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La Memoria Relevante

24 11 2005 - 15:43

Yo crecí a pocos pasos de las Bodegas Giol.

En esas épocas, la calle Godoy Cruz no era famosa por la circulación de putas y travestis, aunque alguna actividad de prostitución más o menos discreta se ejercía por ciertos rincones, sobre todo alrededor de los albergues transitorios que ya existían, más cerca de Santa Fe. Pero la franja de Giol consiste en unos murallones interminables que empiezan (o terminan) mucho más acá, que siempre impidieron el paso hacia las vías del tren desde la calle Honduras hasta Paraguay, y que siempre fueron una especie de Columnas de Hércules, detrás de los cuales el mundo era incierto.

El vino era otra cosa. Había una propaganda en la tele donde una señora con pollera de un largo discreto (que de todos modos mostraba unas pantorrillas muy sugerentes) decía que “se estiraba un poquito” para comprar vino Cruz del Sur, supuestamente de mejor calidad en su botella de tres cuartos. Las ideas del marketing de entonces (que no se llamaba marketing) eran bastante cándidas, inocentes y podían llegar a inspirar cierta ternura. O quizás me inspiran ahora un poco de ternura a mí, que soy nostálgico. Pero convivíamos con las propagandas de entonces más pacíficamente que ahora. No recuerdo que los programas en sí fueran propaganda de nada. Seguramente me estoy equivocando por idealización, porque yo era un nene, y en todo caso será este uno de los motivos principales por los que es mejor ser un nene.

El universo Termidor, por ejemplo, no consistía solamente en el Tío Francés conquistando a Silvia Arazi (cuyo nombre perdura inexplicablemente). Además, había una minuciosa explicación en el dorso de la etiqueta de cómo se denominaban los diferentes períodos del ciclo de la uva en Francia, junto con algunos otros tecnicismos que hacían pensar que ese producto estaba íntimamente relacionado con lo francés, tan exótico como el universo de las mil y una noches. Cuando digo ese producto también estoy haciendo una extrapolación de cierta forma actual de ver las cosas: mi sensación es que en ese entonces no se hablaba tan genéricamente de productos. No había tanta abstracción y conceptualización como ahora. Juana Molina decía hace poco en un reportaje (ya pierdo la noción: a lo mejor fue hace años, pero en todo caso no muchos) que antes uno tenía perro, gato, tortuga; y no mascota. No me parece que alguien pudiera creer que el vino de mesa tuviera esa influencia en un tío solterón disparatado que finalmente encontraba el amor de su vida, ni que la historia de cómo ese vino se relacionaba con la vendimia en Francia tuviera un ápice de legitimidad; esos relatos eran una especie de plus (valor agregado hoy), una sanata alegre y un tanto inocente que uno se llevaba puesta junto con el vino.

Entonces los camiones bajaban constantemente por Godoy Cruz. Yo sentía permanentemente un olor característico, de uva fermentada o de mosto cocido o de vaya uno a saber qué componente o etapa en la preparación de esos vinos de mesa. Era un olor amargo y áspero, se te metía a la fuerza como si olieras también con la frente, la pera y los cachetes, y reverberaba en la parte alta de la garganta con un dulzor equívoco: uno sabía que no quería probar lo que fuera que producía esa vaharada.

Yo vivía de este lado de los depósitos, y más allá estaban las vías del tren y Juan B. Justo. Pasar del otro lado significaba por ejemplo ir a la pileta del Estrella de Maldonado, donde las revisaciones médicas eran como procesos judiciales, pese a lo cual el agua se veía bastante sucia. El club era una barraca pobre con un tinglado gigante que albergaba el bar comedor, siempre vacío y con una desproporción enorme entre la superficie interminable y la escasez de mesas, donde la heladera con vidrio mostraba que la provisión de cocas para toda una tarde era de tres botellitas, de esas que son reconocibles solamente por la forma, porque las letras impresas se borraron por completo. Esa imagen contrastaba con el plano de un proyecto de remodelación que se encontraba en la Administración, debajo del vidrio de una mesa-escritorio inmensa.

