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Todos los fuegos

20 11 2005 - 02:01

(20-11-05)

Tras varios artículos más bien liberales, este es uno de tono anarquista. Dediquémoslo a Cristian Ferrer, que además de ser uno de nuestros pocos pensadores originales e independientes, publicó en la Argentina una excelente edición de La sociedad del espectáculo.

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Hace unos días, mientras el humo de los suburbios empezaba a llegar a París, en la capital francesa se editaba una caja de DVDs con seis películas filmadas entre 1952 y 1978. La última de ellas se llama In girum imus nocte et consumimur igni, una bella frase capicúa de Virgilio que se puede traducir como “Giramos en círculos durante la noche y somos devorados por el fuego”. En la película, absolutamente experimental, una voz habla del proletariado periférico en estos términos: “En muchos aspectos parecen esclavos: están amontonados como ganado en habitaciones minúsculas, oscuras, feas e insalubres; alimentados con comida adulterada y sin gusto; mal atendidos en sus recurrentes enfermedades; amenazados por una vigilancia permanente; concentrados en entornos hostiles; educados en las nuevas formas del analfabetismo que los dejan a merced de supersticiones que refuerzan el poder de sus amos. No son más que números en los gráficos dibujados por idiotas”. El texto y la película son de Guy Debord (1932-1994), autor del libro La sociedad del espectáculo, animador de la Internacional Situacionista, figura clave y maldita de la cultura contemporánea e influencia fundamental en los sucesos de mayo del 68.

Se afirma que el mayo francés fue una lucha por objetivos vagos de estudiantes parisinos, de aburridos hijos de la burguesía, mientras que hoy protestan los descendientes de inmigrantes que viven en la periferia y aspiran concretamente a tener un trabajo y no ser discriminados. Más allá del apunte sociológico, hay más en común en ambas luchas de lo que los medios reconocen. Debord, por lo pronto, previó que “el proletariado no puede reconocerse en una injuria particular ni en la reparación de un agravio ni de un número particular de agravios, sino únicamente en la injuria de haber sido relegado al margen de la vida”. Y cuando el monstruoso ministro Sarkozy, con el apoyo de la mayoría de los franceses, llama a los manifestantes “escoria social” parece responderle a Debord, que afirmaba haber pertenecido con orgullo a: “esa incorregible escoria dispuesta a incendiar el mundo sólo para verlo brillar”.

El cineasta Olivier Assayas nació demasiado tarde para mayo del 68, hijo de una familia de inmigrantes aunque acomodada. Para convencer a la viuda de Debord de mostrar sus películas en Francia le escribió una larga carta que se publicó en abril último en forma de libro bajo el título Une adolescence dans l’après-Mai. Allí, Assayas recuerda cómo su experiencia de alumno suburbano y sin futuro lo acercó a los situacionistas: “no era un look, no era una moda, no era siquiera un movimiento, era una actitud de ruptura que implica la persona entera: rechazo del materialismo, rechazo del trabajo, rechazo de los valores establecidos, especialmente los de la educación, la carrera, el ascenso social, el éxito, el dinero y la familia”.

La Internacional Situacionista, la variante más moderna y radical del anarquismo, se disolvió oficialmente en 1972. Fiel a su rechazo del control político tradicional por las vanguardias (“no se puede combatir la alienación bajo formas alienadas”), Debord quiso “mostrar que era posible alcanzar un cierto éxito histórico y permanecer tan pobre en poder y en prestigio como antes”. Sin embargo, el situacionismo influyó posteriormente en una serie de fenómenos políticos y culturales, entre ellos el movimiento punk. No es del todo sorpresivo que cada vez que hay disturbios en la Argentina aparezca un grupo anarco-punk que, según los diarios, es completamente impredecible tanto para la policía como para los otros militantes.

Lo que le da unidad a esta cadena de sucesos es una vieja y gastada palabra: revolución. Derrotada mil veces, traicionada por cegueras y dogmatismos, partidos y sindicatos, socialdemócratas y estalinistas, guerrillas suicidas y tiranos bananeros, la esperanza de un mundo no solo más igualitario sino definitivamente humano parece inextinguible.


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