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Un poquitito más de crítica

29 12 2005 - 16:24

Hernán Iglesias Illa (HII) critica mi texto “Contra la televisión.” Me gustaría criticarlo. Antes, dejo de lado un tema en el que, me parece, se originan nuestros desacuerdos de fondo, porque abrirlo nos llevaría demasiado lejos del tema central. En la última frase de mi texto decía que el problema de la televisión sobre el que venía escribiendo tenía que ver, finalmente, con un déficit democrático. HII dice que el déficit que nos aqueja es otro: un déficit de capitalismo. Creo que ahí, entre ambos, tenemos una fuente de tensión difícil de resolver, como es difícil de resolver la tensión democracia-capitalismo. Pero, ya que escribo desde una patria sojera (HII, en cambio, y según nos lo recuerda a cada instante, está en Boston) vayamos al grano.

La Constitución y la televisión. En mi texto decía que la Constitución no es muda en lo que hace a los principios con los cuales organizar la comunicación pública, y sugería interpretar ese compromiso constitucional, que escuetamente habla de libertad de expresión, a partir de un criterio (utilizado originariamente en un fallo judicial de larga fama, receptado muy habitualmente en nuestro país) conforme al cual respetar la libertad de expresión implica garantizar un debate amplio, robusto y desinhibido. Embarcado en un programa de denuncias, HII “devela” dos hechos aparentemente escalofriantes. Por un lado, y demostrando gran dominio del idioma inglés, sostiene que al traducir dicha cita debí haber utilizado el término “completamente abierto” en lugar de “amplio” (hecho que, en su opinión, tendría sobre mi argumento consecuencias devastadoras). Por otro lado, dice que escamoteo la cita que ofrezco, porque no me “conviene” dejar que el lector se entere de lo que seguía, esto es (y vuelvo a la cita del fallo citado, el New York Times), que el debate en cuestión debía incluir “ataques vehementes, cáusticos…desagradablemente agudos sobre los funcionarios públicos y el gobierno.” Las denuncias de HII me dejan perplejo. Y es que dichas referencias (aburridamente obvias para quien conoce el caso NYT) no sólo no socavan mi argumento, sino que son, justamente, las que le dan apoyo. Es justamente porque uno está comprometido con un debate público completamente abierto, que se torna necesario impugnar constitucionalmente una política en materia de comunicaciones que tiene como resultado neto (y en la medida en que esto sea así) un debate público virtualmente ausente, y discusiones en las que sistemáticamente faltan ciertos temas y ciertos puntos de vista (a la vez que hay sobre-presencia de otros temas y puntos de vista). Es justamente porque el debate debe incluir ataques vehementes y cáusticos, que debemos impugnar constitucionalmente una política que tiende a blindar al gobierno frente a dichos embates.

La televisión y el Estado. En su plan de denuncias, HII “revela,” también, que el fallo que cito sirvió para limitar al Estado, protegiendo a los periodistas, y no para pedir más Estado. Bueno, aquí también disentimos, si es que HII pretende, tal como lo sugiere enseguida, levantar desde allí un argumento anti-estatista, y de paso mostrar el carácter manipulativo de mi argumento. En lo personal, participo de una corriente que lee el fallo en cuestión como fallo “bisagra” entre dos tradiciones. Una de esas tradiciones, la que el fallo deja atrás, es la tradición anti-estatista en materia de medios de comunicación. La otra tradición, la que el fallo viene a inaugurar (al sentar el criterio que sienta), es la tradición pro-estatista. Que mi lectura del fallo no es antojadiza lo prueba el hecho de que la misma Corte utilizó el mismo argumento para avalar (en Red Lion, otro caso bien conocido), la imposición por parte del Estado de estrictos controles sobre lo que se debía discutir en televisión, y de qué modo (la Corte norteamericana aprobó entonces la híper-intervencionista “doctrina de la equidad” o “fairness doctrine,” sobre la que luego quisiera volver). Nunca en la historia de los medios de comunicación norteamericanos hubo un fallo semejante, en cuanto al tipo y nivel de controles “democráticos” avalados, sobre televisoras y radios. Por lo demás, lo que sostengo en esta materia (pensar la televisión desde el criterio del debate colectivo, y abrir entonces una instancia de mayor ingerencia pública en la cuestión) es lo mismo que dicen algunos de los principales juristas que trabajan sobre el tema. Pienso en autores como Owen Fiss o Cass Sunstein, cuyos libros se pueden conseguir en Boston sin mayores inconvenientes. En definitiva, que mi posición al respecto –que puede ser correcta o no- no es caprichosa ni extravagante, tal como HII la presenta.

