Click here
Más Features

El fin de la vía (8) | El fin de la vía (7) | El fin de la vía (6) | El fin de la vía (5) | El fin de la vía (4) | El fin de la vía (3) | El fin de la vía (2) | El fin de la vía (1) | Néstor Kirchner, la (primera) película | Renuncio | Graciela Bevacqua | Testamento: 4.2 Memoria y Condición Humana |







La Caridad Inducida

10 02 2006 - 01:42

Soy un amo de casa y me tomo las cosas a pecho. Soy de ir al supermercado, conozco los precios y hago las compras porque me gusta. Chusmeo las góndolas, me molesta cuando los repositores no respetan las secciones y te ponen el trapo rejilla cerca de los vinos y lejos de la lavandina. Tengo que comprar víveres para mi numerosa familia, mi enérgica mujer, mis dos hijas mayores y los dos reos menores, por lo cual mi presencia en ese espacio de lujos banales es casi permanente.

Iba casi siempre al Coto que está por calle Urquiza, entre Presidente Roca y España porque me quedaba a la vuelta de casa y porque ganaba en la síntesis de precios y distancia con La Gallega y Carrefour. Con esto quiero decir que me consideraba cliente del supermercado, como también era cliente de Ramón, el verdulero de la esquina de Roca y Urquiza, al que hace un par de meses le hicieron un operativo SWAT con cuatro autos de policía, tres movileros de LT3, LT2 y LT8 y los de los canales que, como siempre, llegaron tarde, por tener doce cajones de verduras y frutas recostados en la pared que da a la vereda y que “entorpecían el tránsito peatonal”. Era cliente y conocía hasta a algunas de las cajeras, chicas jovencitas que rotaban con otras sucursales y a las que escuchaba contar anécdotas de sus encargados o compañeros en voz baja y como para que no se notara. Había como un ambiente de explotación velada y subrepticia, como una conspiración del silencio, pero nada muy distinto a cualquier empresa argentina. Casi nunca sonreían, pero eso le importa a poca gente, a la que no está apurada.

Un día estaba yo tarareando una canción de Queen que pasaban por los altoparlantes (creo que era “Don’t stop me now” y no se rían), mientras esperaba que la cajerita me cobrara, cuando me dijo “son setenta y tres con 17 centavos”. Yo saqué un billete de cien de la billetera y se lo di.

La chica tecleó “100” en la máquina para que le diera el cambio justo, y en ese momento se produjo el hecho clave de este relato. Me dijo, con malicia de mujer: “¿No quiere donar 83 centavos?” a lo que automáticamente respondí “No”, en parte por el reflejo condicionado de tanto roce con la pobreza y el limosneo y en parte porque lo último que habría esperado era hacer una donación en una cola de supermercado.

Dije que no y comencé a sentir la miserabilidad a la que había llegado en mi vida. Pensé en mis cuatro hijos y en cuánto agradecerían tener un padre a imitar en el resto de su vida, en fin, pensé en mis años de colegio católico y en la nebulosa sensación de hacer algo por alguien en el aire, sin verle la cara, pero convencido de que un acto semejante (son sólo 83 centavos, me decía a mí mismo) me iba a volver más bueno y digno del ejemplo paternal que día a día intentaba transmitir a mis vástagos.

–Disculpame, no te entendí bien, está bien, hago la donación–, le dije a la chica en un alarde de síntesis y con mi mejor semblante.

–No se puede, ya lo pasé.

No entendí que significaba esa frase “Ya lo pasé” y le pregunté.

–Bueno, pero sacá el cambio nomás, no hay problemas.

–No, señor–, me dijo, en voz lo suficientemente alta como para que se enteraran todos los de la cola, que a su vez estaban molestos porque el simple trámite de pagar mi compra se prolongaba–. Para donar me tiene que decir antes de que le de el cambio, porque la máquina registra la donación y así se controla.

–Ah–dije, sin entener el siniestro funcionamiento del acto donativo en el cual estaba envuelto inesperadamente, pero el sólo escuchar los resoplidos de la gordita con bebe que estaba detrás haciendo equilibrio con su hija y la compra me hizo desistir de pedir mayores explicaciones.

—————————————

Volví a mi casa con la compra, pero la cuestión de la donación me había quedado en la cabeza. Antes de salir del supermercado me enteré de que Coto estaba haciendo una campaña para comprar una incubadora para el Hospital de Niños de Rosario y el lema era algo así como “Su vuelto vale”.

Pensaba en todo eso mientras cenábamos uno de los exquisitos platos a los que nos tiene (mal)acostumbrados la matriarca familiar, en este caso pollo a la cerveza con papas españolas. Decidí volver al lugar del hecho. Pensaba que no iba a poder dormir esa noche, así que cerca de las nueve y media de la noche, le dije a mi mujer que el Nesquik (artículo de primera necesidad en mi hogar) se estaba terminando y no sabía si iba a alcanzar para las mamaderas de la noche y el desayuno de los cuatro a la mañana. Con esta excusa partí rumbo al Coto de nuevo, dispuesto a donar mi vuelto para entender de una vez el sistema y poder dormir tranquilo esa noche y el resto de mi vida.

