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22 11 2005 - 10:12

Está jodido uno si se levanta temprano y mientras hace el desayuno —en un arranque de ingenuidad— tiene la idea de sintonizar la Radio de la Ciudad para enterarse de qué pasó ayer en la marcha de apoyo a Ibarra, o a la gestión de Ibarra, o a “las instituciones”, whatever the fuck that means a esta altura: lo que se escucha es un tipo leyendo un texto sobre la historia de las Madres de Plaza de Mayo. Tal vez sea una casualidad (después el tipo se pone a leer a Julio Verne), pero el tema no desentona en una semana en la cual los organismos de derechos humanos hacen pública una tensión de años que da vergüenza ajena, Wainfeld bautiza a los padres de chicos muertos en Cromañón como “colectivo de deudos” poco antes de que otros colectivos, con cuatro ruedas, lleven a Plaza de Mayo a otros padres de chicos muertos para equiparar los tantos, y la elección excluyente que se nos presenta es, otra vez, intolerable:

¿Ibarra o Macri?

¿Carlotto o Verbitsky?

¿Fox o Chávez?

Ibarra, como Maradona y Saramago, habla de sí mismo en tercera persona.

No agradezco por el compromiso con Aníbal Ibarra… Lo importante es que se comprometieron con la democracia. Por eso yo quiero agradecerles con el corazón. A nadie le gusta que le tuerzan el voto a la sociedad.

—Resulta ser que teníamos un partido de masas y ni siquiera nos habíamos enterado, — celebra un funcionario ibarrista, en la versión bastante creíble que da Página.

Los ciudadanos se agolpan rendereados en esta foto, tras un cartel que identifica a Ibarra con el aceite de oliva y aclara los tantos: el problema son los Macri, “corructos y vende-patria”.

Ibarra pide: “No permitamos que se manipule el dolor,” minutos después de hacer subir al escenario a la mamá de una chica desaparecida y tres Padres de Cromañón alineados con la defensa de las instituciones, uno de los cuales declara que la memoria de su hija “no está para la política.”

Para completar el panorama, llega a la casilla de TP un mensaje de Silvia Agostini, a quien no conocemos, lo cual no le impide saltearse toda introducción —buen día, qué tal, soy Silvia Agostini, leí tal cosa y les respondo tal otra— e ir derecho al grano:

En nuestro país, donde las adversidades reales o inducidas y las mentiras se usan para desestabilizar y destruir al opositor, en una práctica política habitual no suficientemente explicitada y cuestionada, las instituciones funcionan de acuerdo a los intereses políticos y económicos de turno.

La mayoría de los que votaron a favor del juicio político, por antecedentes y actuaciones, carecen de la coherencia ética que los habilite para enjuiciar al Jefe de Gobierno. Sólo el ARI tiene autoridad moral para someter a Ibarra a juicio. El oficialismo se abstuvo en dudosa actuación y la otra vertiente del justicialismo seguramente se movió en segundo plano como lo hizo a lo largo de todo este episodio, en una batalla por el poder y los negocios de la ciudad.

No nos engañemos, éste no es el normal funcionamiento de las instituciones. No permitamos que las bastardeen.

Epa. A ver. El diálogo es entre Silvia Agostini (que según Google es o fue Subgerenta de Planeamiento y Promoción Social del Gobierno de la Ciudad) y nosotros (que no lo somos ni lo fuimos, gracias al cielo). Esto debería acotar aun más la discusión, pero aprovechemos que el juicio político a Ibarra es un tema que ha generado debate incluso dentro de la redacción de TP para despojarlo de toda —diría Miguelito— superfluosidad. A título personal, y en tercera persona, así lo entienden Ibarra, Maradona y Saramago: Raffo era, hasta esta mañana, incapaz de opinar sobre la pertinencia del juicio político. Después de observar la reacción del ibarrismo, de la cual el mail de Agostini es claro exponente, Raffo cree ahora que el juicio político es un instrumento demasiado limitado. Ibarra merece La Naranja Mecánica, y tal vez ni siquiera con eso logre aprehender el mínimo de responsabilidad que le corresponde no ya como funcionario sino como habitante del planeta tierra.

Si entiendo bien, Silvia Agostini sostiene como único argumento que el juicio político está viciado por la falta de autoridad moral de quienes lo impulsan. Hay dos problemas con este razonamiento: “Autoridad moral” es un valor relativo, y las instituciones no lo contemplan como variable que afecte su funcionamiento. Digamos que si mañana salgo a robar un banco —después de una vida entera de civilidad y respeto a las instituciones—, corro el serio riesgo de ser apresado por un policía cuya autoridad moral pueda ser puesta en duda. Exactamente así es como funcionan las instituciones (“no nos engañemos”).

¿Nos gusta cómo funcionan las instituciones?

A mí no.

¿Nos gusta la idea de que existan las instituciones, así como son? ¿Nos gusta lo que hacen las instituciones con los individuos?

A mí no.

Tough.

Mañana no voy a robar un banco, aunque ganas no me faltan, porque el policía de escasa autoridad moral que está parado en la esquina consigue persuadirme con su simple presencia. 194 cadáveres no consiguen persuadir a Ibarra de que él puede haber tenido algo que ver con su destino. Al lado de eso, ¿qué importancia pueden tener las maniobras deshonestas del macrismo (posibles) o la falta de autoridad moral de todo el resto (muy probable)?

Un ejemplo más, a ver si se entiende: pisás a una vieja con el auto y el único testigo es Corach. ¿Ya está? ¿Zafaste?

Había otras cosas para decir al respecto, pero vamos por partes. Le mandamos esto por mail a Silvia Agostini y la invitamos a contestar. Avancemos de a poco.


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