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Contra Contra la televisión

28 12 2005 - 09:05

Ah, cómo me enojé la semana pasada cuando leí la nota de Roberto Gargarella en esta bonita página contra los críticos de los críticos de la televisión que, en realidad —porque menos con menos es más y porque a Gargarella se le acabó la sutileza bastante rápido—, era otra nota más contra la televisión. Una nota vanidosa y cruel, que me puso como loco en el cafecito donde estaba sentado apaciblemente en mi semana de vacaciones de invierno.

En parte porque estamos de vacaciones (las prolongué hasta fin de año) y en parte porque somos animalitos de entusiasmos pasajeros, la gasolina que tenía para contestarle a Gargarella —hombre por demás respetable, pero, me parece, con algunos actos reflejo demasiado impermeables al paso del tiempo— se fue diluyendo: pasó Navidad, alcé copas, me reconcilié con la humanidad y pensé, en el frío blanco de Boston, “Roberto, Feliz Navidad”.

El enojo que Gargarella reconoce como motivo para escribir esa nota es un punto de partida tan válido como cualquier otro, pero me tienta citar parte de una columna de Manuel Vicent, en El País del sábado pasado:

Un articulista cabreado, que confunde su gastritis con el Apocalipsis, no es un periodista, sino un moralista, un evangelista, un inquisidor, un plomo. Hay columnistas que riñen mucho al lector; parecen estar siempre enfrentados a un enemigo difuso e inquietante; no encuentran la forma de pasárselo bien en esta vida e incluso temen dar una imagen de felicidad porque creen que el sentimiento ablanda el rigor de su literatura. Que nadie lo dude: quien comienza siendo simplemente un quisquilloso, luego seguirá dándote consejos para que cambies de conducta, con el tiempo estos consejos se convertirán en órdenes tajantes y al final aquel cascarrabias acabará con el látigo en la mano.

Vicent dice que los que obran así casi siempre son de derecha. Yo no voy a decir que Gargarella es de derecha, pero sí voy a decir que, por lo menos en este tema, es conservador. Y puritano.

Ahora, pensando en que Gargarella probablemente moderaría sus acusaciones si volviera a leer su nota del otro día, trataré de desmontar sus argumentos, pero admito que me da mucha pereza: en parte porque se me fue la indignación y en parte porque su estructura parcheada y alambicada me convertiría en un arqueólogo, en un filólogo con mala leche buscando la singularidad insignificante del detalle mínimo para gritar después “eureka” y que a nadie le importe un carajo.

Hay algunas cosas que sí me gustaría decir. Gargarella basa la parte constitucional de su argumento sobre la definición que la Corte Suprema de EE UU dio en el caso Sullivan contra The New York Times. Ese caso es el que dio origen en 1964 a la doctrina de la “real malicia”, que ha protegido a los periodistas y a los medios contra los excesos del Estado en EE UU y en los muchos países donde, como dice Gargarella, se ha convertido en un “caso modelo”. Gargarella toma de allí la idea de que la libertad de expresión debe mirarse dentro de un “profundo compromiso nacional con la idea de un debate público amplio, robusto y desinhibido”, según su cita, que no es correcta, porque debería decir “completamente abierto [wide-open]” en lugar de “amplio” (la diferencia, van a ver, es importante). Gargarella, además, termina la cita ahí, porque lo que viene después (“que debería incluir ataques vehementes, cáusticos y algunas veces desagradablemente agudos sobre los funcionarios públicos y el gobierno”) no le conviene. Él quiere meter más Estado y más Gobierno en los medios, cuando la sentencia en realidad lo que quiere es separarlos lo más posible.

Anyway, el reemplazo que hace Gargarella del “completamente abierto” del original al “amplio” de su versión pudo haberse debido a que citó de memoria. O a que quiso bajar la importancia de la amplitud para darle más importancia a la “robustez”, que es la que le dará después su argumento principal. En el párrafo siguiente, dice explícitamente, en nombre del “debate robusto”, que no censurar o defender la legalidad de las telenovelas y de Marcelo Tinelli (dice “el bobo ese”, pero todos sabemos la saña especial del progresismo cultural con el bobo ese) es violar la Constitución. Leyeron bien, pero lo voy a decir otra vez: para Gargarella, ”[los que proponen permitirle a la gente] que vea lo que quiere ver [...] están proponiendo un criterio que la Constitución rechaza”. Porque supuestamente Tinelli no contribuye a un debate público robusto. Por eso Gargarella se la juega callado con lo de la amplitud, porque la amplitud no le conviene a su argumento. Y sobre todo lo de “desinhibido”: nadie puede decir que Tinelli o Natalia Oreiro o Mauro Viale o quien sea no son desinhibidos.

