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2 02 2006 - 14:12

Miércoles a la noche, una coqueta casa de Nuñez. Cena con algunas damas distinguidas, algunas de ellas familiares, otras no. Ya me había sucedido otras veces –ser el único hombre–, pero no me inquieté de antemano. “Siempre es sabroso espiar el universo femenino”, me dije, mientras masticaba el jamón crudo que una de las comensales había traído de Alpa Corral, en Córdoba, donde tiene casa y veranea todos los años.

La primera hora de charla fue amena, casi placentera. El cabernet era bueno y la entradita me había llenado de entusiasmo. Una de las damas, de conservados 55 años, me contó sus peripecias del verano. Me habló maravillas de su nuevo novio, a quien conoció en la playa, y me dijo lo bien que se llevaba su perra, Cleopatra, con la perra de Juan Carlos, su nuevo Romeo (Es viejo pero no por eso anacrónico: las mascotas siguen siendo un anzuelo amoroso implacable). Cleopatra, la perra, parecía como si escuchara hablar de ella, porque durante la comida no dejaba de dar vueltas alrededor de la enorme mesa del living. Golpeaba con su cola las patas de las sillas, y se movía, intratable, como si sus hormonas estuvieran ebrias. El relato de la señora era interesante, en especial por la cuota de romanticismo – exento de ingenuidad, por las huellas del camino. Una prueba irrefutable de cómo la gente sigue eligiendo la compañía aún cuando ya ha fracasado varias veces en la materia.

No sé muy bien cómo y por qué sucedió, pero íbamos por el final del primer plato –pollo al limón con papas– cuando la conversación comenzó a volcarse, lentamente, hacia la banalidad, hasta terminar en el absurdo sin que mediara motivo aparente. Otra de las damas –una réplica de Tootsie, tal vez con más vello– comenzó a dialogar en voz alta con Cleopatra, la perra, a quien alimentaba con pollo, servido con su tenedor. Mientras la dueña de la perra le rogaba que no lo hiciera, mientras otra amiga se servía vino y otra trataba de mantenerse despierta, yo me distraje con la media televisión que la puerta entreabierta de la cocina me dejaba ver. La pantalla mostraba a Canal 13, y la chica que atiende a la dueña de casa comía mirando la nueva telenovela de Natalia Oreiro. Yo no oía nada, por supuesto, pero podía apreciar los gestos de Facundo Arana y de Oreiro, mientras veía a la chica con el tenedor a medio camino, la boca semiabierta, y un arrobamiento majestuoso que ni siquiera la exquisita pechuga del plato lograba distraer.

Cada tanto volvía a la charla de la mesa, que estribaba sobre si a las mascotas convenía o no darles de comer dulces, si Cleopatra, la perra, estaba más gorda, y si era justo o no aplicar la eutanasia en animales enfermos. Resolví, mientras acariciaba la tercera copa del cabernet, seguir espiando la tele sin audio. La novela de Oreiro ya había terminado y había comenzado Transformaciones. No lo había visto nunca, pero me atrapó de inmediato: el programa está hecho para llamar la atención desde el inicio. Es una pelea de box entre patanes: llena de golpes bajos, uno tras otro. Lo conduce con candidez la bella Karina Mazzoco, quien pretende mitigar el morbo con su sonrisa celestial. El programa tiene la lógica perversa de los dictadores o las religiones: promete rescatar a los protagonistas de un destino ominoso a cambio de que le entreguen cuerpo y alma. La excusa es perfecta: mostrame tu oprobio, operáte, dame rating, algo de sangre, mucho mal gusto, y te regalo un futuro sin complejos, más cerca del paraíso terrenal. Te van a querer, vas a ver, pero antes mostrame tu piel laxa, las secuelas de la decrepitud, tu exclavitud estética. Yo con eso solo me arreglo. Lo muestro a las 10 de la noche, con la cena servida. Auspiciado por crema Ponds.

La teve –pienso mientras Cleopatra, la perra, descansa exhausta a un costado– ha descendido hasta el zócalo de la decencia. Pero lo curioso es que, hasta no hace mucho, el 13 tenía una imagen de canal algo más familiar. Dicen que el plan de vulgarizarlo incluyó contratar a Tinelli, adelagazar y vestir de Etiqueta Negra a Maradona y apelar al mal gusto para que la planilla, a fin de mes, nos muestre, de una vez por todas, que ganamos, que vamos primero, que la tenemos más grande.

Prefiero hablar de la eutanasia de las mascotas. Y eso hago, regresando inquieto a la porción de cheescake que cocinó una de las damas invitadas.


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