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Alto en el cielo

4 01 2006 - 18:41

¿Qué es lo que recuerdo de Astroboy? Me acuerdo bien de que junto con Meteoro eran mis dibujos japoneses preferidos. En esa época no se hablaba todavía de animé, sino que se los llamaba simplemente dibujos japoneses, y para nosotros tenían ciertas características particulares que a veces los hacían objeto de repudio por parte de los mayores, con una cierta dosis de chauvinismo. Uno escuchaba que los ojos grandes de los dibujos japoneses hablaban del complejo de inferioridad hacia Occidente, que estaba mezclado con la necesidad imperante de vendernos cosas. Vendernos a nosotros, Occidente. Éramos parte de un bloque, en medio de la bipolaridad todavía imperante.

Cuando unos años antes de eso nos vendían Heidi, la sensación era de un abroquelamiento aún mayor: ‘mirá vos estos japoneses, se atreven a vendernos una leyenda de los alpes a nosotros’, porque teníamos la sensación de que los alpes eran más nuestros que de los japoneses, y todavía operaba (me daría cuenta tiempo más tarde) el mito de la reconstrucción japonesa, eso de que la humildad laboriosa de haber agachado la cabeza y trabajar como hormigas terminaría haciéndolos a la larga dueños del mundo, mientras que por el momento, humildemente, dibujaban criaturas de ojos grandes para congraciarse con nosotros.

Después de esto, más allá del aspecto de Astroboy, con sus cuernitos capilares y su desnudez púdica, de calzoncillito, solo recuerdo como detalle sobresaliente el chuick chuick que hacía cuando caminaba, y su habilidad para salir volando convirtiendo sus pies en una especie de retropropulsores a chorro. Un superpoder muy satisfactorio, me parecía. Debe ser porque tenía una explicación tan simple: los pies se convertían en retropropulsores y listo. Ese tipo de cuestiones mecánicas a mi me dejaban mucho más tranquilo que el hecho de volar porque sí, como podía ser el caso de Superman, por ejemplo. Algo parecido a los accesorios que tenía el auto de Meteoro, manejados por medio de botones específicos en el centro del volante. Una explicación mecanicista de cómo son las cosas, evitando entrar en detalles que terminarían con la magia del asunto, como intentar explicar de dónde proviene la energía requerida para que la maquinaria funcione, o cómo se realiza el tratamiento de los materiales involucrados para que tengan la resistencia necesaria para no destruirse durante la marcha.

Al leer que Astroboy obtuvo el segundo lugar en un ranking de la revista Wired donde se eligen los mejores robots de la historia (el primero considerando a los personajes de ficción, porque la encuesta mezcla robots “reales” y “ficticios” y el primer premio es para un auto robot “real”), mi primera impresión fue que se trataba de un error: ¡Astroboy no era un robot! pensé. Pero si no era un robot, ¿qué era?

Inmediatamente fui a buscar algún registro que me aclarara el asunto. Me encontré con toda una historia que había olvidado por completo: en el futuro (el año 2000) el Doctor Boyton, jefe del Ministerio de Ciencia, quiere construir un robot con alma. Como no lo logra, su hijo Toby le sugiere crear un robot nene y esta sugerencia le da nuevos ímpetus, pero en su entusiasmo deja de darle bola a su propio hijo, que se escapa de la casa y muere aplastado por un auto. El Doctor Boyton entonces se vuelve loco y aparentemente esa locura lo ayuda a lograr su cometido: el robot que fabrica es Astroboy y tiene un alma que se parece a la de su hijo.

¿Por qué se me borró todo esto? Quizá porque –empiezo a recordar– toda esa historia no tenía nada que ver con las aventuras de Astroboy en sí, sino que era una especie de eterno prólogo o sobreentendido, una excusa de las que servían para justificar una fantasía y que solían ir a la manera de introducción al comienzo de cada capítulo. Eran comunes los comienzos de series con una explicación breve, que actuara como recapitulación de lo acontecido en la historia pero que no era una recapitulación propiamente dicha, sino la enunciación del mito. Pasaba con El Hombre Nuclear cuando en la presentación de cada capítulo una voz en off decía “…lo reconstruiremos. Poseemos la tecnología necesaria…”

Este tipo de argumentaciones descolgadas me molestaban y yo buscaba la manera de anularlas, y seguro que es por eso que olvidé la razón de la existencia de Astroboy, y con esto me acuerdo de la ceremonia matutina de cantar Aurora mientras se izaba la bandera en el colegio. Detestaba formar filas y detestaba entonar Aurora día tras día. Esa repetición forzada me resultaba tan molesta como intentar masticar una piedra, y muchísimo más cuando escuchaba a mis mayores decir “pero es una linda canción, Aurora”.