Agrego, por otra parte (me está volviendo el combustible: me estoy enojando de a poquito, lo que puede ser bueno para ustedes, pero no para mí, porque sé que me voy a arrepentir), que la negativa de Gargarella a meter la TV por cable en todo su argumento (y lo hace con pedantería: “yo no tengo”) es perezosa e interesada: algo más de cinco millones de los diez millones de hogares que hay en la Argentina pagan por tener televisión por cable. Los cálculos de los cableoperadores, seguramente inflados, dicen que otros dos millones tienen cable robado. Transemos en la mitad y tenemos 60% o más de los hogares argentinos con 60 o más canales en sus casas. No me parece irrelevante: el cable es parte del paisaje de la actualidad argentina como ha sido de muy pocos países del mundo (sólo EE.UU y Canadá). Si Gargarella no lo quiere ver es porque pierde demasiado tiempo acomodando la antena de su TV.

Gargarella no se da cuenta, por otra parte, de que Argentina es uno de los países donde es más fácil tener un programa de TV. Cualquier gil con 5.000 pesos, un helecho y cuerdas vocales se puede acomodar en cualquiera de los canales que alquilan su espacio (y que llegan, repito, a más de seis millones de hogares). Ni en Estados Unidos ni en España, países donde he vivido y creo conocer más o menos bien, podría ocurrir una cosa similar. Comparto con Gargarella, a pesar de todo, su preocupación de que los discursos políticos cada vez son más cortitos, como flashes, que nadie elabora una idea de más de diez segundos.

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Todas estas argumentaciones técnicas y aburridongas (perdón, ya se me fueron mil palabras en los prolegómenos: lo que yo quería decir es esto que viene ahora), en realidad sólo sirven para ir sacando capas de desprecio, las capas de la profunda bronca que tiene Gargarella con respecto a no sé bien qué. Está bastante enojado con el capitalismo, eso parece bastante evidente (las dos veces en las que hace alguna referencia dice “capitalistejos”, un infantilismo que le perdonamos), pero más parece que está peleado con el mundo o que tuvo un mal día.
Dice que la privatización de los canales no contribuyó al “debate robusto”, lo que es una afirmación por lo menos desmemoriada, porque si nuestra televisión de ahora es poco robusta (afirmación que yo compartiría sin problemas frente a un adversario menos apocalíptico) mucho menos lo era la alfonsinista y ni hablar de la milica que cubrió, por ejemplo, la guerra de Malvinas. Más allá de Gargarella, yo no puedo creer que haya progresistas que se definan como demócratas y que crean al mismo tiempo que tener todos los canales estatales es más plural, más democrático que tenerlos privados. Gargarella no se anima a decirlo, pero lo sugiere:

Si la privatización de todos los canales favoreciera el objetivo del “debate robusto” –algo que habitualmente no ocurre– entonces habría que darle la bienvenida a dicha propuesta

Para mí, esto que dice Gargarella a continuación, pegado a la frase anterior, es peligroso, sobre todo cuando justo en estas semanas nos encontramos indefensos de argumentos y energía ante las últimas arremetidas de la Aplanadora-K:

El primer “error” de nuestros capitalistejos es el de pensar que el control total del Estado implica obviamente el fin de la libertad de expresión (lo que puede ocurrir, o no)

Es verdad, Roberto, puede no ocurrir, pero lo más probable es que sí ocurra. Y supongo que vos deberías saberlo bien. A veces da la impresión de que Gargarella escribe en el vacío, como si la Argentina no estuviera gobernada por argentinos. Quizás sea así: ¿qué es esto que tenemos acá, una discusión teórica o una discusión aplicable a Argentina? Si es teórica, pasemos a canal privado porque no le importa a nadie; pero estamos hablando de Argentina, y la afirmación de Gargarella de que devolverle los canales al Estado tiene un efecto nulo o irrelevante en la libertad de expresión me parece realmente peligrosa.

