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Muerte de un uruguayo

18 12 2005 - 02:25

Tenía lista la nota para el domingo siguiente, pero leí el diario y me enteré de la muerte de Alsina Thevenet, de modo decidí escribir este obituario de memoria y de apuro. Una aclaración. Como digo más abajo, Alsina fue, por su influencia en la profesión y en el periodismo en general, el crítico de cine más importante, no el mejor. El mejor fue Rodrigo Tarruella. Si Tarruella hubiera sido, además, el más influyente (por su originalidad como escritor, por su libertad para pensar, por entender que la verdadera cinefilia consiste en saber que el cine es una mera excusa para pensar el mundo), tal vez la crítica rioplatense sería hoy menos irrelevante como lectura.

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Después de setenta años de periodismo murió Homero Alsina Thevenet, el más importante de los críticos de cine del Río de la Plata. Lo traté una sola vez, puchero de por medio, en un Festival de Mar del Plata, probablemente en 1997. Me cayó simpático pero no me habló mucho: estaba más atento a la conversación con las chicas sentadas en la mesa, mi mujer incluida. Como tantos otros periodistas, fui también su discípulo, aunque más bien un discípulo a la distancia y descarriado. Un día, en la década del sesenta, compré a la salida de un cine de la calle Lavalle un libro de Alsina llamado Cine sonoro americano y los Oscars de Hollywood. Durante largos años fue mi único libro de cine. Lo leí y releí hasta que se le despegaron las hojas. Arquetípico de Alsina, fundamental y casi único como referencia en castellano antes de la Internet, contiene muchos más datos que opiniones. Pero fueron sus opiniones las que orientaron mi carrera de crítico, exactamente en el sentido contrario a las del autor. Alsina despertó mi curiosidad por sus enemigos: directores como Samuel Fuller, Godard o Jerry Lewis pero especialmente, por un monstruo que el libro trata como el colmo de lo esnob y pretencioso: los críticos franceses, que terminarían siendo mi mayor influencia aunque entonces no había oído hablar de los Cahiers du cinéma.

Sus amigos me resultaron siempre menos estimulantes. Empezando por Bergman, cuyo descubrimiento en la Banda Oriental todavía se sigue celebrando. O Pauline Kael, a la que Alsina le publicó un texto sobre El ciudadano en el que la crítica americana intenta demostrar que Welles no fue el autor de una de las películas más personales de la historia del cine. Años después descubrí que todos los críticos americanos a los que respeto odiaban a Kael.

Queda dicho. Coincidí muy poco con los gustos de Alsina. Pero tiene muy poca importancia, sobre todo cuando las polémicas de la cinefilia se han apagado en esta parte del mundo y el trabajo de reseñar estrenos, el verdadero campo de batalla de la crítica, se ha vuelto una tarea insalubre ante la menguante calidad de la oferta. Lo que quedará de Alsina, lo que espero que quede sin saber si será así, son sus cualidades morales, su nobleza y su independencia. Siempre entendió el periodismo como una tarea alta e insobornable. Fue un obsesivo de la precisión y el lenguaje, el autor de decálogos y reglas de estilo que aplicó e hizo aplicar como de jefe de redacción, trabajo que ejerció hasta el día de su muerte. Sus manías y su erudición mejoraron el periodismo cultural en tres países.

Pero el mayor legado de Alsina es, sin duda, su legendaria negativa a todo compromiso, su saludable tendencia a la insubordinación. Cuentan los que trabajaron con él en las distintas redacciones que cuando la dirección de un medio la emprendía contra un colega bajo sus órdenes, Alsina respaldaba siempre al periodista. En Montevideo, fue famosa su salida de Marcha porque el director intentó hacerle modificar una crítica. Años más tarde, en Buenos Aires, una reseña parcialmente negativa de Sur de Pino Solanas y el disgusto que provocó en las autoridades del diario, fue la responsable de su alejamiento de Página/12. Alsina se había irritado con la retórica populista de Solanas, con su nacionalismo que tan bien empalmaba con lo que él consideraba la tradición sentimental y chabacana del cine argentino (finalmente, no estábamos tan lejos de su pensamiento en cuanto al cine nacional).

Habla bien de esa época que la crítica se haya publicado de todas maneras: el periodismo tenía entonces otro crédito intelectual. Hoy, ante una circunstancia parecida, la de una película patriótica y en sintonía con la orientación política de ese mismo diario (Iluminados por el fuego), una reseña adversa fue simplemente levantada. Hoy sería bueno seguir contando con ese uruguayo correoso y arbitrario para pelear las batallas del periodismo.


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