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El filósofo y el vizconde

4 12 2005 - 02:19

Escribí esta nota contra reloj, tratando de leer lo más posible de las memorias de Chateaubriand antes de sentarme en la computadora. Lo hice finalmente después de devorar unas 600 páginas, algo así como la cuarta parte. Podría haber elegido otro tema, pero no quería parar de leer. De las lecturas que hice hasta hoy (29-12) para estas columnas, la de Chateaubriand es la más valiosa. Un libro extraordinario al que estas líneas no le rinden ni remotamente el homenaje debido. Algún día me gustaría escribir algo mejor sobre Chateaubriand. Habría que empezar sacando a Sartre de en medio.

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En Saint-Malô (desde donde llegaron los primeros pobladores de las Malvinas) hay un islote llamado Grand-Be. Allí hay una tumba a la que peregrinó un día Jean-Paul Sartre. Su intención no era homenajear al ocupante sino expresarle su odio y su desprecio orinando sobre el sepulcro. El destinatario de tanta pasión era un escritor francés, político y diplomático, gran viajero y legendario amante llamado François René de Chateaubriand. Un día se había preguntado: “¿Sobreviviré a mi tumba? ¿No seré un hombre de otro tiempo, ininteligible para las nuevas generaciones?” El agravio póstumo demostraba que un siglo más tarde, el vizconde no había perdido actualidad aunque fuera un reaccionario.

¿Lo era realmente? Nacido justamente en Saint-Malô en 1768, muerto en París en 1848 tras ser testigo y protagonista de la entrada del mundo en la modernidad, Chateaubriand tuvo una relación ambivalente con ella: simpatizante de la libertad y el progreso, hasta de la justicia social, fue un católico ferviente y un tradicionalista que abrazó la causa de la monarquía. Enemigo de la Revolución (que ejecutó a la mitad de su familia) y de Bonaparte, fue fiel a la dinastía borbónica, de cuya restauración participó como embajador y ministro. En general, sin embargo, le tocó estar en la oposición: nunca se sintió cómodo con ningún partido, valoró más la independencia que la obediencia y desdeñó profundamente a los gobernantes: “Cuando uno se detiene a mirar de cerca de los hombres que conducen el mundo, se asombra de su nulidad”. Es casi seguro que el hombre que escribió “Los descuartizadores de carne humana no me imponen nungún respeto”, nunca hubiera silenciado el Gulag ni portado la efigie del camarada Mao.

En el caso de que a Sartre no le gustara la escritura de Chateaubriand, hubiera ido contra las opininones de sus colegas más ilustres: Flaubert, Baudelaire, Proust, Gracq, entre otros, fueron sus admiradores aunque durante mucho tiempo Chateaubriand fue poco más que un prócer escolar, canonizado más que leído y considerado un estilista superficial. Esa impresión se ha disipado también. En palabras de Roland Barthes: “La lengua es de una belleza inconcebible, como para dejarnos sin respiración. (…) Encontré en él un hombre profundo, grave poderoso”. La hora de comprobarlo ha llegado. En España se editó por primera vez hace un año (hay una vieja y desaparecida edición argentina) la versión completa de las Memorias de ultratumba, su obra maestra comenzada en 1811, retocada hasta el día de su muerte y prevista para ser leída por la posteridad. El éxito de este libro en dos tomos que suman 2.700 páginas fue notable y tras agotarse, obligó a una flamante reimpresión.

Aunque Chateaubriand solía afirmar que la literatura solo tenía un verdadero sentido si era escrita y leída en la lengua materna, la lectura en traducción de las Memorias es una experiencia apasionante. Se trata de un libro único, de rara amenidad y evidente perfección, tan novelesco como Los tres mosqueteros y tan sutil como En busca del tiempo perdido. Estos recuerdos increíblemente compactos se apoyan en un juego de espejos entre el futuro y el pasado, el infortunio y la felicidad. La presencia constante de la muerte como referencia y maestra construye un personaje literario noble, cuya esencia es el desapego, el abandono de toda vanidad.

Hay un momento en el libro en el que, siendo embajador en Londres, Chateaubriand descubre que no tiene fiestas esa noche, que la mansión está solitaria y silenciosa y que puede entonces dedicarse, con infinito placer, a narrar los años en los que era un emigrado pobre en la misma ciudad. La vigencia de Chateaubriand está asociada a ese placer de la literatura y ese placer está a su vez en relación con algo que seguramente irritaba también a Sartre. Que el hombre pudiera escribir: “encuentro insoportable el orgullo de la victoria”, una moral inaplicable para jefes de estado, esas nulidades.


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