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Dos revoluciones

19 12 2005 - 07:52

Nos llega por mail una respuesta al artículo de Ivana sobre Caracas. La comentamos brevemente más abajo:

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Me gusta cómo escribe Ivana. Sus palabras están ordenadas con buen gusto, si es que esa fuera la manera de definir quién escribe bien o mal. Lo cierto es que sus textos me atraen, aun en las ocasiones que no estoy de acuerdo con sus opiniones; y estamos ante ese caso.

Los periodistas tenemos la fortuna de colarnos con cierta facilidad: en los cines, en las canchas de fútbol, en los teatros, solemos hacernos un lugar. También en los viajes. Así fue que, en ocasión del Primer Encuentro Latinoamericano de Empresas Recuperadas por los trabajadores, tuve la oportunidad de estar algunos días en Caracas. Colado, por supuesto. Los periodistas siempre nos colamos.

Debo reconocer que no viajé en taxi y, quizá por esa elección, evité toparme con el chofer lunático que condujo a Ivana. Sí sé que regresé con la sensación de haber estado cinco días en el medio de una revolución. No lo digo en el sentido setentista de revolución; lo digo desde la perspectiva de estar en un lugar donde ocurren cambios significativos todos los días, todo el tiempo. Estuvimos en el momento en el que la UNESCO declaró a Venezuela país libre de analfabetos, tras la aplicación del plan cubano “yo sí puedo” que alfabetizó a un millón y medio de personas en dos años. Creo que en Clarín no salió y en Página menos porque ese día Kirchner dijo que iba a visitar la costanera sur el próximo fin de semana y, por supuesto, fue tapa y contratapa y opinión.

Insisto, todo bien con Ivana, pero me pareció que los opositores a Chávez, que son muchos si bien minoría, andaban por la calle discutiendo política en las esquinas. Por supuesto que los chavistas también y que son más ruidosos y visibles porque están ganando; siempre es así, los que ganan gritan más fuerte que los que pierden.

Me quedó toda la sensación que los medios de comunicación más tradicionales (los Clarín y Nación de allá) no sólo dicen lo que quieren, se han dado el pequeño lujo de apoyar abiertamente el golpe de estado que sacó a Chávez del poder durante cuarenta y ocho horas en abril de 2002. El gobierno, lejos de caer en la trampa de cerrarlos y quedar expuesto como un sistema facho de izquierda, impulsó nuevos medios de comunicación, entre ellos muchos comunitarios. El día después de esta declaración de la Unesco, El Universal, el diario más opositor, sacó en tapa la victoria final de una equipo de beisbol de las grandes ligas; algo así como si La Nación hubiera publicado, tras el anuncio de pagarle toda la deuda al Fondo, una foto enorme del Piojo López siendo figura en México.

Está claro que el chavismo es un sistema personalista y eso es una cagada. Pero es tan cierto como que, por abajo, hay mucha organización popular. Uno de los obreros de las fábricas recuperadas por sus trabajadores, Cándido, gráfico de Chilavert, una imprenta de Buenos Aires, me lo expresó con toda su simpleza puesta en palabras: “creo que acá no hay una revolución, hay dos; una que viene por arriba y otra que anda por abajo”. Por supuesto que la de abajo es más genuina y romántica, pero creo que se necesitan mutuamente. La de arriba ya no existiría sin la de abajo, se hubiera terminado el 10 abril de 2002, con el golpe; la de abajo no sería posible si el gobierno no la impulsara, aunque habrá que ver si la deja crecer. A mí me pareció que está en eso, alimentándola en cada acción.

Ahora Chávez, con el dominio total de la Asamblea tras la ausencia de la oposición en las elecciones del 4 de diciembre (si se hubieran presentado habrían sacado dos votos, por eso se fueron, especulando con apropiarse del abstencionismo, generalmente tan alto como en estas elecciones), quiere reformar la Constitución para poder ser reeligido indefinidamente y, según promete, quedarse hasta el 2030. Parece una patinada y seguramente lo es, pero ningún proceso es perfecto y el bolivariano tampoco.

En fin, sólo tengo certeza de algo: cuando regrese a Venezuela, colado como siempre, volveré a viajar en subte y no en taxi. No vaya a ser que me toque el mismo chofer que a Ivana.

Fernando Tebele

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La verdad que yo estuve en Caracas sólo dos días, la mayor parte de ellos en el aeropuerto. No usé tranporte público ni estuve con las barricadas. Probablemente me faltaron datos para el análisis, pero siempre faltan. No creo que nada de lo que yo diga sea verdad o cierto. Es lo que me pareció personalmente. No la ví la de las dos revoluciones, pero quizás me faltó tiempo o mirada y básicamente otro tipo de contacto con la realidad, menos mediatizada por el tratamiento turístico o ‘de negocios’ que recibió toda mi excursión a la república bolivariana. Por otra parte, el incidente con la aerolínea catalizó toda mi posible buena disposición.

Gracias por comentar y leer.

Cariños,

Ivana Steinberg

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Yo viajé en el subte de Caracas, bastante. No pise la línea amarilla, no haga pis en el piso. Y mi impresión fue la de estar cerca de una revolución, es cierto, pero una distópica, más parecida a Mad Max que a cualquiera de las dos que sugiere Tebele en su mail. También, en el subte, escuché una larga conversación entre una señora encorvada y un señor mayor, negro, ambos pobres, ambos quejándose del hecho de que no importa lo que hagas o sepas hacer, si no sos amigo de alguien en el gobierno y/o suscribís fielmente a sus postulados, estás frito. Puede ser que esta gente no tuviera razón en lo que decía, pero lo que decían era eso. También sé que la oposición es de terror, pero eso no es excusa. Y si Venezuela es “un país libre de analfabetos” yo estuve en una dimensión paralela.

Huili Raffo


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