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El Angel Exterminador

23 11 2005 - 12:48

“No nos van a patotear”, dijo Chávez que dijo Kirchner, me dijo el taxista que me llevó del aeropuerto de Caracas al hotel.

“Yo soy del partido de Gómez: El que no trabaja, no come. No tengo carnét de ningún partido y no voté ni por el sí, ni por el no. No sé si las tiene, pero pareciera que Chavez tiene buenas intenciones.”

O sea: nadie habla de política, pero por las dudas, si hablan, se cuidan de manifestarse solidarios con el gobierno.

Cuando le dije que de alguna manera Chavez había hecho que Venezuela estuviera en el centro de las miradas de todo el mundo él me contestó:

—Venezuela es el centro del mundo y todo el mundo está viendo lo que hace Venezuela porque en esta Montaña, aquí mismo, hay unos seres de alta evolución en comunicación permanente con los planetas. Hay 49 planetas. Y la Tierra es el único que atrasa cinco mil años. Ellos están esperando que nos movamos. Están esperando que nos movamos a la órbita de Venus. La gente que no quiere aprender va a quedarse en la órbita de la Tierra, en un planetica chiquitico, llamado Excelsior. Allí quedarán todos los que no aprenden: los corruptos, los ladrones, los drogómanos, los borrachos, los afeminados, las prostitutas… Porque la gente, ¿qué hace? La gente se echa palo, come, se echa palo, duerme, echa flit, se echa más palo, duerme. La gente no aprende.

Echarse palo es beber. Echar flit es echarse un polvo. Por supuesto que la gente aprende y hace muchas cosas más que esas que él enumeraba. Menos por lo de “echarse palo” el taxista restringía la conducta de la humanidad a su actitud más ‘animal’.

El divague astral continuó durante la hora y media que nos tomó llegar al centro. Antes de este viaje sospechaba que Chávez estaba mal, pero muy en el fondo tenía algún resquemor: mis compañeros de trabajo venezolanos son casi todos de familias bien, pertenecen en su mayoría a una clase socioeconómica muy acomodada y ellos, todos, lo detestan. Cuando me resiento con ellos por temas totalmente ajenos (aunque no tanto) a la política pienso que son una manga de garcas que no entienden y que quizás, tal vez, Chavez sí tenga buenas intenciones. Pero no. Para nada. Es horrible, mucho más horrible y fuera de contexto de lo que me imaginaba. Hoy no hay otra cosa semejante en el continente. De cualquier modo, me sigue irritando escuchar a algunos de mis venezolanos decir “Fox es el único que le dio coñazos”. Algunos conocidos míos, algunos amigos o futuros ex amigos, dicen que Chávez le presenta cara a Estados Unidos por lo del petróleo y que es un valiente o que se la re-banca. Y yo, después de haber visto ese país, ese programa de televisión, sé que está todo mal. Aunque no tenga argumentos muy claros para explicar la aversión que me provocó.

Pero no iba a esto, iba a que hay cosas que te cambian radicalmente la manera de pensar.

Yo tampoco tenía una actitud respecto del juicio político a Ibarra. Debo decir que sin decirlo me alineaba con una idea alrededor de lo siguiente: Cromagnon podría haberle pasado a cualquier funcionario. Le pasó a Ibarra. Qué mala suerte. Él y su gestión no me parecen tan aberrantes. Al menos tienen buen gusto, la gráfica y la campaña de auto-propaganda andan bien. Vuelven las plazas a su trazado original y no las llenan de cemento.

Qué tilinga.

¿Cómo fue que se gestó en mí esa conciencia?

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Página 2

El viaje de vuelta desde Caracas debería haber ocurrido el sábado a las 8pm via el vuelo 565 de Lan Perú con destino a Lima, para allí conectar hacia Buenos Aires.

El avión tenía un desperfecto (al menos eso fue lo que nos dijeron), así que desembarcamos sin despegar después de estar casi dos horas que sí que no. Nos dejaron en un aeropuerto desierto con respuestas vagas y promesas de que “dentro de una hora y media les vamos a decir si salimos o no”. Estaban tratando de arreglar el avión. Faltaba un repuesto. Parece que lo arreglaron, pero el aeropuerto de Lima está cerrado. No, no lo arreglaron. El repuesto llega mañana. Lo que pasa es que no quieren mandar otro avión. Había muchas versiones.

