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Dedicatorias

2 10 2005 - 07:01

Releo esta nota a fines de noviembre, después de los cambios en el gabinete. Los diarios revelan una gran euforia en filas oficiales y oficiosas. Estas se expanden con nuevos adeptos día a día. Incluso, la historia del periodista agredido tuvo un final feliz. Dos semanas después del incidente fue nombrado miembro del comité de selección del Festival de Mar del Plata. Vamos quedando pocos opositores.

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Nací en 1951 en una familia antiperonista. Mis padres eran gorilas y mis abuelos de ambas ramas también, igual que mis tíos y otros parientes. De hecho, no conocí a ningún peronista hasta fines de los sesenta, cuando yo mismo me hice peronista. Durante mucho tiempo supuse que mis padres nunca habían comprendido el sentir del pueblo, que su mirada era oligarca y vendepatria. Ellos me decían que lo que les molestaba del peronismo no era que hubiera mejorado la distribución de la riqueza ni que los descamisados se lavaran los pies en la Plaza de Mayo, sino que la prensa estuviera censurada, que los deportistas tuvieran que dedicar sus triunfos al general Perón o que mi padre se hubiera visto un día ante la disyuntiva de afiliarse compulsivamente al sindicato o quedarse sin trabajo. En mis años justicialistas, aunque simulaba entender que la omnipresencia de la propaganda en lo público y de la intimidación en lo privado podían hacer difícil la existencia, afirmaba que el balance era lo importante, y el balance daba, en mi interpretación, del lado peronista.
Mis padres también hacían balances como simpatizantes comunistas. Aunque cabe decir en su descargo que se alejaron del partido en el 56, después de la invasión soviética a Hungría, ellos también usaban la teoría del balance para minimizar algunos desajustes que en realidad tenían el tamaño del Gulag. Pero a través de los años, un supuesto balance favorable sirvió para justificar la represión en la Unión Soviética, en China, en Camboya, en Cuba, o donde fuera.

Mi educación y la de muchos de mis contemporáneos se hizo desde la teoría del balance, que de hecho era la aceptación de las razones del poder. Por supuesto, el balance se demostraba erróneo cuando el fracaso del régimen ponía al descubierto los cadáveres. Y tampoco pensaban en el balance las víctimas de la persecución. Pero antes de que lo verdaderamente grave ocurra y si uno está fuera de la cárcel o el exilio, ¿cómo se hace un balance? ¿Cómo se evita ser cómplice si no se es víctima?

Los tiempos han cambiado un poco. La costumbre de dedicar los triunfos al presidente ha desaparecido. Pero un director de cine, Tristán Bauer, agradece en en primer lugar a Néstor Kirchner en Iluminados por el fuego. Luego, tras recibir un premio en San Sebastián, proclama que Jorge Coscia ha hecho al frente del INCAA “una gestión ejemplar”. La razón de mi vidano es ya lectura obligatoria, pero un funcionario, Jorge Coscia escribe, en un libro que aparece para las elecciones, que el peronismo es “uno de los movimientos más modernos, perdurables y exitosos del siglo XX”. Un intelectual, Horacio González, vicedirector de la Biblioteca Nacional, proclama desde el prólogo de ese libro que las arcaicas y trilladas divagaciones del autor son un ejemplo de la lengua gauchi-política. Y lo dice como elogio. Un periodista, enviado a Madrid por el INCAA y no por su medio (el INCAA paga los viajes de los cronistas cinematográficos al exterior) afirma que “todo parece estar dispuesto para que Coscia abandone su puesto dentro del cine entre aplausos unánimes de la industria y todos los relacionados a la misma.” Otro periodista, no demasiado convencido de las virtudes de la película de Bauer, es atacado verbalmente por el equipo del film y por los funcionarios del INCAA. Denuncia el hecho ante otros periodistas pero luego pide que nada se publique por temor a perder el empleo. Un tercer periodista escribe también a sus colegas: “No me imagino escribiendo una columna contra el INCAA, Pagina 12, Bauer y Pauls, por más que me muera de ganas de hacerlo…” Para terminar “Ojala se arme quilombo, la verdad, y queden estos chabones al descubierto. Pero me parece que no va a caer ninguno de esos sino los que escriben.”

Leyendo esa correspondencia privada se advierte claramente que la contracara de la “ejemplar” gestión de Coscia y de la utilización del cine como instrumento de propaganda oficial son la intimidación, la obsecuencia, el clientelismo, la bastardía intelectual y una práctica periodística degradada donde la verdad está proscripta. A tal punto que una descripción de las prácticas del medio parece, previamente a la lectura de algunos testimonios de primera mano, el discurso de un paranoico. Hay quien piensa que este pacto de silencio y adulación es normal y otros que lo ocultan en nombre de la conveniencia o de la razón de Estado. Pero, al menos en lo que hace al cine, a la hora del balance es mejor empezar a cambiar los números.


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