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Postales de Evo

23 01 2006 - 02:28

Viernes 20, Parte 1.

Tuve un vuelo de ida un poco accidentado. La ruta es tremendamente atravesada (Santiago-Iquique-Arica-La Paz) Y salimos tarde porque Aucán Huilcamán, jefe del Consejo de Todas Las Tierras (mapuche) había anunciado por todos los medios que se tomaría el avión a La Paz. Huilcamán tiene prohibido salir del país por una causa pendiente. Resultado: estuvimos media hora varados mientras la policía los bajaba del avión, a él y a su equipaje. Seguimos bien: en la escala de Arica nos informaron que el aeropuerto de El Alto estaba cerrado por una ceremonia oficial, así que quedamos varados una hora más.

El clima de La Paz ya se empezaba a vivir en el avión, en el que viajaban la plana mayor del PC, la de las organizaciones indígenas chilenas y muchos periodistas. En el diario chileno había una entrevista a un asesor de Evo que planteaba algo muy razonable, usar el gas (mediante nacionalización y/o regalías más altas) para financiar planes contra la pobreza, de alfabetización y de infraestructura. En otra nota, Álvaro, el vicepresidente electo, exponía en términos perfecta y anticuadamente marxistas que el socialismo era muy lindo pero que para eso hacia falta proletariado, que no existe en Bolivia. Planteaba que en su lugar habría “capitalismo andino amazónico” para rato, complementado con elementos del socialismo comunitario indígena.

Al aterrizar en el aeropuerto de El Alto —que como su nombre indica está a más de cuatro mil metros de altura— la sensación es la de no haber dormido durante dos días y haber recibido un martillazo en la cabeza.

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Viernes 20, Parte 2.

Las reuniones del día incluyeron a un miembro de la asociación de pequeños productores que pugna por un ministerio (los que “suenan para un ministerio” son hoy legión en La Paz), a un ex ministro, y a un funcionario del Banco Central. También a un coordinador de organizaciones de base del Movimiento Al Socialismo, que transmitía una gran emoción y me hizo sentir tremendamente ignorante de cualquier cosa relativa a la cuestión indígena y el movimiento comunitario que la acompaña.

—Cuando yo te hablaba de ejercer presión —le explicó a mi compañero colombiano—, me refería a bloquear ciudades, hacer huelgas, salir a la calle, parar todo.

Dejó muy en claro las esperanzas puestas en Evo, pero enfatizó que este gobierno es del MAS, una federación de agrupaciones comunitarias, y no de una persona en particular, y que se ejercería “presión” si no se cumplía con los objetivos planteados en términos de descentralización real (hacia las comunidades) y repartición de la riqueza.

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Viernes 20, Parte 3.

El soroche me tuvo mal todo el día —tres tes de coca, dos sorochi pills, nada funcionó. Después de algunas preguntas para romper el hielo, nuestro guía terminó por admitir que había votado a Evo, en quien “todos depositamos mucha confianza”. Hay un clima espectacular, muy festivo, pero raro, como cauto: todos reconocen que hay muchas expectativas, que la tarea es difícil, que Evo enfrenta muchas presiones cruzadas, y que mucha gente importante también quiere que le vaya mal. A eso se suma que los equipos (no definidos aún, a 36 horas del día E) no tienen mucha experiencia de gobierno, por decirlo de alguna manera. Lo admitió nuestro amigo el dirigente, y un periodista que conoce bien el país me dijo que el MAS tiene la capacidad de gestión de un municipio chico. En TP se dieron interesantes debates sobre la insuficiencia del progresismo y de las buenas intenciones cuando no existe capacidad de gestión. En el caso de Bolivia, ante los comentarios sobre este tema, acoto que los presidentes anteriores, con sus muchachitos con posgrados en exterior, tampoco hicieron gran cosa. Cito un gran titular de Barcelona: “Estados Unidos teme que Evo Morales hunda a Bolivia en la pobreza, el hambre y el analfabetismo”. Si alguien tiene que pifiarla, por qué no otros por una vez? Tiwanacu nos encontrará unidos o derrotados.

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Sábado 21.

