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Un equilibrio primario

14 02 2006 - 03:31

— Ilustración: Verónica Flores —

La puerta de vidrio, de ésas que tienen los locales bien, pero bien viejos, con marcos ínfimos y masilla abultada, está totalmente abierta. Pero adentro no hay nadie. Golpeo las manos tímidamente, y nada. Hago un tac-tac-tac espaciado con el llavero, sobre el escritorio de madera con cajones, y no hay caso. Salgo.

—¿No está el señor de la unidad básica?

—¿Velázquez? –pregunta la verdulera del local contiguo, interrumpiendo su lectura de Crónica–. Dijo que en un rato venía. Se fue con una carretilla y un albañil.

—¿Y tardará mucho?

—No, tuviste suerte. Ahí viene, en la esquina.

—Eh, ¿viene gente acá, a la unidad básica?

—Sssí, más o menos.

Arriba de la puerta, un cartel de chapa de pintura blanca reciente, presenta en letras de imprenta mayúsculas, azul marino, un tanto curvas, a la “Unidad básica Maestro: Hugo del Carril”, que está a mitad de cuadra en Echeverry al 700, en el barrio Matera de la localidad Parque San Martín de Merlo, en el oeste del Gran Buenos Aires.

La avenida se parece en algunos tramos a la Córdoba porteña en sus tantos metros de outlets de primeras marcas (salvo que acá sólo hay recursos para la imitación paraguaya vía La Salada); en otros, se asemeja a Warnes, con olor a nafta y repuestos de auto por todas partes, y el resto de su extensión es como Rivadavia toda: comercial, céntrica o barrial.

En la esquina de la unidad básica hay una funeraria cuya empleada baldea la vereda todas las mañanas, aunque no tan temprano como en Capital, sino tipo nueve o diez. Enfrente, una compraventa (mezcolanza, sobre todo, de cunas y camas) en la que aún subsiste un cartel, de los luminosos, que dice “Expocarne”, y una vaca de yeso en la vereda, de ubres mutiladas y pito de tinta y tizas escolares: resabios de una carnicería que no funcionó y de los que el dueño de la compraventa no reniega, porque le dan al comercio cierto aspecto cómico. Lo que queda son casas que, comparadas con las ubicadas en las calles de tierra del barrio, un par de cuadras adentro, son toda ostentación, aunque se trate de viviendas chicas y sin artificios. Se puede apreciar alguna que otra prefabricada revestida de material y construcciones que crecen hacia arriba gracias a los cuartitos que se erigen moldeando un Jenga de cemento y ladrillo hueco. A su vez, hay casas lindas, pintadas de rosa viejo o blanco, prolijas pero manchadas por el aerosol de los fanas (o) de las bandas de rock, del viejita (“Si te pega no te quiere”) al ricotero (“Pacto”). Y a la vuelta de la unidad básica, ahí nomás, sobre Gómez Fretes, se encuentra la FM Box, que trae grupos de cumbia villera a Matera , y las pendejas lloran en la puerta de la radio aún sabiendo que los van a poder arañar igual.

Rodeada de este panorama está “la básica”, como dice Juan Velázquez, quien la coordina desde el ’88, año en que se fundó. Pero coordinar suena a demasiado porque en realidad, físicamente, respecto al local y al barrio, Velázquez se coordina a sí mismo.

Pregunta, desafiante, acerca de cuál es la diferencia entre el nombre de esta unidad básica y otras de Merlo que también se llaman Hugo Del Carril. Y me pesca como diciendo “Voy 1 arriba” cuando confirma que no había reparado en ninguna diferencia; sí, en que hay varias, como él afirma (engañando), que tienen el mismo nombre, y que se lo iba a preguntar. “La diferencia es que ésta se llama Maestro Hugo Del Carril y las otras, Hugo del Carril a secas. En homenaje a este hombre que fue un ejemplo del peronismo, un gran peronista, todo un maestro por su obra y creador además, de la Marcha Peronista”. Hugo Del Carril sólo interpretó la versión más conocida de dicha marcha, que es atribuida a Rodolfo Sciammarella, pero Velázquez no lo sabe o no le importa.

Está bien, Velázquez, los detalles revelan alguna diferencia en cuestiones semejantes. Pero con un nombre, la verdad, no hacemos mucho.

Este hombre de más de 60 y menos de 70 (lo más cercano a decir su edad fue un “Soy bastante grande”), renguea de la pierna izquierda con bastante esfuerzo por disimularlo (paradójicamente, ese empeño acentúa su andar lento y desparejo), y todavía conserva la dentadura (al menos, la parte inferior), información que revela la leve superposición de uno de sus incisivos con el diente vecino.

