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20 x 35, modelo para desarmar (IV)

29 12 2005 - 14:55



No puedo decir si la facultad de la crítica literaria es el mayor regalo que el cielo guarda en sus tesoros; pero el cielo debe pensarlo así porque es el don concedido más parcamente. En estos veintidós años he mejorado en algunos aspectos y empeorado en otros, pero no he mejorado tanto como para convertirme en un crítico literario, ni he empeorado tanto como para imaginarme que me he convertido en uno.
A. E. Housman





La entrega anterior de esta serie sobre la antología de jóvenes narradores La joven guardia, al reducirse de las siete reseñas planeadas a tan sólo una, comenzó a sugerir que —por la vía de ir disminuyendo la velocidad en el tratamiento de los autores faltantes— podríamos entrar en una sucesión que nunca llegará a su término. El mismo fin puede lograrse por otros medios, como por ejemplo volver atrás, algo bien factible en el futuro inmediato, ya que conseguí nuevos libros de algunos de los escritores de quienes ya hablé. Pero también sirve la estrategia de no avanzar, de detenerse lisa y llanamente y no hablar de ninguno de los cuentos ni de sus autores. Esto es lo que ocurrirá en este caso, a partir de las sorprendentes respuestas que recibió el tercer artículo de la saga, oportunidad que será aprovechada para otras digresiones.

La tercera entrega produjo una buena cantidad de respuestas en la web. Algunas fueron positivas, hubo mensajes de aliento e incluso reflexiones sobre las posibilidades de la crítica en internet. Pero una buena cantidad, posiblemente la mayoría, fueron negativas. Lo más curioso de las respuestas, favorables o adversas, es que ignoran casi completamente los temas tratados en la entrega anterior, entre ellos la absurda y casi cómica coincidencia entre los alumnos del taller de Diego Paszkowski por celebrarlo en las dedicatorias, o bien la posible e indeseada normalización en la escritura provocada por los talleres literarios. En cambio, se ocupan, encarnizadamente en algunos casos, de mi persona, de mi derecho a escribir y de mi competencia para hablar de literatura. A lo ocurrido le cabría una nueva formulación de aquel refrán que dice: “Cuando el sabio señala la luna, los tontos miran el dedo”. En este caso, es el tonto el que mostró la luna, pero el resultado es parecido.

Entre varias respuestas airadas, hubo algunas feroces que me acusaron de desvalijar las arcas municipales cuando dirigía el Bafici, de integrar los grupos de tareas de la ESMA, de ser un ejemplo de la vergüenza que se cierne sobre este bendito país y hasta de que mis textos estaban sucios y llenos de errores de ortografía, algo que mis maestras de la primaria nunca advirtieron. Me amenazaron (vagamente) con pegarme y me trataron de psicótico con rasgos esquizofrénicos y paranoicos. Muchos coincidieron en que no debía escribir más. Algunos a secas y otros sólo de literatura. Desde mis tiempos de referí que no veía una tarjeta roja tan de cerca como la que me sacó la brigada de pureza literaria.

Las agresiones me tomaron un poco de sorpresa. Esperaba, sí, que algún autor cuya obra no me había gustado particularmente reaccionara con vehemencia, pero no que surgieran esas voces indignadas, decididas a defender la ciudadela de las letras contra la invasión de un outsider. “Advenedizo”, “inviable”, “imperdonable” fueron algunas de las palabras empleadas, y las respuestas de este grupo estuvieron mucho más dirigidas a descalificarme globalmente que a impugnar alguna de mis afirmaciones. Y nadie, eso es lo más raro, dio una explicación al tema de las dedicatorias a Paszkowski, salvo el librero Luis del Mármol que en su local me dijo algo así como: “En la literatura es así. Paszkowski es muy carismático. Sus alumnos lo quieren mucho.” Y luego pasó a hablarme de cosas terribles que pasan en los concursos literarios, un tema que desde el asunto aquel de Piglia no llegaba a mis oídos. Pero me perdí en las explicaciones y no podría reproducirlas aquí sin faltar a la verdad.