Un gran día, en todo sentido. Salimos temprano en caravana a Tiwanacu para presenciar la entrega del poder indígena, una ceremonia que, dicen, no se realizaba desde que llegaron los españoles. Tardamos un buen rato en llegar, y en todo el camino había micros destartalados y combis y gente portando banderas indígenas, la bandera azul y blanca del MAS, o las dos entretejidas, o la de Bolivia y la del MAS, o una banderita  (que costaba un peso Boliviano) con la de Bolivia de un lado y la de Cuba del otro. Llegamos a las afueras de las ruinas, con más y más gente agrupada, del Chapare, de Tarija, de todos lados, con muchas carpas y un ambiente de fiesta o carnaval, nada desaforado dentro de los parámetros aymarás, que podrían como mínimo calificarse de parcos. Evo se encargó de aclarar que fue una manifestación espontánea en la que ni él ni Álvaro pusieron un peso. No sé si es cierto, pero en todo caso era mucho más de base y espontáneo que un acto de Pierri en el Gran Buenos Aires.

Después atravesar un torbellino de gente y banderas (pero pocos cantos), conseguimos colarnos en el trencito del peruano Ollanta Humala, que tenía adosado a un tipo que iba gritando “abran paso que viene el comandante Humala, aplaudan al comandate Humala junto a Evo”. Fue una de las pocas figuras internacionales presentes: los presidentes, ministros y príncipes herederos prefirieron ir a la miríada de recepciones, actos y cócteles formales, y al traspaso en el Congreso el domingo.

Estábamos sentados frente a la puerta del sol de Tiwanacu, y desde ahí veíamos, a los costados de la muralla una guardia indígena de “ponchos rojos”, con banderas de toda América Latina. El público era una mezcla de nuevos parlamentarios del MAS, representantes de organizaciones de base y alcaldes de pueblos indígenas. Durante la espera, la nota de color la dio una piquetera veinteañera argentina, eufórica, que se acercó al grupo de cholos y cholas y les dijo que en Argentina cantábamos “Alerta, alerta, alerta que camina, la espada de Bolívar por América Latina”, e intentó, infructuosamente, que se pusieran todos a cantar. El silencio aymará pudo mucho más que ella y su euforia. Ese fue uno de los aspectos más notorios de toda la ceremonia: durante el discurso de Evo, sólo hubo aplausos, más o menos moderados. Con las cosas que dijo, en una situación histórica como esa, en Argentina hubieran sonado los bombos, tronado los aplausos, interrumpido los silbidos cuando se mencionaba el imperio. Espero que Sivak, que ya nos dio una excelente nota sobre algunos de los personajes de la política boliviana, comparta con nosotros sus reflexiones sobre estos silencios inescrutables.

En Tiwanacu presencié la primera parte de la trilogía de discursos de Evo y Álvaro (el vice), que incluyó un capítulo indigenista, otro más institucional (en el congreso) y uno más izquierdista, por llamarlos de alguna manera.

Evo planteó, como había dicho mi amigo el indigenista, que este no era su gobierno, sino el de todos. No sólo dijo eso, también pidió expresamente a los representantes de los movimientos indígenas comunitarias que lo ayuden: “les pido que me guíen; me voy a equivocar, nos vamos a equivocar — y ustedes tienen que estar ahí para señalarme el camino. Pero lo que no voy a hacer es traicionarlos”. Dijo que la fundación de Bolivia en 1825 se hizo sin los indígenas, a pesar de los millones que habían muerto en la lucha contar la colonia, y que su presidencia venía a cambiar eso. Agregó que los pueblos originarios no buscaban venganza, sino justicia, y que querían un país para todos. También destacó la labor de la clase media intelectual y profesional que se había unido a su lucha, y se enorgulleció de estar acompañado en su fórmula por el sociólogo Álvaro García, pero les pidió que así como él se enorgullecía del apoyo brindado, la clase media tenía que sentirse orgullosa de las comunidades originarias de su país. De manera muy emotiva, destacó también que su gobierno quería ser un ejemplo de cómo los pobres del mundo, los indígenas del mundo, podían tener un gobierno y un presidente propios.