El todo y la parte. La parte central de la argumentación de HII (es decir, la parte en donde no confunde mis argumentos conmigo) tiene menos fuerza que Sergio Víctor Palma. En mis referencias a lo que la Constitución permitiría y lo que no, me cuido especialmente en las palabras que uso, para dejar en claro que el problema no lo genera tal o cual programa televisivo, sino el criterio que organiza a todos ellos. HII insiste e insiste con que lo que me interesa es que la gente no lo vea a Carlitos o a Pepito. Pero eso es falaz (digamos, eso es una falacia de composición), ya que HII aplica a las partes los criterios que le corresponden al todo. Finalmente, y conforme al tipo de criterios en los que pienso, Carlitos o Pepito podrán estar o no en el aire, lo cual (en lo personal, tanto como al nivel de mis argumentos) me resulta indiferente. Lo importante es que los criterios que organizan la programación sean otros, de modo tal que el balance resultante sea el más favorable posible a una situación de debate público robusto. El predominio de tal criterio no implica, en absoluto, que toda la programación consista en la discusión de cuestiones de interés común. Lo que implica es que ese tipo de discusiones tengan, al menos, el debido lugar que les corresponde (¿Por qué, HII, esa obsesión con el programa de Carlitos o de Pepito? ¿Por qué esa necesidad de salir a defenderlos cuando ni siquiera son atacados? ¿Por qué? ¿Por qué?).

La Argentina. En mi texto había tratado de anticipar algunas críticas habituales que podrían hacer los críticos de los críticos a un argumento como el mío. Se me había olvidado ésta, que HII trae a cuento: la crítica “desde la Argentina.” HII me conmina, desde Boston claro, a que hable desde la Argentina. HII me pide que tome consciencia de que en la Argentina viven argentinos, y que el gobierno está formado por argentinos. Esta crítica, llamémosla –para ponerle algún nombre- la crítica pacata, sólo sirve para erosionar todavía más su discurso. Es, otra vez, porque vivimos en una Argentina desigual, y con la riqueza híper-mal distribuida, que necesitamos escapar de un esquema de organización de los medios en donde el pone-y-saca (me refiero al pone-y-saca de programas, a través de las publicidades que reciben o pierden) esté en manos de los más ricos. Es porque la Argentina está gobernada por este tipo, entre otras razones, que necesitamos que la comunicación pública esté regida lo menos posible por la discrecionalidad prepotente de la propaganda oficial. Entre otros errores, HII piensa que cuando uno pide más control público pide más de este gobierno. Yo pido menos, y por eso pedía más democracia. HII, desde el frío blanco de la ciudad en que reside, pide más capitalismo.

El gusto popular. En un resabio de la crítica pacata, HII dice que desprecio al televidente argentino y los gustos populares en la materia. Bueno, ahí me enojo. Por su insistencia en trasladar la cuestión al nivel personal, porque no es cierto que haya dicho lo que dice que dije, porque no es cierto que siquiera piense lo que dice que dije, y sobre todo porque no sé cuál es el gusto popular ya que no me permiten saberlo. Dejo de lado otra vez sus hirientes referencias personales para ir a la cuestión más de fondo. En mi texto, citaba un par de ejemplos (uno con Niki Lauda, el otro con Clinton) para decir justo lo contrario de lo que HII dice que dije. Retomo el ejemplo de Clinton: una amplia mayoría de gente tenía curiosidad por saber todos los detalles del affaire Clinton-Levinsky, pero una mayoría similar, preguntada al respecto, repetía que debía respetarse la intimidad del presidente. Ahí radica mi visión sobre el tema del gusto popular. Lo que la gente consume —en cuanto a productos, pongamos, televisivos— y lo que la gente prefiere —en cuanto a políticas públicas— puede ser, o no, la misma cosa. En muchísimas ocasiones, tales elecciones difieren. Lo que no se puede es confundir mercado con democracia, como lo hace HII. Lo que no se puede es inferir, de las preferencias de consumo de la gente, sus preferencias en materia de política pública. Eso es ser irrespetuoso del gusto popular: bastardearlo, enlodarlo, atarlo contra el piso de sus primeras manifestaciones. Del hecho de que la gente mire masivamente el programa de Carlitos no se infiere un criterio-guía en la materia, que diga “la política en esta área debe promover que haya más programas como el de Carlitos.” Esto depende (debe depender) de otras discusiones a nivel parlamentario y extra-parlamentario. Esto depende (debe depender) de otros principios, más allá de los principios del mercado. No se puede vender gato por liebre, haciéndole decir a “la gente” cosas que “la gente” no dijo, entre otras cosas porque nunca se le preguntó nada a nadie, en ese respecto. Si a mí me dicen que elija entre el programa de Carlitos y el de Pepito, puedo elegir Pepito (nunca Carlitos). Pero si quieren saber qué programa me gustaría ver realmente en ese horario, que me lo preguntan, y no que digan que quiero ver más Pepito.

