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Antes de la decapitación

28 11 2005 - 12:57

Hoy domingo me desperté sobresaltado por la tapa de Perfil que anunciaba el inminente despido de Lavagna. Los otros diarios lo confirmaban, por lo menos a medias, salvo Página/12. El diario oficial dedicaba varias notas a los próximos cambios de ministros sin mencionar al de Economía. Evidentemente, los redactores habían recibido la indicación de no ocuparse del tema por el momento. Me pregunto cómo es la conciencia de un periodista que abandona su imparcialidad y su obligación de informar para servir al gobierno y usurpar así la presunción de independencia que su oficio le otorga. No estoy diciendo que un periodista no deba tener ideología ni preferencias políticas, pero no son ellas las que lo obligan a recibir órdenes de la Casa Rosada. ¿No se debería sentir un miserable el que engaña a los lectores de ese modo?

Sin embargo, la ética de la obediencia / obsecuencia periodística es muy común entre nosotros y no provoca ninguna indignación, como si viviéramos en un sistema de partido único, donde la libertad de prensa suele ser considerada un valor burgués, una traición a la patria o cosas semejantes. De modo que en todo periodista se oculta, en principio, un operador, un agente de propaganda o, tal vez, alguien que se está ofreciendo como tal. Por lo tanto, cada vez que leo un elogio a la política oficial, pienso que estoy ante un esbirro intelectual, aunque la palabra suena un poco fuerte y pueda equivocarme. Esto me ocurrió, precisamente, leyendo tp del viernes pasado, donde Gabriel Puricelli, a quien no conozco pero al que se presenta como analista político, ponderara la muy discutible política exterior de Kirchner.

El problema no son los juicios desatinados de Puricelli —todos los emitimos— sino que no haya manera (salvo el conocimiento personal) de distinguir lo suyo de una operación, destinada no ya a un gran matutino, sino a un medio tan marginal y transparente como tp. A esta sospecha, seguramente infundada, nos lleva el estado del debate intelectual en la Argentina. Pero a la venalidad de algunos, a la especulación de los que tienen un cargo o quieren conseguirlo, a la cobardía que se confunde con un silencio cómplice hay que agregarle otra fuente de mala fe intelectual, acaso la más insidiosa y seguramente la que habilita la confusión reinante.

Como si el tiempo no hubiera transcurrido y la historia del estalinismo no hubiera sido asimilada por la conciencia política contemporánea, se sigue creyendo que es legítimo defender las acciones del poder, aun las más aberrantes, porque quienes lo detentan participan de una supuesta ideología progresista o revolucionaria. De ese modo, por ejemplo, los periodistas que mienten, ocultan o falsean las noticias no estarían desvirtuando su trabajo sino ejerciendo un derecho militante a la desinformación y la propaganda. Así, quienes nos engañan a diario en los medios para obedecer las órdenes del gobierno no serían canallas sino héroes, al menos los que lo hacen vocacionalmente. Este método, verdadera coartada para lo injustificable, termina generando procedimientos tan disparatados como los que se utilizan en estos días para defender a Aníbal Ibarra con el argumento de que el juicio político en su contra no sería consecuencia de la ineptitud, la corrupción y la criminal negligencia de su gobierno sino de un complot contra la izquierda que justifica hasta que se inventen pruebas contra los muertos en el incendio de Cromañón. El sistema de la victimización ideológica está tan generalizado que hasta lo utilizó el escritor Ricardo Piglia para negar su participación en un fraude literario. Lo más curioso es que los mismos que denuncian estas falacias suelen utilizarlas a su vez, como es el caso de Horacio Verbitsky, que en Página/12 de hoy se burla de las ridículas lamentaciones de Roberto Cossa por Ibarra, pero no ha dejado chicana sin emplear en defensa de Kirchner, (incluyendo la persecución de colegas) o —no lo olvidamos— de Rodríguez Saá durante su inefable semana como presidente.

Con estas reglas del juego, no es extraño que nadie defienda al próximamente eyectado Lavagna, funcionario eficaz, sólido pero, para su desgracia, independiente y poco dispuesto a la ciega obediencia al jefe de cuya intolerancia y espíritu vengativo no hemos visto seguramente más que una muestra. Ni siquiera Elisa Carrió, que se adjudica el monopolio del civismo, dijo una palabra a favor de Lavagna (“es una pelea por la caja”) y añadió así otro ladrillo al edifico del cualunquismo político. Carrió, además, hizo algo peor. En La Nación de hoy, tras describir adecuadamente la permisividad de que hablábamos arriba como “un glamour de centroizquierda con metodología fascista”, sigue diciendo “me niego a discutir de glamour. Que eso lo hagan los intelectuales que usando barba se creen que son setentistas.” Es curioso que alguien que suele acusar a sus rivales de poco ilustrados se permita utilizar una frase de sentido confuso pero de acentos inequívocamente populistas sobre los intelectuales. Intelectual es Tomás Abraham, que alrededor de la miseria política y humana de Ibarra y quienes lo rodean, traza en Perfil un diagnóstico agudo y preciso de la mentira en la que viven nuestros gobernantes. Intelectual soy yo también y, como uso barba, la diputada electa ha logrado ofenderme.


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