Click here
Más Features

El fin de la vía (8) | El fin de la vía (7) | El fin de la vía (6) | El fin de la vía (5) | El fin de la vía (4) | El fin de la vía (3) | El fin de la vía (2) | El fin de la vía (1) | Néstor Kirchner, la (primera) película | Renuncio | Graciela Bevacqua | Testamento: 4.2 Memoria y Condición Humana |







Un día en la playa

2 01 2006 - 18:07

“Virtual” suena limpio, etéreo, simple e intangible. La redacción de TP es cualquier cosa menos virtual, entonces; lo comprobamos cada vez que alguna noticia reclama nuestra atención conjunta con cierta urgencia. La redacción de TP, pese a no ser “real”, existe, y tiene bastante poco que ver con The Matrix. No faltan muebles: sobran. Lo que en una oficina o en un bar sería más o menos amable se convierte acá en una escena barroca plagada de confusiones y elementos bizarros, como este:

La papa monstruo. Raffo la descubre en un cajón mientras Miguel (el locutor de los podcasts de TP) le lee en voz alta la carta abierta de Pepe Eliaschev al pueblo argentino. Con la papa en la mano, Raffo se acerca a su computadora a ver qué opina Schmidt del tema:

—Bueh, veinte años de aire ininterrumpidos no es como andar llorando demasiado, ¿no? A mí me sacan del aire más o menos al año y, como me enseñó don Hipólito en Martín García, vuelvo a empezar. Sólo hay que bancarse comer con vino barato un tiempo.

—No sé desde dónde se fundamenta una cosa así, Schmidt —dice Quintín, incorporándose a la discusión con los pies llenos de arena y el pelo todavía mojado—. Lo de Eliaschev es grave. No tengo nada a favor de él, pero que se animen con un histórico muestra una vez más que nos gobierna un demente vengativo que cree que el estado es él y no se va a detener ante nada. Lo de Moncalvillo (“no estoy de acuerdo pero marche preso”) es muy grave también. Sobre todo porque muestra la obsecuencia reinante, la falta de solidaridad entre colegas. Por supuesto que Eliaschev no haría nada por ninguno de nosotros, pero ¿qué problema hay para defenderlo igual?

—Ninguno—dice Raffo—. Igual, yo me cuidaría de denunciar “censura”, en este caso.

—¿Por qué?

—Primero porque banaliza el término y le hace perder el significado útil y necesario que tiene. Segundo porque dilapida la posibilidad de plantear un tema preocupante, que es el de la libertad de expresión (que creo que sí está en problemas en Argentina). Pero hay que encontrarle la vuelta. Si esto es censura, entonces cualquier cambio (cualquier programa cancelado por cualquier radio) podría serlo. Uno tiene un medio, o una institución X; uno decide lo que quiere que aparezca ahí. No es fácil argumentar que se trata de censura, aun sabiendo que la intención del gobierno y de la radio era obviamente la de silenciar a Eliaschev. Claro que sería deseable que los medios del estado no fueran un instrumento de propaganda del gobierno. Pero lo que es mucho peor es la ausencia absoluta de otros outlets (no estatales) independientes. Dicho de otro modo: que Wainfeld escriba lo que escribe es horrible (pero allá él); que use púlpitos estatales para declarar que el periodismo independiente no puede existir, en un país en el que no existe, me parece uno de tantos indicadores de que algo muy feo está pasando. ¿Lo vieron, eso de Wainfeld?

Quintín lo intenta.

—Lo abro pero veo solamente una serie de ñuflos. ¿Qué mierda es?

—Es una parte de una charla sobre el periodismo (un video), en la que Wainfeld dice que el periodismo siempre es dependiente, por definición, y que los que claman por un periodismo independiente son malintencionados y/o de derecha.

La descripción no es lo suficientemente tentadora como para que Quintín se ponga a instalar el Windows Media Player. Además, no quiere distraerse del tema central:

—¿Cómo sería la censura, entonces, Raffo? ¿Con una comisión, como en el siglo XIX? ¿Qué? ¿O estamos discutiendo un tecnicismo para no hablar del fondo del asunto: QUE EL GOBIERNO DE KIRCHNER SE CAGA EN LAS LIBERTADES CIVILES…

—Me parece que la discusión del tecnicismo deviene justamente de denunciar la “censura” en este caso puntual — arriesga Raffo, ganando tiempo.