Después de su discurso, representantes de comunidades originarias de América Latina le ofrecieron regalos  y dieron pequeños discursitos. Una mochila para llevar la sabiduría de Perú, un collar de  Guatemala, una pulsera de los pueblos Mapuches a ambos lados de la cordillera, y hasta un regalo de un levemente inverosímil representante charrúa, que dijo que a pesar de todo no estaban extintos como pueblo. Hubo algunos cortocircuitos, como cuando se presentaron las representantes de los indígenas de Estados Unidos y una filipina del Foro Permanente de Indígenas de Naciones Unidas: hubo silbidos cuando se mencionó a Estados Unidos, y cuando las minas hablaban en inglés las abucheaban (levemente). Aunque cuando un chico de Palermo traducía las felicitaciones y buenos augurios (y la unión de la pluma del águila, que trajo como regalo la de EEUU, con la del cóndor), la gente aplaudía. Después de estos representantes indígenas, se anunció que venían los representantes de familiares de desaparecidos de Argentina, lo que sí generó un gran aplauso. Yo esperaba a Hebe, o a Carlotto, pero subió una mina de Familiares de Jujuy. Su acompañante en el palco, sin embargo, era el perro Santillán, que tomó el micrófono, arengó por un buen rato (cosa que ninguno de los representantes indígenas, en la ceremonia indígena, había hecho), y le encajó a Evo la bandera de la CCC mientras él sostenía la Argentina (“la bandera de la tierra del Libertador San Martín”), asegurándose de que le sacaran unas cuantas fotos. Después de este exabrupto, subieron finalmente los representantes de los pueblos originarios bolivianos, que habían sido llamados antes pero no habían aparecido.

En su discurso, Evo había sido muy claro en sus reivindicaciones históricas, pero a la vez conciliador. Los representantes bolivianos usaron un tono muy contrapuesto: le entregaron una especie de rebenque, y le dijeron que esa era el arma que él tenía que usar para combatir a la oligarquía.
Aunque estoy de acuerdo en que no basta con que Evo sea indígena para defenderlo, creo que sí es importante entender y valorar el significado histórico que tiene para Bolivia que un indígena, un representante del movimiento sindical e indígena (porque Toledo es bien cholo, pero es otra cosa), sea presidente. Me di cuenta de cuán poco tengo incorporada esa dimensión en mi cabeza, y creo que no soy el único. Aunque en una discusión otros argentinos insistían en que era una cuestión de que hay muy pocos indios en nuestro país, estoy revisando estas notas en el aeropuerto y tengo sentado enfrente a un sueco simpático, experto en el tema como sólo un sueco que vivió toda su vida en América Latina puede serlo. El sueco me confirma lo que yo sospecho: nuestro problema es más de negación y supresión de cultura que de inexistencia.

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Domingo 22.

Siguen los actos y las recepciones, me acerco a la saturación de discursos a pasos agigantados. La primera tanda se da en el Congreso, en la ceremonia de traspaso de mando.

El primero en hablar fue Álvaro, el vice, que levantó con fuerza la idea de la revolución democrática y, como medidas concretas, la nacionalización de hidrocarburos y servicios de agua (los aumentos del agua iniciaron una de las mayores revueltas en los últimos años). Los resultados de elecciones en países como Bolivia siempre me hicieron plantearme algunas dudas (algo básicas y pueriles, si quieren) sobre las democracias liberales: cómo, en un país con 80% de indígenas y 60% de pobres (casi todos indígenas), nunca podía ganar un candidato que realmente hiciera algo sustancial por los más pobres? Bolivia es tan pobre que con muy poco que se redistribuya le puede cambiar radicalmente la vida a muchísima gente – para darse una idea de las dimensiones, creo que la ayuda de EEUU era de 60 millones de dólares por año. Bill Gates o Hugo Chávez, en un buen día, pueden ponerse con mucho más que eso, como hizo el primero con la lucha contra la malaria o el segundo con el petróleo subsidiado al Caribe. La idea de revolución democrática, entonces, me encanta, pero viniendo de Santiago no puedo dejar de pensar un poco en Allende y su destino. Por supuesto, las diferencias son muchísimas: Allende no tenía el 50% de los votos, no hay más guerra fría, y los golpes de Estado no están de moda en la región (aunque la intentona fallida en Venezuela y la exitosa en Haití parecen refutarme parcialmente). El tema sigue siendo, entonces, cuánto realmente podrán hacer, entre incapacidades propias, sabotajes ajenos, demandas contrapuestas e impaciencia de las propias bases del movimiento.