El plano era algo fastuoso. Me inquietaba cómo habría de operarse semejante transformación. Miraba el patio, la pileta y el tinglado y volvía la vista sobre el plano una y otra vez, intentando hacer coincidir o superponer lo proyectado con lo existente, y no me entraba en la cabeza. El proyecto se parecía a lo que yo veía de Los Supersónicos en la tele, y recuerdo que tenía esperanzas de que finalmente se concretara, sin darme cuenta de que ya en ese entonces el plano estaba amarillo por el tiempo y era como una especie de trofeo al revés: si el trofeo es la cristalización de un recorrido, ese plano era la cristalización de lo que nunca podría ser. El Estrella de Maldonado de mediados de los ’70 era un lugar espantoso. Pero creo que durante un tiempo concurrí con la ilusión de que, cuando ese proyecto fuera realidad, yo habría de estar ahí. Con un poco de especulación también, como quien compra un terreno baldío en una zona que habrá de convertirse en un lugar altamente cotizado.

Más adelante, y durante mucho tiempo, el puente de Juan B. Justo estuvo clausurado. Creo que era la Epoca de los Puentes Clausurados, porque más o menos por entonces se cerró también el de avenida San Martín, sólo que por mucho más tiempo. Cruzar el puente de Juan B. Justo desierto caminando es el recuerdo que tengo de la única vez que nos rateamos con un par de amigos, porque no lo habíamos hecho nunca y se nos acababa el secundario. La profesora de física del Nicolás Avellaneda, una mujer ya bastante mayor, de voz tintineante, torso opulento y fama de implacable, nos explicaba que ese puente clausurado, que teníamos tan cerca, jamás podría ser reparado debido a una falla estructural en su construcción. Sin embargo, tiempo después, el puente se rehabilitó y entonces uno oscilaba entre el temor de que un día se viniera abajo porque el diagnóstico de la de física había sido certero, y el temor un poco más angustiante de que todas las cosas que nos habían estado enseñando en el colegio hubieran sido falsas.

En estos días, con un perfil bastante bajo y sin grandes resonancias, se anuncia el proyecto de transformación del predio de Bodegas Giol en un conglomerado de instituciones relacionadas con la ciencia (CONICET, secretaría de Ciencia y Tecnología) y

un parque público “para beneficio de la gente que habita la zona”

y la noticia parece neutra de tan encomiable. Se me ocurre algo desmesurado: comparar este proyecto y sus nulas repercusiones con las idas y vueltas de los proyectos en torno a la ESMA. Cosas incomparables, pero no tanto: puede sonar a afrenta, pero yo no estoy intentando cuestionar la importancia o no (relativa o no) de qué se hace con un lugar que fue un Centro Clandestino de Detención, o un Campo de Concentración y si eso es comparable a la transformación de los depósitos de una bodega.

Me pregunto simplemente qué cosas ofenden a la memoria y qué cosa debería perdurar y qué otra cosa no, y si acaso el fin justifica los medios; es decir, si el destino más o menos noble que se les dé a los sitios le da valor a la iniciativa. También me pregunto quién debería decidir semejantes cosas.

Muchas veces parece que se confundiera internamente la memoria con el intento vano de retener el tiempo, de congelarlo. Evoco el embaldosado del Estrella de Maldonado, que se me aparece de color gris claro, granítico y mugriento como son mugrientos los pisos que no se limpian nunca, que el hollín va formando una película que altera el color de las cosas y que puede ser más o menos pegajosa, pero termina siendo constitutiva. A partir de ahí la evocación crece y entonces me intriga saber cómo será hoy ese lugar. Me tienta hacerme una escapada y mirar in situ. Pero me da miedo y entonces busco una referencia al azar. Encuentro
esto
:

El club Estrella de Maldonado es uno de los más reconocidos dentro del fútbol de los más chicos. El DT Hugo García, 50 años, también habló sobre el tema: “Sabemos que Estrella es una vidriera y eso quizás sea un motivo para que algunos padres, ante una situación tan complicada del país, opten por traer al chico a este club. De todas maneras, nosotros siempre intentamos que jugar sea lo menos traumático posible para los chicos”.

