Click here
Más Features

El fin de la vía (8) | El fin de la vía (7) | El fin de la vía (6) | El fin de la vía (5) | El fin de la vía (4) | El fin de la vía (3) | El fin de la vía (2) | El fin de la vía (1) | Néstor Kirchner, la (primera) película | Renuncio | Graciela Bevacqua | Testamento: 4.2 Memoria y Condición Humana |









7 12 2005 - 21:27

Entrar a una librería y ver en la mesa de novedades libros escritos por personas que conocés, personas que fueron tus amigas, tus compañeras de un taller, fueron otras cosas, gente que eran como parientes o que tenían un sitio en tu vida en un momento dado. Entonces mirás los libros, a ver si aparecés ahí en algún detalle. Obvio que no vas a estar en la dedicatoria, pero estar, ser nombrada, ser remotamente referida. Nada. Nadie se acuerda de todo el mundo todo el tiempo. ¿Por qué se van a acordar de vos? Un poco de rencor o de celos o de envidia o de ¿qué hace esta gente con sus nombres firuleteados y sus fotos publicando las mismas mierdas de siempre? Y capaz que no son mierdas, capaz que están bien, pero la familiaridad arruina todo. O siniestra todo. No se puede –o no se debería- leer un libro entero sólo para ver si en algún momento hay algo que indique que se acuerdan de vos. Los leerán los setecientos lectores argentinos modelo y listo, pero no importa, sus tapas enceradas me miran desde los estantes con esa distancia, con esa soberbia de: soy un libro, soy un escritor o una escritora de libros. Soy un artista. ¿Y vos qué sos? Ah. Estás pensando qué nueva pelotudez decir a propósito de nada, pero resulta que no se te ocurre nada porque no sos nada. No publicás libros.

Me voy a otra parte de la mesa. Agarro el nuevo de Martín Amis. Amis nunca me decepciona. Agarro el nuevo de Kureishi. Él sí decepciona a veces, pero es tierno. Por suerte nunca voy a conocer en persona ni a Amis ni a Kureishi, ni a Leavitt, ni a Lodge ni a ninguno de los que salen en esa colección de colores de Anagrama, ni los que salen en otra colección amarillo patito de Anagrama que de alguna manera me hace acordar a la colección Robin Hood por el tamaño y el color: ni a Louise May Alcott, ni a Emilio Salgari voy a conocer porque están muertos y porque no viven acá. No son argentinos.

Ayer, acá, Hernanii hablaba de algo alrededor de eso: de los escritores argentinos y de lo que eso significaba o de lo que algunos de ellos trataban de decir al respecto. No sé si a todo el mundo le pasará, pero para mí la ficción necesita del extrañamiento, de otro lenguaje, aunque sea el de una traducción castiza donde pongan “follar”. O de mi procedimiento formalista ruso favorito, la ostranenie: algo así como aquella operación poética que nos recuerda la existencia de objetos que de tan familiares nos resultan invisibles. El poeta nombra algo y hace no sólo que te des cuenta de que existe, sino de que te gusta mucho. Todos los ejemplos más trillados tienen que ver con figuras de la naturaleza. Como ejemplo yo pondría La lluvia, que es es un poema de Borges que nunca me hubiera puesto a querer copiar y pegar si no fuera porque un día lo escuché cantado por Camarón de la Isla y me pareció una poesía preciosa:

BRUSCAMENTE LA TARDE se ha aclarado
Porque ya cae la lluvia minuciosa.
Cae o cayó. La lluvia es una cosa
Que sin duda sucede en el pasado.

Quien la oye caer ha recobrado
El tiempo en que la suerte venturosa
Le reveló una flor llamada rosa
Y el curioso color del colorado.

Esta lluvia que ciega los cristales
Alegrará en perdidos arrabales
Las negras uvas de una parra en cierto

Patio que ya no existe. La mojada
Tarde me trae la voz, la voz deseada,
De mi padre que vuelve y que no ha muerto.

Ese mismo poema, leído sin haberlo escuchado cantado me daba lo mismo. Me era ajeno. Como el guión largo de Hernán Iglesias. Ajeno no es extraño. Ajeno es de otro. Extraño es lo otro.

