estaba soleado, soleándome, feboasomándome a la felicidad de ver cómo, de una manera, de la que pudimos, de la que estaba más a mano, se hacía algo de justicia. Como sabemos, como escribimos, aquel incendio fue obra de una enorme cantidad de factores, entre los cuales los cinco años de paja del gobierno de Ibarra son un elemento muuuuuy importante.

Ibarra y los ibarristas y los ibarralaborales son gente que en general, pero bien en general, el noventa por ciento de ellos, resultó poco interesada en tomarse el trabajo para el que los eligieron o para el que los designaron. Y cada vez que nos topamos con ellos en horarios de oficina, pero en bares, les decimos:

“¿Es amargo el pepino? Déjalo”.

Pero no nos hacen caso. Se quedan en los cargos, quieren más, conspiran todo el día y no usan el presupuesto. Una extensión de lo que pasa en miles de otros sitios de la vida argentina (como ya hablamos cuarenta veces acá), para dejar claro que no es que “la política” tenga una enfermedad específica y que todo lo demás funcione del carajo. Están los que se mantienen dentro de una cátedra, por ejemplo, y no dan clase, y aprovechan todos los paros, los de Conadu Histórica, los de Conadu prehistórica y se quedan en los cargos y se levantan tarde; otros, en otros lados, que se quedan en la cancha y no barren ni los flejes, que es fácil, que es una operación cuadrada y así y así. “Hay una vida hermosa fuera, partan a las Galias —les decimos— busquen Egipto, Orán, las dos Oranes”. Pero se quedan. Y hay gentes especialmente “quedadas”, que se quedan, “quietas”, ¿no? Esas son las gentes frepasistas. Son más vagos que los radicales. O eran.

El 30 de diciembre del 2004, a lo mejor, fue el último día de paja en la historia de las áreas más sensibles de la administración pública. Pero no se comprendió que había que pagar por el daño hecho. Lo mismo les pasó a los Callejeros. “Miren por lo que estamos pasando”, dicen, creyendo que con eso alcanza. Y no hay que pagar. Aníbal puede pensar igual. Tras haberse acomodado un poco, más o menos cuando los familiares también se acomodaron a las pérdidas que tuvieron, se dispuso a dar la batalla para escapar del problema, de la culpa y de la pena y no para pactar con todo eso, entregándose.

Claro, lo conocemos de antes. Ibarra es un tipo al que la política no le importa, no le interesa, especialmente no le interesa lo mejor que ésta tiene de encuentro con los otros, de pacto, acuerdo, entrega, heroísmos y martirologios. Lo que le interesa mucho, pero mucho mucho, es su vida, su imagen. Un tipo que siempre pasó por lindo, por mejor alumno, por cojedor, por deportista, por sano, por flaco, por simpático, por estar a la moda, no puede quedar asociado a 194 cadáveres, 194 pedazos de carne no sexy en una morgue. Y su defensa, su actuación, estuvo signada por esa necesidad imperiosa, contraria a lo que éste caso requería: que se quedara un largo rato en la morgue oliendo la muerte, perdiendo sex appeal.

Pero ese es su problema. Tendrá que explicarlo en el juicio final, si es que hay tal. Y tal vez porque él no cree que lo hay, es que no se esmera por hacer las cosas bien. El temor a Dios nos da un orden moral que puede hacernos diferenciar el bien del mal muy claramente. ¡Escuchen al rabino de Crímenes y Pecados!

En un esquematismo similar, los progresistas queremos un mundo mejor, y los no progresistas quieren el mismo mundo que ya tenemos. Los progresistas queremos que el lunes sea mejor que el domingo y los no progresistas se angustian mucho ante esa posibilidad. Luego, en un mundo mejor, en mi lunes mejor que el domingo, la gente se hace cargo, pide perdón, asume otra tarea, la hace bien y queda disculpada. Como Ibarra no hizo nada de esto, celebramos que se aproxime a la posibilidad de purgar una condena, aunque ésta sea política. No veo la santiagueñización de la política, muy al contrario.

Que es lo que puriernesto dicen. “Hemos alcanzado el nivel de calidad institucional de las provincias en que todo gobernante está a tiro de destitución”. No, ta errado. Porque por una vez que uno haya sido puesto a tiro de destitución, no se puede decir que cualquiera esté a tiro de destitución. Acá se han cumplido los pasos que indica la Constitución de la Ciudad, de la que nadie se queja. Es incomparable la suspensión de Ibarra con la forma en que se ponen y se sacan funcionarios en Santiago del Estero, si es que esa es una provincia con la que jugaba el ejemplo.

O si fuera una intendencia del conurbano como en la que Julito Carpinetti cayó tres veces, porque no le daban los números en el Concejo. Si es por eso, Ibarra pudo haber caído cien veces, pero no cayó ni una. Al contrario, los votos que no tenía para aprobaciones de leyes o de cosas, los iba más o menos obteniendo tirando contratos, más o menos lo usual. Igual que en Florencio Varela, o Santiago del Estero, sólo que acá a nadie se le ocurrió voltearlo por cualquier cosa. En Buenos Aires lo que pasó el lunes indica que te voltean sólo cuando algo es “demasiado”.

