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Arenero: Cartoneros

13 12 2005 - 13:11

Uno llega corriendo:

—¡Hay una nota buena en Página/12!

Los demás dejan lo que están haciendo y se dan vuelta un segundo.

—Sí, la leímos.

—Está muy bien, es cierto—dice la nena del tobogán—. Incluso hay un “experto” que dice eso de que hay que revisar quiénes son esos que no pagan impuestos y se benefician con las materias primas.

El que traía el diario los quiere sorprender con algo:

— Igual, de la nota principal hay algo que no me cierra.

Ahí sí los demás se acercan. Si vamos a discutir es otra cosa.

—Por un lado, se habla del ahorro que representa para el sistema oficial de recolección y de saneamiento ambiental el hecho de que estén los cartoneros cartoneando, entonces se sugiere por qué no usan esos ahorros para darles beneficios (se habla de créditos incluso) a los cartoneros. Es ridículo. Y supone: sigan haciendo ese trabajo de mierda, gratis, sin seguro social y nosotros les damos (con miles de filtros obvio) un plancito, una beca escolar, algo para “sacar a los chicos de la calle” o para “mejorar las familias” y que por ende los niños tengan una mejor situación.

—¿Y cómo debería ser?

La nena va a contestar, pero la interrumpe otro.

—No es fácil. Se puede caer fácilmente en la trampa de Macri, que apuntaba a esa actividad directamente. El tipo, como suele hacer con todo (como hace cuando dice ‘tenemos que recuperar al estado’), hablaba de ‘formalizar’ la actividad poniendo los mismos argumentos que a nosotros nos parecen válidos. Claro que lo que estaba detrás de su propuesta era poder apropiarse de un negocio en el cual maneja toda la infraestructura y los dispositivos legales necesarios por todos los años que su grupo empresario se dedicó a la basura.

—¿”Dispositivos legales” = ingeniería para dibujar resultados y evadir obligaciones?

—Claro. La cuestión detrás de eso es siempre la de lo público y lo privado: si a esa actividad se la considera parte de una empresa privada o de una empresa social (o estatal). Es muy fácil convertir el sistema tercerizando, licitando el asunto y que gane la licitación un Socma o algo parecido, sobre todo teniendo en cuenta que en base a estos estudios, la empresa adjudicataria recibiría subsidios como las empresas de transporte y armaría una formalidad tipo metrovías.

—Sí, pero probablemente se crearían sistemas paralelos, tipo quiniela nacional y clandestina, porque al existir la formalización de la actividad quedarían adentro tipos que antes estaban afuera y viceversa, y entonces probablemente habría criminalización de los ‘cartoneros truchos’ existiendo los ‘cartoneros legales’ (empresarios que protestan porque ellos hicieron una inversión y la informalidad les arruina el negocio, etc, etc.).

— Y si la cuestión se resuelve por medio de códigos empresarios, entran a jugar las ‘condiciones de aceptabilidad’ para los prospectos cartoneros que quieran disponer de su trabajo: básicamente, tests de admisión y cosas por el estilo para empezar, pero después toda la cadena del management aplicado a la actividad (cartonero del mes, premios o avances por productividad, etc). Está en juego el asunto de que el estado se haga cargo, pero hasta el momento ya sabemos lo que es la reconstrucción del estado. Si se hace algo con el estado tomando la responsabilidad directa, desde la cultura empresaria se dirá que se trata de planes asistenciales encubiertos. En ningún caso el estado se haría cargo de toda la cadena de producción, porque si asume la responsabilidad con los cartoneros, probablemente terminaría tercerizando lo que se haga con lo recolectado y sirviéndosela en bandeja al Sr. Depósito-de-Chacarita por un valor menor que lo que este tipo viene pagando.

Llega un nene nuevo, que no sabemos de dónde sale pero aparentemente estaba escuchando la conversación desde el principio:

—Otra alternativa, basándose en las políticas para con la prostitución en Suecia, donde se criminaliza al cliente y no a la prostituta, sería meterse de lleno con el Sr. Depósito-de-Chacarita y tratar de construir la formalización desde ahí. Habría muchos tira y aflojes, porque el Sr. Chacarita diría que si tiene que pagar todo lo que tendría que pagar, los números no le dan, y ahí habría que negociar qué subsidio se da para que la actividad se formalice, pero claro que siempre está detrás la voluntad de control de que se cumpla con las reglas. Además, en este caso habría que tener en cuenta a toda la cadena de mandos que estaba mordiendo antes y dejaría de morder, i.e., más quilombos y negociaciones a resolver.