Entré rápidamente, busqué la conocida bolsita amarilla de Nesquik y un kilo de naranjas para jugo y me dirigí a otra caja, porque no quería encontrarme con la cajerita rubiecita que tan mal me había hecho sentir un par de horas antes. La cola era larga, porque a esa hora había pocas cajas abiertas. Durante la espera tuve tiempo de informarme lo suficiente como para entender el sistema.

La campaña del Coto era genial.

Para Coto.

Se trataba de que todos los que pagáramos y tuviéramos vuelto en centavos, donáramos esos centavos mediante una tecla que supuestamente iba a una cuenta que se llamaría “donación”, supongo, para poder comprar una segunda incubadora para el Hospital de Niños. Había descubierto que ya lo habían hecho en otra ocasión, viendo las fotos con el director del hospital y del intendente en la entrega de la primera incubadora, todos con caras felices.

Y pensé entonces en lo siniestro de la maniobra, en el magistral desarrollo de imagen empresarial que sus asesores o gerentes visionarios habían inventado, esto es, aparecer como el gran donador de incubadores del Hospital de Niños, causa justa si las hay, capaz de levantarte los pelos de la nuca, pero CON PLATA AJENA!!!
Don Alfredo era un capo. Totalmente capo. Compraba la incubadora con la guita de los pobres giles que le dejaban sus centavos, usaba a las pobres cajeras de extorsionadoras amateurs y después se sacaba la foto y brindaba.

Era tan evidente que me preguntaba cómo todos lo aceptaban. ¿Nadie se había dado cuenta de que el tipo hacía beneficiencia con guita ajena?

Se me ocurrió una explicación posible. Era como una tercerización de la donación, la gente prefería darle la plata a Coto que dársela al pibe del semáforo o al que le dejaba la estampita en el café, y así se iba tranquila a su casa sin la experiencia física de la cercanía de la pobreza. Mejor aún, era una combinación perfecta. Era la síntesís final del concepto del supermercado. Podés comprar todo lo que necesitas para tu casa, y también comprás un poco de buena conciencia al dejarle una donación.

Es decir, darle guita al del semáforo o al del café no te asegura el destino que vos querés que tenga tal donación —me pregunté, en ese punto, qué imaginario tendría cada uno de lo que donaba y lo resumí en que la gente que está mal este un poco mejor, es decir que no pase hambre o frio, y esos pibes seguro se gastaban la guita cervezas y droga—, y por eso se lo daban a Coto porque era un empresario exitoso, con mucha guita, que no la iba a gastar en vino barato o falopa.

Era una aplicación un poco distorsionada del principio político “roba pero hace”, y a mucha gente no le daba cosa como a mí hacerlo, parece, porque recaudaban a lo loco.

Angustiado por la verdad, recorrí todo el supermercado para ver si había alguna evidencia de que Coto pusiera algún manguito en la campaña, pero no, “el pueblo de rosario” lo había hecho, decía uno de los afiches que mostraba a Alfredo Coto sonriente con la primera incubadora, y “ahora vamos por más, vamos rosarinos” decía el otro, más doloroso aún porque ponía abajo el monto que llevaban recaudado (cerca de setecientos mil pesos) y cuánto faltaba, acusándonos indirectamente a los que no colaborábamos de la demora en la compra de la segunda incubadora, y de los niños que iban a morir por no tenerla y cosas así que seguramente solo se me ocurrían a mí.

En un recorte de diario (o algo así parecía) se informaba que en no sé qué parte de la provincia de Buenos Aires se habían donado cinco incubadoras, tal vez para presentar una estúpida competencia ciudad-ciudad a ver quién la tiene más larga.

Ay, me dije, preso de un estado de conciecia semejante a un koh-i-norr (discúlpenme las metáforas hogareñas, pero soy un amo de casa, ya lo advertí), me retiré de la cola de la caja para vagar por las góndolas escuchando la suave voz de los altoparlantes que me informaba que faltaban diez minutos para cerrar las puertas, que faltaban cinco minutos para cerrar, que ya habían cerrado.

————————————

Tenía la bolsa de Nesquik en una mano y un kilo de naranjas para jugo en la otra y me sometí a mi destino.

Encaré hacia una de las dos cajas que habían quedado abiertas, empujado por uno de esos muñecos azules de seguridad, y me encontré cara a cara con la malvada cajerita que me había atendido a la tarde, visiblemente más cansada, con ganas de irse a su casa y puteando internamente contra los boludos como yo que compraban boludeces a esta hora.

Sumó y la cifra exacta no la pude ver, pero me dijo la consabida y extorsiva frase pistola humeante, que ahora era: “¿Quiere donar 72 centavos?”

Titubeé, lo confieso, pero llené mi pecho de aire y se lo pude decir en la cara.

NO.

Me salió en una voz tan alterada que algunos empleados se dieron vuelta y uno de seguridad se acercó ostensiblemente por mi costado derecho.

–Que se ponga Alfredo Coto si quiere comprar incubadoras—, le dije y ella se quedó de piedra.

No volví al Coto de calle Urquiza. Me mudé de barrio unos meses más tarde, vivo para el otro lado de la ciudad, cerca de Av. Pellegrini y soy uno de los sufridos compradores de La Gallega, pobre institución rosarina de la cual estoy esperando alguna campaña semejante para ver cuál será mi reacción.

Veremos qué pasa.


————————————

Del mismo autor:
Indulgencias plenarias en Villa Constitución