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Costa Bonita

5 02 2006 - 11:15

Tengo que volver a la oficina, y no quiero.

Acabo de llegar de las vacaciones. A poco de entrar en casa, empieza a sonar el teléfono. Una amiga, que llamó a la bartola y sin saber qué sería de nosotros, está azorada:

–¿Dos semanas se tomaron?

Le parece una exageración, como si nos hubiéramos ido a Canarias. Ahora que lo pienso, seguramente no se habría mostrado tan sorprendida si nos hubiéramos ido a Canarias, pero solamente una semana. A lo sumo una semana larga, incluyendo los findes. Pero dos corresponde a otra época y ahora no se puede estar lejos del trabajo tanto tiempo.

Como en mi trabajo no tengo relación de dependencia (es decir, sí tengo relación de dependencia, pero hago como si fuera un empresario y les paso una factura cada fin de mes para que me paguen un sueldo), no tuve una notificación formal de mi período de vacaciones. Acordé una fecha, me fui y asumí que todos entendían que me iba por dos semanas como cualquier supernumerario que hace más de seis meses corridos que trabaja en el mismo lugar, pero ahora no estoy tan seguro. Sobre todo al encontrar en una casilla de correo un mensaje de mis empleadores. Sorprendidos por no haberme visto la semana pasada por ahí, intentaban cerciorarse de que regreso el lunes a la mañana. Lo curioso es haber encontrado el mensaje en una cuenta de mail del trabajo, que solamente por una breve dosis de masoquismo previo estuve pispeando al regresar a casa y antes de volver a la oficina.

–¿Costa Bonita? Ahí hay piedras solamente.

Con algunas variaciones, esa fue la opinión que escuché de los veraneantes en Necochea al contarles hacia donde iba. No sé bien cómo apareció el nombre del lugar entre nosotros. Creo que unos amigos murmuraron que nos gustaría. Yo no atiné entonces a preguntar por qué exactamente les parecía que ir ahí nos iba a gustar. Tampoco me inquietó el asunto en un primer momento.

El río Quequén es bien ancho en su desembocadura. La actividad portuaria es tan intensa ahí que todos los accesos parecen cerrarse, y si uno intenta meterse termina dando vueltas como en un laberinto, mientras se encuentra con filas y filas de camiones que van estrechando el camino como quien nos advierte sutilmente que es mejor volver sobre nuestros pasos. El comentario de los veraneantes históricos es que las escolleras que alargan la desembocadura están en proceso de alargamiento constante, y en determinado punto uno solamente advierte montañas de tierra que tapan lo que hay detrás. Para poder cruzar de orilla hay que alejarse de la zona portuaria hasta llegar al puente Dardo Rocha, el más cercano.

Ya en la localidad de Quequén (vecina río de por medio con Necochea), uno sabe claramente que debe huir de ahí. Hacia cualquier lado. Por donde se mire, ahí donde uno enfile, encontrará de un lado silos y la posibilidad de convertirse uno mismo en forraje, de ser juntado en pala por algún operario de silo, y del otro el laberinto portuario. Los camiones derraman grano que los operarios barren y rejuntan por las calles. Hay que esquivarlos a ambos y las salidas se estrechan. Uno recorre entonces calles interminables en dirección al mar, como un ratón aturdido que intenta ponerle fin a los pesares hundiéndose en la inmensidad, y como en los sueños donde corremos intentando escapar pero sin lograr movernos del lugar. Hay lomos de burro cada vez más prominentes. Uno puede imaginarse a los que construyen reductores de velocidad relamiéndose al pensar en los conductores inadvertidos que pasen por ahí a más de veinte kilómetros por hora y vuelen por los aires. Pero hay un momento en que sobreviene la calma, uno se encuentra de repente bordeando la costanera cada vez más desolada y siente el alivio de haber dejado atrás un peligro neto.