El primero en reaccionar fue un chileno, que pronto se transformó en el líder de la facción chilena de nuestro movimiento de pasajeros abandonados. “Se les rompe un avión y se les malogra todo el schedule porque no tienen mantenimiento y un día se les va a caer una de esas mierdas.” El funcionario venezolano se iba diciendo no sé qué y el chileno decía “ni saben hablar español estos huevones”. Era no sólo una guerra entre los usuarios y la compañía, sino entre todos los que no éramos venezolanos y los venezolanos. El cura irlandés del vuelo (siempre hay un cura entre los pasajeros) dijo, cuando alguien le pidió que intercediera ante Dios: “En este país no funcionan los milagros”.

Eramos más de 150 personas, repartidas en las siguientes nacionalidades: argentinos, chilenos, peruanos, algunos venezolanos, el cura irlandés, algunos turistas americanos y unos pocos españoles integrantes de la banda El Bicho. Una mitad y un poco más de la tripulación descansaban fastidiados en butacas o en el piso. Algunos (entre los que me cuento) nos movíamos con frenesí en busca de información, hacíamos correr rumores, manejábamos hipótesis, buscábamos consuelo. Yo estaba desesperada. Ahora suena exagerado, pero no podía soportar la idea de quedarme a dormir en Caracas. Me alié con dos compatriotas y nos dirigimos hacia el representante de LAN. El funcionario se comportaba como un robot, no manifestaba ninguna clase de sentimiento y la información que (no) manejaba era somera y confusa. Cuando estábamos tratando de explicarnos con nuestros mejores modales llegó otro compatriota, muy alcoholizado, al grito de “¿Dónde está el piloto, dónde está el piloto? Que venga a dar la cara, porque seguro que él y las tres azafatas ya están durmiendo en el Gran Meliá y yo acá como un pelotudo.” La situación se fue a la mierda porque el borracho lo tocaba al representante. Entonces todo se transformó en un reclamo fuera de serie, con gritos, empujones, personal de seguridad y pasajero amenazando con romper todo. Uno de los argentinos con los que me había aliado le dijo al borracho que no tocara nada, ni a nadie, porque en ese país no se podía ir preso.

El representante huyó hacia el avión y no volvió como por dos horas. Mientras tanto, en la sala de embarque de la puerta 12 hubo momentos muy bellos: pasajeros envueltos en las mantas violetas que LAN primero se negó a bajar y después bajó, sentados en círculo alrededor de los músicos que improvisaban con guitarra flamenca, flauta traversa y corneta. El cantante organizaba letras en torno a vuelos, destinos y avionetas. Los argentinos que habían hecho sus compras de licor en el Duty Free abrieron las botellas de Ron importado y las empezaron a mezclar con la coca-cola que el personal de LAN dejó estratégicamente en un carrito para que nos autosirviéramos, lo mismo que las bandejitas con los ravioles y el flan envueltas en papel metalizado. El ron puro consiguió que me emocionara cuando los del bicho tocaron una que sabíamos todos. Hubo un momento brevísimo en el que directamente sentí que ya no quería volver más a mi casa.

A las 2 y pico de la mañana volvió el funcionario de LAN, se paró a la entrada de la manga y dijo con esta exacta puntuación:

—Estas son las noticias. El avión va a salir. Mañana. A la ocho. De la noche.

Yo estaba primera, a centímetros de la cara de Leandro (así se llamaba el funcionario) y le empecé a gritar de un modo que no recuerdo haber gritado nunca (bueno, sí, en alguna situación familiar o marital, pero nunca fuera de mi casa). Es más, miré la mesita, la que usan para cortar las tarjetas de embarque y me vi levantándola en el aire y arrojándola a través de la puerta de vidrio de la manga, me vi agarrando de los pelos a Leandro, pateándole las pantorrilas. Me volví loca. Tenía un ataque de histeria. Todos gritaban, pero yo gritaba más. Hoy todavía estoy afónica. No rompí nada porque apelé a la razón y porque me acordé de que en Venezuela no se puede romper nada. No rompí nada porque las instituciones me hubieran castigado y todo hubiera sido peor. En mi casa cuando sí rompí cosas lo hice porque ahí la institución no puede hacerme nada. Vinieron los milicos y los de seguridad del aeropuerto. Yo me puse a llorar (en parte por el ron, en parte porque había gritado tanto que estaba como asustada de mí misma).

