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11 01 2006 - 02:02

Mientras el intenso calentamiento global de los últimos días tiene a los porteños derretidos sobre enchastres y pegotes varios, los residentes de Nueva York y aledaños disfrutamos de un insólito invierno benigno: ayer hizo 14 grados; la mínima de hoy, seis. Parece un invierno de Buenos Aires, ese monstruo al que odiaba en el primario cuando salía de mi casa a las 6.50 de la mañana, pero que ahora, comparativamente y porque nunca más volvía a despertarme a las 6.50, se ha transformado en un cachorrito sin colmillos. Más de un taxista me ha dicho: “Frío era el que hacía cuando yo era pibe. Esto no es nada. Ya no hace más el frío de antes”. Y yo no quiero repetir lo que dicen los taxistas, porque es algo que está mal visto y porque además siempre aplico la navaja de Occam en contra de la nostalgia: si no sé qué opinar sobre un tema y alguien, en un asado o en un bar o en un mail, me pide una respuesta contundente, me fijo qué opinan los nostalgiosos y yo encaro para el otro lado. Es una chiquilinada que, como todas las reglas, puede provocar problemas y pifias monumentales, pero la mayoría de las veces, debo decirlo, me deposita en el bando de los buenos o de los cancheros autorreferenciales.

Pero los neoyorquinos no hablamos del clima: tenemos miedo de mufarlo. Ayer se lo comenté a un amigo —“Che, en todo 2006 la temperatura todavía no ingresó en los números negativos”, le dije, con mi periodístico fetiche por los números redondos— y él me contestó: “Pará, boludo, qué hacés. No digas nada. You’re gonna jinx it”. O sea que nadie habla. El año pasado, a esta altura, estábamos enterrados en medio metro de nieve sucia y chapapote, la sensación térmica de los días buenos trepaba hasta –6 C° a las dos de la tarde y bajaba a –17 C° un rato más tarde, pero no hay que decir nada. Y nadie dice nada. O dicen pero se cubren, como mi señora y su muy neoyorquino fatalismo climático: “Esto sólo quiere decir que el invierno empieza tarde y que vamos a tener nieve hasta mediados de abril, goddamit”. Yo, que el año pasado sufrí el invierno como si estuviera en el Gulag —calzoncillos largos todos los días desde el 10 de diciembre hasta el 20 de marzo, gorro, bufanda, guantes—, ahora no sé qué hacer. Hace dos semanas gasté 230 dólares, tax incluido, en esta parka ártica, para estar bien preparado, pero casi ni la usé, o la usé sin suéter, directamente el ñiqui-ñiqui del nylon sobre la remera, con el cierre abierto, para que no quede muy ridículo y me permita además hacerme el recio como los pibes negros o latinos, que no tienen para morfar pero están envueltos todos en unas enormes camperas North Face de 400 mangos o más.

Primera conclusión despolitizada: en el corto plazo, el calentamiento global es maravilloso, como calentarte las manos en la caldera de Chernobil o los primeros cinco segundos después de mearte encima. En el largo plazo probablemente no, pero en el largo plazo, como decía Jotaeme Keynes —a quien además queda bien citar en el virreinato kirchnerista, siempre parece que tenés razón—, estaremos todos muertos. Es un razonamiento feo, lo sé, sólo estaba tratando de decir que en vez de cocinarme en Buenos Aires o deprimirme en Nueva York, tengo el invierno simpático e inofensivo de Buenos Aires. Y sin la lluvia. Del calentamiento global nos ocuparemos cuando la Reserva Ecológica quede bajo agua. O un poco antes, para ser previsores; pero siempre tratando de que la Reserva Ecológica quede bajo agua y así regrese la familia peronista a las playas de la Costanera Sur.

En TP, en estos últimos días, hemos usado la meditación meteorólogica para explicar por qué no se nos ocurre nada interesante, por qué nada nos parece interesante o por qué nos cuenta tanto arrastrar una idea que nos parece interesante. La primera semana del año es difícil, ya lo decían ayer los nenes del arenero. Estamos en la segunda semana, ya sé, pero es que también es bastante difícil: hace diez que quiero poner un frontón entre mis caducas vacaciones autoconcedidas y mi regreso al mundo real, pero las vacaciones se me cuelan por todos lados, como una inundación: trato de trabajar y vuelve la tontería, el aplanamiento (trabajar también es tontería y aplanamiento, pero de otro tipo, menos culposo). ¿Cómo sobrevivir al verano? ¿O al invierno? TP se hace todas estas preguntan en las horas que corren, sabiendo que le está dando una importancia exagerada al clima como factor determinante (me acuerdo de la primera vez que alguien me dijo, hace décadas: “¿Y por qué te crees que los escoceses inventaron el whisky? ¡Porque los escoceses de hace mil años se cagaban de frío, necesitaban el whisky para calentarse!”. Fue mi primera aproximación a la relación entre clima y cultura, que después exageré con entusiasmo metiendo calvinismo, nieve y capitalismo en el mismo paquete y quedándome chocho con el resultado; hace un tiempo aterricé en el saludable e inocuo término medio en el que habito ahora con respecto a este tema y a muchos otros).

Mientras esperamos que se nos pase el aturdimiento, nos sacudimos las chinches de la cabeza y leemos las delirantes respuestas de la Encuesta TP 2005. Sabemos que pronto nos veremos presos de algún nuevo entusiasmo irrelevante —¡cómo se parece el hijo de Sharon a Lanata!— o relevante, peleándonos entre nosotros o contra el mundo, tartamudeando esta cosa que queremos decir y que a veces nos sale y otras más o menos.


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