—¿Eh?

—Y, sí. Porque Radio Nacional, como cualquier otra radio, tiene todo el derecho del mundo a decidir qué programas pone al aire y cuáles no. Si uno sale a gritar “censura a Eliaschev” deja un flanco muy vulnerable para que le desestimen la denuncia. Claro que el gobierno de K se caga en las libertades civiles, pero con decirlo a los gritos no se gana mucho; hay que encontrar la manera de plantear el tema en términos que no resulten tan convenientes para el gobierno, además.

—Perdón por los gritos —retoma Quintín—, pero creo que no es así. Radio Nacional no es cualquier radio. La pagamos todos y tiene finalidades informativas, culturales, etc. Esas cosas están en los estatutos. De modo que sus autoridades no tienen derecho a hacer cualquier cosa y deben preservar los derechos constitucionales, el pluralismo, etc. Y deben dar explicaciones por sus actos, ya que son funcionarios públicos. (Otras radios también, en el fondo, porque prestan un servicio público). Y si la única explicación (no desmentida) es que Moncalvillo dijo que hay órdenes de arriba, no sé como llamar a eso sino censura. De lo contrario, dado que las listas negras (de Hollywood, de la dictadura) nunca se dan a publicidad y por lo general no hay pruebas hasta muchos años más tarde, tampoco deberíamos hablar de censura en la época de Videla, la de MacCarthy o la de Stalin hasta que los historiadores tuvieran acceso a los archivos. En todo caso, cabe exigirle al gobierno una explicación convincente, que no puede ser que el programa de chamamés que pongan en su lugar es mejor porque a Moncalvillo le parece que así es.

Quintín va hasta la heladera y vuelve, enarbolando sobras del asado del 31 en la mano derecha:

—No jodamos, Raffo. No hay dos posturas posibles si uno cree mínimamente en la democracia.

—Sí hay. Hay varias posturas posibles. Hay una variada gama de posturas posibles.

Raffo repite “posturas posibles” porque no tiene idea de lo que va a decir después. Acaba de descubrir que todas las papas en el aparador de la cocina son tubérculos zombies, y tiene que improvisar demasiadas cosas demasiado rápido: alguna otra guarnición para el pollo y una respuesta para Quintín.

—Er… Muchas posturas posibles. A ver. Yo creo que la mía (personal) es la correcta: libertad de expresión siempre, en cualquier caso, así sean nazis o testigos de jehová los que la reclaman. Pero que hay gradientes, es innegable. Y si mañana alguien me manda algo horrible para TP y yo no lo publico, eso no será censura. ¿O sí?

—¡Naaaaah! —Quintín se frota las manos— No confundamos. Usted no administra un patrimonio público, publica lo que quiere. Pero si mañana a Schmidt o a mí o a quien sea no nos publican en TP porque Alberto Fernández le hizo una llamada a usted, eso sí es censura, aunque sea muy difìcil de probar. Lo mismo si un esponsor se lo pide. La censura tiene que ver con el poder y la falta de libertad.

Raffo piensa dos cosas al mismo tiempo. “Quintín tiene razón en esto” y “ensalada”. Lo cual lo acerca a la posición de Brener, que está hace rato cortando radicheta sobre el escritorio de su oficna.

—Es curioso—dice Brener—, porque justamente me estaba acordando del reportaje que abre el librito de los reportajes de Mona Moncalvillo en la época de Humor: el reportaje a Miguel Paulino Tato ¿lo recuerdan? Tengo el librito ese en el escritorio en casa, y ese fue siempre el reportaje que más me llamó la atención y que me parecía más increíble. Grotesco, porque Moncalvillo apenas tiraba unos bocadillos y el otro tipo soltaba la lengua que daba miedo. Yo insisto en preguntar por qué los tipos hacen algo así a esta altura, si es que les puede generar una acusación de censura…

—Bueno —interrumpe Raffo—. Lo hacen porque intuyen o saben que a nadie le importa una mierda, Brener. Y tienen elementos para pensar eso.

—Sí, pero también porque hay algo en los mecanismos con que se da esto, que hace que a los tipos les resbale porque intuyen la dificultad para definir la censura hoy día, y no simplemente porque sean unas bestias sanguinarias. No hay un Tato que diga alegremente “sí, yo ahí donde veo una teta que no es estética, corto”, sino que todo es mucho más confuso.