Y entonces sé que no se trata de mismo club del que yo hablo, aunque formalmente lo sea. No mientras se ponga en términos de vidriera, o de situación tan complicada del país o de lo menos traumátco posible para los chicos. Está en el mismo lugar, pero el tiempo operó sobre el relato de lo que es la cosa, y entonces la cosa es otra cosa porque está relatada de otra manera y ese proceso es irreversible (además de que vaya uno a saber qué reformas físicas se habrán realizado en ese predio, y de que las personas no son las mismas. En fin, que el tiempo pasó.)

Siendo muy chico (supongo que en la primera excursión que organizó la escuela) me enteré de que los extremos del Cabildo se habían cortado para hacer las calles que pasan a los costados y me la pasaba preguntándome dónde estarían guardados esos cachos de edificio, porque no me los imaginaba demolidos, sino serruchados y trasladados íntegros a alguna otra parte, como si pudieran estar expuestos en algún museo, en otro lugar donde estorbaran menos. Como si se pudieran trasladar en una carretilla enorme. Sin embargo, me parecía (me sigue pareciendo) una especie de contrasentido que se hubiera alterado así algo tan importante, por el sólo hecho de construir la calle Victoria y la Avenida de Mayo. Se podría argumentar que si no se hubiera hecho esto no tendríamos Avenida de Mayo, lo cual es mentira: simplemente tendríamos Avenida de Mayo que terminaría en la espalda del Cabildo, y habría que dar algún rodeo para pasar y nada más. A veces parece que todo lo construímos facilitando la circulación, y esa facilidad me termina hinchando las pelotas. Pero no empecé a escribir para quejarme.

Todo se transforma eventualmente en otra cosa. A los de Filosofía y Letras les vino de perlas que la facultad fuera reubicada en una antigua fábrica de cigarrillos, porque resulta poético llamarla la tabaquería. El Albergue Warnes era un lugar sórdido, por el cual daba miedo pasar. Cuando se veían las imágenes de la demolición por implosión, el asunto era presentado como un avance de la humanidad, y era bastante curioso que lo mismo que bajo otro contexto pudiera verse como una catástrofe, en este caso resultara una especie de logro fabuloso, pero a la larga en ese emplazamiento terminó habiendo un Carrefour, y no hay peor sordidez que la de un supermercado en medio de un gran descampado. El avance es relativo.

Cuando yo era mucho más chico, antes de las Bodegas Giol, me llevaban en colectivo a tomar sol y bañarme en las duchas del balneario de la Costanera Sur. Por una especie de muelle que salía de la costanera, se accedía a unas escalinatas con forma de terrazas (o bien terrazas de forma escalonada) que descendiendo terminaban en el río. Los niños pobres o de familia irresponsable se bañaban directamente en el río ahí abajo, que ya en ese entonces estaba contaminado. Los niños de clase media teníamos prohibido ese placer oscuro y debíamos conformarnos con las duchas que había en las mismas escalinatas, de manera que uno se duchaba mirando el río enorme y sucio ahí abajo y nada de eso parecía extraño. Una vez violé el mandato de no meterme al río porque me había hecho amigo de unos pibes que andaban por ahí. Estuve un ratito con el agua hasta las rodillas y después de eso me la pasé varios días pensando que me iba a morir en cualquier momento.

Todo eso fue ocupado y enterrado por la Reserva Ecológica.

En los inicios de la Reserva yo había comprado que se formó por sí sola, porque escuchaba los comentarios de mis viejos, que leyendo el Clarín de aquella época relataban cómo unos camalotes habían bajado por el Paraná y se habían ido instalando ahí muy de a poquito, hasta que un día un ñato se acercó y encontró una serpiente entre los camalotes (que ya formaban una extensión considerable), o bien alguna especie de gato montés, y entonces la cosa se puso seria. De repente teníamos una selvita en Buenos Aires y eso tenía que ser motivo de orgullo. Pero toda esa zona había sido de acceso restringido en época del proceso, y lo que había pasado fue que los tipos construyeron unos terraplenes gigantes ahí en la parte del río que bañaba al balneario con los escombros que sacaban de todos los edificios que tiraban abajo para hacer las autopistas. Muchos escombros. Se suponía que con esas demarcaciones se iba a construir la Ciudad Judicial, pero fue otro proyecto trunco, quedaron unos terraplenes ahí abandonados y se juntó el bicherío. Entonces la historia del camalotito que bajó por el río Paraná se parece a la historia de que papá le dio una semillita a mamá: por algún lado los números no cierran y si uno camina y camina a través de la Reserva hasta llegar al río, se encuentra con hierros oxidados que salen de cachos de paredes afanados andá a saber a quién y que están tirados ahí en la orilla como cadáveres que hubiera devuelto el río. Otro tipo de cadáveres.