Puede ir de la vanagloria muy fanfarrona cuando afirma que “La básica, mi básica, es la única que está abierta siempre, todos los días”, a pasar por afásico cuando se le pregunta de qué vive, qué hace además de ésto. Se toma todo con mucha calma. Bueno, termina respondiendo: “Soy encargado de depósito de secuestro de vehículos menores, que depende de la municipalidad. Por acá paso a la mañana para ver qué novedades hay y después vuelvo a las siete, hasta las nueve, más o menos”. Seguro, es que no encuadra bajo el mote del viejo que se fanatiza innecesariamente, efusivo y calentón, formando la ortodoxia peronista. Esos que te sacan volando cuando les pedís una autocrítica, o que expresen no sólo en qué pudieron acertar, sino también en qué le pifiaron. Las anteojeras de este tipo abundan en Merlo.

Empecemos por lo que no puede dejar de preguntarse:

—¿Qué actividades se realizan acá?

—Acá ayudamos —Velázquez habla casi siempre desde un nosotros que, como decía, por lo que se ve, es: ayudo, hago, averiguo— a tramitar documentos cuando la gente, por ejemplo, los pierde; aunque ahora ya no lo estamos haciendo, ahora se encarga de eso una básica que está acá nomás. En la época de elecciones estamos con el tema de los padrones, trabajamos como locos; a los que no salen en los padrones les damos todas las direcciones adonde tienen que ir a tramitar para poder votar. También con lo de las escrituras… Ayudamos a conseguir remedios, a que la gente se pueda atender en el hospital…

Y al embarullarme con la cantidad de veces que oigo “justicialismo” y “peronismo” en forma alternada y con la misma asignación de valor histórico, le pregunto, por las dudas:

—A ver, cuál es la diferencia, a su entender, entre justicialismo y peronismo.

—Decir peronismo es fácil, asimilarlo es otra cosa. Muchos dicen que son peronistas, pero no. Asimilar el peronismo es llevar a cabo la doctrina que nos legara Perón y Eva Perón. Es llevar algo adentro, hacer el bien a la gente que lo necesita—se toca el corazón con la mano derecha—.Hay gente muy humilde; a veces no podemos y al que es peronista le duele que no se puedan resolver los problemas de la gente. Justicialistas serían los otros: los que dicen que son peronistas y no lo son.

Es extraño, antes que compañeros dice “gente”. Lo fundamenta: “Es que yo trato de ayudar no sólo a los afiliados”.

Cuando se le pide que siga enumerando las actividades de “la básica” continúa con el tema de los documentos con tono de quien va a enumerar, pero la cuenta se corta antes del segundo ítem. A pesar del zarazazaza que se puede oír en cualquier unidad básica, es bastante espontáneo, no parece un autómata. Espero que eso no sea la causa de la pobreza de sus dichos.

Pero sorprende, ¿a ver?, y arranca sólo: “Acá la gente viene, se interesa por las cosas que les podamos dar. Viene por necesidad, pregunta, consulta y vemos cómo los podemos ayudar, siempre tratamos de ayudarlos”.

—¿Viene mucha gente, por su cuenta?

—Sí, sí, todos los días hay gente, viene gente, sí.

Después de que Velázquez pintara esta suerte de bolichito de primeros auxilios barriales, me puse re botonaza y me dije: “No es verdad que vaya mucha gente”. Así que, emprendí una vigilancia durante los horarios en que Velázquez tiene “la básica” abierta (unas dos horas por día, más o menos), desde la heladería de enfrente, sin que me viera. Lunes: nada, martes: ¡por fin!, entra una mujer, ¡pucha!, se va enseguida. Al rato, ¡otra!, y en ese momento, como el pegote del helado en las manos no salía con esas servilletas más delgadas y mucho más rígidas que el papel higiénico Vual, pasé rápido los dedos por el ruedo de la pollera de jean y crucé Echeverry casi corriendo como si perdiera el colectivo.

Agitada, pude ver a una tipa flacucha y arrugada como una pasa de damasco:

—Sí, la verdad que está complicada mi mamá...pero hace mucho que está con los problemas de diabeti, por lo menos cuatro años. Bueno, esta vecina que yo le decía que lo conoce a usted me dijo “Andá a ver a don Velázquez”. Y bueno, ¿vio?, no tenemos plata para los remedios, mi marido está con las changas… así que quería ver qué se podía hacer.

—Mire señora, déjeme los datos —se rasca la cabeza, en la que unos dos o tres mechones castaños, mínimos, se entremezclan con las canas—. En esta semana averiguo qué podemos hacer.

Y sin peroratas, le explica que a lo mejor es difícil, pero que va a tratar de hacer lo posible para facilitarle los remedios a su madre.

Bien, no es tanta la actividad, tanta la gente, como daba a entender Velázquez, pero algo hay. Ya veremos qué.