La situación duró hasta las 5 de la mañana, cuando nos pusieron finalmente en varios autobuses y nos llevaron a un hotel de la ciudad de Caracas. El vuelo salió al día siguiente a las 7:30 de la noche. En el medio pasaron muchas cosas: salimos del país en forma ilegal sin que nos sellaran el pasaporte, viajamos en un colectivo a 150 km por hora, en el hotel se había caído el sistema por lo que me dieron la llave de una habitación en la que ya había gente (después me la cambiaron). Al día siguiente la aerolínea nos embarcó sin cortarnos la tarjeta de embarque a los pasajeros que no teníamos el ticket para la conexión, ya que presuntamente (otra vez los rumores) no había lugar para todos en el vuelo Lima-Buenos Aires y el boca en boca decía que nos iban a dejar a dormir en Lima. Hicimos muchas filas de 150 personas con equipaje, me sellaron el pasaporte con salida de Venezuela dos veces (una con fecha 19 y otra con fecha 20) pero sólo tengo una entrada el día 17.

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Las casi 10 horas que estuve en el Aeropuerto la noche del sábado siendo parte de esa comunidad pensé varias veces en otros grupos formados por el destino, en otros vínculos no elegidos, especialmente pensé en el ‘colectivo de deudos’ de Cromagnon. Siempre tuve con ese tema, el incendio, una actitud tibia y distante. Veía a los padres en la televisión, me conmovían muchas veces, pero no terminaba de entender de dónde sacaban las ganas de hacer tanto quilombo, de tirarle huevos a Chabán en San Martín, de querer echar a Ibarra, etc. Y estando sometida en el aeropuerto de Caracas sin teléfono ni posibilidad alguna de retirarme y dejar dicho que me llamaran cuando terminaran de arreglar el avión, entendí varias cosas, que ahora o me las olvidé o no sé cómo explicarlas, pero las ruinas que me quedan de aquella epifanía tienen que ver con la racionalidad, las instituciones, la injusticia, la necesidad de hacer causa común con otros desesperados y la enorme capacidad de adaptación del ser humano.

Cuando nos llevaban al hotel, resignados, en silencio y yo al menos muy preocupada por no morir en ese trayecto, ya que el conductor manejaba a gran velocidad pasando autos por la derecha mientras estábamos dentro de un túnel que tiene 4 kilómetros de largo, me acordé de una parte de Los Viajes de Gulliver, en que un Yahoo, un caballo, le dice a Gulliver, su mascota, que no entiende la necesidad de la existencia de las instituciones y que los humanos las necesitan porque son irracionales. Pero después pensé también que los animales no necesitan de las insituciones porque no se van en avión a una isla que queda en otro país pretendiendo volver a su casa en ocho horas o que en su defecto le traigan YA otro avión desde Lima (como le gritaba yo a Leandro). Pensé también que ‘otro avión’ no es algo tan sencillo, ni tan barato, de conseguir.

Antes de decidir aceptar el viaje había tenido el siguiente dilema filosófico: ¿la naturaleza o el progreso? El desarrollo, brevemente, era así:

Si mi moto fuera la Naturaleza no debería ir porque tengo un bebé lactante de un año. Aunque serían solamente tres días (una madre puede dejar a sus cachorros tres días si están en buenas manos, y los míos lo estaban). Pero ninguna hembra se alejaría tantos miles de kilómetros. Nueva dicotomía: Tiempo versus Distancia.

Si el principio y el fundamento de todo fuera el Progreso debería ir contenta de avanzar en mi carrera y de gozar de los avances tecnológicos. Gracias al aeroplano, podría ir y volver en apenas tres días.

Yo sabía que para poder ser feliz tenía que jugarme por uno de los dos Mitos sin contradicciones. Elegí Progreso sabiendo que Progreso podía fallar y transformar tres días en cuatro, tal vez cinco.

Tal como lo había prevenido, ocurrió y no lo pude soportar porque no soy un caballo, porque los caballos no toman aviones, no quieren ganar más dinero, no hacen aviones, ni van a recitales: todas cosas irracionales dignas del hombre, cuyas locuras no son tales considerando que es el único gran desesperado condenado a muerte, sentencia que conoce y que sabe inapelable.


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