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Lo que trajo Piscitelli

12 09 2004 - 19:25

De paso por Madrid, volviendo del Forum en Barcelona, Alejandro Piscitelli descargó en mi casa las habituales pilas de libros que se lleva a Buenos Aires y la también habitual excrecencia de revistas argentinas que suelen languidecer en mi revistero del baño hasta que me deprimen lo suficiente como para reemplazarlas por algo más benigno. Debate (irritante), TXT (alarmante), Veintitrés (JesusFuckingChrist). Sólo con la imagen de Carrió comiendo un merengue sería suficiente como para desistir para siempre de Los Trabajos Prácticos — asumiendo que el sentido de Los Trabajos Prácticos pueda nomás ser definido en relación con Argentina, lo cual por otra parte está en discusión.

En cualquier caso, la sobredosis de argentinidad a la que me somete Piscitelli, es ampliamente compensada por la exposición obligada a sus exabruptos intelectuales y a su verborragia irredenta. “Anoche cene con Landman de Gedisa, me quede a dormir en el Raval junto al gato Pertit, y hoy almorcé arroz negro con Scolari en la Barceloneta, que no te puedo explicar cómo me cayó con el calor de cagarse que hacía, más de 33 grados —me debería haber quedado en el solario del hotel. Me encontré con Artur Serra que iba a filmar en alta definición a Kiko Veneno en el Forum y después lo perdí, no sé. Kiko Veneno un plomazo. ¿Leíste este libro? ‘A Mathematician Plays the Stock Market’. Es de este tipo, John Allen Paulos, un matemático, bastante brillante, que se puso a invertir en dotcoms en la bolsa, se fue al carajo y perdió millones. Está muy bien. ¿Las croquetas de qué son?”

Desde que nos reencontramos en persona después de años de contacto esporádico por mail, Piscitelli insiste con una pregunta:

”¿Con quién hablás?”

Se la hace a todo el mundo. “Mattelart me dice: ‘Con mi mujer, nada más”. Obvio, si es la que te escribe los libros…”

“Nadie habla con nadie, en Argentina”, deslizó la vez pasada, y sin que me diera cuenta esa afirmación fue uno de los elementos subyacentes durante el tiempo que le estuve robando a mi vida real para armar este website. Todo bien con nuestra mailing list, pero hay que empezar a hablar con más gente, sin duda. Una versión más noble y a todas luces menos eficaz del networking que me insuflaron en Hollywood como si fuera la Declaración de los Derechos del Niño.

Yo: Años rechazando el concepto de Networking aplicado a los seres humanos. Siempre pensé que era un eufemismo desagradable por “tener amigos”. O, peor, por “tener amigos que te sirvan”. There is something to be said, however, for Networking sin objetivos prosaicos. Porque sí, porque hace falta, aunque uno no sepa para qué.

Hoy fuimos a La Casa Encendida, un espacio bastante pedorro, a tono con la ciudad en la que está encallado, a ver una muestra de José Alvaro Perdices: Educational Closet / 47 Names. El pretencioso statement que acompaña a la obra hace temer lo peor:

”...trata la noción de identidad personal y su conformación a través de los mecanismos de autoridad establecidos culturalmente, aspectos destacados en la práctica del artista José Álvaro Perdices. La película ‘47 NAMES’ incide en la importancia de la configuración de dicha individualidad a través de cuarenta y siete niños de South Central Los Ángeles a los que se les pide que griten sus nombres propios. La mirada supuestamente caprichosa de la cámara no ‘retrata’ a sus personajes de la forma tradicional, no siempre capta sus rostros, se olvida de seguirles en sus movimientos… su displicencia es paralela a la de la voz que va pidiendo a los niños de forma aleatoria que repitan o que griten de nuevos sus nombres.”

El video, sin embargo, vale la pena. Los chicos pasan uno por uno, se paran ahí y gritan su nombre al cielo con todas sus fuerzas. Si lo hubieran puesto en el hall, y no escondido en un sótano para que no moleste, el efecto sería realmente poderoso.

Note to self: hay que ir con chicos a muestras para adultos y registrar las reacciones metódicamente.

Si uno hace las cosas que tiene que hacer, es imposible saber para qué las hace.

Anoche le mostramos a Piscitelli “Joe vs. The Volcano”, una de tantas películas favoritas. Aparentemente, no le hizo el más mínimo efecto. Se levantó en cuanto empezaron a rodar los títulos y se internó en el cuartito del fondo sin decir una palabra. Hoy, sin embargo, durante el desayuno, lo vi emerger de las profundidades con la misma expresión y el mismo discurso de Mr. Graynomore:

“Raffo, escribamos un libro. Sobre eso que estábamos hablando de las narrativas y la ficción en relación con sistemas organizacionales y —”

Then you jump into a volcano. Live like a king, die like a man, that’s what I say. What do you say?

“OK, I’ll do it”, dice Joe.

Mientras ordeno los papeles de domingo a la noche, pienso que lo que trajo Piscitelli es un tipo de interacción que permite que las cosas se hagan solas. No sin trabajo, claro, pero sin la presión paralizante de asumir que las cosas que uno hace son uno. Es mejor pensar que están vivas.

Note to self: insistir acá también en esa dirección.


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