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Uno de Setecientos

8 12 2005 - 10:50

Viernes pasado. Encuentro de escritores argentinos en la New York University: “Literatura argentina: adentro y afuera”, se llama el simposio, o “colloquium”, según el flyer. Mesas diversas, con escritores de “Adentro” fletados para la ocasión (Alan Pauls, Marcelo Cohen, Martín Kohan, Matilde Sánchez) y otros de “Afuera”, algunos fletados de más cerca (Chejfec) y otros de a pocas cuadras o kilómetros (Tomás E. Martínez, que pronto será otra vez “adentro”, María Negroni, Sylvia Molloy, que organizaba todo). Empezó el jueves, pero no fui: tenía que trabajar, aunque finalmente no trabajé. El viernes también tenía que trabajar, pero fui igual.

Llegué al mullidito auditorio de un centro llamado Juan Carlos I —asientos blandos, alfombras en el piso y las paredes, dicroicas tibias— y lo primero que escuché fueron dos minutos de un muy pesimista e indignado diagnóstico de Matilde Sánchez, que cerró con la siguiente lamentación: “La fotocopia ha ganado la batalla”. Por comentarios posteriores de las interminables rondas de comentarios, me enteré de que Matilde había dicho algo así como: “Dejémonos de joder: no podemos llamar ‘literatura argentina’ a una literatura que tiene 700 lectores”. Me sorprendió el número, porque se parece muchísimo a la cifra que me tiró el editor de Sudamericana que me recibió hace unos meses la novela —“está bien escrita, es correcta, digo, la inmensa mayoría de lo que leemos no llega a esa categoría, pero sinceramente no la vemos en Sudamericana”, me contestaría semanas más tarde— y que me había dicho que perdían guita con todos los libros de narrativa, y que los de Aira habían vendido 600 ejemplares. O sea que estamos por ahí: 1.300 tipos mandan novelas al Premio Clarín y la mitad, más o menos, lee a sus contemporáneos. Es un poco para llorar pero tampoco para volverse loco: Philip Roth decía ayer en La Nación que en Estados Unidos nunca hubo más de 25.000 lectores de verdad: extrapolando población (diez veces más) y riqueza medida en PPP (tres veces más) estamos en una cifra parecida. Así que tampoco es para ponerse a llorar de más.

Después leyó Alan Pauls, que en vez de comunicar ideas prefirió el humor, hacernos pasar un buen rato, como sabiendo del fuerte riesgo de sanata que tienen estos encuentros. Cantó una estrofa de La distancia con el acento portuñol de Roberto Carlos —el cantante, no el futbolista—, hizo reír a los estudiantes de doctorados literarios o afines que componían el 75% del público (el resto, argentinos y latinoamericanos semi-cultos, como yo, residentes en la isla o aledaños) y quedó como el chico gracioso de la clase. “Siempre tuve que poner una barrera entre la argentinidad y yo”, diría después Alan, todo de negro menos el pelo, en el mejor resumen de su exposición, que iba sobre el acento: de cómo el había encontrado en el acento en castellano de los cantantes italianos, franceses y brasileños de 1970 y pocos una relación especial con el idioma y su (poco) patriotismo. Esa oblicuidad, por usar un término popular aquella tarde. Yo no había llevado bloc pero sí birome, así que me puse a garabatear unas notas en las partes blancas de la credencial de un partido de la NBA (Golden State – San Antonio, amplio triunfo visitante; discreta, aunque él diga lo contrario, actuación de Ginóbili) al que fui la semana pasada.

Aquí, en exclusiva para TP (la Cumbre Literaria ha sido ignorada olímpicamente por los medios de comunicación del capitalismo concentrado), algo de lo que dijeron algunos de nuestros escribas más queridos, todos bienintencionados, algunos con sus agendas secretas más al descubierto (especialmente Kohan) y otros solamente esforzándose por decir lo que pensaban (especialmente Cohen). [La aliteración es accidental, no un juego de palabras para forzar la dialéctica. Marcelo Cohen se pasó la tarde tartamudeando su confusión, visiblemente preocupado, tratando de contarnos cómo había evolucionado últimamente su idea de la literatura: “Digo, yo sigo leyendo a Barthes y todo, en su momento estuvimos muy metidos en… No sé si decir formalismo, a ver, bueno, formalismo, pero lo que quiero decir es otra cosa, lo que quiero decir… Bueno, no sé si es lo que quiero decir, es lo que creo, no sé si lo tengo del todo claro, a ver, la literatura, para mí, o por lo menos esta cosa de escribir… Digo, al final es sobre todo una cosa de comunicación. De comunidad y de comunicación”. Kohan, en un momento tremendo, se cansó de que sus compañeros de panel dijeran que la crítica literaria en Argentina es inexistente y preguntó a la tribuna pi-eich-dí. “Ustedes son todos, o la mayoría, críticos literarios. ¿Qué sienten cuando se dice todo el tiempo que la crítica no existe? ¿Por qué no dicen nada, no contestan nada?” La tribuna, para desilusión de Kohan, tampoco esta vez contestó nada.]