Con respecto a los dueños de los canales y a la televisión en general, no hay mucho que decir. No me gusta la televisión de aire de Argentina, sus servicios de noticias me parecen en general muy flojos, y no de ahora sino desde siempre. Me enferma el abuso del chivo, la copia de programas, las histerias pasajeras, la tilinguería de la tarde. Mi total de horas de VideoMatch debe andar alrededor de las treinta o cuarenta, y el de telenovelas tiende a cero (ni siquiera vi Resistiré). Aún así, cometo la herejía: la televisión argentina no me parece mala, sobre todo comparativamente (si Gargarella fuera mexicano, sería candidato al “suicidio patriótico” tipo Favaloro). De todas maneras, aunque la considerara malísima, defender el derecho de que Tinelli, si tiene ganas, haga esa cosa horrible de meterse los alfajores esponsoreados en la boca (ya no lo hace, ya sé, pero es el ejemplo canónico) me parece lo menos que debo hacer frente a estos guardianes de la pureza.

Y esto no se aplica sólo a mí, a quien se puede acusar, y con razón, de ser un sofisticado pajarón ex palermitano que ve HBO para escaparse de la grasada de Canal 9, sino a cualquiera. Primero: es horrible la pedantería del que se cree a salvo de la contaminación televisiva y siente compasión por el supuesto villero que se traga todo, hipnotizado, lo que dicen Tinelli o los paranormales en lo de Susana Giménez. Segundo: a Tinelli, en sus noches buenas (30 puntos de rating), lo ven seis millones de personas, el 15% del país. Tampoco hay que exagerar su influencia. La mayoría de la gente sabe qué hacer con Tinelli; algunos no, algunos copian boludeces, pero así es la vida: algunos son más tontitos y otros menos. [Cuando leo la preocupación por el “estado de indefensión” del pueblo ante la mala calidad de los medios me pregunto si esos intelectuales tienen familia o amigos del barrio o compañeros de colegio: ¿Cree Gargarella, por ejemplo, que su propia hermana (si es que tiene una hermana) o Tito, su compañero de banco en el primario, hoy oficinista, espectadores ambos de los programas de, por ejemplo, Julián Weich, son unos pelotudos? Seguro que no: los pelotudos siempre son otros, nunca tienen cara.

Vuelvo a los dueños de los canales. Si hay algún problema en la relación de la televisión argentina con el capitalismo es mucho más por la falta de capitalismo que por el exceso. Si los canales fueran verdaderas empresas independientes y ganaran dinero mediante los canales habituales y legales, no estarían obligadas a o suplicando por los acuerdos políticos a los que son tan afectos. En los noventa, el intento hegemónico de Menem y el CEI de Moneta, Hicks y Telefónica (Canal 9, Telefé, Torneos y Competencias, Cablevisión, etc.) funcionó a medias y, como negocio, con su desmembramiento después del fracaso de la re-reelección, no fue gran cosa. Los pactos muchas veces reporteados y nunca desmentidos de Canal 9 y América con el Gobierno de Kirchner no pueden acusarse de ser capitalistas sino de todo lo contrario: de vivir del Poder Ejecutivo, que administra multas, avisos y licencias por 15 años con la promesa de obtener un tratamiento diferente al que obtendría si las finanzas de los canales —los dos pierden dinero— fueran, perdón por la palabra, “robustas”.

Pero lo que tengo ganas de decir desde hace dos mil palabras es esto, cojones: Gargarella es un puritano.

Es puritano de la misma manera en la que son puritanos muchos progresistas cuando hablan de la cultura popular y de las maneras de consumir cultura tanto de la gente como de el pueblo, según sea el sustantivo colectivo de preferencia. Se niegan a disfrutar: van paseando por la bailanta, por la televisión, por los shoppings y los parques de diversiones tapándose la nariz, llorando por la decadencia de los otros y felicitándose por su propio buen gusto.

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Leí anteayer, en el bondi que me trajo de vuelta de Boston, parado en medio del tráfico y la lluvia, Tiempo Presente, una compilación de artículos de Beatriz Sarlo publicados en la segunda mitad de los noventa. Sarlo es conservadora y nostálgica como son a veces algunos progresistas (prefiere, por ejemplo, la vieja escuela disciplinada, estricta y vertical al modelo actual, más horizontal, de interacción entre maestros y alumnos), pero lo que la deja mal parada es su paseo por el entonces recién inaugurado Showcenter de Haedo. El nivel de desprecio que siente Sarlo por ese aluvión zoológico —tantas son las profecías horribles que hace (equivocadas, porque Showcenter fue un fracaso) y tantas las veces que se burla de la escasa sofisticación de los visitantes— me hizo acordar a Gargarella y su desprecio por los televidentes argentinos, a quienes compara con esclavos de India en su abuso de la “formación endógena de preferencias” de Amartya Sen.