Cuando llegaba tarde al colegio me comía con toda seguridad una reprimenda que me causaba enorme preocupación por esa cuestión de la disciplina y la acumulación de faltas que a la larga me podrían hacer perder la condición de alumno regular y provocar enormes disgustos en mi familia, pero gozaba de cierta felicidad si llegando tarde evitaba la entonación de la canción patria. No pensaba en el significado de las palabras que repetía: “es la bandera de la patria mía, del sol nacida, que me ha dado Dios”. Que eran, pensándolo un poco, una especie de recapitulación del mito iniciático que amparaba todo lo que habría de venir en las horas de clase que seguían a continuación, para bien y para mal.

Ahora que pienso en las tiras de aquella época, me parece que todas tenían algún tipo de historia inicial, algo que justificara el impulso para que la serie entrara en una meseta de la cual nunca saldría hasta que se cayeran los auspiciantes, o algo por el estilo. Claro que este asunto de los auspiciantes no lo sabíamos: para nosotros se trataba de la lucha del bueno contra los malos, que duraría para siempre porque no queríamos que la historia se terminara y tampoco había ninguna señal de que algo así fuera a ocurrir en el futuro inmediato. Habíamos alcanzado nuestro propio fin de la historia, de alguna manera: la época de la pubertad estaba eternizada en esa lucha de capítulos repetidos hasta el hartazgo que no habría de ser nunca, y no había motivos para preguntarse por los orígenes de todo, mucho menos por los de los superhéroes y menos que menos por los de un robot nene japonés.

Ahora resulta que rebobinando un poco en el origen de Astroboy, el cuento se trataba una vez más de padres e hijos, de tragedia familiar, de muerte y de locura, de la obsesión de los humanos por fabricar vida en forma artificial, cosa que tiene muy poco que ver con mis recuerdos de la serie que, a esta altura, son bastante deficientes. Este tipo de cosas queda para los fanáticos, el recordar todos los detalles y repetir la historia de los orígenes como si fuera una letanía y evocando las imágenes que a mí me hastiaban y me la pasaba borrando porque las veía como un envoltorio del asunto verdadero, el desarrollo de las historias. Desarrollo que sin dudas sería bastante repetitivo también, pero que por algún mecanismo interno a uno le parecía novedoso cada vez. La historia de los orígenes no era repetitiva, sino que simplemente se repetía y a uno no le gustaba verla, pero era la verdadera historia, que siempre es muy difícil de contar y más difícil de comprender.

Para los fanáticos y pensando en ellos es que a partir de esas enunciaciones de mitos pasadas a la ligera se suelen hacer películas enteras que ya hace bastante que están muy de moda y que se suelen llamar precuelas. Casi siempre son un fracaso, excepto para los fanáticos. Es decir, no un fracaso sino una decepción, algo como que uno sueñe y a la mañana se levante y vea su sueño proyectado en una pantalla (¿Cuánto faltará para que se invente el dispositivo que grabe los sueños para que después se proyecten de esta manera? Ojo que no sería nada raro, y me da pavor). Una decepción además porque si el tiempo de uno ha pasado sin cristalizar un fanatismo, apenas si puede ver los originales, y a veces ni eso. Los huecos en esos casos deben conservarse intactos, porque de lo contrario se convierten en fantasmas que no asustan a nadie. Algo así como la diferencia entre sentir en el mar que la aleta de un pez nos roza la pantorrilla y ver después a ese mismo pez boqueando sobre la arena.

Pienso por qué a mi me quedó el recuerdo de que Astroboy no era un robot cuando en realidad sí lo era. Mi asociación de la verdadera historia de Astroboy con la ceremonia de izar la bandera, tantas veces repetidas ambas, me resulta en principio un poco caprichosa, pero por algo debe estar ahí, supongo. Se me ocurre que lo que tienen en común es cierta declaración de principios que día tras día se lleva de los pelos con lo que viene a continuación, pero basta el recuerdo de los intersticios: la pequeña caminata que iba desde un patio de mosaicos graníticos carcomidos y grisáceos, pasando por una escalera de mármol cuyos escalones tenían una leve hondonada cada uno por tantos añares de pisadas y pisadas, para llegar a un aula donde el machimbrado de pinotea estaba parduzco de mugre. Voy mirando el piso de los recuerdos, me doy cuenta ahora, intentando ubicar el lugar preciso en el que, luego de haber terminado con todos los preludios, activaba los retropropulsores y salía volando de ahí.


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