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Después de Hoy

16 12 2005 - 14:38

Cuando en el verano de 1995 conocí el diario paceño Hoy funcionaba en dos pisos del Edificio Brasilia, a pocos metros de la universidad y nada lejos de Sopocachi. Las luces de tubo, las computadoras de los tempranos 80’s, los muebles comprados en remates, los panes con queso que repartían a la hora de la merienda y las cortinas de teatro de la oficina del director lo hacían un lugar algo triste.

La única persona que quería o podía disimular esa tristeza era Hernán Terrazas, el entusiasta jefe de redacción. Bajito, de pelo crespo y con un bigote que alguna vez intentó ser manubrio, Terrazas vestía chalecos a lo Beto Badía y fumaba rubios. Como pretendía que el Hoy se pareciera a Página/12, en su escritorio sobresalía el montoncito con los ejemplares del diario argentino. Jamás entendí su obstinación por parecerse a Página/12, como no la entendían los de comerciales, los redactores y muchos de sus lectores.

Era el capricho de Terrazas. Sus consumos culturales y afinidades políticas explicaban, en parte, su insistencia. Escuchaba a León Gieco, leía a Galeano, decía Fito y Gabo para referirse a Páez y García Márquez, evocaba con nostalgia sus años en México donde trabajó de librero –creo que en la Gandhi y creo también que se robó algunos libros– hablaba horrores de Banzer y tenía una inocultable admiración por Jaime Paz Zamora, el líder del Movimiento de Izquierda Revolucionaria (MIR) que ya no tenía nada de Movimiento ni de Izquierda ni de Revolucionario.

Terrazas me dio mi primer trabajo pago: la corresponsalía del Hoy en Buenos Aires que, en un principio, compartí con mis amigos Julián Troksberg y Ariel Magnus. Teníamos 18 ó 19 años y un entusiasmo enorme para entrevistar a los futbolistas bolivianos que descollaban en la Argentina o para que los Enanitos Verdes hablaran durante una hora sobre Lamento boliviano, el gran hito en las FMs paceñas y en muchas ciudades latinoamericanas. Le hice decir a Mick Jagger que los Rolling Stones algún día tocarían en Bolivia y Sábato me dijo que “lo que está pasando con los bolivianos en la Argentina es muy triste”. Aunque es una obviedad que a Sábato cualquier cosa lo puede poner triste, su frase justificó, para Terrazas, una tapa del diario y tituló la nota a cuatro columnas: El lamento de los bolivianos en la Argentina.

Terrazas estaba chocho con las notas de Buenos Aires, pero empezó a obsesionarse con una entrevista a Marcelo Tinelli. Cada semana yo le reclamaba los pagos adeudados -pagaban 50 pesos/dólares – la nota y él me preguntaba por Tinelli o por Marcelo. Pasó lo mismo con Francescoli o Enzo. Enseguida supe por qué.

Terrazas tiene un hijo adorable, Jacinto, que jugaba muy bien al fútbol. Un mediodía fui a comer a su casa y me llevó a un pasillo a pelotear con él. Me preguntó si no se parecía a Francescoli. Y le dije que sí, que se parecía a Francescoli.

Diez años después puedo arriesgar que el hecho de que Jacinto no se convirtiera en Francescoli cambió la vida de Terrazas. Podría haber sido un Mascardi con onda y a la boliviana, pero hoy es el número dos, el Alberto Fernández, de Jorge “Tuto” Quiroga, el candidato a la presidencia de Bolivia que está segundo en las encuestas para las elecciones del domingo.

De los pedidos de entrevista a Marcelo o Enzo a la alta política no se pasa tan fácil. En los últimos 7 u 8 años Terrazas ha estado a sueldo de las peores causas de su país. Quiroga lo había llevado al gobierno de Banzer y Banzer lo hizo ministro de Informaciones. Tengo que aclarar que no me llevaba bien con Banzer. En una conferencia de prensa él me acusó de estar “perturbando el proceso democrático en América Latina”. Cuando estaba terminando las 400 páginas de su biografía llamé a Terrazas para una entrevista para el libro. Me dijo que debía pensarlo, pero a las horas su secretaria me citó en el café La Paz. Encontrarse ahí es como encontrarse en el Tortoni si el Tortoni fuese uno de los dos cafés de reunión política en Buenos Aires. Terrazas quería que no fuese secreto. Llegó en auto oficial, con el nudo de la corbata desabrochado –parecía esos voceros del FREPASO que te decían negrito, no nos maten, y que te creían arriba del Chachomóvil– y se pidió unos fideos con tuco.

—Hablé con mi mujer y con mi hijo y me di cuenta que nosotros somos amigos y mas allá de lo que digan en Palacio yo no puedo dejar de verte.

El Palacio es una expresión muy boliviana que alude al Palacio Quemado –la casa de gobierno–, pero tiene cierta resonancia monárquica. A Terrazas le encantaba decir Palacio.

Por cierto, a pesar de escribir estas líneas desde Londres, puedo aventurar que Hernán Terrazas, aquel muchacho de chaleco que quería ser como Lanata, está en las puertas del Palacio.

Walter Chávez también.

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Walter fue mi gran amigo en el diario Hoy. Trabajaba de jefe de Cultura, podía leer 3 o 4 libros en un día y también podía editar 16 páginas en una tarde. Cuando Habermas lo conoció en Lima –Walter es peruano y estudiaba filosofía— lo quiso llevar a Alemania para tenerlo como discípulo. Pero Walter le tiene demasiado miedo a los aviones (y, en ese entonces, a salir de la universidad). Cuando tuvo que irse del Perú de Fujimori, se hizo periodista cultural en Bolivia.