En su puritanismo, Gargarella se escandaliza por la violencia e imagina una televisión sin placer, una televisión que sea un castigo para los televidentes. De la misma manera en que la ‘Literatura de izquierda’ elige negarse los placeres de la narración y propone una vanguardia áspera, que sea un desafío arduo para el lector, Gargarella cree que hay darle un lugar protagónico en la tele a lo “no popular” (en la literatura tiene algo más de sentido). Como un obispo que no nos deja ver películas porno y nos da folletitos con vidas de santos, Gargarella y Sarlo no nos dejan ver a Tinelli para poner… Ésa es otra de las cosas que me preguntaba todo el tiempo mientras leía el artículo de Gargarella: “Bueno, sabemos lo que no te gusta, Roberto, pero, ¿qué es lo que sí te gusta?” No queda nada claro.

Otra cosa, Roberto: nadie sabe nada sobre televisión. Cada programa que funciona es un milagro para sus productores, que la pifian dos veces por cada vez que la embocan. Creer en función de esquemas de aguja hipodérmica —lo que dicen los medios es sagrado; somos zombies sin capacidad de respuesta— no es sólo una antigüedad sino que refleja una mentalidad de pastor (Gargarella, Sarlo) y feligreses que no me parece inclusiva ni democrática. Los noventa excluyeron sin piedad a millones de personas del circuito económico; este tipo de progresismo, al no tomarlos en serio, los excluye del circuito simbólico, con la misma falta de piedad. Además, el objetivo político ya está cumplido: cayó Menem, cayó la convertibilidad: ya no tenemos que exagerar la decadencia moral de Argentina. Tratemos de ser felices, por una vez.

Dos últimas cositas y con esto empiezo a retirarme, que ustedes tienen que volver a laburar (creo que se me contagió la minuciosidad de Quintín, de quien leímos hoy el borrador de su inminente y larguísima cuarta entrega de la crítica de La Joven Guardia). La primera es comentar las propuestas que hace Gargarella al final de su nota:

Lo segundo es que todo el paradigma desde el que habla Gargarella, me parece, es un poco antiguo: los grandes canales de televisión ya pasaron el pico de su popularidad y, aunque todavía siguen siendo poderosos, están barranca abajo. Entre Internet, el cable, las películas y los videojuegos, el debate está en otro lado, muy lejos de donde lo quiere poner Gargarella. Internet está transformando todo, está volviendo locos a los diarios, a las revistas y a los gobiernos poco democráticos. Esto que escribimos acá y ahora, este lugar donde el propio Gargarella admite que puede escribir cosas negadas en canales más convencionales, es reciente y poco claro todavía, pero seguramente distinto del modelo unidireccional –el país entero sometido al poder catódico y brutal de uno o dos emisores— que dice sufrir.

Al final hice lo que dije al principio dije que no iba a hacer: me convertí en el arqueólogo, pero me pareció que tenía que hacerlo (además, me atrasaron el daily un día, con todas las horas extra de comida de bocho que eso permite. Me da cosa esto de ponerme en ensayista: a mí me gusta la crónica irónica o sentimental, leo lo que escribí arriba y siento que me tomé todo esto demasiado en serio, pero me justifico: tengo una Causa, la democracia).

Pero, como dice Schmidt, en el fondo todo esto es una discusión que si la tuviéramos cara a cara, en la sobremesa de un asado, irradiados desde adentro por el calorcito del vino y las proteínas de una colita de cuadril, terminaríamos a los abrazos y nos cagaríamos de risa. Caguémonos de risa, Roberto, pero tengamos cuidado con un par de cosas. Yo sé que lo decís con la mejor de las intenciones, que en el fondo estamos en el mismo bando, pero les estás dando letra a los que de verdad les importa un pito la libertad de expresión. Cuando menos te des cuenta, vas a estar extrañando a Tinelli y a Susana.


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