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Secretos de consultorio

18 09 2005 - 06:56

Acá le hice una broma sin maldad a Tomás Abraham, que escribe la otra mitad de la contratapa. Al número siguiente publicó una columna diciendo cuánto le importaba el fútbol. Recomiendo especialmente una columna de Tomás en El Interpretador. También su columna de Perfil sobre Ibarra del 27 de noviembre. Por mi parte, me debo una nota que me explique a mí mismo por qué no veo más fútbol.

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Cuando yo era chico iba a un dentista que no usaba anestesia. La experiencia me dejó un recuerdo muy particular que asocio a un dolor insoportable. Al doctor P le gustaba el fútbol, como a mí, pero tenía la costumbre de comentar los partidos cuando yo estaba con la boca abierta. Tal vez lo hiciera para distraerme y, de todos modos, lo que hablaba no se entendía demasiado por el ruido del torno. Pero el principal problema era que no me dejaba meter baza en la conversación. Cuando finalmente el ruido cesaba y me sacaba el algodón de la boca, ya no me quedaban ganas de discutirle sus opiniones y me despedía hasta la próxima sesión de tortura.

Desde hace algunos años voy a otro dentista que no solo usa anestesia y es un gran profesional, sino también un caballero en todo sentido. También le gusta el fútbol y es hincha de Velez, como mi vecino de columna, el doctor T. Pero el doctor R, además, entiende mucho del tema. Es un aficionado ejemplar, que va a la cancha con toda la familia y al que la pasión por su equipo no le impide apreciar el juego en todos los niveles y latitudes. Como el doctor R es una persona cordial y educada, me deja hablar y escucha atentamente mis observaciones. El problema es que cada vez veo menos fútbol: hace más de veinte años que no piso un estadio y hace dos que lo abandoné también por televisión, pero ya había dejado de mirar los torneos locales tiempo antes. Mis únicos fundamentos para una conversación cuyo interlocutor es un erudito son una menguada memoria y la lectura del diario. De los jugadores titulares de Velez, por ejemplo, no vi jugar a ninguno y ya me va costando identificar a los de la selección. Sin embargo, en la charla impera un falso espíritu democrático y ambos actuamos como si mis intervenciones tuvieran el mismo valor que las suyas. Esto obedece tanto a la gentileza del doctor R. como a mi resistencia a abandonar la actitud de impostura. En algún momento debería callarme la boca y escuchar para, en todo caso, interrumpir con alguna pregunta que tenga sentido.

Se me ocurre que el doctor P y el doctor R pueden servir como metáforas de los críticos. El primero sería un personaje vociferante y autoritario que apabulla a sus lectores sin darles oportunidad para la réplica. Buena parte de los actos del periodismo cultural a los que uno asiste suelen tener ese tono. El ruido del torno se corresponde perfectamente con el estridente sonido de las opiniones a la moda o consensuales, tratamiento que los doctores P de la crítica administran sin anestesia y que obturan toda posibilidad de diálogo con sus textos. Hace unos días leí en el diario una entrevista al escritor británico Ian Mac Ewan, al que abandoné después de una novela espantosa llamada Amsterdam. La periodista intercalaba tal cantidad de elogios almibarados y el escritor se mostraba tan satisfecho de sí mismo, que el artículo recordaba a una publicidad de automóviles, tan impenetrable a la discusión como suele ser la propaganda.

Pero, ¿dónde están los doctores R? No puedo contestar la pregunta y trataré de explicar la razón. Supongamos que entre nosotros hubiera críticos y críticas de libros o de cine, por ejemplo, con las características que tiene el doctor R para hablar de fútbol: sabiduría, estilo, amabilidad. ¿No actuarían los lectores como yo lo hago en el consultorio? Es decir, ¿no contrapondrían a la posibilidad de aprender o de enterarse su soberbia desinformada, su deseo de no pasar por ignorantes? Sospecho que no. La experiencia indica que nadie es humilde frente a un crítico y que, en todo caso, cuando un lector luce intimidado o temeroso en su presencia, se debe en general a que se encuentra frente a alguien cuyo nombre se publica en letras de molde y lo mismo le ocurriría frente a un tenista o un pistolero, no digamos frente a un ministro. Por lo cual no parece haber que haya forma de identificar a un buen crítico si lo hubiera. A esta altura, sería oportuno intercalar un aforismo que suele repetir un tío mío, persona de fama que alguna vez hizo películas. Dice el tío M, no del todo en broma: “Lo peor que tenemos es el público”, afirmación avalada firmemente por las tablas de recaudación semanal de los cines. Pero ¿cómo sería la crítica si sospechara que nunca será escuchada y menos atendida? Es posible que, con el tiempo, los que empiezan como R terminen transformándose en P, gritándole a la gente, usando el torno como picana, al más puro estilo de Lawrence Olivier en Maratón de la muerte, una mala película a la que recordamos sin embargo con simpatía, como buen público caprichoso y obtuso que siempre seremos.


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