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La sombra de una duda

6 11 2005 - 01:56

Si el lector cree que esta nota se escribió pensando en el gobierno de Kirchner, acierta. Estoy convencido de que existen buenas posibilidades de que nos estemos encaminando hacia un gobierno muy autoritario, cuyos reflejos dictatoriales emergerán en caso de crisis. Nada bueno se puede esperar de una alucinación setentista ni de un sistema político basado en la obediencia y la fidelidad al jefe.

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Allá por 1999, Menem intentaba hacerse elegir para un tercer período consecutivo. Al entonces presidente le preocupaba muy poco la Constitución y menos aun los principios democráticos. Simplemente, pensaba perpetuarse en el poder gracias a la prepotencia del aparato del estado en sus manos. En esa época la cuestión me obsesionaba, ¿cuántos años más íbamos a tener que soportar de gobiernos menemistas, con su carga de miseria, exclusión y prepotencia? Pero lo que más me irritaba era que se hablara del asunto con naturalidad, sin considerarlo un escándalo. Un día se planteó el tema en un programa de radio en el que yo era columnista de cine. Se me ocurrió entonces comentar otra obsesión mía, una pregunta para la que nunca encontré respuesta. Es así: supongamos que nos encontramos en Alemania a principios de 1933. Hitler acaba de subir al poder. Tanto los judíos como los países limítrofes son amenazados, pero aun no hay medidas concretas. Faltan años para la guerra, para los campos de exterminio. El futuro no es evidente para el ciudadano medio, ni siquiera para los opositores que entonces son mayoría. La pregunta es ¿qué hubiera hecho yo en esas circunstancias? ¿Huir del país, oponerme activamente o suponer que las cosas no pasarían a mayores y seguir viviendo como si nada ocurriese? Aclarando que no pensaba en lo más mínimo que Menem fuera Hitler, me permití decir que, sin embargo, uno se podía hacer las mismas preguntas en ese momento histórico de la Argentina. Es decir, cuando uno sospecha que el gobierno no tiene ninguna vocación democrática, que el régimen político se encamina hacia una prolongada forma de dictadura y sabiendo que no hay un modo definitivo de corroborar ese tipo de sospechas hasta que es demasiado tarde ¿qué corresponde hacer? Apenas dije eso, ocurrió algo notable. Aunque a ese programa nunca llamaba nadie, los teléfonos empezaron a sonar sin pausa y a transmitir mensajes indignados: ¿cómo me atrevía a decir cosas semejantes, a negar que a Menem el pueblo lo había votado ya dos veces?

Una pregunta parecida está en el centro de un libro notable que acaba de ser traducido al castellano, La conjura contra Américade Philip Roth. Allí el escritor imagina que no es Roosevelt quien gana las elecciones presidenciales americanas en noviembre de 1942 sino Charles Lindbergh, héroe nacional, primer hombre en volar sobre el Atlántico pero conocido antisemita y profascista. Su gobierno pacta con Alemania nazi y toma una serie de medidas que, sin llegar a la persecución abierta contra los judíos, tienden a ponerlos bajo vigilancia. En ese clima, Roth sitúa a los protagonistas, unos personajes que se llaman exactamente como él (que tiene 7 años) y su familia y que viven, como el vivió, en un barrio judío de Newark. Roth rehúye lo sensacional o lo patético y le interesa muy poco narrar las intrigas asociadas a la situación política (que se endereza al final, justo como para que el ataque a Pearl Harbor ocurra cuando Roosevelt ha vuelto a la presidencia y la historia de la segunda guerra mundial sea la que conocemos) y sí, en cambio, explorar la conducta de sus personajes en esas circunstancias tan particulares. Instalado en la duda y el terror incierto, Roth expone un abanico de reacciones ante una dictadura que parece inminente pero que no llega a concretarse: desde la intransigencia absoluta del padre al colaboracionismo de la tía pasando por la fascinación del hermano ante los emblemas del nacionalismo. La potencia de esta realidad paralela, este mundo que es y no es el mundo histórico se complementa con la idea del doble, encarnada en un vecinito débil e indefenso al que el joven Philip rechaza pero cuyo lugar quiere usurpar para salir de sí mismo. Es posible que la grandeza y la universalidad de la novela residan en que la incertidumbre se hace sistema hasta alcanzar una altura trágica: la sola amenaza de un estado omnipotente y secreto con su correlato paranoico o negador en los individuos encarna ya el mal antes de que lo peor se produzca.

Vivimos, parece decir Roth, en un mundo amenazado por peligros cuyo verdadero alcance es imposible de determinar. ¿Pudo Lindbergh haber llegado a la presidencia? ¿Es el gobierno de Bush la postergada encarnación de esa pesadilla? ¿Cómo hubiera sido una tercera presidencia de Menem, acaso una cuarta o quinta? Lo terrible del caso es que siempre parece haber una de esas preguntas acechándonos. No quiero dar ejemplos para que no empiecen a sonar de nuevo los teléfonos.


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