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Nunca segundas partes

27 11 2005 - 02:03

Una vuelta al cine, pero solo para señalar que si la crítica quiere tener algún futuro en la Argentina debería tomar distancia de la maquinaria corporativa y autocomplaciente que va dominando la actividad. No se puede tomar el murmullo de la industria y su bajísimo nivel intelectual como horizonte de la discusión estética.

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Desde que vivo en San Clemente del Tuyú tengo pocas posibilidades de ver cine argentino. Las salas de la zona están cerradas fuera de la temporada, el material de los videoclubs es pobre, a los festivales locales no fui, televisión no miro. Pero aproveché una corta estadía en Buenos Aires para ver las dos películas que la crítica recomendó fervorosamente este año: El aura y Tiempo de valientes.

De la primera salí un tanto decepcionado. Creo que Bielinsky dio un paso atrás después de Nueve reinas. Sigue siendo el mismo director prolijo, serio y ambicioso y hay que decir, además, que después del éxito de su opera prima no buscó el aplauso fácil ni una taquilla multitudinaria. Pero no es lo mismo hacer una comedia dramática que juega con la estafa y en la que no hay un solo acto de violencia, que una tragedia en clave de cine negro donde la muerte es el horizonte. Mientras la primera triunfa gracias a su singular ingenio y eficacia, que terminan incluso elevándola sobre su material, la segunda prueba que la precisión no siempre alcanza. Cineasta de guiones complejos, de originales mecanismos, Bielinsky no parece haber advertido que la abigarrada homogeneidad de su primera película dejó paso aquí a una mera acumulación de elementos (la epilepsia, la taxidermia, el maltrato a las mujeres, la sordidez acentuada) que, lejos de complementarse con la trama principal, funcionan como adornos del mismo modo que lo hacen una fotografía demasiado lustrosa y una serie de ralentis y repeticiones tan vistosos como innecesarios. Creo que Bielinsky se ha deslizado hacia un cine académico, más ampuloso que profundo y al que la muerte no le sienta bien.

Lo de Szifrón es diferente. Después de El fondo del mar, un debut más bien fallido, resolvió inclinarse hacia lo decididamente comercial. No es un pecado pero tampoco debería ser una excusa para confundir cine con televisión, para explicarlo todo, para cambiar de tono a cada momento ni para subrayar cada chiste. Tampoco es necesario que una película con aspiraciones populares se proponga como el correlato ideológico del país oficial. Más que la circunstancial alianza entre un policía y un psicólogo, Szifrón describe una comunidad de lenguaje, de hábitos, de intereses y de ideología entre sus protagonistas. Lejos de contrastar entre sí, como es de práctica en el género, cada personaje resulta la extensión del otro y entre ambos agotan el discurso sobre la sociedad en los lugares comunes de una clase media optimista y profesional. En la Argentina de Szifrón, la derecha es lo que queda de la dictadura, la izquierda es lo que se lee en Página/12 y la SIDE necesita ser depurada de ex militares para dejar de vender armas, seguramente para dedicarse a falsificar pruebas contra la oposición.

Luque y Peretti se entienden como si fueran hermanos y se prodigan una ternura infinita. Acaso así se hayan hablado el ministro Alberto Fernández y el tránsfuga Borocotó en la cancha de Argentinos Juniors, como los héroes de Szifrón lo hacen en el polígono de tiro o en cada uno de esos lugares donde los hombres toman decisiones. Tanta hormona masculina, tanto olor a vestuario es tal vez la explicación de la descomunal, incontrolada misoginia de la película, excesiva aun para los estándares argentinos. Las mujeres de Szifrón no solo mienten y engañan sino que son también tontas, gritonas e inútiles. Y como tales merecen ser tratadas.

Al final de Tiempo de valientes se sugiere que habrá una segunda parte, lo que seguramente ocurra tras la buena respuesta en la boletería. Dado que el tema de las mujeres quedó un poco desbalanceado, es posible que en la secuela se incorpore un personaje femenino al dúo, a la manera de Rene Russo en Arma mortal III. Sugiero para el papel a una actriz que no va a alterar el tono oficial ni el resto de la fórmula: la senadora Vilma Ibarra, que acaso esté menos ocupada por entonces.


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