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20 x 35, modelo para desarmar (V)

15 01 2006 - 06:52



Después de una entrega accidentada en la que esta interminable reseña de la antología de cuentos argentinos La joven guardia se detuvo a contestar algunas críticas, intentaremos ahora retomar lentamente la marcha reseñando dos relatos y los libros publicados por sus respectivos autores. Pero antes hagamos un poco de orden para despejar el camino. En primer lugar, en la nota anterior atribuí hipotética pero falsamente la autoría de una reseña sobre el libro a Ariel Bustos, quien, con toda razón, protestó por ese error, sobre todo porque Bustos es el autor de una reseña del libro de sentido completamente distinto al de nuestro crítico anónimo. Tanto es así que en ella dedica un encendido elogio al cuento de Diego Grillo-Trubba, acaso el primer escritor troglodita de la literatura argentina. Por las dudas, el reseñador tampoco es Damián Tabarovsky, otro de nuestros candidatos. A menos que haya una confesión de parte, el nombre del sofisticado y malévolo comentarista seguirá en las sombras. Si me permite un reto, creo que debería darse a conocer.

Un reto fue lo que recibí a mi vez de parte de Daniel Massei, que venía siguiendo con atención y perspicacia esta serie. En su blog Massei me acusa de haber desbarrancado en el último tramo y termina su reprimenda con esta frase memorable:

“Definitivamente peor que ser maestro ciruela, es ser alumno limón.”

A Massei le dedico entonces esta frase del maestro Chateaubriand:

“Había en otro tiempo hombres conservadores del gusto, como esos dragones que guardaban las manzanas de oro del jardín de las Hespérides; no dejaban entrar a la juventud hasta que podía tocar el fruto sin estropearlo.”

Por terminar el precalentamiento, y aunque me había propuesto conservar la templanza perdida en los últimos días, no puedo evitar dedicarle una pequeña chicana al profesor Freidemberg. Su reacción ante mis artículos empieza así:

“Pocas cosas debe haber más despectivas en mi ambiente que llamar a alguien ‘pacífico literato’ o ‘señor respetable’. No sé si porque quiso agraviarme o porque ignora, entre otras cosas, esas connotaciones, a ambos rótulos Quintín me los tiró encima…”

¿Cuál será el ambiente de Freidemberg, ese lugar donde ser pacífico y respetable es tan mal visto? ¿Se moverá entre los punguistas de Almagro, será el líder de la barra brava de Midland? Si faltaba alguna prueba de que los escritores, críticos y académicos argentinos usan unos espejos muy raros —esos que devuelven la imagen de Boogie el aceitoso— la hemos obtenido.

Y ahora, manos a la obra.

15. Gabriel Vommaro. El imbécil del Foliz.

Gabriel Vommaro es uno de los alumnos de Paszkowski, el ubicuo coordinador de talleres literarios que protagonizó el tercer capítulo de esta serie. La dedicatoria en Nuestra distancia, el primer libro de relatos de Vommaro, es muy efusiva: “A mi maestro Diego Paszkowski, de quien aprendí casi todo y en especial que el esfuerzo y la creación deben ir de la mano.” Luego aparece la consabida mención a los otros alumnos del taller, incluyendo a Pablo Toledo, otro de los autores de la antología. En la solapa del libro (edición de 2003) se consigna que Vommaro nació en 1976 y que desde 1995 asistió a los talleres de Paszkowski, es decir, por lo menos desde los 19 hasta los 27 años. La cursilería y la obsecuencia un poco infantiles de la dedicatoria y la mención de que el autor ha pasado su vida adulta en la factoría P. hacen temer seriamente por su producción literaria.

Pero no. Vommaro tiene un talento notable y es uno de los descubrimientos de la antología. Lo había sospechado después de leer El imbécil del Foliz y lo confirmé plenamente con los cuentos del libro. Hay varios factores que contribuyen a esa sorpresa y a ese juicio. En primer lugar, el lenguaje es fluido, preciso y amplio. En segundo, Vommaro despliega una imaginación envidiable. Tercero, los lugares y circunstancias de sus cuentos son realmente originales (incluyendo una ruta para el transporte de drogas a través de cavernas subterráneas). Cuarto, los textos revelan una mirada personal sobre el mundo, una mirada curiosa, abierta, inteligente. Quinto, lo que he leído de su obra tiene un tema, un motivo en común que se despliega en una gama de variantes.