—Precisamente por eso —Raffo empieza a olvidarse de la ensalada— yo aliento una discusión franca de estos temas, no sólo en público sino entre nosotros, porque me parece que es sano y a la larga es mejor incluso para preservar nuestras amistades que a veces parecen ponerse en riesgo cuando discutimos acaloradamente. Me interesa saber dónde está la línea (si es que hay una línea) divisoria respecto de nuestra visión de la política y sus sub-rubros —el poder, las libertades individuales—; lo que va dibujando la sociedad que creemos más o menos posible y más o menos deseable. Y yo no tengo problemas en convivir con el “marchemos” de Schmidt (pese a que no lo comparto), siempre y cuando éste se exprese como sucede en el caso de él, con franqueza y claridad. Pero me cuesta un huevo compartir la sobremesa, la conversación (ni hablar de tp) con posturas que no termino de entender porque ellas mismas no están claras. En el caso del gobierno y sus simpatizantes más humanos esto pasa mucho.

Quintín dice algo que no se entiende, con la boca llena. Raffo aprovecha para seguir pensando en voz alta:

—A ver si me explico. Tomemos como ejemplo la palabra, el discurso. Cada vez que uno critica la retórica del gobierno —que en la mayoría de los casos resulta indefendible para cualquier interlocutor “kirchnerista crítico” con dos dedos de frente—, lo que obtiene como respuesta es la convicción de que el discurso no es lo que importa: lo que importa son los hechos (la corte—aunque van a hablar menos de la corte después de lo de la magistratura, supongo—, la negociación de la deuda, etc, etc.) Pero al mismo tiempo, el gobierno está evidentemente obsesionado por controlar la variedad de discursos existentes. Pocas cosas le importan más que reducir la oferta ideológica (en el discurso) a dos bandos. Los dos demonios esta vez están siendo creados, a conciencia, por el gobierno y sus seguidores. Y no hay dos demonios, sino 850.

—¡Bien! —grita Schmidt, que venía escuchando todo esto mientras escribía otra cosa. Tiene una remera negra de Zara y unas bermudas Bensimon de jean. No dice más que eso. Se rasca la cabeza y vuelve a concentrarse en lo que estaba haciendo.

Con la ensalada resuelta, Raffo puede permitirse unos minutos de dedicación exclusiva al affaire Eliaschev, que ya va tomando cuerpo al menos en esta discusión. Se sirve una copa de Viña Albina (que está bastante bien) e intenta infructuosamente torcer el eje de la conversación hacia un terreno más ambiguo:

—Yo en líneas generales coincido con usted, Quintín. Pero me parece que el problema más serio son los Bernades de este mundo. Que son demasiados. Lo cierto es que no tenemos elementos objetivos y concretos para decir “censura a Eliaschev, censura a Pirulo” porque nadie habla, porque son todos Bernades, Bernadeses. Y porque la censura, hoy (le concedo que lo es, en última instancia; sólo digo que no es fácil fundamentar que lo es) se expresa de maneras mucho más tortuosas, como dice Brener. Y si no mire la MPAA, un organismo más censor y autoritario que cinco gobiernos de Kirchner juntos, al cual no hay con qué darle, porque está instalado en la sociedad (norteamericana) como “optativo”.

—No estoy de acuerdo —responde Quintín—, con que el problema mayor sean los Bernades, los Moncalvillo, etc., por más cobardes y repudiables que sean sus acciones en lo individual. Son los regímenes autoritarios los que ponen a la gente en esas situaciones. Es el poder que te llama por teléfono y te dice: colaborá o vos te vas también. A lo mejor no lo dicen así, pero hacen cundir el terror, un terror que nunca se sabe hasta donde se va a materializar. Por eso es bueno el libro de Philip Roth, La conjura contra America, porque describe una infinita gama de matices ante un estado cuyas intenciones racistas y totalitarias no están claras para la población. Por eso es bueno volver una y otra vez al estalinismo, porque allí se perfeccionaron y se sofisticaron estos métodos, allí es donde los que caían en desgracia (o se creía que así era) iban siendo abandonados por todo el mundo y dejados a merced del Gulag o el pelotón de fusilamiento. Claro que los K no tienen un Gulag (por ahora) ni Alberto Fernández es Beria, pero no porque ninguno de estos personajes tenga la menor convicción democrática, sino porque la Argentina 2006 no lo permite, lo cual no quiere decir que la 2008 no lo permita tampoco. Pero igual, bastante grave es lo que pasa, donde el Poder Ejecutivo no respeta el pluralismo ni al congreso ni a nadie que se oponga aunque sea mínimamente a sus designios. La lógica de una situación así es el endurecimiento, no hay ejemplos históricos es contrario. En todo caso, volviendo al principio, es antes de que las cosas ocurran cuando cabe pedirles responsabilidad a los intelectuales, no cuando actúan para salvar su pellejo, su trabajo o su piscina.