Cromagnon fue demasiado.

¿Por el número de muertos? Sí.

¿Por las edades de los muertos? Sí.

¿Por el lugar geográfico de la catástrofe? Sí.

Y es distinto a las otras cosas que enumeran puriernesto: “La muerte de presos en las cárceles, los abusos policiales, las muertes en las minas, la imperdonable perdurabilidad del Mal de Chagas o las muertes derivadas de los abortos clandestinos”, que dicen que “alcanzaría para hacer un juicio político y remover de sus cargos a gobernantes varios con cierta periodicidad”.

OK, los presos en las cárceles no son imputables a Ibarra, los abusos policiales tampoco, el mal de chagas tampoco y los abortos clandestinos que se hagan en la Ciudad puede que sí. Pero abusan puriernesto en la intención chicanera de estos ejemplos, que relaciono con la escasez de tiempo del martes para argumentar que con ganas de perdonarle la vida a Ibarra.

En contra de esta visión en la que se equipara a Buenos Aires con parajes bárbaros, digamos que acá la plata para comprar diputados estaba del lado de la defensa de Ibarra. Y treinta diputados votaron cumpliendo el deseo de los familiares que no tenían un mango para comprar a nadie. Ojo, en esa legislatura no se anda renunciando a la guita así nomás. Lo que pasó está bien.

Escucho ahora, domingo a las once de la mañana, a Aníbal en el programa de Mariano Grondona en Radio Diez, diciendo que se siente un chivo expiatorio. “Que no hay ninguna duda que soy un chivo expiatorio”.

Pienso que Galtieri cayó bastante antes del Informe Rattenbach.

[page]

Página 2

Eso del chivo proviene de una práctica ritual de los antiguos judíos, por la que el Gran Sacerdote, purificado y vestido de blanco para la celebración del Día de la Expiación (“purificación de las culpas por medio de un sacrificio”) elegía dos machos cabríos, echaba a suerte el sacrificio de uno, en nombre del pueblo de Israel y ponía las manos sobre la cabeza del animal elegido —llamado el Azazel— al que se le imputaban todos los pecados y abominaciones del pueblo israelita. Luego de esta ceremonia, el macho sobreviviente era devuelto al campo por un acólito y abandonado a su suerte, en el valle de Tofet, donde la gente lo perseguía entre gritos, insultos y pedradas.

Por extensión, la expresión ser el chivo expiatorio adquirió entre nosotros el valor de hacer caer una culpa colectiva sobre alguien en particular, aun cuando no siempre éste haya sido el responsable de tal falta.

Dicho en una reunión de maestras jardineras, que alguien sea el “chivo expiatorio” puede sonar como Aníbal quiere que suene, pero hablando entre gente que entiende de política, sabemos que el chivo expiatorio es necesario. En política solemos llamarlo “mariscal de la derrota” también, si se trata de elecciones. Es así, viejo. Este caso necesita un chivo expiatorio, una expiación. Y está claro, que Chabán no alcanza. Diría una cosa jodida más: si Omar Emir hubiera estado prófugo todo esto tiempo, la búsqueda de Chabán pudo haber “alcanzado” para armar el chivo cuando apareciera. Pero Chabán no fugó. Y (permitáseme) a diferencia de Ibarra. Por otra parte, quién mejor que la persona en cuyas manos estuvo la posibilidad de volver prolijos un montón de procedimientos en la ciudad de Buenos Aires para ir a errar al valle de Tofet.

Puriernesto dicen que “a primera vista nada sugiere una relación directa de Ibarra, sus indecisiones o alguna de sus decisiones, con el incendio de fin del año pasado”. Y no es verdad. A primera vista todo lo sugiere: La banda del momento toca en Buenos Aires, luego de haber reventado Excursionistas dos semanas antes. Toca tres fechas en un boliche de Plaza Once con una estación de subte grrrrande muy cerca, una por la que pasamos todos alguna vez. Hay una estación de trenes grande también. Está la parada del 104. Y “gobernar es difícil” estuvo cinco años en el cargo antes del incendio. Y Cromañón queda a Perú, Piedras, Lima, Saénz Peña, Congreso, Alberti y Miserere de su oficina.