Es raro que los relatos del libro de un escritor argentino menor de treinta años transcurran a lo largo de toda América, que haya personajes mexicanos, yanquis, argentinos, colombianos, cubanos, ecuatorianos, peruanos. El cuento incluido en La joven guardia, por otra parte, ocurre en París y los personajes son latinoamericanos, franceses y magrebíes. Vommaro es posiblemente el primer representante de una generación de escritores que ha decidido desplegar el mapa, sobre todo en relación con sus predecesores, tan restringidos a una ciudad argentina y a un opcional país de exilio como escenario de sus ficciones. Fue Roberto Bolaño, posiblemente, el primero en advertir que Latinoamérica era un territorio abarcable para un escritor sin necesidad de caer en una mirada turística ni proselitista sino, al contrario, como excelente estrategia para huir del costumbrismo, la magia y la nostalgia, mucho más impracticables si el horizonte se amplía. Vommaro dice cosas pertinentes de México, de Colombia, de Francia, de Perú. Y las dice como si la globalización, internacionalización, cosmopolitismo, como quiera que se llame este nuevo fenómeno, hubiera finalmente acontecido para nosotros. Si se me permite una pequeña extrapolación, un acto de sociología al paso (motivado tal vez porque Vommaro es sociólogo y actualmente se perfecciona en Francia), creo que una característica saliente de este momento de la Argentina, un subproducto de la era Kirchner acaso, es la emergencia de una generación de intelectuales, artistas y profesionales jóvenes más cercanos al poder y a la toma de decisiones (al menos imaginariamente) de lo que sus equivalentes de otra época estuvieron nunca y que tienen, además, una relación muy fluida con lo internacional, no ya como moda y consumo (como ocurría durante el menemismo), sino como elemento permanente en sus vidas. El achicamiento del mundo está finalmente entre nosotros y Vommaro parece haberlo advertido más rápido que nadie. Y lo advirtió con una frescura que nada tiene que ver con el cálculo que seguramente otros harán a posteriori. Incluso, hasta cierto punto, lo advirtió a medias, ya que la mayoría de sus cuentos transcurren más bien en submundos: traficantes, trabajadores ilegales, prostitutas, etc., es decir más folclóricos de lo que podrían ser. Pero, a su vez, Vommaro también advirtió las limitaciones de este nuevo estado de cosas.

El excelente cuento que inaugura y da título al libro, “Nuestra distancia”, funciona también como nave insignia y paradigma de lo que es hasta aquí el proyecto literario de Vommaro. Se trata de un monólogo en el que una mexicana le cuenta a un americano la historia de amor que tuvo con otro americano y los motivos de su separación. Harry, el novio de la mujer, vendía a sus compatriotas cuadros de tema social, superpoblados de indios y niños pobres, imitaciones poco agraciadas de la gran pintura mexicana telúrica. A ella, militante política, esa estética la alejaba del hombre:

“… tú, todos los gringos disfrutan, como Harry con los cuadros, de la exitosa repetición de fórmulas, de la copia de la copia de la copia y yo ni modo…”

Todo un manifiesto estético para la pintura y las letras. Hablando como mexicana, la mujer y el título del cuento representan lo que Vommaro hará en el resto de sus relatos: mostrar una insalvable distancia entre los personajes, ubicarlos en una situación ambigua en la que se crea una posibilidad de amor o de amistad que siempre se revela ilusoria, que acaba en despecho o traición, aunque siempre elegantemente asordinada por un escepticismo irónico, esencial, que ya ha prevenido a los personajes por adelantado. Uno de los títulos, “La memoria de la traición”, podría servir también de comodín para otros. Pero estos desencuentros deben menos a la psicología o al mero azar que a la heterogeneidad étnica y cultural de los protagonistas, como si Vommaro quisiera dejar en claro que una mexicana y un gringo no llegarán nunca a ninguna parte, pero también que un argentino no se hará amigo nunca de un peruano o un colombiano y que haber nacido del otro lado del mar, cualquier mar, es una condición de incompatibilidad irreductible. Prueba de la globalidad, los cuentos de Vommaro son también una tesis sobre su incompletud esencial como vínculo. Vommaro, en el fondo, sólo reconoce como viables los lazos determinados por la automaticidad del origen común, pero al mismo tiempo advierte la tristeza que provocan las fronteras y el anhelo siempre irrefrenable por superar ese horizonte. En uno de los cuentos más brillantes del libro, “Comandante gordo”, Vommaro explora esa misma imposibilidad en otro contexto y en otra época a través de la historia de un estudiante argentino convertido desde muy joven en una pieza menor del aparato militar cubano. Dejando toda apreciación política de lado, el relato describe el internacionalismo en su estadio anterior, el de la época de la utopía revolucionaria. El protagonista recorre aquí el mundo (Argentina, Cuba, Angola, Bolivia, España, Suecia) sin encontrar remedio para su soledad en las rutinas guerrilleras. Es como si el cuento se propusiera, de paso, ser la contracara perfecta de aquel llamado Reunión en el que Cortazar describía con acentos épicos y dulzones el encuentro del Che con Fidel Castro.