—Bueno, pero…

—Y lo de la MPAA es muy complicado, un cartel de empresas, un oligopolio. Pero que allí pase lo que pase no es motivo para ignorar lo que pasa acá. Desde los años 30 existía la censura en Hollywood. Era una censura oficial encargada de aplicar el famoso código Hays, acordada con los estudios y que ordenaba cortes y prohibiciones. Pero desde los 40 hasta los sesenta, existieron también listas negras a partir de la acción de la HUAC primero y el macarthysmo después contra los comunistas. Muchos profesionales fueron despedidos de los estudios y no pudieron trabajar durante años. Esto no es lo mismo que lo anterior. De hecho, estas medidas no prohibían la circulación o la producción de ninguna película en especial y lo mismo ocurre con Eliaschev, no es que secuestraron la edición de Perfil. Técnicamente, puede que no se llame censura, sino persecución política e ideológica. De modo que cuando la gente se asusta de la palabra censura porque es muy fuerte, entonces hay que recordar eso: si no es censura es persecución política. Ah, y no digan que Eliaschev se puede ir a trabajar a una radio privada. Dalton Trumbo podía trabajar fuera de los estudio, en el teatro o firmar con seudónimo, pero era perseguido igual. Lo de Eliaschev es censura en un sentido amplio que, me parece, es el que cuenta aquí. Es bizantino hacer pasar la discusión por si es censura o persecución ideológica o ambas cosas.

Dicho esto, Quintín se va a dormir la siesta.

[page]

Página 2

Hernanii estuvo toda la tarde jugando al football manager, un juego en el que los participantes son técnicos de fútbol. En este momento está en marzo de 2009, dirige a Independiente y sus dos mejores jugadores son Ezequiel Maggiolo y Mariano Uglessich. En 2006 Hernanii ganó el Clausura con Colón, con Freddy Grisales como estrella. Todo esto en Boston, durante un día gris y muerto (es feriado), pero no frío.

Ahora Hernanii se tiene que volver a Nueva York en el bondi de los chinos ($15) y Quintín debe llevar a su suegra a la terminal de micros de San Clemente. Van juntos.

Hernanii: Es interesante el tema de la censura. y creo que Eliaschev califica, en el sentido de que alguien en el gobierno ordenó cancelar un programa que llevaba cinco años y tres gobiernos. No había necesidad de hacerlo, para peor, en el último día, a los empujones. Feos modales.

Quintín: El asunto es que K aprieta cada día un poco más. Es absurdo volver al 45, que estos tipos quieran recrear la Unión Democrática, que crean o hagan creer que es lo mismo. En serio, están mal del mate. El problema es saber si la Argentina aguanta esto. En la cena de fin de año de TP, Puricelli decía que sí, que esto no es un país bananero, que el tejido social y civil no soporta más allá de un cierto grado de autoritarismo. Cada vez estoy menos seguro. Por ejemplo, con qué cara Moncalvillo va a mirar a sus colegas el día que se termine el kircnerismo. Va a ser como Gómez Fuentes, un paria civil. O como Asís. Por eso, lo que ocurre es que los que están comprometidos con este gobierno van a tener cada día menos vuelta atrás y van a ser cómplices de cada vez más cosas. Por eso se van acercando cada día a una lealtad mafiosa y a estar cada día más oficialistas (vean a Wainfeld, si no), porque de cosas como esta nadie sale con dignidad.

La suegra de Quintín no dice nada. A esta altura ya se reencontraron todos —Quintín, Brener, Hernanii, Raffo, Schmidt y la suegra de Quintín. Llegan al mismo tiempo a la terminal de micros de San Clemente. Despiden a la suegra de Quintín y se sientan a esperar el bondi de los chinos. Brener patea una latita.