Vengo dándoles vueltas a los lugares y a los objetos más que a las personas, y no debieran ser las cosas más importantes que las personas, me digo. Pero enseguida me doy cuenta de que cuando se habla de proyectos, se está hablando en realidad de cosas, no de personas. Así como cuando uno recuerda, también recuerda cosas y no personas. Se recuerdan también personas, pero son personas objetivadas. Son mi recuerdo de esa persona y no la persona en sí, en todo su devenir, lo que constituye la materia del recuerdo. Los recuerdos de las personas se parecen mucho más a las cosas que a las personas. Prueba de esto son las frustraciones casi inevitables de quienes se reencuentran con alguien a quien no han visto por mucho tiempo.

Por otra parte, toda esta cuestión de los proyectos que consisten en la transformación de unas cosas en otras cosas y que se podrá decir que en última instancia se realizan en beneficio de las (de ciertas) personas, tienen una subjetividad, una selectividad que se refiere no solamente a lo que alguien (Filmus, por caso) quiere que se transforme en otra cosa (por ejemplo, una bodega abandonada que se transforme en una dependencia del Conicet), sino también a lo que esa misma o muchas otras personas quieren que se recuerde de los acontecimientos. Es una elección que el recuerdo sea:

Acá donde había una bodega abandonada ahora hay una dependencia del Conicet

antes que:

Acá donde había una bodega, ahora hay una bodega abandonada.

Son tiempos de la memoria. La memoria tiene muy buena prensa, pero cuando recibimos mensajes señalando la importancia de la memoria, hay casi siempre algo muy tendencioso respecto de lo que debiéramos recordar, como que recordar ciertas cosas es mejor que recordar ciertas otras cosas. O su contraparte, que olvidarse de ciertas cosas es peor que olvidarse de ciertas otras. A esta idea me resisto a medida que la voy formulando, y en el camino me encuentro con una nota sobre ciencia que salió en el Clarín de hoy, y que se refiere a una publicación en Nature. La hipótesis que plantea es básicamente:

”tener más memoria no está relacionado con la capacidad de recordar la mayor cantidad de cosas posibles sino con la capacidad de seleccionar qué es lo importante y desechar los datos o la información que no vale la pena”

Que a simple vista parece tener toda la lógica del mundo. Si tengo un mega, dejo almacenado solamente el cacho que me interesa y borro el resto para poder guardar otra cosa: lo hago a diario en la computadora. Pero posteriormente narran la experiencia de laboratorio con jóvenes voluntarios:

“Primero les pidieron que recordaran dos rectángulos rojos y que ignoraran los azules. Sin excepción, los más capaces lograron ignorar los azules, pero los menos capaces no pudieron dejar de lado los rojos”

Y los tipos, en pos de sus hallazgos, no se cuestionan ni por un segundo el hecho de que desde afuera se les haya señalado a los voluntarios que los rectángulos azules eran más importantes que los rojos, además de estar llamando menos capaces a los que no se atuvieron a la consigna. Por momentos, lo descripto se parece más a un examen laboral que a un experimento científico. La naturalización de un mundo ideológico se confunde con descubrir la naturaleza del mundo, y resulta bastante patente (y patético y triste) el mecanismo de selección de ese otro universo en la descripción de los menos capaces:

“Varía mucho de una persona a otra la habilidad de recordar o no las cosas irrelevantes. Esto tampoco significa que las personas con menor capacidad de memoria sean menos inteligentes: aparentemente tiene sus ventajas almacenar información irrelevante, y quienes lo hacen en general son las más imaginativas”

Y nos dejan bien en claro que, dado el estado actual del mundo, aquello de la imaginación al poder no puede ser más que una patraña.


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Las dos caras de la enfermera
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Del orden de las verduras
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