Arrojados inexorablemente en el presente y demostrando, no ya desde el cinismo obligatorio y provocador de los noventa sino desde una internalizada sobriedad, una enorme distancia de todo sentimentalismo, de todo voluntarismo, de todo costumbrismo exportable, los relatos de Vommaro recorren las permutaciones nacionales y dejan invariable, en el centro, un malestar universal y sigiloso al que la calidad de la escritura aligera y convierte en hallazgo, en intriga y en sorpresa.

Hay un cuento, sin embargo, el último de Nuestra distancia, que no está a la altura del resto o, mejor dicho, que parece provenir de un escritor menos maduro y menos ambicioso. Se llama “Calor y larga tarde” y cuenta cómo un porteño prepotente recibe una lección de un trío de salteños sabios. Nada funciona aquí. Ni la escritura amanerada y poblada de clichés, incluyendo una muletilla como “Imbécil, pienso”, idéntica a las de la novela de Alejandro Parisi que comentamos hace dos entregas, ni la ecuanimidad que aquí se transforma en moralina, ni la reflexiva distancia, que esta vez vira hacia el costumbrismo y recuerda al mal cine argentino y al cuento de Grillo-Trubba en la antología. El relato es el único que transcurre entre argentinos (aunque Buenos Aires y Salta sean en el fondo casi tan distantes como Nueva York y Lima) y Vommaro sermonea, se apresura en el relato y produce un ejercicio poco agraciado. “Calor y larga tarde” parece haber sido escrito en un momento anterior de Vommaro y serviría, si es así, para constatar la evolución del autor.

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16. Florencia Abbate. La intemperie.

Abbate logró desconcertarme y creo que no resolví el enigma que plantea la extraña dualidad de su escritura. “La intemperie” no es un cuento muy feliz. En ningún sentido. La narradora describe a los personajes que viven con ella en una casa compartida. Flavio, el artista plástico anoréxico; Mara, la lesbiana delirante y así siguiendo. Todos bastante inadaptados, sufrientes, poco agraciados. Al lado vive un matrimonio “normal”, que resulta finalmente más perturbado que nuestra improvisada familia de marginales, con lo que el asunto tiene su modesta moraleja. Pero el cuento es perezoso y desmañado como sus protagonistas.

Abbate es joven (nació en 1976) pero en pocos años se las arregló para hacer un montón de cosas, principalmente como periodista cultural. Publicó varios libros de divulgación y algunos ensayos (el más conocido, o al menos el de nombre más llamativo, es El, ella, ¿ella? Apuntes sobre transexualidad masculina). Es también licenciada en letras y crítica, entre otras actividades que enumera la solapa de su única novela, El grito (2004), donde la autora demuestra que puede escribir mucho mejor que en el relato de la antología. El grito también es un retrato coral, con el libro dividido en cuatro partes llamadas Warhol, Luxemburgo, Marat-Sade y Nietzsche, protagonizadas respectivamente por un adolescente despistado, un ex montonero diabético, un homosexual victimizado y una escultora con leucemia. La primera parte es irónica, sentimental la segunda, farsesca la tercera, romántica la cuarta y el cruce de personajes entre una y otra parece provenir del cine americano, de Short-cuts, de Pulp Fiction, de American Beauty, de Magnolia. Especialmente de esta última, con la que comparte cierta militancia por la piedad. Una piedad distanciada, elegante, moderna si se quiere, pero constante. Hagan lo que hagan, sus criaturas están cuidadas por su creadora y más cuando sufren de desvalimiento, de enfermedades o del simple ridículo.

Es curioso, Abbate usa en la ficción y fuera de ella algunas frases categóricas. Por ejemplo, para atacar al neoliberalismo:

“Creo que con Clara aprendí que el neoliberalismo no es una simple doctrina económica, sino todo un complejo vital, que abarca todas las esferas de la experiencia y la actividad humana, y que te hace indiferente al mal. (…) En esos años vi los cambios más impresionantes. Gente que siempre respeté, de pronto cooptada por la metafísica del éxito y la lucha rapaz por los porotos. Se habían transformado en ‘promotores’ de su propia existencia, se contagiaron la hiperactividad del peor usurero, descubrieron el placer compensatorio de humillar a los demás, empezaron a actuar como si su patrón fuera su sponsor” (El grito).

