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Rafael y sus cuadros

8 12 2005 - 15:18

Me hice una panzada con el caso Bielsa. Hace tiempo que no me divertía tanto con un tema político que además deja una lección interesante. Cuál es esta lección no estoy seguro, pero permítanme que dé un rodeo para después intentar aclararla.

Hace muchos, muchos años, cuando yo era un militante de superficie de la JUP sin estar encuadrado en los Montoneros (les juro que tal cosa existía), solía tratar con pichones de políticos. Entre ellos, había uno al que llamábamos con poco cariño “el enano” que era unánimemente detestado (tenía otros sobrenombres más crueles, tales como “el adoquín”). El tipo era un incordio: molesto, desagradable, mal bicho, de esos que viven del prójimo y nada le dan a cambio. Tenía pocas luces, al punto que nunca llegó a aprobar una materia de Exactas y su complejo de inferioridad lo llevaba a ser torvo y resentido. Para colmo, el personaje tenía una obsesión: el verticalismo. Solía tratarnos de pequeñoburgueses, individualistas y oligarcas. Y frente a las órdenes que la conducción montonera le bajaba no se le ocurría la posibilidad de desobedecerlas, ni siquiera de discutirlas. El enano solía pasearse con un libro titulado Cómo ser un cuadro peronista, obra que no he vuelto a ver (y que a veces me parece una alucinación retrospectiva) pero que según las citas que nos leía de ella, exhortaba a dar la vida por Perón y el movimiento sin tener nunca un momento de duda. La palabra favorita del enano, y la usaba constantemente, era “traición”. No hay duda de que no hubiera vacilado en fusilar a sus compañeros si la dirección lo exigía. Pero ser fiscal en los juicios revolucionarios no fue su destino. En cambio, Miguel Lauletta —así se llamaba el enano— fue prisionero en la ESMA, donde se pasó al bando de los militares y se dedicó con singular entusiasmo a cazar a sus ex compañeros. En particular, participó del asesinato de su mejor amigo, el antiguo responsable montonero de Exactas. Todos los testimonios concuerdan sobre su conducta, desde el que recoge el libro de Bonasso hasta el mío personal. Un día lo vi en el asiento trasero de un Falcon verde en Córdoba y Suipacha y se me heló la sangre.

Cada vez que escucho hablar de “cuadros” pienso en el enano y su libro, es decir, en las peores cosas que tiene el mundo, en lo siniestra que puede ser la hipocresía de los que obedecen órdenes. Durante algunos años, la palabra había caído en desuso; se hablaba de militantes, de dirigentes, de políticos, de líderes, no de “cuadros políticos”. Hoy ha vuelto y la expresión es un comodín del kirchnerismo. La utilizó, por ejemplo, el casi-diputado Morgado (“Rafael es un extraordinario cuadro político. Yo lo escucho embelesado.”) cuando estaba a punto de sentarse en la banca. No sé qué dirá Morgado ahora, pero leí que unos cuantos compañeros de Bielsa reaccionaron furiosos porque el ex canciller “tenía un compromiso con el presidente y con su gobierno” y “no termina de entender que la política no es una carrera individual sino una construcción colectiva” y que “para cuidar su imagen personal renuncia a un cargo estratégico que le asignó el gobierno”. La terminología, la defensa de la organización y el acatamiento a su vértice son similares a las que se solían usar en los tiempos de Lauletta.

En la era de los cuadros, la marcha atrás de Bielsa es una ofensa intolerable, un insólito desafío a la autoridad. En cambio, su presidente y su partido lo convocaron alegremente a que violara su promesa a los electores. Y Bielsa tuvo, demasiado tarde, un arranque de lucidez. Porque la propuesta de ser embajador en París era una trampa. Después de haber dado repetidas veces y en público su palabra de que iba a asumir como diputado, si renunciaba no iba poder de aquí en más ser candidato ni para presidir un consorcio. La “misión estratégica” que se le encomendaba era, a su vez, un disparate: no sólo se lo degradaba de ministro a embajador sino que se le encargaba recomponer las relaciones con Francia, ¡que se habían deteriorado durante su gestión como canciller! El único futuro de Bielsa en la política iba a ser como cadete eterno de Néstor Kirchner.

El problema es que Bielsa no es un “cuadro”. Es un tipo confuso y vanidoso, pero no le gusta ser un arrastrado y tiene algún tipo de orgullo. Y tiene también una formación y un discurso que alude a códigos que no son exactamente los de la política como el honor y la palabra empeñada y hasta un lenguaje de cierta sofisticación no compuesto enteramente de consignas que lo despega un poco de los diputados que sólo saben levantar la mano cuando les avisan. Por eso, porque se cree alguien, se le plantó a Kirchner en un par de ocasiones (el episodio cubano, su apoyo al juicio a Ibarra). Como era alguien, Kirchner lo cooptó, lo usó de canciller y de candidato (no tenía uno mejor) y luego le pasó la factura, invitándolo a despojarse de por vida de cualquier legitimidad política y a reconocer que todo se lo debía a él.

Además de mostrar el olímpico desprecio de Kirchner por las instituciones democráticas, la designación de Bielsa como embajador fue un acto cruel y taimado. La víctima se defendió como pudo (mal), pero con su agónico arrepentimiento ayudó a desnudar un par de evidencias. Primero, que la arbitrariedad no exenta de sadismo parece afirmarse como constante del estilo de gobierno. Segundo, que la política argentina acepta con demasiada facilidad la obediencia debida y la infalibilidad del jefe como único parámetro de conducta. Tercero, durante la era K (acaso muy larga) no habrá en el oficialismo un solo funcionario con luz propia.

Creo que la venganza será terrible. Kirchner y sus muchachos harán tronar el escarmiento. Ojalá me equivoque, pero pienso que Bielsa no llegará nunca a asumir como diputado a pesar de que le asiste todo el derecho. En el mundo de los cuadros, es muy importante dejar sentado que todo signo de humanidad está prohibido, que todo atisbo de independencia moral será siempre castigado.


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