Con el animo aturdido y el espíritu apabullado, escribí una primera versión de esta nota en la que me ocupaba de contestar detalladamente calumnias, difamaciones y exabruptos, citando cuidadosamente a cada uno de los ofensores. Pero tras exponerla a los compañeros de tp (¿cómo se sentirán los redactores de tp con el apelativo “compañeros”?), los más locuaces me convencieron de que no me entrara a pelear con los muchachos de la pesada, porque podía llevar a un debate tan eterno como inútil y a una escalada de violencia verbal impredecible (y quién sabe si no física).

Y si no vean lo que le pasó a Martín Brauer, que hace el site Rolandgarrón. A uno de los muchachos de la brigada no le gustó uno de los comentarios de Brauer y el tipo escribió que le iba a romper los dientes después de aludir a su “ideario sionista”. Rolandgarrón es uno de los sites más creativos de la web. Desparejo, desprolijo, guarango y con una tipografía payasesca, su autor puede ser desopilante y arrancarle al lector más de una carcajada pero también exponerse en carne viva como pocas veces he visto hacerlo a un escritor. En todo caso, la angustia y la soledad que transmite Brauer merecen preocupación y estima antes que la hipócrita mirada horrorizada que sus colegas le destinan y que ha llevado a que el enlace con su página haya ido desapareciendo de los blogs literarios. No lo conozco a Brauer, pero es curioso el odio que despierta. Daniel Freidemberg, a quien yo tenía por un pacífico literato, un señor respetable, salió a respaldar en su blog las amenazas antisemitas contra Brauer. No sólo eso; se despachó con una especie de investigación histórica y erudita sobre la patoteada en la literatura argentina para concluir que la agresión a Brauer era una patoteada “buena”. Bolaño tenía razón: la literatura argentina insiste en la adulación de los pesados. Lamentablemente creo que la web, donde se insulta fácil, no ayuda para que las costumbres del mundo literario se despeguen de las hordas linchadoras. Guillermo Piro me dio en persona una explicación muy poco satisfactoria sobre la persecución a Brauer. Al parecer, este habría insultado a una dama. Si la intención de la patota era defenderla, hubieran procedido como caballeros contra Brauer en privado y de la manera que juzgaran conveniente. La amenaza pública y gratuita, en cambio, resulta cobarde y siniestra. Peor, o al menos más estúpida, es la legitimación “teórica” de esa amenaza por parte de Freidemberg.

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El nombre de Freidemberg aparece también como firmante de una felicitación enviada a un site a propósito de una reseña de La joven guardia. Como me voy transformando en un exégeta del libro y parezco destinado a cargar con su peso para siempre, creo que también debo ocuparme de las reseñas que se le hacen. Sobre todo en este caso, en que se trata de una como corresponde, como mandan la reglas de la sana crítica literaria, la respetable. Así se lo hace saber al autor el profesor Freidemberg unos días antes de convertirse en patotero honorario:

“Un poco de inteligencia y honestidad en la consideración de la literatura siempre es más bienvenida cuanto más escasea. Y acá hay bastante más que un poco. Gracias”.


El site en cuestión se llama Desde el aula. Es un lugar altamente politizado en el que los textos son todos anónimos. Si uno intentara el identikit del autor o autora, diría que es un escritor o escritora, alguien que ronda los cuarenta, que se reconoce de izquierda, que está cerca de la universidad y de la elite literaria argentina. Damián Tabarovsky, por ejemplo, daría muy bien como nuestro autor incógnito. Pero Schmidt dice que no se trata de Tabarovsky sino de Ariel Bustos. Por las dudas, llamaremos Juan al responsable de esta crítica sofisticada, bien escrita y demoledora. Tan demoledora que no me extraña que Maxi Tomas, que está atento a todo, no la haya linkeado desde su blog.

Juan se propone descalificar el libro. Para ello se apoya en tres puntos flojos, de La joven guardia, flojos por distintas razones: la tapa, el prefacio de Abelardo Castillo y el prólogo de Tomas. Juan los trata uno por uno, incisiva e insidiosamente. En primer lugar, la tapa, cuya elección divide generaciones. Hay que ser menor de cierta edad para sentir como propios los chocolatines Jack. A mí, debo confesar, me molestan un poco. Pero Juan extrae conclusiones más pesadas.

