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8 02 2006 - 12:21

Acodada a la ventanilla de expendio de tarjetas de la estación Pasteur suele haber una mujer pidiendo monedas. Hace unos días esa mujer apareció en su puesto habitual pero con un recién nacido en brazos. Le di monedas. Bajé al anden pensando que había vuelto a hacerlo, que dando monedas a mamás o presuntas mamás con bebes en brazos estaba diciendo: usar a los chicos para pedir es redituable, hay que seguir usándolos. Después agarré un libro y negué todo. No hay sufrimiento, no hay otros, la vida es buena. El bebé tendría pocos días, era muy pequeño.

El viernes volví a verla, seguía con el bebito en brazos. Mientras pagaba con dos con diez los tres viajes en subte pensé que esa señora tal vez sí era la madre. Recordé que era gorda y seguía siéndolo. Cuando estaba por pasar la tarjeta por el molinillo ví esta escena:

Al costado de las boleterías una mujer le pasaba su bebé (otro recién nacido) a otra. Una de ellas (la que le pasaba el bebé) parecía la madre. Su cuerpo se veía puérpero, su cara, todavía hinchada. La otra mujer tomó al bebito a upa. Estaban como haciendo fila para tomar el puesto de la otra mujer (la gorda)

Mi primera reacción estuvo gobernada por la negación y teñida por la clase: una gestualidad con brazos en jarra y ojos en blanco que acusaba a esas mujeres (ya no digamos madres) por ‘prestar’o ‘alquilar’ a sus bebés a otras que pedían fingiendo ser las madres. Hubo otra reflexión alrededor de la idea de que esos bebés estaban mejor antes de nacer (en la panza), y otra más, que obviamente iba a parar a lugares comunes jodidos acerca del ‘derecho de nacer’ y la pertinencia del aborto y la anticoncepción.

Después pensé: ¿y por qué no piden las madres, por qué los alquilan? Uhm, tal vez sí pidan también, y después descansen. ¿Qué mamá no desea que alguien le tenga un ratito el bebé a upa? Después de todo sí hay un recién nacido y sí hay una madre reciente.Las demás mujeres que pasean el bebé en silencio, mientras reparten un cartelito o extienden la mano serían las ayudantes de esa mamá y de ese bebé. La famosa ayuda, que tanto pedimos las madres de clase media.

Otra vez nos sentimos mejor, después de todo, no se trata de madres monstruo que alquilan sus bebés para hacerse unas monedas “sin trabajar” sino que se trata de un grupo de mujeres que hacen lo único que se les ocurre (a ellas o quién sabe a quién) para sobrevivir. En el medio, ellas, todas en edad reproductiva, tienen relaciones sexuales, se embarazan y tienen a sus bebés. Los bebés no son un impedimento “para progresar en sus carreras”, sino que son una herramienta de trabajo.

Maneras de ver lo mismo que uno ve siempre. La compasión que suelen generar los bebés no suelen generarla las mujeres que los cargan, sean o no sus mamás. Yo creo que cualquier mujer que haya pasado por ahí sabe que el puerperio no es una etapa fácil. Y mucho menos fácil si en lugar de gozar de la licencia ‘por maternidad’ tenés que trabajar y muchísimo menos fácil si el trabajo es pedir en el subte.

Todo esto para llegar a no sé qué conclusión, pero por momento la conclusión tiende a ser: quizás sí haya que dar monedas a las mujeres que piden con bebés en brazos.

Ayer, el puesto al lado de la ventanilla lo ocupaba la mamá que le había pasado el bebé a la otra mujer, una madre flaca, bastante joven. Un bebé nuevito, nuevito.

Pensé cosas anoche que no sé si están bien. En principio quiero hacer un descargo y decir que creo que cualquier cosa que yo piense al respecto va a ser excéntrica, desde afuera, y que me arriesgo a quedar como Cariglino hablando de la Ciudadela Carcelaria. Ahí va:

Volví a pensar en el puerperio inmediato, en cómo se siente una cuando acaba de tener un bebé y traté de imaginarme a alguna de estas mujeres ‘saliendo del hospital’ con el bebito a upa y un compañero sosteniéndoles un bolso con ositos. Tal vez se tomen un colectivo hasta el lugar donde vivan, lleguen a la casa, se acuesten un rato. Los recién nacidos que vi la semana pasada en el subte no tenían más de una semana de vida, tal vez menos. ¿Cómo es el cuento? ¿La mamá se queda en la casa perdiendo leche por arriba y sangre por abajo y el bebé sale al subte con otra señora que pide con él en brazos? ¿Qué toma ese bebé? ¿Una mamadera llena con la leche que le dieron a la madre en el hospital? O la mamá no lo entrega (eso sería lo más deseable o lo que tranquiliza más) y sale ella al subte con el bebito y un paquete de algodón entero que le ataja los restos de endometrio y esas cosas que siguen saliendo hasta un mes después del parto y en las pausas entre trenes lo amamanta convenientemente sentada en uno de los bancos de Metrovias?

¿Cómo es el contrato de solidaridad entre los que piden en el subte considerando que la miseria, el dolor, la enfermedad, el tener un recién nacido son valores que cotizan a la hora de medir la recaudación?

Pertenecer a alguna clase social (media, baja, alta) asegura tener (por debajo, o por el costado, o por quién sabe qué espacio metafórico) una red (otra metáfora) de contención que se activa cuando hay una necesidad que tiene que ver con la supervivencia de la especie: tener un bebé por ejemplo. Cuando una mujer desclasada pasa por esas instancias humanas no tiene a nadie más que al Estado, que en principio le brinda una sala de partos, dos día de internación y una charla con una asistente social antes de darle el alta. Pensaba en esto como contrapartida a mi habitual posición anti-médicos o anti-institución en todo lo referido a cuestiones relacionadas con la parición y la neonatología. En esos casos, en los no patológicos, creo yo, la institución entorpece, molesta y es anti-económica. ¿Para qué gastar en la internación y en el personal afectado a ello (enfermeras, puericultoras, mucamas, cocineros y médicos) de una mujer sana cuando ella podría estar en su casa comiendo su comida y usando su baño? Pero si la escena involucra a una mujer sin red, mandarla a la calle con una criatura de 48 horas es dejarla a merced de quién sabe qué designios.

No sé al resto de la gente, pero a mí me costó un tiempo adaptarme a un hijo y tratarlo como hijo. No digo que en su cuarto día de vida lo hubiera dado para que se lo llevaran a pedir al subte, pero cualquier cosa que me dijeran que había que hacer podía acatarla como cierta. Recordemos que las mujeres solemos ser inimputables ante la ley durante la cuarentena puerperal. Hay locura ahí, hay un desbarajuste hormonal que en algunos casos puede ser peligroso. No se me ocurre una solución y probablemente esta propuesta de distribución de la asistencia sea no sólo naif, sino impracticable. Probablemente a las mujeres de clase media no les parezca razonable quedarse en sus casas ahorrando recursos para que las mujeres sin red se puedan quedar ocupando una cama un poco más de tiempo. ¿Cuánto tiempo, además? Insisto, es éste un pensamiento desde afuera en todo sentido y sé que puede ser irritante o injusto o disparatado en términos económicos, pero la sensación que tengo es que la asistencia a las mamás recientes es un lugar por dónde se debería empezar cualquier intento de asistencia o “salvación” de la niñez en riesgo. Ninguna mamá puede cuidar a nadie si no la cuidan a ella primero.


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