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Desde la ciudad roja

30 10 2005 - 01:55

(30-10-05)

Es posible que Viena sea un lugar mucho menos idílico de lo que esta nota esta dispuesta a admitir. Pero dado que vienen tiempos difíciles, es mejor tener una buena fantasía a mano. Más si resulta que, al final, no lo destituyen a Ibarra.

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En una de esas clasificaciones que no se sabe quién las hace, la ciudad de Viena figuró por enésimo año consecutivo como segunda en calidad de vida, detrás de Vancouver. El azar nos llevó a visitar las dos en el transcurso de unos pocos días. Vancouver es próspera, limpia, tranquila, organizada y se vive mucho al aire libre mientras que Viena es casi todo eso pero se fuma mucho en los lugares cerrdados y el tiempo libre de los ciudadanos se orienta a placeres menos sanos que el deporte. Por otra parte, Viena tiene sus ventajas: es bella, no hay mendigos en la calle, las necesidades de la población en materia de trabajo (o desempleo), alimento, vestido, educación, salud, jubilación y vivienda están casi totalmente garantizadas por el estado. Y Viena, que tal vez fue la capital del mundo a principio del siglo XX, tiene una tradición pero también una actualidad cultural frente a la que Vancouver no puede competir. Los museos, las salas de concierto, los teatros son múltiples y sus programas excelentes. Los escritores austríacos (de Roth a Schnitzler, de Freud a Wittgenstein, de Musil a Kraus, de Broch a Bernhard, de Handke a Jelinek), acaso los más críticos que un país haya dado con su sociedad, estuvieron y están entre los mejores. Los cafés son hermosos y la gente sigue, como hace un siglo, visitándolos para leer y conversar. Hasta el festival de cine, la prestigiosa Viennale, es distinto de todos los demás: aunque muestra una multitud de películas, no utiliza multicines sino viejas salas renovadas, perfectamente mantenidas y con proyecciones impecables. La Viennale, apoyada en la solidez cultural de la ciudad, no necesita lucir estrellas, otorgar premios ni invitar a productores, agentes de venta u otros mercachifles que con la excusa de la “industria” suelen polucionar esos eventos.

Viena es una colección de paradojas: una ciudad pacífica que fue la sede de un imperio, una ciudad tradicionalista que albergó a todas las vanguardias, una capital de la civilización que engendró la peor de las barbaries. En parte, estas contradicciones se explican porque Viena (aun con sus recuerdos monárquicos y aristocráticos) no fue ni es sinónimo de Austria. Si Austria es racista, Viena es tolerante; si Austria es provinciana, Viena es cosmopolita; si Austria fue nazi, Viena fue socialista; si Austria es de derecha, Viena es de izquierda; si Austria es autoritaria, Viena es democrática. En política, justamente, las diferencias son abismales: mientras que el nacionalsocialismo y sus versiones locales dominaron el país en los treinta, Viena se mantuvo en la oposición. Si, hace muy poco, los neonazis alcanzaron brevemente el poder y hoy siguen siendo una amenaza, sus votos no provienen de la capital. Viena es la Ciudad Roja: desde 1919, cada vez que hubo elecciones libres, ganó alguna variante del socialismo. Por supuesto, hay de todo, desde una obsesión colectiva por el orden hasta un vendedor de tienda que al saber que éramos argentinos nos contó que su padre había emigrado después de la guerra “porque tuvo algunos problemas aquí” (con la desnazificación, obviamente). Pero me gusta pensar que hay una correlación entre la riqueza cultural y el amor por la justicia y la democracia, me gusta creer que la calidad de vida es básicamente la unión de esos dos elementos y que es muy agradable encontrarse en una ciudad que además de ser tan placentera cree en esos valores (o que es tan placentera justamente porque creee en esos valores, porque creyó muchos años en esos valores).

Por eso fue de algún modo un castigo estar en Viena el domingo pasado, justo cuando se celebraban elecciones municipales (que culminaron con la reelección del intendente socialista) al mismo tiempo que los comicios argentinos, cuyos resultados me deprimen profundamente. Para alguien que cree que el kirchnerismo es un nacionalismo autoritario y oportunista, para alguien que detesta a nuestra derecha frívola y bestial, lo que pasó el domingo se parece mucho a una catástrofe. Y sobre todo un signo de que estas virtudes que con énfasis retórico describo más arriba como valores vieneses están muy lejos de ser aceptados entre nosotros y solo parecen ser el sueño de una minoría muy exigua. Hoy vuelvo a la ciudad de los cartoneros y los chicos que piden en la calle, a la ciudad donde se trabaja hasta que la salud aguante porque no hay futuro, a la ciudad en que la protesta encubre un fuerte deseo de obediencia con una única certeza: hay que empezar otra vez de cero.


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