La nena, que venía aguantándose con impaciencia, se para en el medio y dice:

—No. No es tan difícil. Debería ser así: si este sistema funciona bien (la materia se recicla en tiempo y forma, el trabajo es eficiente y productivo) mantengámoslo, pero hagámoslo oficial: en blanco, con sueldo. O con participación en las ganancias, ponele, sin niños (está prohibido que los niños trabajen). Y chau. Pagále un sueldo, ponéle un uniforme, lleváte la materia prima y vas a ver como todo es mejor. De esa manera, si la familia tiene un sueldo y cobertura social para todo el grupo familiar como tiene cualquier empleado del gobierno o del sector privado van a poder parar a pensar dónde ubicar a los pibes cuando salen a cartonear (guardería pública, escuela). Y el horario, también. Tenés que hacer algo con el tema del horario. Los cartoneros ‘trabajan’ de noche o después de las 7. A esa hora no hay escuela, ni guardería que les pueda guardar a los hijos. Que la reglamentación del trabajo incluya un horario razonable, de 9 a 18, o medios turnos.

Los demás asienten, algunos más convencidos que otros. Una señora agarra el diario que dejó el nene y se sienta a leerlo en un banco, a la sombra. Otro nene agrega:

—Es lo mismo que pasa en mi casa.

—¿Qué cosa?

—Todo, en otra escala. La Sra. que nos cuida y eventualmente lava, plancha y limpia un poco el bardo desde hace un parva de años tiene como 60 años y sólo tiene 13 años de aportes. Entonces nos enteramos de que hay un plan de la AFIP que dice que si tenés la edad y no tenés los años de aportes se puede llegar a un arreglo, pagarlo en cuotas, etc. Yo le digo a ella muy a menudo ¿fuiste a averiguar lo de la jubilación? Ella: no, no tuve tiempo. Y yo: tomáte un día y andá a averiguar, mirá que nosotros te queremos pagar eso que tengas que pagar para jubilarte porque te debemos estos casi tres años de no haberte pagado jubilación, o sea que nosotros nos vamos a hacer cargo de eso. Pero seguimos esperando que ella vaya a averiguar y mientras le seguimos debiendo los aportes, la obra social, todo. Ella está en negro. Pero con el cuento de que le vamos a pagar lo que le falta para jubilarse ella dice que mejor no la pongamos en blanco así le pagamos eso, etc, etc.

El nene que está diciendo esto mira de reojo a la señora que ya no lee más el diario y evidentemente es su mamá; los está escuchando desde hace rato.

—Y yo, cómodamente, le hago caso —reconoce la señora. Ponerla en blanco me cuesta apenas 55 pesos más por mes. No es mucho. ¿Qué me pasa? ¿Por qué no la pongo en blanco? Ahora que él lo menciona me da un poco de vergüenza. Sobre todo considerando todas las veces que dije y le dije que la iba a poner en blanco. Creo que en mi caso no es una cuestión de ahorrarme los 55 pesos, sino de irresponsabilidad o desidia atrás de una falsa actitud progre (uy, me está doliendo), pero que en el caso del Estado sí es por una cuestión económica. Evidentemente esos “entre 30K y 70K pesos que se ahorran por día” son miles de pesos de ese presupuesto en particular que se están usando para otra cosa y es un problema dejar de usarlos para esa otra cosa, porque para esa otra cosa seguro que tienen asignado otro presupuesto que a su ves lo están usando para otra cosa. Es como un tren (un subte, mejor) con una locomotora tracción a sangre que sostiene toda la formación.

El nene que había dicho que todo era muy complicado aprovecha el consenso para insistir:

—Y lo del trabajo infantil también es compllicado.

—El trabajo infantil está prohibido—dicen todos.

—Sí, y debe seguir estándolo, pero es cierto que probablemente esos chicos están mejor con sus padres que en sus casas. Me parece que al hacer hincapié en el aspecto ‘trabajo infantil’...

—¡Se hace hincapié porque es lo peor de todo!

—Sí, pero podemos estar embarrando la cancha respecto del otro tema. El trabajo infantil es denigrante PORQUE en esas condiciones funciona en pie de igualdad en tanto sostén familiar, pero si la actividad estuviera formalizada y centrada en los adultos, no sé si se estaría tan mal que los menores acompañen (siempre teniendo en cuenta que no tienen lugar mejor donde estar).