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El puritanismo. Entre las tantas cosas que dice, HII aclara que “hace dos mil palabras” que se contenía de decir lo que realmente tenía ganas de decir(me), y es que soy un puritano. Bueno, hay gente que es feliz con muy poco. Pero la cuestión de la moralidad y el puritanismo interesa (otra vez, digo, más allá de la cuestión personal y la intención ofensiva del comentario), y quisiera dedicarle unas líneas. Ante todo, la pregunta obvia, pero creo que importante: ¿Desde dónde habla HII cuando acusa de moralismo y puritanismo? Ya lo sabemos, desde Boston. Pero me pregunto desde qué lugar teórico. ¿Habla desde la no-moral? ¿Desde la amoralidad? ¿Desde la neutralidad? Porque todavía no me he encontrado con nadie que no defienda, más allá o más acá, un proyecto moral. Los mejores pensadores republicanos y radicales, europeos, norteamericanos y latinoamericanos, en el siglo 19, tenían un claro proyecto moral en mente, vinculado con la construcción de ciudadanía, con el compromiso cívico, con ciertas mínimas virtudes políticas. Y lo interesante es que defendían dicho proyecto frente a –al menos- otros dos, el proyecto moral de la Iglesia y, también, el proyecto moral del liberalismo capitalista. Y éste último es el que más interesa, porque los liberales suelen tener la pretensión de hablar de la neutralidad, como si las estructuras económicas y políticas que defienden no estuvieran íntimamente comprometidas con el cultivo de un determinado tipo de ciudadano, digamos, más “auto-interesado,” menos preocupado por lo colectivo, más egoísta que solidario, más emprendedor que cooperativo. El anteúltimo, y fascinante libro de Michael Sandel (que, por suerte, también vive en Boston), Democracy’s Discontent, trata exactamente de eso.

