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Sucedió en Vladivostok

25 09 2005 - 06:59

En este viaje pude comprobar que mis abuelos maternos hicieron bien en emigrar a la Argentina. Sería bueno saber a dónde hay que emigrar ahora. Los dos países se parecen más de lo que uno supone. En Vladivostok hace todavía más frío que en Santa Cruz.

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Son doce horas de avión hasta Madrid, cinco más a Moscú y nueve de allí a Vladivostok. El último vuelo lo hacemos en una aerolínea que hace pensar en LAPA y, a bordo, leo una novela donde dice que los pilotos rusos nunca preguntan qué tiempo hace, despegan igual. El libro transcurre en Rusia y en Ucrania. Se llama El tiempo de los lobosy su autor, Martín Cruz Smith, escribe policiales mediocres e informados (el más célebre se llama Gorky Park). En Chernobil, cuenta Smith, en la zona del accidente nuclear, hoy vive gente que prefiere los peligros de la radiación a los de la sociedad normal. En clandestina libertad, crían sus animales, cultivan sus vegetales contaminados y, con moral de sobrevivientes, se toman todo el vodka que encuentran.

En Vladivostok, sobre el mar del Japón y al lado de la China, hay un festival de cine. Al mismo tiempo se realizan dos festivales importantes: Venecia y Toronto. Por eso, a ningún organizador que se precie se le ocurriría utilizar esa fecha, pero al gobernador le parece bien. El honorable Sergei Mijailovich es el anfitrión y el centro de todas las decisiones. Su mujer, Larisa, es actriz y lo acompaña con sus obras filantrópicas. Incluso, interpreta el himno del festival en la fiesta de apertura. Sergei y Larisa son jóvenes y dinámicos, la imagen misma de los triunfadores. A su alrededor se agrupa la gente importante de la ciudad que los adula y obedece. Otro personaje vistoso es el americano Rock Brinner, hijo de Yul (aquel actor pelado) y bisnieto de uno de los fundadores de la ciudad. Brinner, de profesión historiador, lucha para que se reconozca la gloria de sus antepasados y así intenta labrar la propia.

El presidente del jurado, el profesor M, ronda los setenta. Su curriculum está lleno de cargos y honores. En el primer almuerzo el profesor revela un costado menos académico y se dirige a mí en ruso. Adivino que me dice: “¿no se tomaría un traguito de vodka?” Durante cinco días almorzamos y cenamos con vodka, con mucho vodka. M se ilumina en esas circunstancias y sus dichos alcanzan una enorme profundidad: “El que solo toma sopa es un tonto.” O uno más marxista: “En cuanto al vodka, la calidad está en la cantidad.” Es otro sobreviviente.

El gobernador y la gobernadora no toman vodka. Solo mucha agua. Ya no estamos en la era de Yeltsin, sino en la de Putin y no está bien visto que los nuevos dirigentes rusos se emborrachen, salvo de poder. En una fiesta, la gobernadora dice con orgullo que es muy conservadora y detesta la pornografía aunque le gustan las grandes emociones. Me recomienda una: disparar el cañón de la fortaleza. Arregla todo y, al otro día, me invitan a ser ejecutor del cañonazo oficial que la tradición impone todos los mediodías. Varios turistas americanos me preguntan dónde se paga para tener ese privilegio. Al resto de los invitados del festival se les ofrece también una iniciación militar. Hay una demostración de combate y, al final, los profesionales enseñan a disparar todo tipo de armas, desde bazookas hasta rifles de francotirador. Luego se sirve vodka y entremeses. Todos cantan y lloran. Los soldados les regalan amuletos personales a las chicas canadienses. Al final se anuncia que el contingente militar parte para Chechenia. Creo que Charlton Heston sería feliz aquí. La ciudad fue siempre una fortaleza y un puerto militar que estuvo cerrado a los extranjeros entre 1959 y 1991, lo que raleó a las colectividades asiáticas originales. Vladivostok es un enclave europeo, lleno de colinas como San Francisco y de coches japoneses que tienen el volante a la derecha.

A Royston Tan, la dictadura de Singapur le ordenó 27 cortes en su primera película. Para vengarse, hizo un corto que parodia la censura. En el acto de cierre me toca anunciar que ganó un premio. El tipo aparece disfrazado de conejo. Me salteo el protocolo para felicitarlo. Siento que tanto el conejo como yo desentonamos. Encima, el disfraz es de color rosa. Una funcionaria del festival me dirá luego que les arruiné la ceremonia. El gobernador y la gobernadora lucen un poco desconcertados. No saben si lo que está ocurriendo es apropiado.

Sergei Mijailovich no fue siempre rico y elegante. Empezó de estibador en los muelles, pero rápidamente tuvo su propia compañía y se hizo millonario. Su ascenso en la política fue también vertiginoso, aunque se dice que gracias a sus contactos con la mafia local y a los de su señora. En el hampa, al futuro señor gobernador se lo conocía como “Sergei el sarnoso.” No logré averiguar el seudónimo de ella. Pero hoy manejan la remota provincia con mano de hierro. Tal vez algún día él llegue a presidente y ella a primera dama.


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