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Un mozo no es fuente

11 12 2005 - 04:06

El otro día íbamos con mi hermana Lala en auto y bajando de la General Paz nos cruzamos con un chaboncito en bici. Tenía las manos ocupadas en un charango y pedaleaba por Libertador con la parsimonia de Heidi en las praderas de Suiza. No cantaba “abuelito dime tu”, pero era algo parecido y me dio envidia; se me ocurrió que aquello –andar cómodo, inmune a la mirada de los demás, dios de un mundo propio– era el poder. Hay gente que tiene el don y lo ejerce con alegría. Otros –los Bielsa, los Béliz, los Chacho– pueden probar una y mil veces y jamás les va a salir. Son culposos, complejos, carne de psicólogo, más parecidos al resto. Seguro que si andan en bici usan casco, espejito y las dos manos en el manubrio.

José Claudio Escribano, el subeditor del diario La Nación que acaba de anunciar su retiro luego de 50 años en el diario, patrulla la redacción con la mirada del pibe del charango. Es un tipo suficiente, calza trajes con la estampa de quien anda en pantuflas y todos los que lo rodean le festejan los chistes. Con “el hombre” (ése es uno de sus tantos sobrenombres) ocurre lo mismo que con las mujeres que están buenas y son inteligentes: cuando aparecen, el resto se esmera para pasar por menos pavo de lo que es. Escribano es un conservador, de derecha y culto. De haber nacido en Londres, por caso, andaría con moñito al cuello alternando notas de moderada defensa a la invasión de Irak con furibundas críticas a la prohibición de la caza del zorro. Pero nació en la Argentina y toda su elegancia derrapa cuando transita el episodio histórico que lo marcó: la dictadura.

En 1997 yo tenía 23 años y escribía en la sección política de La Nación. Mi abuela Nené estaba feliz, recortaba las notas y se las mostraba a sus amigas, pero en el diario nadie sabía muy bien dónde ubicarme y terminé escribiendo de derechos humanos y militares, dos temas que apenas se llevaban un par de títulos por semana. Igual eran asuntos divertidos en aquellos años: Balza había hecho su autocrítica en el show de Bernardo (“delinque quien cumple órdenes inmorales”) y los organismos perseguían con éxito a Astiz, Videla & cia. Una vuelta publiqué noventa líneas sobre una reunión del Foro de Generales Retirados –una ONG de hombres lastimados por la democracia–, que terminaba con una frase que a Escribano no le gustó: “Brindaron, champagne incluido”. Algún general se habrá quejado. Parece que los militares no toman champagne cuando discuten asuntos graves para la Patria. Escribano me encaró en un pasillo.

–¿De dónde sacó el dato del champagne? –me preguntó.

–Vi cuando entraban con las copas y las botellas –contesté.

–¿Y cómo sabe que era para los generales retirados? –insistió.

–Se lo pregunté al mozo que las llevó –dije.

–Un mozo no es fuente para La Nación –me respondió Escribano, y no hubo más discusión.

Otra vez había escrito una nota sobre un proyecto para indemnizar a los fusilados de la revolución peronista de 1956 y cayó en las manos de Escribano, al que en esa época se le había dado por editar. Fue terrible. Agarró una copia de mi historia inédita, le tachó párrafos enteros y los reemplazó por otros manuscritos donde cargaba contra Perón y casi justificaba los fusilamientos. “Me gustaría saber si está dispuesto a firmarla”, me dijo Escribano mientras yo terminaba de leer mi ex nota. Estaba sentado en la mesita desde la que el hombre comandaba el diario con palabras escasas que uno suponía repletas de sentido, y durante unos segundos imaginé que toda la redacción miraba mientras me derretía a lo Terminator II. “No doctor, jamás podría apropiarme de algo que no escribí”, deslicé cuando pude recuperar el aire y algo de lucidez. Él sonrió y me dejó libre. Era una prueba y zafé raspando.

Kirchner, en cambio, es un tipo hábil y enseguida se dio cuenta de cómo neutralizar a Escribano. Sobre el desayuno que compartieron antes de la segunda vuelta que nunca fue por abandono del rival hay dos versiones, pero Escribano terminó desacreditándose cuando mostró los dientes. Es raro. Acostumbrado a mil batallas, el periodista esta vez se enojó y todos sabemos que el que se enoja pierde. Con muy poco, Kirchner sepultó a uno de sus posibles oponentes y dejó sin párroco a la tribuna de doctrina. Del resto de la prensa se ocupó Pepe Albistur y así estamos.