Fue de esta manera que nos encontramos de repente con el camino de tierra que bordea el mar y lleva a Costa Bonita. Las alternativas a esa altura son desbarrancarse por muros de tosca o volver hacia Quequén. Hacia delante hay un barco encallado en la costa, que está siempre inclinado y cubierto de neblina.

En Costa Bonita hay varios muelles bajos, y están todos quebrados. Hay un único bar, que se llama Santino: está sobre la playa, y a toda hora está vacío. Hay tres edificios derruidos de departamentos para turistas. Hay otras construcciones que quisieron ser edificios y apenas se terminó alguna vez la planta baja, y entonces tienen encima varios pisos de ladrillo desnudo y huecos de carpintería que nunca se colocó, y manchas de salitre sobre la mampostería. Algunos tienen pintadas que hará treinta años decían panadería o almacén y que ahora no se sabe. Los autos que andan por ahí van haciendo crujir las gomas contra el pedregullo, y se mueven como mulas llevando carga.

Es muy difícil encontrar gente en algún lado. Solamente hay chicos, en la playa. Forman grupitos de cuatro o cinco, y ni siquiera ellos hacen ruido.

En uno de los edificios derruidos está el único lugar donde se pueden comprar víveres. Tiene un cartel en la puerta donde se lee “treinta años al servicio de Costa Bonita”. Adentro hay una adolescente regordeta que despacha facturas mirando una revista porno. Al costado tiene un cuaderno con el que levanta quiniela. A veces atiende su mamá, que es un poco más seca, pero expeditiva y más paciente de lo que parece a simple vista. A la hora de la siesta juegan chinchón sobre el mostrador.

Hay otro lugar, a una cuadra, donde se anuncia sobre la pared un autoservicio y verdulería en unos carteles borroneados, pero si uno se acerca ve todo el local vacío, con signos de abandono tales como heladeras con todas las puertas abiertas. En un rincón, la única señal de vida es una bandera roja de las que Clarín les da a los canillitas, y sobre un mostradorcito hay algunas revistas que vende un tipo a quien siempre vi de espaldas.

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Estamos instalados en una casita que alquilamos. Escribo en un cuaderno. En el comedor se escuchan los zumbidos de algunas moscas, pero eso no es todo el tiempo. Las moscas no se la pasan zumbando: solamente nos parece que es así cuando estamos aturdidos, y lo ocasional del zumbido nos hace elucubrar hipótesis, como que seguramente se trata de una forma de cortejo amoroso.

El mayor conflicto en un lugar como este es la lucha contra las moscas. Un tipo ayer a la noche había encajado su auto en un arenal, y me preguntó si yo conocía al dueño de la camioneta de enfrente. Quería pedirle ayuda para el remolque, y me interpelaba como si yo fuera un baqueano, mientras yo me esforzaba en parecer lo más forastero posible. Si me daban tiempo, podría haber llegado a desconocer incluso el concepto de camioneta.

Los sonidos son bien nítidos en medio del silencio, y como escribo a mano con una roller que tiene la punta floja, se siente el rasguido sobre el papel y me da un poco de pudor, o de temor de que la escritura despierte a mi hijo de la siesta. A mi mujer esta observación le parece exagerada.

El dueño de la casita me cuenta un poco de la historia del lugar. Me habla de Mario Corte, un pintor que a fines de los años cuarenta compró todos los alrededores y se hizo construir una especie de palacio. Ahí tenía montado su atelier, y llevaba mujeres a las que hacía posar desnudas para pintar. A cada una le regalaba un lote en Costa Bonita como recompensa. En algún momento quiso ser como el viejo Gesell y convertir sus dominios en una villa pintoresca con calles de tierra, donde todo fuera apacible, pero se le fue de las manos cuando en algunos lotes se construyeron los edificios que ahora parecen de conurbano pobre porque están descascarados y cada puerta que se rompe se cambia por otra distinta de la original y de todas las que se cambiaron anteriormente, pero parece que esto es ahora, porque hace treinta años Costa Bonita tuvo su momento de esplendor.