Los controles. HII predice que moderaría mi crítica al releer mi texto original. Luego de releerlo, quisiera radicalizar mi argumento para hablar más directamente del tema de los controles. La cuestión de los controles es similar a la referida cuestión de la moral. Nadie puede hablar como si estuviera parado en una posición de “defensa de los no-controles,” como nadie puede hablar desde una posición “no-moral.” La discusión versa sobre qué controles, puestos por quién y de qué modo, como la discusión sobre la moral es una discusión sobre distintos proyectos morales (y no “proyecto moralista” vs. “proyecto no comprometido con la moral”). Arriba mencioné la “doctrina de la equidad” que, en su momento, estableció lo siguiente. Las empresas de radiocomunicación tenían, entre otras, una obligación de mínima: la de dedicar espacio a la discusión de cuestiones de interés público, y la de hacerlo garantizando que se escuchen voces opuestas. Es decir, el control fijado por la “doctrina de la equidad” no estaba destinado a decir: “que se vea tal programa, pero no tal otro” o, “que se escuche al partido político x pero no al y.” Este último tipo de controles, contra los que HII dedica tiempo y esfuerzo (esenciales para los argentinos) no están en discusión en mi modesta, insignificante propuesta, sino unos de naturaleza distinta, destinados a que no se ahoguen las voces diferentes, a que se preste atención a otras voces que sólo aparecen de manera azarosa, a que no hable sólo el gobierno, a que no se vea sólo aquello que los empresarios no impiden que veamos. Los controles que me interesa defender (no idénticos, pero sí en línea con los establecidos años atrás por la doctrina de la equidad), piden, en efecto, una mayor presencia pública en el área. Uno ya lo ve a HII poniendo el grito en el cielo, ante el terror de que el Estado interfiera “más” en materia de comunicaciones. Pero me gustaría preguntarle, frente a esos pruritos anti-estatistas: ¿Quién cree que administra la justicia argentina? ¿Franco Macri? ¿Y quién desparrama escuelas por todo el país? ¿Amalia Lacroze? ¿Y quién abre hospitales aún en los pueblitos perdidos? ¿Richard Handley? Quiero decir, al Estado ya lo tenemos por todos lados, en áreas extraordinariamente sensibles, y por suerte que lo tenemos porque sino aquellos otros ahí ni se arriman. Pero el punto es, la presencia del Estado no equivale necesariamente a manipulación y corrupción (como si, en todo caso, el empresariado privado no equivaliera también a eso, para después trasladarle la factura final al consumidor). Dicho lo dicho, aclaro que lo expuesto no es un canto de defensa al Estado, y menos a este Estado argentino, y menos al Estado administrado por este gobierno. Por eso es que insistía con el punto de recuperar democracia.

La Argentina, los controles y la moral. El tipo de controles que propongo son controles destinados a fijar pautas mínimas, como ya hay pautas mínimas que todas las escuelas (aun las privadas) deben cumplir, y como ya hay criterios mínimos que todas las empresas de transporte (aun las privadas) deben hacer respetar. En la escuela tiene que enseñarse historia argentina, digamos; las empresas de transporte no pueden negarse a levantar a algún pasajero por razón de su color de piel. Y todas estas pautas son finalmente supervisadas en sede judicial. Eso se hace ahora mismo, y se hace relativamente bien. Lo mismo podría y debería pasar con la televisión. ¿Por qué esa cerrazón a pensar que en dicho ámbito también pueden fijarse controles más o menos sensatos, sostenidos judicialmente? No puede ser que se escuchen siempre, y como hoy, sólo ciertas voces. Como no puede ser que otras voces, sistemáticamente, no sean escuchadas. La propuesta de que se vean puntos de vista diferentes, de modo tal de robustecer el debate público no aparece entonces ofrecida en el vacío, sino en un contexto en donde, de contrabando, se nos aplican ya ciertos criterios constitucionalmente ofensivos en materia de inclusión y exclusión. Hoy, alguien aparece en los horarios centrales si los que tienen dinero no tienen inconvenientes en que ese alguien aparezca en los horarios centrales. Sino, plinc, le retiran el apoyo publicitario. Y si en cambio uno es amigo de ellos, plinc, en principio uno ya tiene el crédito publicitario que necesita para empezar. Los criterios propuestos en desafío a los dominantes piden, entonces, mayores garantías para el conocimiento de voces y puntos de vista diferentes. Ahora bien, y para terminar con una nota algo más polémica. Decir esto no implica negar que hoy, ya mismo, y con las reglas vigentes, ciertos contenidos específicos sí deberían ser expulsados de cualquier pantalla. Por ejemplo, que en un país con el nivel de violencia sexual y doméstica como el nuestro, un conductor con cara alargada y bonachona le diga a una niñita que le muestre su bombachita es simplemente inaceptable. Que otro cómico de tono familiar y con bigotes corra a su hija por la casa, jugando permanentemente a que quiere someterla es desde todo punto de vista abominable. HII puede llamar a esto moralismo. El cretinismo argentino puede llamar a esta propuesta la propuesta políticamente correcta. Me parece que se trata sólo de proteger desesperadamente ciertos mínimos, mínimos, derechos fundamentales.

El asado. Después de todas sus críticas personales, HII me amnistía diciendo que soy una persona respetable, dice que me perdona el uso de diminutivos (gracias viejo!), y sugiere que estas cosas se arreglarían comiendo un asado. Debe ser carne dura comprada en Boston, sin siquiera chinchulines, así que no acepto ni que me paguen.


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