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Jeremíacos

30 11 2005 - 12:12

Muchos temas en el día de hoy, como diría Schmidt, y al mismo tiempo ninguno. Sólo tengo sensaciones, como los futbolistas después de los partidos o las vedettes antes de los estrenos o los chicos del MST un sábado a la tarde con pancartas frente a la embajada de USA. ¿Cómo estará ahora Buenos Aires? Noviembre siempre es un mes en el que me gustaría estar en Buenos Aires. Pero me dicen que está haciendo demasiado calor.

Escena sórdida a propósito, para dar un poco de pena y otro poco de envidia: estaba la semana pasada en un motel de plástico en Oakland, que es como la Avellaneda de San Francisco (California), viendo tele y me puse a ver Hoy y mañana, película argentina contemporánea de crisis y cosas. La película sigue a todas partes a una mina que está divina (Antonella Costa), pero que es insoportable: antipática, amargada, mandona. Pero, como quiere ser actriz, la están por echar de la casa y decide hacerse puta (¡oh, no!) para conseguir la guita, entonces la película quiere que pensemos que es una víctima y que el mundo es malo malo y que Paula, pobre, el menemismo y todo eso. Paula vive en Palermo y labura en Godoy Cruz, lo que es bastante incomprensible: no sé qué dice el manual del puterío, pero supongo que una regla básica es yirar lejos de tu casa y, sobre todo, lejos de Niceto, a donde vas a bailar tan seguido y a tomar “un destornishador” que pedís como si estuvieras pidiendo veneno. Anyway, la película es deprimente, porque es un bajón ella misma (la película quiere ponerte triste, con martillazos en el dedo chiquito) y porque basta, viejo, paremos de sufrir. En Oakland los moteles tienen Wi-Fi gratis entonces salté de la cama y busqué críticas de la película y fotos de Romina Ricci, que en la película aparece un rato haciendo de puta-de-clase-media-con-hija pero a propósito y sin culpa. La película, me entero, no le gustó mucho a nadie, salvo a los perezosos que tipearon “crisis”, “indecible”, “desesperada” y “fragmentación” y se fueron a dormir contentos. Hay un gallego, sin embargo, que me hizo cagar de risa con una palabra que no se la había leído ni siquiera a Wainfeld –el Wainfeld de hoy no dice “olisquear” ni “ignaro” pero sí “coherentizar”, palabro maderón–, y cuyo párrafo reproduzco a continuación:

“Han circulado no pocos títulos con la debacle socioeconómica como trasfondo, causando cierta saturación que haría que, en lugar de hablar de los argentinos como damnificados, los catalogáramos como individuos jeremíacos.”

¡Jeremíacos! Gran palabra, con connotaciones bíblicas y todo. Fui al diccionario, y García de la Concha me contestó:

jeremíaco, ca. (De Jeremías, profeta hebreo del siglo VII a. C., por alusión a sus célebres trenos o lamentaciones). 1. adj. Que gime o se lamenta con exceso.

Llorón, bah. Alberto Alcázar, así se llama el hombre, nos acusa de llorones, y acá en TP, que somos un poco contrera y un poco vendepatria, vamos a decir: ¡El gallego tiene razón, viejo! ¡Paremos de sufrir! ¡Y de llorar! ¡Y de echarle la culpa al árbitro! Lo digo de verdad, pese a que los signos de exclamación puedan parecer irónicos, como si me estuviera burlando de los pastores evangélicos, tarea sancionada como aceptable en nuestro manual de disciplina progresista: está permitido cagarse de risa de los evangélicos, en parte porque algunos son chorros, pero la mayoría porque son grasas.

Paremos de sufrir. Lo digo en serio. No quiero sentenciar: “Somos un país de llorones”, porque las generalizaciones sobre el ser nacional me tienen podrido y la mayoría son reaccionarias o antidemocráticas, pero, vamos, muchachos, pilas: siempre el que se queja tiene buena prensa. [Y no me corran por izquierda que no me hace daño: por supuesto que algunas personas tienen derecho a quejarse —familiares de Cromagnon, familiares de desaparecidos, etc. No es ése es el caso, mucha gente se queja al dope, contagiada de un polen misterioso que está en el aire y es especialmente denso al Este de la Avenida Córdoba.]
Vengo de un gremio, el de los periodistas protegidos por un maravilloso estatuto profesional, que es especialmente quejoso. Fui uno de ellos. Como en la primera reunión de Alcohólicos Anónimos: “Hola, soy Hernán, y soy un quejoso”. Pero me curé, o eso creo, o me cansé. Los periodistas somos tre-men-dos: los editores son malvados, las fuentes son malvadas, nuestros empleadores, obviamente, son malvados, el pibe de sistemas en un malvado (y un inepto, y nos odia a todos porque hace un laburo técnico, no es un creativo como nosotros).