El palacio de Mario Corte ahora es la Hostería. Desde que llegué la miro desde lejos. La veo un poco lúgubre, con una torre prominente, y me imagino que debe ser un lugar donde se sirve el te por la tarde, acompañado por algún tipo de pastelería propia del lugar de origen de los regentes, que podrían ser daneses y ampliar la historia del lugar mechándola con la suya propia. Me la paso buscando el momento propicio para ir a sentarme en ese comedor y contemplar el mar desde los ventanales amplios mientras el mozo me cuenta anécdotas.

Un día camino hasta la hostería, que en vez de ser un lugar que se aleja a medida que uno intenta aproximarse, termina estando a menos de tres cuadras, sólo que su majestuosidad le daba un aspecto más distante. A pesar de acercarme en círculos, la distancia se acorta aceleradamente, y entonces me encuentro en la parte posterior de la Hostería, donde hay unos frontones y una pileta a medio llenar, con verdín y un cartel que dice “Piscina con agua de mar”. Siguiendo hacia la entrada principal, hay un cartel que cierra el paso: “Se vende” y está el número de un celular. Al lado de la entrada, en el descampado, hay una cabina con teléfono público de Telefónica. Tiene tono, limpísimo, y el visor en perfecto estado dice: “Inserte moneda o tarjeta”. Llamo entonces desde ahí a los vendedores. Trato de parecer un inversor interesado en comprar una hostería en Costa Bonita. Me responden que no pueden tratar ese tema en este momento, que hay un posible comprador muy firme y por una cuestión de seriedad deben darle prioridad y no jugar a dos puntas. Entonces ya no quiero parecer un inversor. Sólo quiero lograr que alguien me muestre el lugar, pero es tarde para convencer a ese señor de lo contrario de lo cual no había logrado convencerlo antes. En un arrebato de desesperación por no perder del todo la pesquisa, pregunto al menos cuánto piden por la hostería, pero me responde que no dan precios por teléfono. Ahí me doy cuenta de que nunca llegaré a ser un inversor.

Las personas que veo por ahí parecen ensimismadas y renuentes a la conversación, pero es apenas el silencio reinante que se apodera de sus almas. Todos tienen ganas de hablar pero no pueden, se ve. A los dos minutos de empezar a hablar con el dueño del bar en la playa, me cuenta cómo estaba venido abajo ese bar cuando él lo agarró. Que su proyecto de manejo del bar fue el que ganó cuando la Sociedad de Fomento hizo el concurso. Que nunca dio ganancias, más bien pérdidas o bien apenas lo justo para mantenerse durante la temporada, pero que eso no es un negocio. Que nada es negocio en Costa Bonita, que es un lugar abandonado. Que tiene su encanto, sí, pero hace ya mucho que entró en decadencia, y eso es porque la playa está llena de piedras, que es imposible bañarse así, y entonces a la gente el lugar no le gusta. Que la culpa de que la playa esté así la tiene el puerto de Necochea y Quequén, porque los proyectos de alargamiento constante de las escolleras cortan la corriente marina que deposita arena sobre las playas de Costa Bonita sin cortar la corriente opuesta, que es la que retira arena de las playas, y entonces lo que queda en el borde del mar son esos piletones de rocas llenos de cangrejos.

Estoy convencido de que el dueño del bar Santino es un lugareño por los detalles técnicos de su explicación, pero resulta que no, que es de Flores y va a Costa Bonita todos los veranos a hacer la temporada. El concurso lo ganó hace cuatro años. Pensó que haría negocio, pero nunca recuperó la inversión. Como además percibió algunas conspiraciones dentro de la Sociedad de Fomento para quedarse con el trabajo que él había estado haciendo, se decidió a no dar el brazo a torcer para que no se apropiaran de su esfuerzo y su inversión. Al final, cuando se acerca la temporada y tiene ganas de no volver nunca más, resulta que se enternece. En el lugar ya lo conocen, lo quieren, él quiere a los demás, los chicos pueden andar por la calle tranquilos porque no hay nadie. Cuánto vale todo eso, me pregunta.