La salsa blanca de los zapallitos rellenos de la esquina está perfecta.
Por ejemplo, eso.
Cualquiera podría registrar esa entrada como poética, especialmente si la acompañara de una referencia a un estado emocional: “tengo ganas de llorar” o “siento que me falta el aire” Si los textos son en primera persona del femenino, las referencias a la masturbación son muy efectivas y casi tan usadas como las referencias a estados emocionales. A continuación, debería consignar la música que se está escuchando para dar una idea de atmósfera y de modernidad. No es imprescindible lo de la música. Podría seguir con el relato de una anécdota micro pero con cierto trasfondo macro: “Traté de pedir el almuerzo por teléfono a Mc Donalds. Me atendió un muchacho que me preguntó nombre, apellido (se lo deletreé), dirección, teléfono y si quería recibir promociones por email. Después le pedí que me dijera qué ensaladas tenían. Elegí una ensalada del César. Pero me dijo que no podía traérmela porque mi pedido no llegaba a los diez pesos, que podía, si quería, complementarla con una pechuga de pollo grillé.

-No quiero el pollo. -le dije.

El operador se quedó en silencio y después me dijo:

-Entonces lo siento, señora Steinberg ¿Desea algo más?

-No. No quiero nada entonces.

Colgamos al unísono. Supongo que mis datos habrán quedado registrados de cualquier modo. Llamé al restaurant de la esquina y pedí el plato del día. La carne picada está igual de perfecta que la salsa blanca. Tiene comino en su justa proporción. El puré es muy bueno también y la cáscara de los zapallitos no está amarga y para nada blandengue. Me salió siete pesos. Pagué ocho con la propina.

Yo me taro entonces. Me pongo a pensar que sólo habría que escribir cosas que tengan unidad, que sean un libro, que sean literatura. Ficción, ponele. Incluso política (hablar de Aníbal y Raúl y Mario y Marcelo) Pero no opinar sobre Babywise o contar cómo no pude ir desde acá a allá porque la gente es mala o lo que opino sobre la tendencia retro en los objetos. Eso está mal. Pienso eso, pienso que mientras pensaba que éste era el site de Huili, que quién carajo va a leer el site de Huili, estaba bien. Era un ejercicio, un intercambio de opiniones con un amigo, o algunos amigos. Pero después resulta que hay más personas, que no las conocés y vos ahí contando cosas personales, describiendo situaciones, poniendo el cuerpo un montón. En eso fue que me quedé pensando, en cómo se pone el cuerpo en este tipo de intervención breve, efímera, un poquito pedorra, y cómo no se pone tanto en los libros, donde las cosas les suceden a unos personajes.

Estaba así, pensando todo eso y un poco me sentía avergonzada de haber nombrado gente (sin nombrarla) y no era paranoia pero un poco sí, porque alguien me dijo “No, yo eso lo firmé con seudónimo. Si no a mí, me echan del laburo” y yo pensé: ¿Y a mí? Por qué a mí no se me ocurrió lo mismo. Me vi ingenua, entusiasmada, hija de la pavota. Medio pelotuda. Ahá. Recién enterada (caída del catre diría un periodista) de que decir lo que se me ocurre no es del todo, del todo gratis. Sigo pensando que nadie que pueda tener la mínima intención de por ejemplo echarme de ningún lado va a leer nada publicado acá, pero la suspicacia ajena pone en evidencia la ingenuidad propia.

Digo que estaba así, reticente, arisca, medio como desilusionada y hoy leí lo que escribió Hernán acá y eureka, entendí o me acordé porque ya lo sabía: básicamente el único moto es el amor. O para decirlo en forma coloquial, “queremos que nos quieran (...) que nos follen o nos lean, que es casi lo mismo”.


————————————

Del mismo autor:
Correspondencia Escolar (01)
Chapelco Devocional
Praise
Conmemoración Fashion
Ayuda
Yoknapatawpha Vive
El Angel Exterminador
Putas #1
Venta Directa y Gripe del Pollo
Papel