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Pegarle al abuelito

28 11 2005 - 02:04

“There exists today widespread propaganda which asserts that socialism is dead. But if to be a socialist is to be a person convinced that the words ‘the common good’ and ‘social justice’ actually mean something; if to be a socialist is to be outraged at the contempt in which millions of people are held by those in power, by ‘market forces’, by international financial institutions; if to be a socialist is to be a person determined to do everything in his or her power to alleviate these unforgivably degraded lives, then socialism can never be dead because these aspirations never die.”
Harold Pinter

En los últimos años, la Argentina se ha enfrentado a una sucesión de extrañas “modas” criminales: desde los robos de pasacasetes, al secuestro; desde los robos estilo “hombre-araña,” a los ataques contra los “quinteros bolivianos;” desde los comandos que atacaban a bancos y blindados, al secuestro “express.” Ahora la moda es la de pegarle al abuelito; la la extendida costumbre de robar, mediante procedimientos violentísimos, a los más ancianos, en sus domicilios. El fenómeno y las distintas respuestas —institucionales y extra-institucionales— que han aparecido en cada caso resultan notables, y siempre altamente reveladoras del estado de nuestra sociedad. Podríamos hablar de muchas cosas distintas a partir de este tipo de hechos anecdóticos, pero aquí me concentraré sólo en una cuestión, relacionada con el llamado “tejido social.” No diré nada acerca de los modos en que los medios de comunicación recuperan-dramatizan-y-fundamentalmente-explotan tales pánicos; el incontenible pánico social que este tipo de eventos suelen generar, como si de pronto la vida de cada uno de nosotros comenzara a orbitar exclusivamente en torno a tales fenómenos criminales; o la aparente “irracionalidad” con la que los órganos de gobierno suelen responder a dichos sucesos (irracionalidad por el desorden y los exabruptos penales que distinguen a su accionar, pero “irracionalidad” también porque tales respuestas aparecen siempre orientadas en una, y la misma, calculada dirección). Tampoco diré nada acerca de las habituales complicidades del poder público con sucesos criminales como los referidos (la comprobada conexión policial en un reciente caso de “pegarle al abuelito” sólo ratifica dicha obviedad). Y me permitiré pasar por alto tanto el afán morboso con el que se narran los eventos como la mercantilizada sentimentalización con que se leen y procesan tales casos. Quisiera detenerme, decía, en un comentario sobre el tejido social.

El acercamiento — no puede ser, por ahora, sino simplista— parte de la siguiente pregunta: ¿qué hecho social hace posible que hoy, aunque sea en los márgenes, aparezca como habitual un tipo de comportamiento (pegarle al abuelito) tan difícil de imaginar años atrás? Supongamos que las “crueldades inaceptables” cambian, de época en época, y que las crueldades actuales tienen poco que ver con otras (a veces similares, a veces peores) de épocas pasadas. Supongamos también que uno puede decir algo sensato acerca de esas conexiones causales invisibles y siempre tan difíciles de identificar entre “conducta particular” y “contexto social.” La conexión que propongo es tan simple y poco identificable como otras que podrían sugerirse, pero en todo caso creo que es una que vale la pena explorar.

Me interesaba pensar acerca de la poca importancia que solemos darle a un aspecto distintivo de las políticas públicas de los últimos tiempos; el del descuido y la degradación (intencionados o no) de los vínculos sociales. Me interesaba contrastar el modo en que las políticas públicas argentinas fueron definidas, durante décadas, (y pienso aquí en buenas y malas políticas) fueron definidas por la integración social: A través, por ejemplo, de la extensión de las fronteras educativas, del voto secreto y universal, de la incorporación social de los inmigrantes, de la ampliación del mercado “formal” de trabajo, de la creciente participación política de la mujer, del reconocimiento de los derechos sociales. Durante las últimas décadas, el signo tiende a ser opuesto al de estos ejemplos (informalización y flexibilización del mercado de trabajo, desempleo, deterioro y desgajamiento de la educación, súper-explotación de los nuevos grupos de inmigrantes, marginación social), pero no menos relevante. Me interesaba, también, llamar la atención sobre la pobreza de nuestros actuales acercamientos a la idea de igualdad. Y no sólo porque en la díada libertad-igualdad hoy hablamos de libertad mientras consideramos más bien démodée cualquier preocupación insistente sobre la igualdad. Sobre todo porque, aun en el mejor de los casos, tendemos a pensar a la igualdad más como ideal abstracto de justicia que como medio para la construcción de un cierto tipo de ciudadanía.

Quiero decir: la vida pública, en la actualidad, se encuentra corroída a partir de múltiples quiebres sociales, que hacen que cada vez nos resulte más ajena la idea de que pertenecemos a una comunidad de iguales. Prácticamente cada esfera de la vida pública que tomemos como ejemplo puede testificar este hecho. Los servicios educativos se han fracturado de modo tal que hoy contamos con una clara distinción entre una educación para pobres y otra para ricos, manifestada en la división escuela pública-escuela privada. Lo mismo ocurre en materia de atención de salud. Lo mismo se evidencia en materia de medios de transporte (algo verificado judicialmente en estos días, al demostrarse el modo en que la misma compañía ferroviaria administraba de modo ofensivamente diferente las líneas tomadas por los pobres, de las líneas utilizadas por los ricos). Lo mismo se advierte en la divisoria countries-barrios con servicios deteriorados o sin servicios.

Rupturas de este tipo son repudiables, sin duda, en razón de elementales principios de justicia, que en todo caso exigirían el establecimiento de tratos diferenciales pero de tono exactamente opuesto a los hoy vigentes. Es decir, dichos principios exigirían políticas orientadas a ayudar especialmente a los que llegan a la vida social con mayores desventajas iniciales. Pero sobre todo, dichas rupturas resultan inaceptables por el modo en que ellas impiden que nos pongamos en el lugar del otro, que reconozcamos sus necesidades, que veamos como sensatos sus reclamos, que sepamos algo de la intensidad de sus padecimientos, que ganemos alguna idea de la dimensión y sentido de sus quejas, que sintamos sus sufrimientos como propios. Hoy la vida social se halla ordenada a partir de clases y sectores que ya no se encuentran en un mismo espacio –que no comparten ámbitos comunes. La vida está organizada, en cambio, a partir de grupos que tienen crecientes dificultades para reconocerse y entenderse mutuamente. Son grupos que hablan lenguajes diferentes y se alegran por cosas diferentes. Se relacionan con personas e instituciones diferentes. Esta es la base social de la moral dominante en la década pasada; la moral del triunfo, con desdén por las consecuencias. Esta es también, me aventuraría a señalar, la base social de las políticas y prácticas de las nuevas crueldades que hoy nos rodean.

Tiene sentido, por esto, seguir preocupándose por los nuevos y viejos autoritarismos, como tiene sentido preocuparse por las injusticias crecientes, o las habituales respuestas –brutales, discrecionales- del Estado. Pero, sobre todo, tiene sentido volver a preocuparse por los tejidos hoy destruidos, por la corrosión de los vínculos, por la ruptura de aquello que hacía imaginable la utopía de la fraternidad en la que pensaba Pinter.


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