Resulta que yo voy con mis fantasías románticas, de enterarme en profundidad de historias como la del pintor que llevaba a sus modelos a posar desnudas en Costa Bonita, de encontrar motivos secretos por los cuales impera esa decadencia, de saber cómo fue que se hicieron esos edificios de cuatro pisos sobre la costa que desentonan con el resto de las casas bajas y espaciosas y que yo veo como el nudo de esa decadencia y al mismo tiempo el propio encanto de esa decadencia, y me encuentro con cuestiones domésticas: las protestas por la corrupción y el desinterés por el bien común de parte de la dirigencia de Necochea, la expresión de que este lugar que a mi me maravilla debería progresar, pero yo relaciono ese progreso con que haya mucha gente y claro, para los negocios siempre mucha gente es algo imprescindible, pero eso terminaría con el encanto de lo que a mí me parece fascinante, y quizá esté yo equivocado o peor, quizá me esté regodeando perversamente en el sacrificio de los lugareños que no pueden tener todo el bienestar que sería justo.

Sigo escuchando que en el verano las cosas están más o menos en orden porque mandan policías del Operativo Sol, pero que durante el invierno eso se transforma en tierra de nadie, que algunas de las doce personas que viven en Costa Bonita se encargan de cuidarles las propiedades a los demás porque si no después no encontrarían piedra sobre piedra, porque es un pueblo abandonado a su propia suerte por los políticos de Necochea, a los que no les importa nada. Porque lo mismo hacen con las escolleras que le quitan la arena a las playas y el mismo descuido que es negligencia por intereses sucede con los desagües cloacales, que aprovechando Necochea la apropiación de Quequén (que hasta hace unos veinte años era partido de Lobería, pero pasó a ser partido de Necochea), desagota toda la mierda sin procesar a la altura del barco encallado que todos miramos fascinados, que al fin y al cabo ese barco encallado no está ahí por una tormenta que sorprendió a la tripulación como cuentan los chicos en la playa, sino porque sus dueños le soltaron amarras para cobrar el seguro. Para el momento en que me escucho comparar estas tramoyas con las quejas por las papeleras en el Uruguay, me siento un poco avergonzado de caer tan bajo y me digo que no es este el intercambio que estaba buscando.

Al atardecer del último día veo que hay luces en la Hostería. Doy un rodeo, veo una cuatro por cuatro estacionada en el parque, me acerco a ver quién es. Un señor me dice que adentro están los futuros dueños, que están revisando los arreglos que tienen que hacer. Le pido si me deja entrar a mirar un poco, que desde que llegué quiero entrar y no puedo. Sonriendo, me dice que espere un rato y vuelva cuando los futuros dueños se hayan ido.

El señor Alderete vive enfrente de la Hostería. Es el encargado de cuidarla mientras está desocupada. Me muestra antes que nada el comedor, señalando las ideas que tiene para hacer mejoras al lugar, ideas que les planteó a los futuros dueños: “Les dije que esto se podría convertir en un salón de baile… que acá se podría hacer un entrepiso porque es la habitación de servicio…a la Señora le parecieron bien mis ideas…”

“Quieren hacer una inversión importante”, dice el encargado. “Ahí en el jardín van a hacer más habitaciones, respetando el estilo”. Dice que así como está la Hostería tiene pocas habitaciones, que habría que cobrarlas muy caro para que rindan. La relación sigue siendo que poca gente equivale a mucha plata o a decadencia.

Después me muestra la recepción de planta baja. En la barra hay unos cassettes, y cuando tiene ganas de estar solo y pensar, va y pone música ahí y se prende un faso.

Espera arreglar con los futuros dueños para que le sigan dando algún trabajito ahí, aunque es jubilado y no lo necesita.


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