Brener: Yo me quedé pensando que el mismo argumento que Eliaschev usa a su favor (cuando dice que él no cobraba sueldo, sino que su productora comercializaba y se quedaba con parte del espacio publicitario y que entonces él corría con todo el riesgo) podría ser usado en su contra, porque él, siendo una figura prestigiosa y con recursos simbólicos, está aceptando un contrato basura, confuso y bastante sucio como si fuera un chico que da clases de salsa para Verano Buenos Aires. Obviamente sacaría algún beneficio de ese contrato, porque nadie se sacrifica por nada. Tenía un kioskito, y que se entienda que no quiero criticarlo por tener ese kioskito, pero si entrás en la lógica corporativa de los kioskitos después eso se te viene en contra a la altura de quejarte si algo no sale bien, o si se corta. Para mí es parecido a haberse pasado al régimen de AFJP y después reclamar porque te están cagando con las comisiones.

Schmidt: Creo que las condiciones de trabajo pactadas por Eliaschev permiten que su despido no equivalga a persecución; tiene trabajadores esclavos, por otra parte, lo que equivale a que se piense que la acción de Albistur es una acción libertadora y que sus pasantes son ahora negros libertos o afranchis.

Hernanii: ¿Y con respecto a qué debemos hacer nosotros?

Raffo: Es difícil.

Hernanii: Sí, es difícil. Si el presidente fuera Menem, sería facílisimo: gritar y gritar, alaridos indignados hasta que la garganta se nos ponga violeta. pero el presidente es Kirchner, entonces todo es más difícil. Es difícil porque nuestra relación ideológica con K es menos simple que la que teníamos con Menem. Y, sobre todo, porque nuestros entornos progresistas tradicionales no ven la complejidad y se tiran de cabeza en el pro-k-ismo. A mí no me molesta que me corran por izquierda, pero tampoco quiero que me peguen a La Nación. Eso es lo difícil.

Schmidt: Yo debería escribir algo al respecto, algún día de esta semana. Pero arrancando de la censura a mi programa, de la persecución contra mí (¡ja!) que hicieron Ulanovsky y los chicos de la tribu, chicos de cuarenta, of course. Me hubiera dado mucha verguenza hacerme la víctima por eso. Estaba TP para seguir hablando, y otros medios, y un día también dejaron sin aire a Carrizo en Rivadavia.

Hernanii: al mismo tiempo, me parece que si tal es el ambiente de pavor que se vive en buenos aires, ese cagazo para decir cualquier cosa (ese cagazo de que “ah, ustedes escriben estas cosas porque están lejos”), entonces TP debería hacerse cargo de esta función. ¿No?

Brener entrecierra los ojos.

Brener: ¿Quiénes “escriben estas cosas” qué? ¿Por qué?

Raffo busca en su iPod el mail de Jorge Belaunzarán que tendría que haber respondido hace dos días. Lo encuentra enseguida y lo lee en voz alta. Belaunzarán le comentaba a Quintín algunas reacciones de la prensa local ante la peregrina posibilidad (propuesta por TP) de que hicieran su trabajo.

“Comentarios del tipo “yo desde Madrid también escribo eso” (por lo de Raffo sobre Bernades), “si yo viviera de renta también me haría el justiciero” (o algo parecido sobre Quintín) son cosa cotidiana en los cotidianos cafés posteriores a una privada.”

Brener: ¿Eso dicen?

Raffo: Se ve que sí. A mí lo que me impresiona es lo de “ah, si yo estuviera en Madrid también escribiría eso.” Porque siempe pensé que mi emigración obedecía a motivos más personales y nunca me quejé de eso. Pero esa frase tiene una traducción muy clara, y es: “yo no puedo escribir lo que sé (o lo que pienso) mientras esté en Argentina.” Lo dicen ellos. Lo increíble es que no se den cuenta o les parezca normal.

Quintín: Le tenés que contestar a Belaunzarán.

Raffo: Le tengo que contestar, sí.

Hernanii: Por eso digo que TP debería hacerse cargo. De decir lo que otros no dicen, siempre desde una visión progresista, republicana y democrática, pero tratando de no ser nenas histéricas que gritan “foul” ante cada empujón. Ni llorones, ni obsecuentes: un término medio ironía y convicción, de reflexión generacional compleja y tierna, de relajamiento de las habituales y estúpidas normas con las que crecimos. Qué sé yo. Además, TP tiene una historia con el tema de la censura, que cubrió extensivamente y en algunos casos mejor que nadie (Nudler, Bernades). Concretamente qué escribir sobre Eliaschev, no sé. Quizás pedirle algo al propio Eliaschev. Je. Cuatro páginas de la crónica de su relación con el gobierno.