Mientras hablan de cualquier cosa (“¿Vio el choque del otro día, acá en Mosconi”, a lo que Velázquez contesta: “Y… lo que pasa es que cruzan como vienen, así nomás”), la mujer de unos cincuenta, mitigando su preocupación, y él, entreteniéndose un rato, es oportuno chusmear el ambiente. Detrás del escritorio, sobre la pared celeste, se disputan duración e intensidad de miradas, dos afiches en blanco y negro. Uno, en el que Evita, con los brazos en alto y trenzas enroscadas en un rodete, supuestamente manifiesta (¿y qué sino): “Volveré y seré millones”, y otro del coronel, en el que se lo ve muy joven, imponente, casi lindo, montado (como si fuera adrede) en un caballo pintado: un dálmata de los equinos. Debajo de la figura se hace referencia a la fecha en que Perón regresó del exilio. El contraste es notorio: el porte de la juventud plasmado en la imagen no congenia con el anciano que volvió en 1972.

El resto se resume en un mapa de Merlo (típico de las remiserías, con las calles que ni la municipalidad conoce), un fichero metálico blanco (como los de las comisarías bonaerenses), bancos de madera, a los costados del escritorio, del tipo comedor comunitario, de pino y largos. Todo es viejo, todo podría comprarse-venderse en la esquina de la mano de enfrente. Hasta la telaraña que une los dos afiches es vieja, fláccida.

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A los pocos días, la mujer cuya madre padece diabetes del tipo II empezó, por medio de Velázquez, la tramitación de la Clorpropamida. “Hablé con gente que conozco en el Consejo Municipal de la Mujer (entidad paraestatal dedicada a asistir a familias paupérrimas con alimentos, medicamentos, colchones) y así vamos a poder conseguir más rápido los remedios para la señora. Para nosotros es más fácil porque conocemos gente de arriba que nos ayuda a conseguir lo que haga falta”.

—¿No parece limosna eso?

—Uhmmm, yo pienso que las personas tienen que tener las herramientas para ganarse la vida, tienen que tener trabajo, pero a veces no queda otra. Si la gente viene a pedirte es porque necesita, no porque le gusta venir a…como a mendigar.
Y sigue, parafraseando a Evita: “Donde hay un problema o una necesidad, hay una obligación.”

Y ya que nos metemos con lo que dijo Evita:

—Tengo entendido que Eva Perón, al proponer la constitución de las unidades básicas, pretendía que fueran un lugar en el que se pudieran desarrollar actividades culturales, sociales.

—Sí, bueno, estamos viendo de empezar en febrero o marzo con la enseñanza a personas adultas.

—¿Enseñar a leer y escribir?

—Sí.

Ajá. Hasta acá, como la mayoría, cero promoción cultural. Muy pocas unidades básicas de la zona organizan algo que se relacione con la cultura; las que sí lo hacen, realizan festivales folclóricos, de tango, o talleres de manualidades.
Entre tanto “¡Chau, don Velázquez!” — “Chau, buen día” y “¡Velázqueeez! — “¡Nos vemos, saludos a la muchachada!”, vuelvo a lo de la señora e insisto:

—¿Por qué se lo tilda de clientelista, al peronismo?

—Nooo, pero no es sólo eso, no es sólo clientelismo.

—¿Qué hay, además?

—Mirá, la gente sabe que el peronismo se ocupa de sus problemas. La gente tiene que (hace una pausa y enfatiza) tener en cuenta que los únicos que hacen algo por el humilde somos nosotros.

—Si, está bien, pero muchas veces no es desinteresadamente.

—Yo te hablo de lo que es mi persona, yo no me fijo las banderas políticas.

En algo tiene razón. En Merlo, los radicales prácticamente no existen y los que están no difunden propuestas superadoras, sino que se la pasan como putas acusando a éste o aquél. Y la izquierda, ¡la izquierda!, no conoce puntos intermedios ni formas de adaptación. Los otros, son más de lo mismo.

Y en algo no tiene razón, ya lo sabemos: sino para qué tanta pintura, asfalto, cimientos y amabilidad en octubre pasado, por ejemplo. Todo junto y tan de golpe. Y los alimentos que se entregan con mayor asiduidad en vísperas de comicios, pasan de la etapa Marolio o S&P a una Molinos o Arcor, capaz.

La cuestión medular es la de la transacción implícita en todo acto clientelista, carente de representación genuina.

“El peronista está cuando la gente precisa de urgencia y también fijándose los otros problemas: las bocas de tormenta que se tapan cuando llueve, los focos que se queman, los semáforos que hacen falta…”

Velázquez es entrerriano y hace más de cuarenta y cinco que vive en Matera y es peronista (“Después de que mi padre murió, que era radical, me hice peronista porque nunca me convencieron los radicales”). De la silla en la que se sienta sobresalen, detrás de su cuerpo, las extremidades del bastón que no usa.