—Teniendo en cuenta, nada. No puede ser que no tengan un lugar mejor donde estar.

—Pero es.

La madre, desde el banco (le da miedo acercarse) agrega:

—Por otra parte nadie (o casi) ve con malos ojos que un padre haga trabajar un poco a su hijo si la situación familiar es digna.

—¡Mentira! — le gritan todos los nenes al mismo tiempo.

La madre se acerca. Total, ya está jugada.

—Cuando yo estaba en sexto grado,—empieza— mi viejo tenía una fábrica de zapatos con venta al público. Muchas veces que yo tenía tiempo libre, me pedía que lo ayudara ahí. Una vez tuve que dar una lección para la que no había estudiado y me mandé la parte diciendo que no había podido estudiar porque había tenido que trabajar con mi viejo. La maestra me miró con total (y justificada) suspicacia. Pasó un tiempo. Un día sábado a la mañana yo estaba ahí en la fábrica atendiendo clientes (el modelo es Manolito) y cae de improviso y sin que yo sepa cómo mi maestra. La situación se puso tensa: yo con terror de que se develara toda la patraña, mi maestra preguntándole a mi viejo si era cierto que yo no había podido estudiar porque había tenido que trabajar, mi viejo enrojeciendo y conteniéndose mientras decía que sí, que era cierto. Yo muerta de miedo porque todo se develaba, pero mi viejo humillado porque la situación de que yo estuviera trabajando ahí validaba mis argumentos y lo convertía a él en una especie de explotador infantil.

—¡Que es lo que era!

—No. Era otra época. Y de cualquier manera, esa situación nunca hubiera sido impugnada o censurada como trabajo infantil porque yo estaba ayudando o bien aprendiendo a desenvolverme en la vida (eso a pesar de que siempre me reventó que mi viejo me exigiera cosas así), y por la situación de familia más o menos normal (y aclaro que no éramos ricos ni mucho menos: por ejemplo, yo le tenía que llorar la carta a mis viejos para que me compraran un TEG, hubo siempre un solo auto común, se comía promedio milanesas con ensalada de tomate y cebolla, que muchas veces preparaba yo). Hoy está considerada una ‘tendencia moderna’ el asunto de que los trabajos tengan sitios para que los padres lleven a sus hijos ahí. A mi me parece igual de terror, porque eso refuerza la tendencia productivista de que el trabajo es el centro de la vida: eso ya es otro tema para tratarlo en general y por separado. Pero en el caso de los cartoneros, si se resuelve el tema de la formalización (y eso teniendo en cuenta todo lo que abarca en cuanto a hábitat familiar, escolarización, infraestructura sanitaria, etc), me parece que la cuestión de los chicos ahí con sus padres podría estar más o menos controlada sin que sea tan crítica. Es lo denigrante del trabajo lo que extiende esa denigración a los chicos, creo.

No los convenció, pero los dejó pensando. El hijo de la señora, en particular, quedó bastante impresionado. La nena del tobogán se va, diciendo “hm” y moviendo la cabeza. Antes de llegar a la calle, da media vuelta y se acerca de nuevo con la última pregunta:

—Pero hay que ver qué carajo quieren los tipos que cartonean. En relación a sus voluntades, normalmente se cae en tres posturas básicas: la de presuponerlos o suponer que el que organiza las cosas de afuera es quien sabe lo que es bueno para ellos, la de establecer interlocutores o sistemas de representación para ver qué quieren, en cuyo caso probablemente uno escuche que lo que quieren es terminar con la burguesía dominante (porque se metieron los troskos ahí) o algún otro tipo de punterismo más sutil, o bien la del estudio sociológico, que sería lo más parecido a lo que se hizo en la nota de Página, y que por supuesto que tiene el sesgo del que organiza la encuesta y lo que quiere demostrar.

—Bueno, pero en ese sentido la cuestión de los cartoneros se parece bastante a la de arreglar el país o el mundo, ¿no? Uno sabe que nunca se va a arreglar de una manera muy satisfactoria y se puede aventurar apenas que lo que se haga tendrá el color de los tiempos. Si acá se hace algo, supongo que se le intentará dar un aspecto de asunto donde el estado interviene fuertemente, pero donde todo va a parar a un sumidero empresarial, mientras se trata de demostrar que lo que resuelve las cosas es un capitalismo honesto.

—Quizá apunte ahí el artículo de Página, en última instancia. —dice el nene que trajo el diario y que ahora lo dobla prolijamente y lo deja apoyado sobre un tacho de basura.


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