“Ya desde su tapa, La joven guardia apuesta a una colocación estética: el título va acompañado por las imágenes de una serie de muñequitos Jack dispuestos en filas. Así, la primera impresión que tendrá el aventurado lector será la de estar enfrentándose a una propuesta de inocencia infantil: a la reivindicación del mundo ‘sin preocupaciones’ de la infancia o a la adolescencia simpática del loco lindo de pelo largo. Lejos por ejemplo de cualquier reminiscencia pop, aquí el muñequito se transforma en icono y anticipa una lectura: literatura de juguete, cosa de chicos, nada para tomarse demasiado en serio.”


El prólogo de Castillo, a su vez, es insostenible. Por su liviandad, por el paternalismo, por la concepción reaccionaria de la literatura. Allá va Juan y se hace un festín del que transcribo sólo el primer párrafo.

“Ese regusto a cosa vieja comienza en el prólogo de Castillo. Su texto es un ejercicio sobre el cuento, del mismo pobre vuelo teórico que Castillo, que no conocerá las mieles de la Academia pero notablemente recibe los favores editoriales, viene practicando desde hace años en libros como Ser escritor. Su prólogo abre con una cita de Poe, un modelo –a esta altura– claramente conservador. Continúa con una colección de citas de Faulkner, Dostoievski, Tolstoi, Borges y Quiroga: en fin, lo que se presenta es una perspectiva ‘clásica’ del cuento, algo como la condena de cualquier mínima voluntad de riesgo para los jóvenes escritores que vienen a continuación.”


El prólogo de Tomas es más cuidadoso y no admite un ataque tan frontal. Su debilidad, en todo caso, reside en su apuesta al eclecticismo, a la visión panorámica desde la que propone la antología y que debe defender con argumentos un poco de ocasión. Básicamente, desde la idea de que no hay compromisos en la selección y que lo interesante de esta nueva generación es que sus integrantes escriben desde la libertad que les da no sentirse agobiados por las tradiciones. Juan responde un poco oblicuamente, volviendo a la tapa y el prefacio:

“Esa libertad, esa ausencia de tradiciones literarias es, como se ha visto, más una ingenuidad o un proyecto fracasado que otra cosa. Incluso en la consideración de Castillo como un señor viejito de posiciones intrascendentes, si hay algo que muestran los cuentos es su colocación más o menos directa en relación con determinados interlocutores en el campo literario –y, por supuesto, no hay nada ‘malo’ en ello. Interlocutores que, por otra parte, no ocupan actualmente, más bien al revés, un lugar marginal en el mundo literario de los últimos años. Lo que se discute, en todo caso, es que esa pretendida libertad que Tomas aduce en su prólogo vuelve a sacar, como antes la tapa y el prólogo, a los jóvenes narradores argentinos de la historia, sobre todo de la historia reciente”.


Nótese que, hacia el final, Juan escribe “prólogo” cuando debería decir “prefacio” (“…antes la tapa y el prólogo…”) y el lapsus muestra que intenta asimilar uno a otro.

Algo que el entrenamiento académico enseña es a blindar una reseña, a que no pueda ser atacada fácilmente. Y también a que se note que se escribe a partir de ese entrenamiento, lo cual genera felicitaciones que, más que fruto de una lectura cuidadosa, son un reconocimiento entre pares (“es uno de los nuestros”). La otra cosa que se aprende, y Juan es un estudiante aventajado, es a que no se note demasiado cuando se fuerzan los razonamientos. Habiendo demolido el contexto y los cimientos, le queda a Juan demostrar que los relatos (lo que en realidad importa del libro) obedecen en su mayoría a parámetros conservadores, mediocres y carentes de riesgo paralelos a la concepción de una antología “castillista”. A esto le dedica mucho menos espacio. La retórica de la reseña apunta, sobre todo, a declarar nulo el proyecto y, de allí, concluir la tarea con un par de frases despectivas sobre el contenido.