Schmidt: ¿Pedirle a Eliaschev, que se hace el que le gusta la opera y dice “qué película crocante”? Eliaschev no permite que las locutoras se sienten a su lado para leer el noticiero si son feas, Hernán. No sé. Yo creo que los kirchneristas son brutos y, por ahora, no es para tanto. Yo leo TP a la mañana y unos diez blogs y diarios de afuera. Siento que dispongo de toda la libertad del mundo.

Se hace un silencio bastante largo después de esa última frase.

Sorprendentemente, llega el bondi de los chinos. Y sale a horario, con Hernanii adentro. Los demás se vuelven caminando por un camino de tierra.

[page]

Página 3

—OK—dice Quintín, respondiendo a Schmidt con unos minutos de retraso—. Antes de saber nada en concreto de Eliaschev, dije que él no levantaría un dedo por nosotros. Pero la ley del talión virtual no se aplica en este caso. Al tipo no lo echaron por negrero ni por echar a las locutoras feas. Lo echaron porque hablaba mal del gobierno. Y si usted cree que las cosas están bastante bien y que no hay mucha censura, dígalo y fírmelo. Cuente también lo de Eliaschev, sobre todo.

Schmidt alza las cejas.

—No es un apriete esto—aclara Q—, pero me parece que TP debería ser pionero en eliminar el doble discurso y el silencio. Podemos ser amigos igual, pero pongamos las cartas sobre la mesa. En eso coincido 100% con Raffo.

—Sí, viejo, lo firmo no hay problemas—dice Schmidt.

Y se sube a un caballo.

Es un caballo reo, que estaba pastando al costado del camino. No es como el caballo del final de How To Get Ahead in Advertising; no es el caballo de Schmidt. Pero no se inmuta. Se deja llevar, despacito, por los alrededores de San Clemente, mientras Schmidt va levantando el tono de su discurso a un ritmo y en un estilo que sí, al final, se parecen bastante a How To Get Ahead in Advertising:

—Hay zonas de aparente vieja libertad que se cubren de nubes; la vieja libertad de Pepeu de opinar de lo que se le canta, como un liberal, siempre antiperonista, que se cubrirá con la nueva libertad de Wong Kar Wainfeld o de alguien como él, más peronista, más populista, más emocionado de verdad (o de grupo) por lo popular —y a quien no es menos interesante escuchar que a Pepeu.

“Los dos tienen algo que nos irrita, como todos lo tienen. Pepe dice “crocante”, un tilingo sin par. Wong dice: “timar”, unos arcaísmos que la licenciada Bleichmar debe llevarse como banda de sonido para su consultorio, luego de decir cosas de mujeres de antes en la Radio Ciudad, una radio de antes de antes. Pepeu irá ahora por los medios privados debiendo ceder más dinero que el que la coproducción con Nacional le hacía ganar. Lo que debe estar sufriendo ese muchacho, este ex columnista de Badía. Al fin y al cabo tiene una marca registrada, y buenos contactos con el mundo de los negocios que le permitieron estar siempre. Siempre. A diferencia de los que siempre “no están”, porque no van a reuniones con empresarios, porque se aburren.

“En los medios, públicos y privados, lo censurado hace muchos años es cualquier cosa que provea a la discontinuidad linguística — que será, de aplicarse, una discontinuidad política, en algún momento. Lo censurado en los medios no es hablar del gobierno a favor o en contra porque yo escucho hablar en contra todo el día, bastante más que a favor. Nadie habla a favor, Cielo santo. Prendan las radios. Omiten información, organizan operaciones a favor o en contra de un funcionario pero es lo de siempre. Lo de toda la vida. Lo censurado en los medios es, como siempre, pensar feo. No pensar cuadrado ni a favor ni en contra. En ese sentido, la pérdida de Eliaschev en el medio público será un crimen si es remplazado por Mex Urtizberea, un crimen contra la inteligencia. Pero si va Wong, ¿Qué problema hay? Incluso cabe que sea más gente con las locutoras, que les diga que todos tenemos algo bello.

