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11 02 2006 - 16:40

A mi señora se le ocurrió el otro día que no estábamos teniendo mucha vida cultural, así que se sentó en la computadora y en diez minutos sacó entradas para media docena de espectáculos. El primero fue, la semana pasada, Bajofondo Tango Club en el Allen Room del Lincoln Center, que no está en el Lincoln Center sino en el décimo piso del edificio de TimeWarner, esquina suroeste de Central Park. Como mi mujer baila tango y yo soy argentino, suponíamos que Bajofondo iba a ser un espectáculo a la medida de ambos pero, como casi todas las cosas que están a mitad de camino, no emocionó a ninguno de los dos. Santaolalla, en un extraño gesto heavy metal, tocaba su guitarra modernosa con los ojos y la boca bien abiertos, mirando fijo al violinista, un pelilargo de gran sonrisa y flaco como un grisín; las canciones estaban buenas pero se parecían todas un poco. Bajofondo es tan cool, tan frío, que es casi imposible entusiasmarse, aún teniéndolos enfrente: daban ganas de pedirse un martini y ponerse a charlar con el de al lado. Sentado en mi butaca de 35 dólares, de todas maneras, en ese teatro increíble, con Santaolalla et alter tocando la mitad del tiempo con el Central Park y las luces de la ciudad de fondo –la pared de atrás del escenario es de vidrio, y a la mitad del recital levantan el telón negro y se ve todo (foto del NYTimes, que tampoco se emocionó)—, la atmósfera consiguió finalmente ponerse rara e irreal, que es siempre un poco el objetivo de los recitales.

Ahí estaban entonces estos argentinos cosmopolitas, los del escenarios y los de la platea —banqueros, estudiantes y otros anclaos: mucho Manhattan, algo de Brooklyn, nada de Queens—, unidos por un espectáculo sofisticado de caché global. Me vi súbitamente atacado por el virus patriótico, que me subió por la columna vertebral y estalló con tibieza en mi cerebro, especialmente cuando pusieron en la pantalla gigante unos videos mudos de Piazzolla y el teatro, incluidos los no argentinos, se puso a aplaudir. No me duró mucho el impulso nacionalista, porque enseguida me di cuenta de que Piazzolla es lo contrario del nacionalismo, de que a Piazzolla los nacionalistas lo destrozaron por no respetar la tradición, la esencia del tango. Me pregunté quién coño podía oponerse en los sesenta a Piazzolla, porque ahora todo el mundo niega haberlo hecho, y al día siguiente, o dos días más tarde, no me acuerdo bien, leí una de las columnas de Osvaldo Pepe en la página dos de Clarín y se me ocurrió que, probablemente, Osvaldo Pepe habría sido anti-Piazzolla si hubiera sido más joven. Habría dicho algo así: “Siempre es grato que un argentino triunfe en el exterior, pero debemos pensar con qué medios, qué es lo argentino que exporta Piazzolla, porque el tango verdadero es el de los teatros de la calle Corrientes, el de las milongas de San Telmo…”.

Ernesto Semán dijo en esta página hace un par de años, antes de convertirse en el hombre adulto que es ahora, que “la identidad nacional es una membrana permeable atada al tipo de cambio”. Y de los mates y las empanadas que revivieron en 2002 entonces pasamos hoy a Iluminados por el Fuego, película a la que le inflamos sus victorias internacionales (cuando ganó el Goya a la mejor película extranjera en castellano, la mayoría de las crónicas escondían el “en castellano” hasta la última línea) y llevamos, como el otro día, a Bauer y Pauls a repartir y recibir apretones de manos en la Casa Rosada, como cuando se recibe a alguien que vuelve victorioso de la excursión en el extranjero, costumbre inexplicable de la agenda de los presidentes. Sobre todo por la trayectoria de “Iluminados por el fuego”, a la que venden como multipremiada y sus premios cada día se parecen más a los torneos de motonáutica (“¡campeón mundial, campeón mundial!”) que ganaba Daniel Scioli en su etapa pre-política. De Piazzolla a Iluminados por el fuego seguro que hay un largo camino, pero es un camino sinuoso, difícil, porque la exégesis del triunfo argentino en el exterior se mantiene con Bajofondo, y sobre todo con Santaolalla, cuyas nominaciones al Oscar nos hacen hacer pis encima (¿se acuerdan de Eugenio Zanetti, el argentino que ganó un Oscar hace diez años, héroe por un día?).

No entendí por qué Santaolalla tocó dos canciones del Cuchi Leguizamón, sólo con guitarra acústica y voz, cantadas por Cristóbal Repetto con voz nasal y acento de película argentina de los cuarenta, exagerado como en la parodia de aquel comercial de Quilmes de hace un par de años; pero era en serio. ¿Quiso Santaolalla argentinizarse, untarse una capa de autenticidad telúrica que su tachín-tachín con bandoneón y violín no puede darle? Ojalá que no haya sido eso, ojalá la razón haya sido práctica, como poner un freno a la sucesión de canciones todas a la misma velocidad, por ejemplo. Pero sospecho que no, que Santaolalla nos quiso tirar por la cabeza un frasco de “verdad argentina” para mancharnos de algo de color, ése que Bajofondo apenas tiene pero no le falta, está bien así.

¿Entonces qué? ¿El folklore ahora da legitimidad, credibilidad, calle? Me sorprendió hace un par de semanas la intensa cobertura de Página/12 sobre el festival de Cosquín; todos los días un cachito de tapa: hasta hace no mucho tiempo en Página/12 se cagaban de risa de Cosquín. Pero ahora que somos nacionalistas –protegemos a los socios de la UIA, le ladramos al capital foráneo, ponemos cuotas de pantalla en los cines, nos peleamos con Uruguay (“es una causa nacional”, dijo el presidente)—, el folk es lo más. Yo, personalmente, no veo la relación obligatoria, pero hay gente que busca coherencias simbólicas y termina haciendo eso: judíos progres y urbanos de Colegiales emocionados con el movimiento nacional y popular y de golpe, también, con el Cuchi Leguizamón, de quien lo desconocían todo hasta el fin del menemismo y ahora no saben qué hacer con sus discos de Radiohead o Tom Jobim (o Piazzolla, justamente). Es la fase final de la inmersión progresista en el peronismo profundo, el último sapo estético a tragar, JotaPé Feinmann con poncho y sombrero de ala ancha: la nación no es un idea, la nación es una emoción.

¿Es este el mismo proceso por el que, del otro lado, de a poco, la palabra “cosmopolita” empieza a acercarse a, por ejemplo, “neoliberal”? Hace poco, un amigo progresista me acusó de “cosmopolita”. “Cosmopolita nabo”, dijo, que no es lo mismo, pero casi. Ojalá no sea así. Contra eso nos rebelamos. Que nadie me obligue a emocionarme con Bajofondo sólo porque tiene éxito en Manhattan, porque llegado el caso lo voy a hacer: tachín-tachín en mis oídos, la voz sampleada de Adriana Varela, un aire difuso de calles de Buenos Aires en la noche lluviosa, bandoneones como puñaladas, el olor del asfalto húmedo en Plaza San Martín. Uno se puede enamorar de todo, sobre todo si es para satisfacer la pulsión contrera.


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