Después de trabajar en Hoy, en 1999 o 2000, Walter cedió a la tentación de la familia Grafulik, una de las familias más ricas de Bolivia y dueños del multimedios La Razón, y se convirtió en el asesor dilecto de Don Raúl, el jefe hasta que se estrelló con su avioneta. Walter llegó muy lejos y también bajó rápido. Nos distanciamos durante toda esa época y nos reencontramos cuando se puso en el lugar del gran francotirador de la república. Sacó El juguete Rabioso, un quincenario que hacía con un amigo en una casa abandonada de La Paz y que él se encargaba de distribuir y negociar con los kioskeros de La Paz y El Alto.

Es la revista que mi generación, por incapacidad o comodidad, no pudo —o no pudimos— hacer en la Argentina. El juguete rabioso es profunda, corrosiva, puede ir contra la última novedad editorial en su tapa o cargarse a un ministro. Desde que salió El juguete rabioso a Walter le dejaron de hablar el 80% de las personas que conocía.

Para ese entonces Walter fue elegido director de la edición boliviana de Le monde diplomatique. Pero él no vive pendiente de viajar a cumbres con el granjero Bové o de firmar solicitadas a favor de buenas causas. Decidió hacer política en Bolivia y poner distancia a cierto eurocentrismo presente en la izquierda antiglobal. Walter empezó a usar sombrero de campesino, a despojarse de muchos hábitos occidentales y a reclamar lo mismo para otras personas.

Por eso, y por otras razones, Walter sorprende muy seguido a la casa matriz de Le Diplo. En octubre de 2003, cuando todas las rutas de Bolivia estaban bloqueadas y Gonzalo Sánchez de Lozada se preparaba para renunciar y exiliarse en Miami, le pidieron que enviara un informe que un redactor escribiría en París o en Buenos Aires. Walter le dijo que él estaba a punto de pasar a la clandestinidad y que no hacía informes para señores cómodos. Escribió ese artículo y pasó a la clandestinidad.

Walter es el Uno en la campaña de Evo Morales. Si el MAS llega al Palacio, Walter será el número dos del gobierno: tendrá los servicios de inteligencia, la cancillería, la guerra contra la embajada o muchas cosas más. O menos. Nadie lo sabe.

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Walter y Terrazas se llevaban muy bien en aquellos años del Hoy: tenían una alianza táctica. El dueño del diario, Samuel Doria Medina, creía en ellos. Eran sus créditos.

Doria Medina es el candidato que seguramente saldrá tercero en las elecciones del domingo y quien, en algún punto, decidirá todo en la tramposa segunda vuelta del Congreso en la que diputados elegirán el próximo presidente de la república. Dijo que le dará los votos al candidato más votado si saca más de 5 puntos sobre el segundo.

Seguramente Doria Medina buscará negociar con Walter y Terrazas; querrá jugar al poker con ellos. Creo que ya no hay margen para esas partidas. La política en Bolivia era de 1500 o 2000 personas. Digo era porque los votos que Evo Morales saque el domingo pueden cambiar eso, el poker al que juega Don Samuel y muchas cosas más. Hasta el nombre del país. Bolivia dejará de ser Bolivia si Evo es presidente.

Don Samuel seguirá siendo Don Samuel.

Doria Medina es un gordito de barba con 20 millones en el banco gracias a su cementera y otras inversiones más productivas que el Hoy. Es gracioso: en su discurso público se jacta de cierta eficacia en la administración y de pagar buenos sueldos.

Todavía me debe las notas que mandé desde la cancha de River cuando, en abril o mayo de 1996, Argentina le ganó 3 a 1 a Bolivia en un partido para las eliminatorias del Francia 1998. Las tipeé en una máquina de escribir en la sala de prensa de la cancha de River y como el fax no funcionaba se las terminé dictando a Terrazas, quien, a esa altura, era un jefe de redacción polifuncional. Fueron las últimas notas que escribí para el Hoy. Cuando le dije al contador, un horrendo señor de apellido Torre, que esa nota no me la iban a pagar, me pidió que le diera el beneficio de la duda. Me hizo reír y nunca me pagó.

Más que con los pagos, mi problema en el Hoy era con Doria Medina, quien no permitía escribir nada contra Banzer. Doria Medina formaba parte del MIR –fue candidato a la vicepresidencia– y el MIR era aliado de Banzer.

—Contra el general, nada, dijo.

Por meses y meses sentí un odio ciego y cuando pude escribir cómo era el Hoy con Banzer me contestó con una furiosa editorial.

—Contra el general, nada.

En esta campaña electoral, Doria Medina pretendió elevarse a un centro razonable –atrevido, llegó a definirse como de centroizquierda– para crecer como opción a la polarización entre Quiroga y Evo. La campaña empezó con un triple empate y ahora Don Samuel no llega al 10 por ciento.

No parece haber lugar para el centro razonable; ni menos para Don Samuel presidente, ni siquiera para su diario.

El Hoy cerró hace algunos años. Como ya a nadie le importa, ni siquiera al entusiasta Terrazas, no es posible establecer el día exacto ni el por qué. Y como en Bolivia, por suerte, no hay ningún Carlos Ulanovsky, nadie se encargará de contar su historia.


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