—Por lo que sé, Merlo siempre estuvo gobernado por peronistas. ¿Por qué la gente los vota?

—Por todo lo que te vengo diciendo.

—¿Cree que parte de los votos se deba a la ayuda?

—Te repito: no es sólo eso. En mi caso no es “te doy un paquete de yerba o de azúcar, pero te tenés que afiliar”. No quiero nada, yo no quiero nada —se acomoda los anteojos grandes, de marco plástico con motivos de guepardo, un poco incómodo—. Si la gente ve que yo hago algo y se quiere afiliar, enhorabuena. Pero como te decía: somos los únicos que estamos.

En Merlo gobierna el justicialista Raúl Alfredo Othacehe desde hace diez años. Velázquez se apura en aclarar: “Siempre estuvimos con él, ahora es kirchnerista” (sí, y en el pasado era duhaldista a ultranza). Merlo tiene casi 500.000 habitantes y se creó como partido en 1.864. Su principal actividad económica (sino la única) es el comercio. Sin embargo no tiene shopping. Tampoco hay boliches ni cine ni centros culturales copados ni bares con onda. Bueno, aunque sea hay un teatro, pero igualmente, Merlo es más amargo y aburrido que una divorciada.

Y Matera es una depresión geográfica en la que ningún teléfono celular, sea de la marca que sea, con servicio de cualquiera de las pocas empresas prestadoras, funciona sin que parezca que dominamos otro idioma o tenemos el habla entrecortada. Ni subiéndote a la antena de la Box se te va a entender lo que digas. En los tiempos de Duhalde en la provincia, el barrio se llenó de pavimento en las zonas lindantes a las escuelas, gas natural y agua corriente, también.
¿Y qué pasa con la seguridad? Los pibes con los que jugaba de chica a la mancha ligando tremendos empujones cuando me congelaban, o a las cartas, haciéndoles trampa sin que se dieran cuenta, ahora son chorros con los que cruzo un saludo y nada más. Éso, asegura protección en un doble sentido: me resguarda de ellos, cuando están pasadísimos de vuelta, y de otros, cuando vienen a afanar al barrio playeras o lo que sea. En Matera, como en cualquier parte del Conurbano, todo dura poco.

Miércoles – 16:00. Nos alejamos de Echeverry y nos metemos en las calles de tierra con Velázquez. Todavía pueden oírse las corridas en la avenida, porque por más apacible que esté febrero, la hora de las Bombuchas permanece. Vemos ranchos que podrían caerse de un hondazo y taperas devenidas a un dos ambientes, por acá, y puestito de merca camuflado bajo el siempre efectivo biombo de la despensa, por allá. Por todos lados, cuestiones que serán anotadas en la libretita de Velázquez: los focos quemados (y rotos) de los que hablaba antes, tierra necesitada de un empedrado o de una retroexcavadora que la empareje, zanjas y “acá habría que desmontar, podar un poco para evitar delincuencia”.

Algo me queda picando y es eso de que “todos los días la básica está abierta”:

—¿Y los domingos a qué hora abre “la básica”?

—No, los domingos no estoy, me tomo franco. Los sábados, sí.

—Ah.

—Vení cada tanto si querés, ¿eh?

Si uno no lo mirara y sólo oyera su voz, diría que no pasa de los 50, y si se lo mira y oye, podría afirmarse que tiene una aptitud infrecuente para desenvolverse como si el grabador no estuviera acomodado (incomodando) en el centro del escritorio, cada vez más cerca suyo, o en mano, siguiéndolo; aunque haya que sacarle algunas frases como los magos sacan los pañuelos anudados de sus bolsillos: despacito y con cuidado.

Velázquez no es el colmo del altruismo pero tampoco el arquetipo del te doy para que me delegues; si bien tira más hacia esta situación. Y “la básica”, claro, es un reflejo de eso: al lado del cartel de chapa se ven las propagandas de Cristina de las últimas legislativas, y diminuto, en el vidrio del local, un pedazo de hoja Canson que promete próximamente la enseñanza a adultos.

Anota con paciencia y dice: “Voy a hablar con los compañeros del subcomando” (ahora sí dice compañeros). Según explica, el subcomando es la unidad básica en donde se reúnen y ponen cuestiones en común sobre las carencias de la zona, donde “tratamos de ayudarnos”.

—¿Y cómo hacen para comunicarse entre sí?

—Y, ésto es de boca en boca.

Lo que pasa en “la básica” está lejos del jaleo de “sí, sí, viene mucha gente”, pero tampoco es algo imperceptible como la realidad virtual. La lógica del nexo se reduce a su terminología política: gente de arriba-gente de abajo. En el medio: Velázquez-la básica.

Termina sus anotaciones del día y se vuelve al local (en cuyas dimensiones bien podría funcionar un maxikiosco), a cultivar una visión más partidaria que política, siempre acompañado de un mate.


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