Cuando terminó Álvaro, hubo que esperar un ratito porque Evo (“se ha puesto traje pero sin corbata”, dijo la señora que miraba la tele al lado mío en un mercado) se quebró de la emoción. Lo primero que hizo fue pedir un minuto de silencio por los caídos, entre los que incluyó a los dos Tupac y al Che Guevara. Su discurso repitió varios de los temas del día anterior, pero habló menos de temas indígenas, y más a los presidentes presentes y a la comunidad internacional. En un tono notablemente conciliador y magnánimo, recordó cómo le rechazaban todas las leyes que presentaba cuando era parlamentario, y cómo finalmente lo echaron del Congreso. Le aseguró a la oposición que no tenía nada que temer: no los iban a echar, y les iban a votar las leyes que fueran buenas. Insistió, sobre todo, en la importancia de la reforma constitucional que quiere convocar para Agosto de este año. A la hora de discurso, despertó a un senador que se había quedado dormido, y pidió disculpas: no está acostumbrado a hablar tanto, dijo, es una ocasión especial. “No se preocupen, no crean que me contagié de Fidel o de Chávez”. El discurso estaba muy orientado a los presidentes: llamó a Lula su “padre”, agradeció a Chávez varias veces su apoyo, a Lagos su presencia, y elogió mucho – más que a los otros – a Kirchner. Sospecho que tanto halago tiene que ver con que está por aumentar el precio “solidario” del gas que le vende a Argentina, y quería retribuir con alguna compensación simbólica (yo pensaba que solidario en este caso sería pagarles más y no menos a los bolivianos, así que espero que aumenten el precio pronto). En un momento, incluso, agradeció la visita que había recibido del enviado de EEUU, y propuso armar una alianza estratégica, en la que la lucha contra el narcotráfico no fuera una excusa para someter naciones. “Coca cero no, cocaina cero sí.” En cuanto a los orígenes del MAS y la clase media, reiteró su agradecimiento del día anterior a los intelectuales, pero agregó que el movimiento no era un partido creado por politólogos en una universidad. Evo comparó en un momento a Bolivia con la Sudáfrica del apartheid, (en el diario leí hoy la historia de un nuevo senador del MAS, a quien en la escuela le lavaban la boca con jabón cuando hablaba en quechua) y llamó una vez más a terminar con la discriminación y el Estado colonial. Pero creo que uno de los mejores mensajes que mandó es que más allá de los caídos y las injusticias del pasado, ya no es momento de lamentarse por los 500 años anteriores, sino que ahora es el momento de construir.

Después la comitiva se trasladó del Congreso al Palacio, a hacer no sé qué cosa que imponía el protocolo, y finalmente caminó seis cuadras hasta el escenario que se había armado en la plaza de los Héroes, frente a la Iglesia de San Francisco. Las seis cuadras estaban cercadas por filas de ponchos rojos (guardias indígenas) y miembros de las cooperativas mineras, además de muchos policías y militares. Alrededor de la plaza había mucha gente, cien o doscientos mil según quién cuente, y con un público muy variado: desde los mineros y los coraleros hasta partidos de izquierda revolucionaria, globalifóbicos españoles con dreadlocks, muchos argentinos haciendo “turismo social”, pasando por cholos y cholas de todos los departamentos. El clima era bastante más festivo y ruidoso que en Tiwanacu, con pocos cantitos pero con muchas banderitas (de nuevo, la indígena era la preferida) y bengalas.

Todo el fin de semana tuvo elementos que pondrían nerviosos a algunos de los colaboradores habituales de este espacio, que no aprecian demasiado el izquierdismo a la Pavlovsky, pero creo que ese acto hubiera colmado la paciencia de muchos. Más allá del programa musical (durante horas y horas, hasta que apareció Evo), que incluía perlitas como Piero (a quien tuve el placer de perderme), cuando Evo finalmente llegó lo hizo acompañado por Eduardo Galeano, quien leyó un texto alusivo. Además, Evo lamentó la ausencia del “abuelo sabio; ¿saben de quién les estoy hablando?”, dio vivas a Chávez (que no fue a hablar porque “tenía dolor de garganta”) y a la revolución bolivariana (algo curioso, porque Simón no fue exactamente un paladín de la liberación de los indígenas), y terminó prometiendo continuar la lucha del Che.

En este capítulo izquierdista de los discursos del fin de semana (uno fue indígena, y el otro más institucional) Álvaro dio tal vez el mejor discurso. No me acuerdo exactamente de lo que dijo, pero fue muy gráfico y sentido. Evo y Álvaro, en términos discursivos, hacen un gran dúo, una especie de mezcla apolíneo-dionisíaca insuperable en la política de los últimos años, por lo menos de lo poco que tuve paciencia de escuchar (aunque tal vez el recuerdo de Chávez en Mar del Plata me está sesgando todo).

Evo abandonó el palco hacia otra recepción (la número dieciocho del fin de semana – ¿quien inventó el curro este del ceremonial?) en el Palacio Quemado. A los quince minutos, se largó una lluvia torrencial sobre las 200.000 personas que estaban en la Plaza de los Héroes.


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