Escribano paseó por el mundo sin desenfundar la pluma durante el primer tramo del kirchnerato y ahora anuncia su retiro. Es una lástima que lo haga en medio de tanto silencio. Salvo el anuncio en La Nación, no me crucé con ninguna nota importante sobre el tema. El final de Escribano en el diario debería haber inspirado una discusión sobre prensa, poder y política que la Argentina se debe. Nos guste o no, es uno de los periodistas más importantes de los últimos treinta años y estuvo siempre. Los militares, radicales y peronistas pasan y él queda, o quedaba. Su tarea en la dictadura fue central, pero la discusión es demasiado interesante como para terminarla catalogándolo como exégeta de los represores y pasar luego a si Holanda debería haber sido cabeza de serie en el mundial. Escribano es un hombre inteligente y complejo, su conservadurismo no es de los que van a la misa del Pilar para tirar agua bendita sobre los cristos de León Ferrari. Al contrario, me lo imagino masón y anticlerical, una especie de chozno de la Generación del ’80, la quinta columna de la Argentina oligarca e ilustrada que aún se espanta ante el aluvión zoológico. ¿Por qué un hombre así, mundano e instruido, termina defendiendo a un régimen que secuestra, tortura y asesina? Indagar en eso nos ayudaría, tal vez, a entender qué pasó en este país durante los setenta y antes. Lo contrario sería repetir aquello de la manga de lunáticos que toma el poder para masacrar a una generación de idealistas que –gracias Néstor– hoy se reivindica ocupando despachos en la Casa de Gobierno. Genial, un alivio para los bienpensantes, pero falso.

¿Y qué es lo verdadero?

El problema es que decir algo es difícil y abarca no sólo a Escribano sino a todo un sector del poder que avaló o alentó a los soldados. Cierta izquierda dice que el terror de los militares era necesario para revertir el proceso de democratización económica que se había acelerado con el primer peronismo y horadaba los privilegios de clase. Supongo que un poco de eso hay, pero la política y el poder siempre son un juego de alianzas en el que unos ganan y otros pierden y muy pocas veces, por suerte, aquello deriva en una masacre como la del ´76. El golpe de 1955 sí fue, entre otras cosas, una reacción del señor de Recoleta contra su mucama díscola que le pedía aumento y cuyo hermano le había prendido fuego al Jockey Club, pero la última dictadura fue otra cosa.

Está aquello de la banalidad del mal y uno escucha las cosas que decía Camps u observa a Galtieri empinado en el balcón de la Casa de Gobierno y sí, la selección natural falló mal. Esos muchachos son muy limitados. Si ya resulta curioso que hayan logrado terminar la secundaria, mucho más es su llegada al poder. Pero ellos son los tontos. ¿Qué pasa con el resto, con los que aprendieron a pensar? La verdad es que no sé. No se me ocurre ni una respuesta más o menos lógica por la que una persona, educada o bruta, apoyaría a un tipo que mantiene campos de concentración. Pienso y pienso y nada. Cero. En una de esas me estoy haciendo las preguntas incorrectas, o no hay una gran respuesta.

En A Sangre Fría, Capote narró todos los detalles del asesinato de los Clutters y en ningún momento explicó cuál fue la razón que llevó a Dick y Perry, dos tipos inteligentes, a hacerlo. Sobre el final, cuando el primero ya tiene las patitas en el aire y una soga atada a su cuello quebrado, uno de los detectives ensaya la única explicación del libro: “The guy was a punk. A mean bastard”, dice. Capote ni le da nombre al autor de esa obviedad. Es como si dijese: “Flaco, hace años que espero que cuelguen a estos tipos para poder escribir 343 páginas sobre el asunto y todavía no me animo a explicar por qué lo hicieron. Y vos, payaso, largás semejante pelotudez. ¡Mirá si será atrevida la ignorancia!”.

Así que eso. Yo no tengo respuesta pero a ver quién viene.


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