Creo que efectivamente hay en la sociedad un vector de goce colectivo que funciona sobre la base del cargarse a alguien, de arruinar vidas. No sé cuán relacionado esté con el 2001, como puriernesto sugieren. Sí, es verdad que el 2001 está subanalizado en cuanto a sus alcances y a la forma en que haya educado a los ciudadanos. No había —y este era uno de los argumentos del anibalismo, y es cierto— una voluntad popular de terminar con la intendencia de Ibarra. Pero las masas no suelen tener grandes voluntades que se resuman de tamaña manera, a menos que se trate de temas coyunturales que les afecten la vidita de cada día. Son consultados sobre los temas que les preocupan y los encuestadores les dicen los temas que les preocupan para que después los ordenen. Además de lo cebados que suelen estar por la tele para construir sus propias preocupaciones. No parece muy libre, nada de eso. La tragedia de Cromagnon es la tragedia de los padres y la tragedia más en cursiva, siempre más leve, de la minoría que en esta sociedad, y en tantas, puede ponerse en el lugar del otro. Para todos los demás, Cromagnon fue ¡qué cagada!, como tantas otras.

Claro, puriernesto dicen lo mismo que yo. “No hay en este caso indicadores de un ‘clima social’ revulsivo compuesto de cruzados dispuestos a quemar en la hoguera a Ibarra o a quien lo apañara. Ni encuestas, ni votos, ni otras manifestaciones más o menos constatables”. Y dicen que “lo que en verdad parece haber sucedido es la disponibilidad de una enorme variedad de actores con una enorme variedad de intereses o motivaciones, a la espera de una narrativa que los organizara. La ‘búsqueda de la verdad’ en Cromagnon parece haber ganado esa pulseada”.

Yo no diría “enorme variedad de actores con enorme variedad de intereses”. En este caso el único actor aplicado fue el actor “padres de las víctimas”. Ellos estuvieron cada día promoviendo que la justicia dé todos los pasos procesales y que la Legislatura haga lo propio.

Con otra cosa que no estoy de acuerdo es con que “nada bueno deja este juicio político. El ascenso de Mauricio Macri, la desconfianza cada día más cualunquista de la clase media, o la más dificultosa relegitimación de Ibarra”.

Macri ya había ascendido. Y estoy convencido de que él no quería este resultado. Ahora tiene que preocuparse por dos cosas: porque Ibarra no vuelva o vuelva embarrado y porque Telerman, con viento de cola kirchnerista, no se convierta en personaje competitivo. Recordemos que con el superávit que tiene este gobierno de la Ciudad se puede hacer algo importante en poco tiempo.

¿La desconfianza? “Cada día más”. Uhmm. Esta suspensión de Aníbal no tuvo un impulso revanchista parido por la concatenación de los peores sentidos comunes, ni fue empujado por nuestros comunicadores más decadentes. Al contrario. Como todo el mundo sabe, la guita de la subsecretaría de comunicación del gobierno de la ciudad se usa en un sentido de “todos contentos”. Y la agrupación “todos contentos” respondió bien en los medios donde sirven. Fueron los padres, loco, los que se llevaron momentáneamente puesto a Ibarra. Ellos y la estupidez de Alberto Fernández.

Digamos algo más respecto de los padres porque de la lectura del texto de puriernesto puede quedar que son como bestias africanas, lo peor de los parajes bárbaros. Y yo digo que uno de sus líderes, José Iglesias, es más de lo que podríamos haber esperado en este país destruido. Es hijo de la mejor escuela pública, de la mejor universidad. Y partido entre la pena y la razón, se dedicó a dar paso por paso buscando la reparación al daño por la muerte de su hijo. Algunos otros padres se presentaron ante algunos legisladores y les dijeron que los iban a cagar a trompadas directamente, si no se presentaban y de quienes creyeron que votaban en contra del juicio por negocios, se recontrajuraron que los iban a recontracagar a patadas. A Jorge Giorno, del giornismo, lo hicieron temblar en el hotel City, NH, en el bar de abajo. Cantábamos hace unos años: “como a los nazis les va a pasar, a donde vayan los iremos a buscar”.

Y sí, buscar justicia, como intuimos todos, es buscar venganza. Eso es así, man. La víctima necesita la simetría del dolor. La igualación que, una vez conseguida, te deja igual de solo pero en paz. (Aclaración paranoica: daríamos nuestra vida o la de mi vecina del segundo, por el derecho a defensa. Me refiero a una cuestión sicológica o antropológica que está en el origen del cuento del Chivo). Sigo.

¡Qué cagada, Aníbal que la vida venga con estas cosas!

Si esa simetría se alcanza con mejores o peores instrumentos ya es asunto de las instituciones. Y la institución del juicio político que está en la Constitución funcionó sin trampas. Por lo tanto esto está bien.

Por último coincido, obviamente, con puriernesto en que “es imposible reprimir el pensamiento de que lo que pasó el lunes, Ibarra sí se lo merecía”. Por lo tanto: no reprimamos, muchachos, porque hace mal.


————————————

Del mismo autor:
La Familia Bilial
Sans camoufler
Corto
Diario del Bafici # 3.5
Diario del Bafici # 0.75
La estela que dejó Aníbal
Ni con un corazón de fantasia
Meteorología
"Most of them", said the VP
Alianza Junkets