Estoy leyendo un libro buenísimo sobre Susan Sontag y Pauline Kael, críticas de todo y de cine, respectivamente, judías y madres solteras ambas. En los sesenta, Sontag odiaba a Estados Unidos, decía que Vietnam del Norte era el paraíso y escribía novelas sin argumento: empezaba la época de la teoría literaria como reina de las ciencias sociales, y en esos años para ser anticapitalista tenías que ser anti-narración en la literatura y anti-melodía en la música: el plot es burgués. Todo se mezclaba con todo, la culpa era siempre de los otros –“that motherfucking Lyndon Johnson”, grita el novio trosco de Jenny, la novia de Forrest Gump, para explicar por qué la fajó hace un rato–, hasta que pasó un poco la moda, pasaron los años y Sontag terminó como una socialdemócrata herbívora escribiendo novelas con personajes e historias emotivas. Quizás se puso vieja, o quizás se dio cuenta de que todo había sido un poco al pedo. Esta digresión no tiene mucho que ver con nada, solo para decir que yo, en parte porque soy un iluminado y en parte porque soy un piscuí que no tiene nada que perder, estoy en un momento de intolerancia hacia la queja. Quizás sea una racha: quizás mañana tome los micrófonos haciéndome la víctima de cualquier cosa (¿el sistema de inmigración? ¿la ausencia de publicidad oficial en TP?), y muy self-righteous, entonaré con soberbia mis derechos a un montón de cosas. Pero creo y espero que mi pulsión actual por tratar de no tomarme demasiado en serio a mí mismo dure lo más posible: no quiero tomarme demasiado en serio a mí mismo (soy insoportable cuando me pasa), y eso es lo que me gusta de Kael, que creía que las películas son importantes pero no porque ellas lo digan. No quedó nada claro, lo sé.

¿Qué se hizo de la gran familia antimenemista? Esos sí que éramos llorones. Y eso que éramos muchos. Los gobiernos progresistas tienen la virtud de poner precisión en el mapa ideológico: Claudio Lozano y yo, por ejemplo, ya no estamos en el mismo bando. O Lilita y Bonasso, talentosos antimenemistas ambos. Un gran daño del antimenemismo fue que creíamos que gobernar era fácil, que Menem era malo y que, entonces, poniendo a uno bueno, el desarrollo, el primer mundo o la justicia social, según los sueños y los mitos de cada uno, estarían acá a la vuelta. Ah, la moral, cuánto énfasis al pedo en la moral (Detecto un giro en el ARI desde la “indignación” primigenia hacia un descenso a la tierra con tipos laburando y tratando de aprender, los famosos “técnicos”, una nueva generación de pibes de mi edad. Es una percepción desde 10.000 kilómetros, o sea, que no vale mucho, quizás sólo sea una expresión de deseo.)

A Menem lo juzgábamos moralmente, idealísticamente: “Qué espanto las relaciones carnales, qué disparate”. A Kirchner, en cambio, le aplicamos categorías maquiavélicas, pragmáticas: “El viaje a Venezuela es una movida interesante, colocamos bonos”. En los noventa había que ser entomólogo para distinguir al cínico del progre: ahora la diferencia es “ponéme un aviso en el cable”. Los obispos morales de ayer son los “analistas políticos” de hoy: antes pateaban el tablero, ahora pegan la nariz contra las fichitas y se tapan un ojo.

Todo esto para decir que nosotros, los que leemos TP y los que formamos parte de este frondoso ecosistema de gente linda y bienintencionada, tenemos en general, más o menos, con un margen de error del 10%, la vida que nos merecemos.

En 2001 hice un seminario en un efímero centro de estudios que puso Lanata en el edificio vecino a la ex Embajada de Israel. El seminario era, sobre todo, Lanata hablando de cualquier cosa tres horas por día durante un mes, lo que a mí me parecía divertidísimo. Muchas perlas (“Latido es una revista PUTO”, decía sobre aquel magazín ambicioso y melancólico de corta vida) y un consejo que me pareció buenísimo, y que es una variación porteña de las plegarias atendidas de Santa Teresa. Nos decía Lanata, con sus anteojitos cuadrados, justo antes de esa crisis de salud que tuvo, apuntándonos con la birome:

Elijan con cuidado lo que quieren ser. Porque van a ser eso.

El casi inventor del antimenemismo dando un consejo liberal. Para mí fue una revelación. Sigo sin tener ni puta idea de lo que quiero ser, pero ése es otro problema, que deberé solucionar antes de, por poner un cifra redonda, cumplir los 40. Pero por el momento no me quejo, aún cuando no tenga mucho de qué quejarme: la victimización es un estilo de vida. Jeremíacos amigos: paremos de sufrir.


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