Por las dudas, es bueno asegurarse primero de que el adversario, arrinconado por su concepción estética, reciba el golpe decisivo por su ideología política:

“Más interesante es, para pensar la apuesta que intenta la analogía, el prólogo de Maximiliano Tomas. Su texto intenta reflexionar acerca del estado de la literatura argentina actual en relación con lo que pretende ser un ejercicio de interpretación histórica: así, el prólogo constituye un intento de explicación de la historia argentina reciente, a la que se busca poner en relación con una eventual disminución de la actividad literaria: ‘el advenimiento de la dictadura militar, su larga estancia en el poder, la violenta eliminación de parte de la intelectualidad nacional. Y, por supuesto, las consecuencias que la política de destrucción económica, social y cultural diseñada por esos años generó en nuestro país’. Hilando un poco más fino, se puede señalar la pobreza y hasta el riesgo de esta caracterización: el de la dictadura militar en nuestro país no es un ‘advenimiento’ (dice el DRAE: ‘1. m. Venida o llegada, especialmente si es esperada y solemne. 2. m. Ascenso de un Sumo Pontífice o de un soberano al trono’); la suya no es una ‘estancia’ en el poder, los intelectuales argentinos no se eliminaron solos. La mirada histórica de Tomas no ve acciones sino consecuencias, estados”.


Es decir, hilando un poco más fino, aunque Tomas hable contra la dictadura y sus consecuencias, el mal uso de una palabra (siempre es un poco vulgar, excesivamente histriónico, eso de buscar un término en el diccionario para usarlo de testigo) le sirve a Juan para colocarlo donde merece: entre los cómplices retrospectivos de la dictadura, alguien que cree que los intelectuales se eliminaron solos. Es una técnica de discusión cívicamente irresponsable; es un golpe bajo traer a la dictadura cada vez que se la necesita. La irresponsabilidad cívica continúa a la hora de hablar de algunos de los autores seleccionados, Juan dice:

“o del funcionario del Gobierno de la Ciudad Santiago Vega (alias Washington Cucurto)”,


como si utilizar un seudónimo y trabajar en la municipalidad fueran delitos que deben denunciarse. (Steinberg nos comunica que como Tabarovsky es también funcionario municipal, no puede ser él el autor de la reseña. Suben las acciones de Bustos.)

También Juan fuerza la lógica en una frase como esta:

“Se trata, finalmente, de la misma pretensión icónica que aparece en los cuentos de Florencia Abbate (‘Si fuera cine, acaso ahora el productor habría exigido el suicidio de algún personaje’) y Hernán Arias (‘Todo esto sería posible, querido lector, en el caso de que nuestro relato fuera llevado al cine. Pero sólo estamos haciendo literatura, y hace ya algunos segundos que terminaron los diez minutos establecidos para la narración’)”.


Como si el cine fuera “icónico” en lugar de, no sé, “dialéctico” (una tontería de mal libro de texto universitario) y de allí se pudiera concluir que los cuentos que nombran al cine no deberían ser tratados seriamente.

Después de estos golpes preliminares de ablandamiento, le cuesta poco a Juan decir que:

“La mayor parte de los cuentos presentados se lee con la sensación de estar asistiendo a una cosa gastada, deslucida y ya vista. Cosa notable, así, que lo que parezca definirlos sea justamente su ausencia absoluta de riesgo estético”.


Y da la impresión de que al resto del libro hay que juntarlo con cucharita. Para probar que además de saber escribir, Juan sabe leer, rescata los cuentos de Mairal, Enriquez y Coelho (“y algún otro”) como los “más alejados del proyecto general”. Es otra verdad a medias, o en cuartos. Los tres cuentos mencionados son muy buenos, posiblemente los mejores del libro. Tienen en común su madurez literaria, pero su estructura no se aleja demasiado del relato clásico. Podrían aparecer perfectamente en una antología compilada por Castillo. Pero, a su vez, hay otros siete cuentos que parten de premisas narrativas y culturales poco ortodoxas (Bejerman, Arias, Schweblin, Cucurto, Terranova, Garcés, Pron), que pueden gustar o no, pero no pueden confundirse con un ejercicio de taller ni declararlos carentes de riesgos.