O para descalificar la esterilidad de ciertas prácticas académicas:

“la lista de proyectos que ganaron la famosa beca a la que Mara y ella se habían presentado: mecanismos de adquisición y consecuencias funcionales de dialectos de canto del chingolo (zonotrichia capensis); roles de la neurogénesis en la plasticidad del hipocampo adulto; cleptoparasitismo de gaviotas sobre el ostrero pardo en la albufera de mar chiquita (…) Hizo un bollo con la lista y la arrojó con tanta fuerza que cayó en el balcón de sus vecinos” (“Intemperie”).

O para defender el compromiso en la literatura y criticar su decadencia:

“el autor había querido hacer una de esas obras donde lo que importa no es tanto lo escrito, sino el hecho mismo de escribir, y a través de una prosa complicada aspiraba a enfrentarnos con la inconsistencia de nuestros presupuestos, mostrando la inasibilidad de la realidad y el fracaso de nuestros afanes por entenderla. La propuesta, fruto de una época en que los escritores han tocado el fondo y empiezan a raspar en él, me superaba un poco. Agravaba mi sensación de que en verdad no tenía ganas de leer sino de atenderte” (El grito).

O, empalmando con la última frase, para elegir la vida frente a la mera literatura:

“no me gusta que Borges sea el modelo de escritor: es una literatura muy libresca que a mí no me interesa como apuesta. La literatura es mi manera de intervenir, de hacer cosas que están vinculadas con otras personas, no con mi biblioteca”. (Entrevista en Clarín)

Sin embargo, lo que hace de la novela una lectura grata no son las apreciaciones estéticas ni políticas de la autora. Tampoco sus premisas formales, la idea de unir los relatos mediante la figura del cuadro de Munch homónimo al título del libro, ni las profundidades psicológicas o sociales que los gritos evocan. La intervención que Abbate reclama de la literatura en pro de otras personas parece consistir en un gesto de ayuda para que sus personajes se curen, se enamoren o se encuentren. Pero esa ayuda, como la de una asistente social represiva, sirve también para controlarlos, para que no se alejen de un estatuto bastante esquemático y se mantengan como muñecos de tamaño natural parecidos al que se describe al principio del libro (que Abbate llama, castizamente, “tentempié”) y que imita o mejor caricaturiza al hombrecito de Munch. Abbate parece intuirlo:

“Es el tipito de El grito de Munch, aclaró jactancioso de reconocerlo. ‘Obviamente’, dije y los dos dirigimos la mirada al maldito tentempié de tamaño natural, al lado del cual, sin notarlo, se había parado mi hermano. La impresión que me causó al primer vistazo fue que eran gemelos. Creo que en parte esa impresión se debió a que medían los mismo, pero sobre todo al hecho de que vi una semejanza gestual, un cierto pathos trágico en la expresión de sus caras. La cara del tentempié, sin embargo, transmitía una angustia existencial bastante más lograda que la de mi hermano, porque en el caso de Agustín su aire de eterno colgado consigue restarle seriedad a cualquier sentimiento metafísico.”

Es que, justamente, lo mejor de El grito es que bajo una trama que se apoya en tragedias, angustias y soledades aparece una corriente amable de miniaturización y burla, un juego de marionetas un poco excéntricas, en el que Abbate encuentra su mejor perfil, lejos de sus declaraciones grandilocuentes, de su pretendido humanitarismo. Personajes secundarios con nombres absurdos como el psiquiatra Primitivo Apresa, la empresaria convertida al budismo Fátima Fatum o el gurú Mamerto Menapachi, subrayan la distancia que la novela toma justamente de ese pathos trágico, como si Abbate advirtiera que sus postulados no cierran y una máquina literaria, eficaz pero algo descontrolada e impredecible, tan caótica como la vida de sus personajes, debiera venir a rescatarla de esa escritura con presupuestos consistentes que ella misma reclama.

Insisto en que hay algo contradictorio en Abbate, algo irregular que la lleva a producir un cuento malo y una buena novela como un continuo, a confundir las bases sobre las que se edifica su propia obra y a declarar como si fuera un miembro de la Cruz Roja y no una escritora. Pero hay libertad y frescura en El grito, y un pulso firme.


(Continuará…)


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