Kohan también apeló al humor. A todos les habían pedido que escribieran “en primera persona”, por lo que apenas hubo apuntes doctrinarios sino más bien, especialmente en el caso de los varones, bocaditos de chocolate literario. En el buen sentido (a veces te reís y te sentís inteligente) y en el malo (el tufillo a chiste para pocos, cuando, en el fondo, casi todos son los mismos chistes de siempre). Kohan dijo que no le gusta viajar, y que cuando está afuera de Buenos Aires, aunque sea dos días, se pierde, y se siente más argentino y más judio. Citó a sus héroes: unos boxeadores, Eva Perón —“emigró después de muerta”, dijo, y risas en la sala—, Esteban Echeverría. Poca polémica, y ni una referencia al artículo que había publicado dos días antes en Punto de Vista, en el que volvía a quebrar una lanza a favor de la vanguardia y a pelearse con todo el mundo, aunque, como dice Quintín, que se leyó la nota entera, “no cita ni un nombre de los enemigos, lo que convierte al artículo en un plomazo”. [Digresión: se supone que una metáfora es una manera de acercar una emoción compleja. Cuando escuchaba a Kohan y sus simpáticas volteretas verbales –esto no es una polémica con Kohan ni mucho menos, o sólo un poco–, me parecía que usaba la metáfora para todo lo contrario: para alejar una emoción simple. Es decir, tenía algo simple para decir, y Kohan lo decía de una manera deformada, escondida; con un poco de ironía, es cierto, pero sólo un poco. Es como matar moscas a balazos, me parece. O gambetear tres veces al mismo jugador.]

María Moreno estuvo divina. Y dijo cosas sobre ir y volver desde y hacia Argentina y sobre escribir en otro país —la música cotidiana de fondo en otro idioma, tu cerebro acomodándose en pedacitos distintos— que se parecían mucho a cosas que yo había sentido pero no había podido, o no había intentado, poner en sujeto y predicado. Estaban lindas las dos petisas, Sánchez y Moreno. Siempre tuve debilidad por las mujeres que esconden los puños en las mangas del suéter.

Hubo una ronda de cócteles en la que no intercambié bocadillos con nadie. No conocía a nadie y tengo poca gimnasia de cócteles, esa cosa de acercarse a un desconocido o, peor, alguien que sabemos quién es pero que nos desconoce por completo. Igual que encararse una mina en un boliche: hay que preparar un chiste, frase matadora uno, frase matadora dos. Con canapé en lugar de gin-tonic. Pero el mismo espíritu interesado: queremos que nos quieran, como decía Dolina (que nos follen o nos lean, que es casi lo mismo).

Plenario. Todos los escritores de los dos días acurrucados en sillitas, para tratar de elaborar una conclusión. No lo consiguieron, pero nos llevó un par de horas darnos cuenta. Hubo una falsa polémica sobre un artículo de Josefina Ludmer que nadie había leído, y la sensación general de que, escribas donde escribas, siempre seremos escritores argentinos. No porque la argentinidad exista (no importa si existe o no, esto es como Sartre con Dios: hagamos como que no existe) sino porque, como dijo Sylvia Molloy, que vive hace décadas en Estados Unidos, en un rapto desolador en su humildad: “Yo quiero que me lean allá. Yo escribo acá para que me lean allá. De esos 700 que decía Matilde, que me lean treinta o cincuenta”. Chefjec, gaseoso: “...había un escritor platense, López Brusa, que hacía una mezcla de español y portugués…” Burbujas con la expresión “vivir afuera”, mil veces, pero nadie nombra a Fogwill.

TP hizo la única pregunta del público en toda la tarde. El corresponsal tartamudeó, dijo “eeehh…” varias veces y algo así como: “A María Negroni le quiero preguntar si tener al inglés como idioma cotidiano no influyó en su escritura. Lo pregunto porque yo sí lo he notado y, perdón por la herejía, o no, pero siento que mi castellano se ha beneficiado de mi inglés. Y una de las cosas que siempre quiero poner del inglés es el guión largo, ese que es como un dos puntos pero más grave, y que aparece mucho mucho en El Pasado, de Alan Pauls”. Negroni estuvo más o menos de acuerdo conmigo y Pauls contó la historia del guión largo en El Pasado: “La editora de Anagrama me mandó un mail cuyo subject era ‘Algunas dudas’. Uh, sonamos, pensé. Decía el mail: ‘noté los guiones largos. Nosotros siempre los reemplazamos por dos puntos. Pero dime tú. Dejamos todos o sacamos todos.’ Y bueno, volví a leer la novela, saqué todos los guiones que podían ser reemplazados por dos puntos y dejé los demás. Me encanta el guión largo”, dijo, pero no dejó claro si era por influencia del inglés o qué, y una señora ya me había afanado el micrófono.

Salimos después a otra ronda de cócteles, esta vez con algo de morfi y un vino argentino que no conocía, y la misma coreografía. Había llegado Claudio Remeseira, con el que ya había compartido algunas de estas escenas y también se declaró admirador del guión largo. Me paseó un poco. Alan Pauls se autonombró tesorero de la Sociedad para el Avance del Guión Largo. Los demás, por ahí, picoteando, diciéndose cosas. Cuando en una fiesta uno no conoce a nadie cree que todos los demás se conocen entre sí. No es cierto, pero bueno, ya era un poco tarde. Me esperaban en casa.


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