Juan concluye lo que podría llamarse su “guerra del lechón” contra la generación que la antología presenta mediante un procedimiento análogo a usar un cañón para matar un mosquito: compara a los autores de La joven guardia con Flaubert. El problema es que, justo allí, en plena demostración de autoridad, cuando recurre a tirar encima de la antología la roca de la historia de la literatura, se equivoca de medio a medio.

Juan utiliza una cita del cuento de Terranova:

“Celia me describe esta imagen. Diciembre del 2001, y yo, en calzoncillos, con la cara pegada al aparato, anotando lo que veía. Es patética, pero también es real”


para mostrar cómo el personaje (confundiéndolo además con el autor) es un frívolo que rehúye el compromiso con el mundo, Juan trae a colación a Flaubert:

“Al contrario de Flaubert, digamos, cuyo Federico en La educación sentimental cambia porque el mundo cambia, aquí los narradores, jóvenes y escritores, muestran su orgullo por haberse mantenido al margen, incólumes y a salvo. Flor de joven guardia”.


Pero La educación sentimental no es un ejemplo de lo que dice Juan sino de lo contrario. Ya dije que no me gusta el cuento de Terranova y ni él mismo osaría compararse con Flaubert. Pero si se confrontan la actitud frente a la política de su protagonista con la del veleidoso Federico, no hay una gran diferencia:

“Entraban en la calle Caumartin, cuando de pronto estalló detrás de ellos un ruido parecido al crujido de una inmensa pieza de seda que se desgarra. Era la descarga del bulevar de los Capuchinos.


—¡Oh, matan a algunos ciudadanos! —dijo Federico tranquilamente, pues hay situaciones en que el hombre menos cruel se siente tan desligado de los otros que vería perecer al género humano sin que le latiera el corazón”.


En su propio terreno, la academia puede ser también irresponsable, poco rigurosa, aunque, en este caso, el autor sea dueño de una escritura atractiva y de una evidente inteligencia.

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Pero ahora volvamos al tema de mi futuro como crítico. Es perfectamente válido preguntarse si alguien que no tiene educación formal ni experiencia en el medio puede ponerse a escribir sobre literatura y lograr que su producción sea medianamente pertinente y no una pura pérdida de tiempo. Lo es también responder por la negativa si el candidato no demuestra de entrada un talento excepcional. Como no es mi caso, vivo cuestionando la decisión de ocuparme de estos temas. Más allá de que haya quienes me tachen de resentido (no lo soy) o de advenedizo (lo soy, pero qué importa), la apuesta tiene las probabilidades en contra.

Me sostiene el deseo mucho más que algún elogio aislado. Lo que he escrito de literatura hasta la fecha no tiene demasiado valor y no necesito que un maestro ciruela venga a decírmelo. Pero espero que este camino lleve hacia algún lado, es decir, que me dé placer recorrerlo. Lo demás no tiene importancia. Hace mucho, cuando fundamos El Amante, carecíamos de toda experiencia en el cine y el periodismo. Recuerdo que una vez, habrá sido en 1992, invité a Sergio Wolf, un crítico más o menos establecido a escribir en la revista. Se negó rotundamente a participar en un medio compuesto por amateurs que escribían “críticas impresionistas”. Poco después Wolf y Fernando Peña fundaron la revista Film para demostrar cómo era la crítica verdadera. Quedé muy apesadumbrado por la negativa de Wolf. Recuerdo que Flavia me decía: ¿Por qué le hacés caso a ese boludo? Me sobrepuse, sin embargo, y después de quince años de escribir sobre cine hay razones (nada concluyentes, por supuesto) para pensar que finalmente me convertí en un crítico.

Que lo haya logrado entonces, si es que lo logré, no quiere decir que pueda repetir el resultado ahora. La competencia requerida para escribir sobre literatura es superior a la que demanda el cine. Tal vez por eso, habiendo tantos escritores en potencia y más allá de razones periodísticas o editoriales, tan poca gente escribe reseñas de libros. Basta mirar la web: entre nosotros, hay un millón de reseñadores de cine amateurs o semiprofesionales. No sé si hay una docena en las letras. Tal vez la tradición académico-patoteril a la que no puedo evitar referirme una y otra vez ejerce un efecto de censura demasiado pronunciado sobre los recienvenidos. No encuentro otra explicación.