“Y los modales. La Argentina se puso bruta. Lopecito echó a Quintín de la dirección del Bafici mediante un mail con problemas graves de redacción; Lopecito es íntimo amigo de Pepeu, a quien remplazó en la conducción de “esto que pasaba” mil millón de veces cuando Pepeu agarró un viajecito de “esos”. Lopecito nombra en el BAFICI a Fernando Peña y a Sergio Wolf que era columnista de Eliaschev, muy bueno, por otra parte. Pero Sergio le pidió aumento, algo lógico, teniendo en cuenta inflación, cosas así, después de diez años. Pepeu dijo niet. Le negó un reconocimiento. Y le dijo adiós. No importó la década alimentándole el programa con buenos comentarios, de los mejores que se pudieron escuchar en radio.

“Kirchner echa a los ministros, tipos que saben secretos suyos, por el secretario. “Dice que no vengas mañana”, dice. Y Gaby Alvarez, un rr.pp. caga a pedos a los gatos que lleva para las fiestas. “Boluda, no sos más mi hermana”, les dice.

“Todo el mundo transforma el espacio público en un campo de batalla. La gracia de la política es poner de acuerdo a las personas para repartir lo más parejo posible y que nos echemos al sol. Todo lo otro es perdida de tiempo, en general, excepto cuando hay que pelear con los necios que hacen todo lo posible por volverlo imposible. No quiero resumir la historia de la humanidad en cuatro líneas pero tampoco eludir algo tan simple y tan recurrentemente olvidado, en beneficio de los negocios o de la inmadurez personal.

“Lo de Eliaschev son sus fotos en la página de Internet. Mírenlas. ¿A ver si estamos nosotros? ¿Está Fogwill? No, está Skármeta. ¿Está el ruso Verea? No, está Aguinis. Está lo vulgar. Y faltan dos, los Kirchner nunca se sacaron la foto con Pepeu. Y fue otro orgullo herido. Como el de Joaquín y el de Grondona. Yo soy libre todo el día, e invisible para K, Alberto y Albistur. Cuando necesite o quiera su plata dejaré de serlo. Mi libertad se juega en areneros nuevos, en playas sobre las que poco pueden hacer porque no las dominan.”

Llegando a la playa, mientras los demás lo escuchan de a pie, Schmidt se para sobre la montura del caballo, demostrando un equilibrio que no sabíamos que tenía.

—No voy a firmar por el orgullo de Eliaschev, y menos por su renta. Mañana, aun sin Radio Nacional, la libertad de Pepe y la de Wong será la misma. Y ambas diferentes que la mía. Yo me pierdo la plata de Albistur siempre. Y juego a escribir como se me canta cada día, y a hablar en los podcasts, que se escuchan más que Radio Nacional y Radio de la Ciudad.

No hay música. El ruido de las olas. Quintín alza los brazos y los deja caer.

—No, loco, así no vale—bufa—.Tengo mil cosas que discutir ahí.

Schmidt se baja del caballo. Quintín duda un segundo. Considera, tal vez, si debería subirse al caballlo él también, o no. Decide no subirse:

—No, dejá. Otro día.

Schmidt se encoge de hombros y se acerca a la orilla del mar. Tira un par de piedras al agua, como si pudieran hacer patito. Las piedras desaparecen bajo las olas.

—No sé si sirve—aclara Raffo—, pero yo tampoco estoy de acuerdo con lo que dijo Esteban.

Quintín niega con la cabeza. Dice:

— Lo que menos me gusta es que él diga que es mejor que Eliaschev y que es el periodista banana y que por eso las libertades civiles son libertades burguesas, boludeces, que se las pasa por las bolas porque sus destinatarios no se la merecen. Me niego a vivir en la ley de la selva, del vivo y el banana, del escritor maldito. Un periodista venal y vulgar no es nunca peor que un gobernante autoritario. Solo en literariolandia eso es posible. En ese lugar, el de los vivos de la lengua, que lo elijan presidente a Fogwill, pero yo no quiero vivir ahí.

Quintín da media vuelta y se va.

Raffo y Brener se sientan en la arena.

—Ya se les va a pasar—dice Brener.


————————————

Del mismo autor:
7. Dénouement
6. Noche
5. Tardecita
4. Siesta
3. Almuerzo
2. Matutinas
1. Residuo Nocturno
Al-Fon-Sín
Encuesta 2008: Resultados
Encuesta TP 2008