Pero no era a eso a lo que quería llegar. Para hablar de esta cuestión con cierta distancia, me gustaría ubicarla en el terreno de la matemática. Allí, desde que las prácticas científicas y universitarias empezaron a acercarse a lo que son hoy en día (es decir, desde 1920 aproximadamente), quedó establecida nítidamente la división entre matemáticos amateurs y profesionales. Es una línea imposible de cruzar. No existen ya matemáticos que no hayan tenido un entrenamiento formal, que no hayan finalizado con éxito una carrera universitaria (y, más recientemente, incluso un doctorado). En matemática, por otra parte, el valor de cada miembro de la profesión en un momento dado (y como proyección hacia un futuro) no admite demasiadas discusiones (o, al menos, así se acepta). Es casi como el ELO de los ajedrecistas o las marcas de los atletas de campo.

Sin embargo, hay algunas irregularidades. En primer lugar, una carrera universitaria con las máximas calificaciones no asegura una creatividad equivalente. De modo que el entrenamiento no lo es todo y la maduración de la gente la lleva a lugares inesperados. Pero además, hay leyendas y fantasmas que sobrevuelan incluso los centros de excelencia científica. Hasta que finalmente se demostró el famoso teorema de Fermat, principiantes y luminarias solían intentarlo. Era como ganarse la lotería, aunque uno no hubiera hecho nada antes (por supuesto, el que lo logró distaba mucho de ser un improvisado). Pero la mayor de las leyendas, el más apreciado de los fantasmas, lleva el nombre de Ramanujan, un indio de Madrás que en 1913 le envió una carta a G. H. Hardy –un famoso matemático inglés– con unas fórmulas que resultaron intuiciones geniales. Ramanujan no había podido entrar en la universidad, no sabía lo que era una demostración pero era un genio matemático. Vivió unos pocos años más, pero fue aceptado en Cambridge y celebrado como un par por sus colegas. Hardy decía a veces que si hubiera estado más formado, Ramanujan no sería Ramanujan. Otras veces expresaba la opinión contraria: de haber tenido un entrenamiento universitario hubiera alcanzado niveles aun más altos y hubiera hecho progresar la matemática globalmente. De Ramanujan se habla en Good Will Hunting, una película de Gus Van Sant en la que Matt Damon interpreta su encarnación moderna: un marginal que trabaja de empleado de limpieza en el MIT pero que es capaz de resolver los problemas matemáticos que derrotan a los profesores. La gracia de la película (que después se va por el lado de la adaptación del genio a la vida normal, con Robin Williams haciendo de psiquiatra, es decir, por el lado de los tomates) es que la idea de un genio espontáneo ilusiona, más allá de toda competitividad, a los que se han pasado la vida en los oscuros claustros, haciendo deberes rutinarios y compitiendo por puestos irrelevantes mediante publicaciones intrascendentes. Lo mismo ocurría con Ramanujan. Vale la pena leer el pequeño libro de Hardy Apología del matemático, con prólogo de C. P. Snow, por varias razones. En primer lugar, porque uno llega a entender que más allá de cualquier otra consideración, lo que le importaba a esta gente de la matemática era su belleza. Si el indio, a quien uno se imagina llegando a Inglaterra con el aspecto de Peter Sellers en La fiesta inolvidable, que no había oído hablar del Trinity College ni del grupo de Bloomsbury, al que sus creencias religiosas le impedían todo tipo de diversión mundana y que veía en Londres agravarse su tuberculosis, se interesaba por entender la teoría de números era porque la belleza de la matemática valía la pena. La literatura también vale la pena. Y lo mismo escribir sobre ella con absoluta libertad.

Ah, me olvidaba de una cosa. La cita que abre este artículo y que resulta tan útil para sus propósitos no es inventada, como me parecería si yo la leyese aquí. Su autor es un poeta y filólogo inglés (1859-1936). Lo curioso es que la encontré en el libro de Hardy, con cuyo tema nada tiene que ver en principio. Aunque puede ser que, finalmente, todo esté conectado, hasta los temas de este artículo.

Feliz año nuevo para todos.


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